Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Claro que puedes —la corto—. Depende de que tú no le calientes la cabeza. De que no le abras la puerta de atrás. De que te guardes tu puñetero «ya veremos» en el bolsillo y no lo saques nunca más.

Le tiembla un músculo en la mejilla. Le he dado donde le duele, en esa frase maldita para dejarlo todo en el aire. Le tengo una guerra declarada a su falta de concreción.

—Julia —dice ella, con más volumen—. No voy a usar esa expresión. No con esto.

—Pues entonces promételo —insisto.

El semáforo cambia a verde. Irina arranca y, en pleno avance por la avenida, suelta el golpe:

—No la meteré.

Parpadeo un par de veces. No me lo esperaba así, tan de frente.

—¿Eso es una promesa o una frase para que me calle la boca y te deje conducir tranquila?

Gira el volante con una sola mano, se mete en una calle solitaria y por fin me clava esos ojos verdes.

—Es una promesa.

Lo dice en seco. Sin dobles sentidos. Sin guardarse una salida de emergencia.

Se me hace un nudo en el cuerpo porque sé que si esta mujer promete algo, va a misa.

Me callo, porque si abro la boca se me va a notar que me acabo de quedar más ancha que larga.

Qué asco doy, me convence en cuanto se pone seria.

—Gracias —le digo, y me sale un tono de voz ridículo que me quita toda la chulería.

Irina regresa la atención a la calzada.

—No quiero eso para ella.

Asiento y cierro el pico. Me guardo la sonrisa de «al final tienes corazón, pedazo de bicho». El coche sigue avanzando, pero ella ya se ha ido a otra parte.

—Julia —no es su voz de dar órdenes ni de querer llevarme al huerto, que esa me la conozco al dedillo. Es otra cosa. Un tono de los que te obligan a sentarte derecha y dejar de decir gilipolleces.

—Dime, jefa. Suéltalo ya, que te veo con el runrún y me estoy poniendo de los nervios.

Irina traga saliva y echa un vistazo rápido antes de centrarse en el asfalto.

—Me pasé los mejores años de mi vida sola en esa casa de mierda —dice.

Le tiembla la voz y ya estamos. Se va a emocionar y a mí, cuando se ablanda, me revuelve todo.

Me obliga a sacar la parte tierna y no tengo el cuerpo entrenado para eso.

Miro el salpicadero, concentrada en el recuento de las motas de polvo; si se me ocurre mirarla a la cara soy capaz de comprarle un ramo de flores o de prometerle lo que quiera, y paso de hacer el ridículo a estas horas.

—Sola de verdad —insiste, desde muy adentro—.

Mi madre murió pronto y a mi padre solo lo veía en las fotos de los periódicos.

Ni siquiera fui al colegio, Julia; me pusieron tutores en casa.

Solo había criados en un tránsito continuo por pasillos que daban miedo y un montón de puertas cerradas.

No se oía nada. Ni un puto grito, ni una risa, nada de nada.

Era como vivir en un mausoleo. De adolescente apareció Ana y por fin me sentí una persona normal, pero hasta entonces yo no era más que otro trasto caro de la familia.

—¿Normal con Ana? Me cago en la leche, Irina, para haber vivido en un búnker tienes un concepto de la normalidad muy optimista —intento bromear, pero me sale flojo.

—Luego, con Sabina se me desordenó la cabeza entera —confiesa ella, y con un suspiro—.

Me dio la vuelta. Me dejó tonta. Luego vino todo el lío que ya conoces.

Al enterarme de que estaba contigo, Julia, quise cavar un agujero y no salir nunca.

No te odié a ti, pero me destrozó. Estaba en la mierda más absoluta.

—Esa cabrona rubia nos jodió bien a las dos, cari.

—Ya te digo. Me metí en los chanchullos de mi padre porque no sabía qué cojones hacer con mi vida ni con la ansiedad que me dejó de regalo.

Así conocí a Rashel. La saqué de aquel sitio asqueroso porque no podía quedarme de brazos cruzados, pero para ayudarla me tocó empezar a dar miedo de verdad.

Dejé de ser alguien normal, aunque entre nosotras, nunca tuve madera de ciudadana ejemplar.

—Eras una cría, Ira. Te criaste entre matones y heredaste toda esa mierda; no es que pudieras elegir mucho. —Lo digo mientras pienso en Svet.

—No me vengas con cuentos de inocencia, que no era ninguna santa.

El caso es que Rashel se pegó a mí y fue mi única amiga durante años.

Ya no estaba tan sola, pero decidí no dejar pasar a nadie más.

No quería querer a nadie. Hasta que Sabina volvió a dar por saco y me trastocó los planes.

Me convencí de que mi destino era ella y me puse muy intensa con el tema.

Ya sabes que me va el drama, por mucho que digáis que no siento ni padezco.

—Nos tienes a todas firmes con ese gesto de perdonar vidas y luego te extrañas de que pensemos que eres una tipa fría.

—La cuestión es que ella te trajo a ti. Y tú, Julia, me has dado todo.

No me enamoré de ti en plan adolescente pava; me enamoré de mujer a mujer.

No sabía que se podía sentir esto, no sabía que existía esta forma de estar con alguien.

Y encima has parido a mi hija, has aguantado mis neuras de mierda y sigues aquí, fiel al tirón.

Te quiero tanto que me acojona. No sabía que se podía querer así de bien, así de mucho y ser así de feliz.

Me agarro al reposabrazos con una fuerza dispuesta a arrancarlo del sitio. Trago para no soltar el moco e intento respirar con algo de decencia.

—Joder, Irina, cállate un mes, que me estás reventando el personaje de tía dura y me está costando la vida no llorar.

Irina se ríe por lo bajo, pero me dedica un brillo en los ojos que confirma mi rendición absoluta.

—Ahora me gusta nuestra vida —sigue, porque cuando arranca no hay quien la pare—.

Me gusta que la casa esté llena de gente.

Oír los portazos, los pasos por el pasillo, el lío.

Me gusta que haya gente que no se larga a la primera de cambio.

Me gusta tener familia aunque tú creas que vivo en la parra.

Todo lo hago por ti y por los niños. No puedo borrar las mierdas de mi pasado ni las cosas que he hecho, pero sí puedo asegurar que nadie os toque un pelo.

—Te sienta bien —le digo—. Tener gente alrededor. Se te quita esa expresión de estar a punto de mandar a alguien al paredón.

—Yo no tengo esa expresión.

—La tienes, créeme —le rebato—. Pero por suerte la disimulas porque tienes a un montón de niños con el grito de «tía Ina» en el oído a todas horas.

Irina guarda silencio un momento, asimilando el percal.