Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 14
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Capítulo 14

Entramos en el palacio de invierno con esa mudez post-confesión que se te queda en el cuerpo cuando has soltado por la boca más de lo que el sentido común recomienda.

Irina aparca con suavidad. Yo me bajo y manoseo las llaves en el bolsillo por puro instinto de propiedad, aunque los portones se abren por obra y gracia de la tecnología y mi intervención aquí sobra.

El salón es el Rastro madrileño en hora punta. Hay una maleta abierta que vomita trapos por todas partes en mitad del sofá; las vacaciones han muerto para Asia y Sara.

Sara está en su salsa, con cara de tener la respuesta adecuada para darte un repaso antes de que saludes. Asia va con la mochila ya puesta, estirada y en su papel de fantasma educado que no quiere romper nada. Le calzo un capón en la coronilla a ver si se le despeina tanta corrección.

—¡Vaya, por fin aparecen las desaparecidas! —grita Sara en cuanto asomamos el hocico—. ¿Qué pasa, miarma? ¿Habéis tenido que sobornar a la Guardia Civil o Irina ha puesto su cara de «compro el ayuntamiento entero» para que os dejen circular?

Irina pasa de ella; la tía tiene un máster en ignorar pullas. Yo me apalanco en el marco de la puerta con mi mejor pose de tía chunga pero simpática.

—Ni una multa, Sara. Una decepción absoluta. Yo quería que nos dieran el alto o que me esposaran por lo menos para tener una anécdota que contar, pero con esta mujer al volante es imposible. Un aburrimiento de viaje.

Sara se me acerca y me planta un beso en el moflete.

Sabina y Amaia me observan desde el sofá con una sonrisa.

Las conozco. Estas dos están compenetradas.

No es que se den el lote, es algo más sutil: están alineadas.

Han hablado, han pactado y han cerrado algún capítulo mientras yo estaba fuera de cobertura. Me escama.

—¿Lo habéis pasado bien? —pregunta Asia con esa vocecita de primera comunión.

—De lujo, cielo —le digo—. He comido lechuga. Un trauma. Estoy por hacerme influencer de la vida sana y empezar a desayunar semillas de esas que parecen alpiste.

—¡Anda ya, criatura! Tú la lechuga no la comes, tú la asustas con el vinagre. Si te he visto yo una vez apartar el perejil de las albóndigas con pinzas… ¡Qué te conocemos, reina! Se te ve el plumero desde el puente de Triana. ¡Lechuga dice la niña, hay que tener coraje!

—Te juro que era verde e iba en un bol —insisto—. Una experiencia mística. ¿Os largáis ya? ¿No os ibais mañana?

Sara hace un gesto con la mano, muy de jefa de logística de barrio.

—Nos vamos ya, que mañana me toca doblar el lomo y Asia tiene deberes de persona de provecho. No sé cómo no se le pega nada de lo vuestro, os lo digo, que sois una mala influencia. Se acabó el vivir de gratis en el resort. Volvemos al barro.

—Mi vida es un barro continuo, Sara. Solo que el mío tiene hidromasaje y me cobran el fango a precio de oro.

Sabina se levanta y envuelve a su hermana en uno de sus abrazos de oso pegajoso.

Sara se deja querer antes de empezar a protestar.

Luego Amaia abraza a Asia. Un abrazo largo, de los que Amaia solo da a la gente que ya ha pasado a ser de su círculo.

Un milagro. Asia no sabe muy bien dónde meter las manos, pero acaba por relajar los hombros.

Me acerco a Sara y le doy un apretón y dos besos.

—No vuelvas con resaca, que luego te pones muy intensa dando consejos con la lengua de trapo y no hay quien te aguante —le advierto.

—Niña, yo te doy lecciones hasta con tres gin-tonics encima, que para eso tengo vocación de hermana mayor y mucha más clase que tú.

—Me agarra la cara con las dos manos y me aprieta los mofletes—.

Cuida a las tuyas, Julia. Que tenéis un peligro juntas que ni una caja de bombas en medio de una fogata.

—¿A cuál de todas? Que aquí hay más gente que en la cola del paro —pregunto, y me zafo de su garra.

Sara sonríe con esa guasa que tanto me gusta.

—A todas, pesada. Que aquí hay mucho ego y muy poca paciencia. Y tú la primera, que eres un caso perdido.

Me deja ir y le hace un saludo de capitana a Irina. Asia me da un beso rápido y me da las gracias al oído; me deja descolocada.

—No me vengas con moñadas ahora, que me pongo sentimental y no me pega nada —le digo—. Venga, tira para el coche.

Asia se ríe por lo bajini y enfila hacia la puerta detrás de Sara, que ya carga con los bártulos como si la estuvieran desahuciando.

Las acompañamos hasta la salida. Hay más besos, algún «avisad cuando lleguéis, no seáis descastadas» y una palmada de Sara en el culo de Sabina que esta última intenta fingir que le ofende mientras se parte de risa.

Cuando el coche desaparece por el camino, el silencio que se instala es un descanso para los oídos. Me giro hacia las tres.

—Bueno. —Me cruzo de brazos—. Ahora que se ha ido la autoridad competente, ¿quién me explica qué habéis pactado a mis espaldas? Porque tenéis una cara de haber repartido la herencia que no podéis con ella.

Sabina me mira de soslayo, se encoge de hombros y me regala esa risita de «te vas a comer un mojón hasta que yo decida». Amaia, por su parte, se mete las manos en los bolsillos y clava la vista en el techo.

—Uy, Julia, qué imaginación tienes. Solo hemos hablado de la vida, de lo mal que nos sienta el color fucsia… —dice Amaia con una jeta impresionante, y riéndose, encima.

—Ya, ya —bufo—. Mañana os voy a sacar hasta el último detalle, aunque tenga que ponerme pesada con el interrogatorio durante cuatro horas. De momento, voy a ver si proceso la lechuga que me he comido sin entrar en colapso.

Me voy hacia la cocina. Sé que estas dos esconden algo, pero hoy estoy tan de buen humor que me cuesta hasta enfadarme. Me siento magnánima.

—Picoteamos fuera, señoras —decreto.

—¿En la piscina? —propone Sabina—. A estas horas el sol ya no intenta matarnos y se está de lujo.

—Compro —dice Amaia.

Ni una réplica. Ni un «es que hay bichos». Están tan de acuerdo en todo, que la sospecha se me agranda.

—Vale, piscina —claudico—. Pero si hay muchos mosquitos, volvemos al aire acondicionado.

Empezamos el trasiego. Nada de niños a gritos ni música de esa que te taladra el cráneo. Solo escucho el chocar de los platos y el hielo en la jarra, que es música celestial para mis oídos pecadores. El jardín tiene una luz tenue y el agua de la piscina está quieta.

Sabina saca una bandeja con cuatro cosas: queso del bueno, tomates que saben a huerta y una tortilla que ha salido del horno por arte de magia.

Amaia trae el vino, por supuesto. Esa mujer huele el alcohol a kilómetros, tiene un don natural.

Irina aparece con el hielo. Ver a la mujer que maneja el cotarro con una cubitera me hace pensar que hay esperanza para el mundo.

Yo llevo las copas, que es el puesto de máxima responsabilidad porque soy capaz de tropezarme con una sombra y mandarlo todo al carajo.

Nos desparramamos cerca del agua. Las sillas son de esas que te tragan y los grillos están dando su concierto habitual. Me acomodo ahí, con el calorcillo en la espalda y el vino en la mano. Por una vez, la vida no me debe nada.

—Venga, arriba ese copazo —dice Sabina, y levanta la copa hasta casi dársela en la frente—. Brindemos porque estamos vivas y ninguna ha acabado en urgencias con un ataque de nervios.

—A mí esto me da un mal fario de los gordos —digo yo, y arrimo mi cristal—. Tanta paz me escama. Estoy esperando a que alguien se ponga a gritar de un momento a otro.

—Relájate, Julia, que eres una agonías —se ríe Amaia—. Disfruta de que no hay dramas por una vez en la vida.

Irina choca su copa contra la mía con un golpe seco.

—Por no haber palmado entre tanto perchero y tanto intensito —dice con una media sonrisa.

Bebemos. Del tema del coche no decimos ni mu; ya está hablado, masticado y escupido. Ahora lo que toca es seguir respirando y que nos quiten lo bailao.

—Svet se ha quedado en el piso con Vera, Luna y Martina —les cuento, para ponerlas al día—. Con la escolta de guardia en el pasillo, por supuesto. Se han saludado con un abrazo histórico y a los dos minutos seguro que ya se estaban llamando de todo por el mando de la tele o por un yogur.

Irina asiente, relajada. Tiene un brillo en los ojos de satisfacción interna que se guarda para ella solita. Yo me hago la tonta y no abro el pico, que hoy me he propuesto no ser una metomentodo profesional y dejar que cada una gestione sus movidas sin que yo meta mi nariz de por medio.

—¿Y si nos pegamos un chapuzón ahora mismo? —propone Sabina.

—Yo ahí no meto ni un dedo, paso —salto yo—. El agua oscura me da un mal rollo que me muero. No sé qué hay ahí debajo y no pienso averiguarlo.

—A ti lo que te da mal rollo es que el cerebro te funcione dos minutos seguidos sin imaginarte una catástrofe —me dice Sabina mientras se come una aceituna—. ¿Todavía no han arreglado las luces de la piscina?

—Qué va. Está eso negrísimo. Me da miedo que salga un bicho de las profundidades y me use de aperitivo nocturno mientras chapoteo —le contesto.

Amaia es la primera que se pone en pie, decidida.

—Voy a cerrar la puerta que da al jardín, que hoy no quiero que los de seguridad se pongan las botas mirándonos las carnes —anuncia, muy suya, y me guiña un ojo de camino a por las toallas y a echar la llave.

—Qué detalle. —Subo el tono para que me oiga bien—. El romanticismo ha muerto y lo has matado tú de un portazo, Amaia. Eres una cortarollos.

Al momento vuelve con el cargamento de toallas, las deja en una silla y, de sopetón, empieza a desvestirse tan tranquila. Habla de la tortilla como si fuera el tema del siglo.

—La ha hecho Vera esta mañana. —Saca la cabeza por el cuello de la camiseta, con los pelos de loca—. Estaba comestible, ¿verdad? Un hito en la historia de la gastronomía familiar.

Yo me aferro a la copa de vino y clavo la vista en el agua de la piscina. De pronto el cloro me resulta un tema de estudio apasionante. Qué pringada soy. No puedo evitarlo, así que le doy un buen repaso al panorama por el rabillo del ojo.