Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 13
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Capítulo 13

Irina conduce ahora un punto más tranquila y Svet sigue detrás con el móvil. Miro el asfalto por la ventanilla, pero en el fondo me paso el escáner interno. Se me ha ido la pinza en público y me toca gestionar el bajón de adrenalina.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunta la criatura sin despegar los ojos del puto móvil. Tiene los pulgares desbocados contra el cristal. Ni me mira.

—A que te aguanten Luna y Martina —le digo—. Yo ya he cumplido mi cupo de paciencia por hoy y necesito perderte de vista un rato para no volverme loca.

Svet detiene el castigo a la pantalla.

—Vale —y regresa a lo suyo.

Me río por dentro. Ese «vale» es su forma de decir que le flipa el plan, pero su maldito orgullo le prohíbe mostrar entusiasmo. Prefiere el silencio antes que admitir que algo le gusta. Es una jodienda vivir así; lo sé porque soy otra experta en fastidiarme la vida por no reconocer las cosas.

Irina me observa de reojo cada poco tiempo. Paso de ella, me concentro en el paisaje y cuento pinos con una atención ridícula. Bastante ración de Julia ha tenido ya hoy; paso de seguir con el coñazo hasta que acabe harta de mí.

—Vera está allí.

—¿Y Valeria? ¿Y Berta? —pregunta, con un deje de emoción infantil que no consigue frenar—. A ver si las veo hoy.

Con las amigas de Luna se le olvida la pose de adolescente despegada y queda claro que todavía es pequeña.

—Ni puñetera idea, Svet. Dile a Luna que las llame y montad el lío que os dé la gana.

—Mola —murmura.

Llegamos al edificio de Luna y Martina. Por fin un sitio normal, de gente que no tiene helicópteros en el jardín ni cuadros de señores con peluca en el salón.

Los gorilas de Irina andan por ahí fuera, camuflados detrás de las farolas o con el pretexto de atarse los cordones, atentos a nuestro cogote.

Irina aparca y escanea las esquinas, las entradas y hasta los gatos de la calle.

No se relaja ni para poner el freno de mano. Es un espectáculo verla en acción.

Abre la puerta y sale primero. Espero en el coche; me apetece ver la jugada desde la barrera. Apoyo el codo en la ventanilla bajada y finjo desinterés absoluto, que es mentira, pero me sienta de lujo.

Veo el percal. Mi rusa se va directa a hablar con los «invisibles» de la esquina.

Van vestidos con ropa corriente, de esa anodina para no levantar sospechas.

Irina les dice cuatro frases, marca el territorio con un gesto y señala el portal con el mentón.

Uno asiente rápido y el otro redobla la guardia en la calle.

Saben quién manda; no se atreven ni a respirar fuerte delante de ella.

Irina regresa al coche con un gesto de tranquilidad inédito en toda la tarde. La conozco; sé leer esos micromovimientos de su cara. Se relaja ante la presencia de sus hombres. Es su equipo y eso le mejora el humor.

Svet me planta un beso en el moflete, casi me saca un ojo, y sale disparada.

Irina la acompaña hasta la puerta. Le quita un pelo de la cara, le estira la camiseta y se la coloca recta.

La cría tiene cara de saber dónde están enterrados los cadáveres, pero su madre la trata con esa obsesión de no dejar ni un hilo fuera de sitio.

Y empieza el recital. Un beso en la frente.

Otro en el moflete derecho. Y como es una ansiosa de la vida y va sin frenos, le arrea un tercero en el izquierdo.

Tres besos, la virgen. Me entran impulsos fuertes de silbarle desde la ventanilla por blandengue, pero me corto porque disfruto al verla así de derretida.

—No hagas el imbécil —Irina pretende ponerse seria, pero se le tuercen las comisuras y se le ve el plumero.

—Yo no hago el imbécil, mami, yo soy así de serie —le contesta Svet con toda su jeta.

A Irina se le cae la baba y todavía se cree que da miedo. Me descojono a solas. De pronto aparece Vera y se le cuelga del pescuezo a Svet.

—¡A mis brazos, que hoy dormimos aquí! —berrea la enana.

—Suéltame, pesada, que me vas a asfixiar —le dice Svet, aunque la abraza con una fuerza que casi la deja sin aire.

Irina le pone una mano en el hombro a Vera, suavecita.

—Vera, por el amor de Dios, compórtate como un ser civilizado por una vez —le pide.

Vera adopta una expresión angelical.

—Pero si soy un angelito bajado del cielo, tita.

—Mientes más que hablas, renacuajo —le contesta Irina.

Svet mira a Irina antes de entrar.

—¿Mañana qué? ¿Apareces por aquí? —pregunta la cría.

Irina asiente.

—Mañana os recojo yo. Sin falta.

—Vale —dice Svet, con un mensaje implícito de «me mola que vengas tú».

Irina le acaricia la mejilla con el pulgar. No dice más. Se da la vuelta y regresa al coche. Sigo con mi papel de observadora desinteresada, aunque por dentro me tienta la idea de sacarle una foto y ponerle un marco de corazones. Sería una horterada, pero me reiría un rato.

Se mete en el habitáculo. Mira a Svet antes de cerrar.

—Te quiero —suelta, lo bastante fuerte para que se entere toda la calle.

Svet contesta a toda leche para ocultar la emoción.

—Ya, yo también, no te pongas intensa.

Irina esboza esa sonrisa exclusiva para nosotras y arranca. Pero antes de meter primera, me mide, acorta la distancia y me planta un beso. Uno de esos de «hola, ya estoy aquí».

Miro por el retrovisor. Svet y Vera entran al portal a empujones, entre carcajadas.

Mi hija Martina ya es una mujer adulta que ejerce de anfitriona con la nevera llena y la puerta abierta para todo el mundo.

Siento un nudo extraño en el estómago, pero paso de ponerle nombre; el cupo de tonterías de madre intensita está cubierto por hoy.

Irina maneja con una soltura distinta. Ha relajado los hombros. Sospecho que el beso de antes es una táctica para desactivar mis protestas y ablandarme. Es una lianta profesional; me la ha jugado por completo.

—Me ha molado la excursión, ¿eh? —digo por rellenar el hueco, que dar las gracias no me sale.

El coche se detiene ante un semáforo en rojo.

—Ha sido una jornada de provecho.

—De provecho tu tía la de Moscú —le rebato—. Me ha gustado y punto. Deja de analizarlo todo y disfruta, coño.

Me lanza una mirada rápida, un tajo veloz de ojos claros.

—Bien.

—¿«Bien»? ¿Eso es todo lo que tienes que decir después de aguantarme toda la tarde?

He visto piedras en la cuneta con más conversación que tú.

Eres un fraude de tía. Me sacas de casa para luego soltarme un «bien» que suena a informe de daños.

Eres un aburrimiento, Irina. Un aburrimiento con un coche carísimo.

Irina aprieta los labios; se le nota el esfuerzo en los pómulos. Quiere soltar una carcajada, por mucho que el empeño en parecer una tipa dura se lo prohíba.

—No necesito hablar para que sepas lo que hay, Julia —dice sin quitar el ojo del asfalto—. Ha estado bien. Me gusta pasar tiempo con vosotras. Pero la próxima vez búscame un sitio donde no tenga a tres mil personas respirándome en el cogote. Es por vuestra seguridad.

—Venga ya, no me vengas con excusas de huraña. Si estabas que no le quitabas ojo a la niña en pleno desfile de perchas. Te encanta soltar la pasta y darle todos los caprichos, admítelo.

—Me encanta darte todos los caprichos a ti, idiota.

Zas. No me lo esperaba y me ha dado en todo el centro. Intento recomponerme para ocultar que me ha dejado tonta con la frasecita.

—Bueno, hoy te compro la sobrada porque me conviene —refunfuño—. Pero no te flipes, que aún tengo que decidir si te perdono que seas tan sosa. Además, te he visto la cara al dejar a Svet. Tenías una expresión de boba total. Estás boba con ella y lo sabes.

Su mano ejerce un extra de presión sobre la palanca de cambios; mantiene la boca en una línea fina.

—No estoy boba, Julia. No digas tonterías. Svet es una niña excelente.

—¿Excelente? Hostia, Irina, que estás a dos minutos de encargar un busto de mármol de la niña para el recibidor por puro orgullo maternal. Es patético y fascinante a la vez. No disimules, que mientes fatal.

Resopla por la nariz. Es su versión de un ataque de risa, lo máximo permitido antes de cometer una infracción de su código de conducta ruso.

—Eres una exagerada de mierda.

—No soy exagerada, solo cuento lo blanda que eres —me repanchigo en el asiento, de cara a ella para disfrutar de su incomodidad—.

Los tienes mimadísimos a todos. A Svet, a Robin, a Vera, a tus hermanitas…

en cuanto alguno te pone ojitos de pena, pierdes la rigidez.

Solo te falta llevar un cartel colgado que diga que eres su propiedad.

Te tienen ganada y no sabes ni por dónde te ha venido el golpe.

—Anda ya, solo los cuido.

—Ya, ya. Lo tuyo no es consentir, es «cuidar». Qué palabra más limpia. Casi lloro de la emoción, fíjate. A ver cuánto tardas en comprarle otra tontería a alguno solo «por cuidar».

—No me toques las narices con eso.

—Uy, qué fina nos hemos levantado hoy —digo tranquila, pero en realidad me preparo para el asalto final. Tengo una espina clavada desde ayer y, si no me la saco ahora, termino con una úlcera—. Oye, prométeme una cosa. Y no me vengas con evasivas.

El vehículo frena ante otro disco rojo. Irina clava la mirada en el parabrisas, en un intento de ignorarme con elegancia.

—¿Qué?

—Júrame que nunca, aunque sea mayor de edad y te lo pida de rodillas, vas a meter a Svet en tus chanchullos.

Ella no hace el paripé de suspirar ni se pone a estudiar el techo del coche. Se congela, y yo ya sé que cuando se pone así es porque está levantando un muro mental.

—Julia… —empieza con ese tono de «estás cruzando la raya».

—No me vengas con «Julia» ni con mierdas. Promételo y punto.

Sus dedos se cierran sobre el cuero. En la inmovilidad de la espera, le da mil vueltas a la cabeza, mientras mastica la idea. Calcula beneficios y pérdidas.

—Svet tiene mucho talento.

—Ya lo sé, cojones. Por eso mismo te lo pido. Precisamente porque es lista no quiero que acabe metida en tu barro.

Vuelve a hablar fija en la carretera, con esa voz de dar órdenes que nadie tiene huevos a discutir.

—No puedo darte mi palabra sobre algo que no depende solo de mi voluntad.