Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—No contaba con que esto me fuera a gustar así. Tener familia.

Me muevo en el asiento y le planto la mano en el muslo. Nada de caricias flojas, solo una presión fuerte ahí, para que sepa que no me muevo de su lado. No digo nada bonito porque me saldrían ronchas en la lengua, pero el gesto ya va con el mensaje incluido.

Irina mira mi mano y vuelve a mirar al frente. No me la quita. No se pone rígida. Se deja querer.

—A mí también me va el rollo —le digo—. Lo de la casa llena de gente. Y verte a ti feliz por eso.

Irina no contesta con palabras. Me aprieta el muslo de vuelta, un pellizco que significa «ya lo sé, no te pases de lista». Qué tía. Me tiene calada.

Carraspeo para ensuciar el momento, que hay demasiado almíbar flotando.

—A ver, que me aclare yo. ¿Estamos celebrando también que tenemos a Sabina, a Amaia y a Vera metidas en casa?

Su perfil se tensa de inmediato. Mencionas a Sabina y la siberiana se pone en guardia.

—Lo de Robin es una jugada de genio, no me jodas —insisto—. Es la coartada perfecta. Tenemos el campamento base montado y nadie pregunta por qué dormimos todas bajo el mismo techo. Si es que el crío es un visionario y todavía no sabe ni atarse los cordones.

—Robin ha dado la vuelta a todo.

—Es el puto jefe. Punto.

Ea, esa forma que tiene ella de decir mil cosas sin mover un músculo de la cara.

—Prefiero tener a Sabina a la vista.

—¿Ah, sí? ¿Y eso?

—Así sé qué hace. Sé dónde está.

—Hostia, qué romántica. Me vas a hacer llorar y todo.

Me lanza una mirada de las suyas, de las de «si abres la boca otra vez te bajo del coche en marcha».

—Necesito que esté a salvo, Julia.

Ahí está la esencia de esta mujer: quiere tenerlo todo atado y bien atado, pero porque en el fondo le importa. Y lo dice tan en serio que me deja sin argumentos.

—Vale, pillado. La rubia explosiva bajo custodia de máxima seguridad. Entendido.

Me río para mis adentros. Pero quiero ver hasta dónde llega su sinceridad de hoy.

—¿Y qué pasa con Amaia? —pregunto como la que no quiere la cosa.

—¿Qué tiene que pasar?

—No me vaciles, que nos conocemos. Antes verla te ponía de una mala baba masticable. Era tenerla cerca y te salían espinas.

—Ahora la quiero —dice.

Casi me muerdo la lengua. Proceso la información, porque esto no estaba en el guion.

—¿La quieres de «vamos a por flores al campo» o de «te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima»? Porque hay matices, Irina.

—Es guapa. Siempre me han gustado esas pecas que tiene —dice, fija de nuevo en el tráfico.

—Las pecas de Amaia son un insulto —protesto—. No se puede ser tan buena gente y tener esa cara de muñeca. Es un agravio comparativo.

—Y sus tetas.

Suelto una carcajada que casi me hace escupir el pulmón contra el salpicadero.

—¡Hostia, Irina! ¿Te ha sentado mal la comida basura? Qué directa nos hemos vuelto, ¿no?

—Digo la verdad —responde, y sé que se está partiendo de risa por dentro al verme descolocada.

—Eres una guarra de alta alcurnia, te lo digo.

—¿Te molesta?

—¿Que te gusten las tetas de Amaia? Pero si yo soy la primera que les haría un monumento en mitad de la Gran Vía. Me parece de lo más razonable que he oído hoy.

—Lo sé.

Tengo la mano apoyada en su muslo y ni se me ocurre quitarla. Me da igual el orgullo y me da igual todo. Yo también lo pienso, así que a callar.

—Hace un tiempo te cortabas más para soltar estas burradas —le recuerdo.

Tarda en romper el silencio.

—Antes no tenía esto —dice. No señala nada, pero lo entiendo.

—Ay, por Dios, saca los pañuelos, qué momento más intenso.

—No empieces —me corta ella.

—Que no, que soy muy práctica. Me mola que podamos decir que Amaia está para comérsela sin que se caiga el techo. Me mola que Svet no esté hecha un cristo. Y me mola que tú… —me freno— que estés bien.

El coche avanza por el embotellamiento de siempre, pero ahora mismo me da igual. Entramos en la zona de los chalets de césped milimétrico.

—Estoy contenta.

Resoplo por la nariz, aguantando la risa.

—Pues ándate con ojo. Como seas demasiado feliz te denuncio por incumplimiento de contrato. Que aquí hemos venido a sufrir, que es lo que nos mantiene vivas.

—Sufre tú si quieres —dice ella—. Yo me quedo con lo bueno.

Me giro para mirarla y me entran unas ganas negras de morderle la boca. No solo por el hambre perpetua, sino porque por una vez las piezas encajan. No la asalto porque el coche sigue en marcha y paso de terminar empotrada contra un seto. Me conformo con un apretón fuerte en su pierna.

—Tira para la cueva.

—A casa —corrige ella.

Y resulta que «casa» ya no es el búnker de seguridad atestado de gnomos. Es el lío montado allí. Es Sabina con la tabarra de sus movidas y el olor de Amaia por el pasillo. Es este cuadro que hemos pintado y que, milagrosamente, no es un desastre.

Me echo hacia atrás en el asiento y desconecto el cerebro.

Paso de ponerle nombres a las cosas; soy de tirar hacia adelante sin preguntar mucho.

Pero lo que hemos soltado aquí dentro, dicho está.

Ya no hay quien lo guarde en un cajón sin que se note que hemos mandado todo a la mierda para volverlo a inventar.