Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Amaia se quita los pantalones cortos. Luego el sujetador.

Revuelve la bolsa hasta dar con el biquini, tan tranquila.

Julia, hostia, que ya conoces el inventario de sobra, no seas patética.

Pero me quedo atontada con el arco de su espalda y ese mapa de pecas.

Tiene una cintura de mujer real, un cuerpo de currante, de los que cargan con la compra, con los críos y con lo que le echen.

Amaia es de las que sostienen el mundo y yo le dedico bastante más atención de la que mi orgullo me permite. Me hace hasta gracia que me pase esto.

Se pone la parte de abajo del biquini con una naturalidad que mira, yo qué sé. Habla y se mueve, ajena a que yo estoy a un paso de que me dé un cortocircuito.

—Mañana llamo al colegio en cuanto abran.

—Intenta domar la melena en un moño alto de esos que se caen solos—.

El calendario de las extraescolares de septiembre es un insulto a la humanidad.

¿Ajedrez a las tres de la tarde? ¿En qué cabeza cabe?

A esa hora los niños tienen el cerebro frito, no están para mover caballos.

Es una falta de respeto al concepto de siesta.

—El mañana es una mentira, Amaia —le digo después de un trago largo—. Es un invento de Irina para que no nos escapemos de su palacio. Nos tiene aquí secuestradas con vino del caro para que no nos demos cuenta de que somos sus siervas favoritas. En cuanto te descuides, nos pone uniforme.

Amaia se coloca el top. Se abrocha el invento por la espalda con agilidad. Esa piel y esa calma me cabrean de lo bien que le quedan. Bebo más vino. Necesito la lengua bien hidratada para no soltar alguna lindeza.

Se gira, se ajusta un tirante y me pilla el repaso. Era inevitable.

—¿Qué miras con esa cara de boba? —pregunta con una sonrisa. Me conoce de sobra—. ¿Llevo algún lamparón de huevo o qué?

—Tápate ese escaparate, haz el favor —digo sin pensarlo mucho. Si me guardo la pulla, me sale un grano en la lengua. Y ya que estamos, le zampo el resto—: No os podéis ni imaginar la perlita que me ha soltado Irina esta tarde en el coche.

Sabina se descojona viva, con esa risa de hiena que suelta en cuanto huele sangre o salseo. Amaia, por su parte, se ríe con el freno de mano puesto. Se ajusta el tirante por inercia, se pone algo roja y me lanza una mirada de «tierra, trágame».

—¿Qué perlita, a ver?

Sabina se abanica con una mano, encantada de la vida.

—Ay, por favor, servidme vino a mí también —pide—. Esto se ha puesto interesante.

Irina vuelve del baño tan tranquila.

—¿Qué me he perdido? —pregunta mientras se acerca.

—Nada —respondo yo.

Sabina no puede cerrar el pico.

—Julia está aquí de chivata. Nos está contando tus gustos arquitectónicos. Hoy se siente generosa.

Irina me clava los ojos, pero sin vergüenza ninguna.

—Yo solo tengo ojos.

—Claro, claro. Y has decidido usar esos ojos para hacerle una ecografía a las lolas de la pelirroja. Eso es lo que estoy explicando.

Amaia se tapa la cara, muerta de risa.

—Julia, para ya…

—¿Pero qué «para ya»? —le rebato—. Si es lo que dijo ella. Con toda la jeta del mundo. «Amaia es guapísima. Y sus tetas». Tal cual. Palabra por palabra.

Irina arquea una ceja, pero no se inmuta.

—Yo no lo dije con esa ordinariez, Julia. No me atribuyas tu falta de vocabulario.

—Lo dijiste así —insisto—. Y a mí me dio un ataque de risa y unas ganas locas de darte un bofetón.

Sabina ya no aguanta más.

—Virgen santa —dice entre carcajadas—. Irina, hija, es que no dejas pasar una. Luego soy yo la que tiene fama de lagarta y tú vas por detrás poniendo notas.

Irina se lleva la mano al pecho, haciéndose la ofendida.

—¿Yo? Pero si soy una santa. Una esposa ejemplar.

—Tú eres un peligro público. —Amaia le tira una toalla para que cierre el pico.

Irina la pilla al vuelo y se la echa al hombro.

—Es que Irina las analiza a todas —añade Sabina con una sonrisa de pilla—. A Rashel, a Ana…, a todo bicho viviente. Y luego pone esa cara de que no ha pasado nada.

Irina se sirve vino, imperturbable.

—A Ana no la miro —dice sin más.

Sabina se desternilla.

—Venga ya, si babeas por las esquinas. Lo que pasa es que te da una pereza que te mueres.

—Lo que me da pereza es tener que escucharla cuando abre la boca —matiza Irina.

—Eso cuenta como mirar, no intentes escaquearte —remato yo para que no se libre.

Amaia se agacha a recoger una sandalia y, por supuesto, mis ojos se van directos otra vez. Me doy asco a mí misma por ser tan básica. Pero oye, me encanta darme asco.

Sabina se levanta, ya en biquini, y se planta al borde de la piscina.

—¿Nos tiramos ya o vamos a seguir aquí de tertulia?

—Tírate tú. Yo esperaré a que Irina certifique que no hay pirañas ni nada que muerda.

Irina me mira de arriba abajo.

—No seas gili, Julia. La única que muerde en esa piscina es la rubia.

Amaia nos dedica una sonrisa y todo vuelve a su sitio. Qué coraje me da que me guste verla así de tranquila.

La intensidad baja de revoluciones. Volvemos a lo cotidiano. Nos vamos con las copas a la orilla de la piscina y nos reímos de las tonterías de siempre con los pies en remojo.