Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Irina ha metido la quinta marcha y nos lleva con el gancho puesto. Su ritmo me agota, así que me entretengo con la vista fija en su culo.

—¿Estás bien? —Me da rabia sonar a persona que se preocupa por el prójimo.

Irina no suelta prenda. Mira un cruce de pasillos; analiza salidas de emergencia con la mirada perdida en el infinito.

—Sí. Pero aquí no.

—Qué profundidad —resoplo—. «Sí, pero aquí no». Te lo tatúas en el brazo y ya tienes el perfil de Instagram apañado para dar pena.

Svet se carcajea.

—Mamá, eres un espectáculo —dice mi hija con un orgullo que casi me hace olvidar que estamos encerradas en esta ratonera de pladur y consumo masivo.

—Un espectáculo con los pies pidiendo la baja por depresión —le corrijo—. Y tú, enana, me estás explotando. A mis años esto es denunciable.

—Es mi herencia.

Irina tiene una cara rara. No es un cabreo de los suyos, ni son celos. Pero por un momento, Irina no es el centro de mi puto universo y eso le escuece. A mí me da un gustito poco sano, pero es lo que hay.

—¿Ves? —le digo a Svet—. Por eso te he traído. Para que no olvides que tu madre es una estrella y tu otra madre es un supositorio de intensidad.

Svet asiente con una seriedad fingida. Me hace mucha gracia.

—Mami es intensa —confirma—. Pero se le pasa porque tiene cara de que perdonar es de flojos.

—Ahí le has dado. —Me río.

Irina no dice ni mu. Sigue andando. Y yo, que solo quería una tarde de compras normal, me doy cuenta de que la normalidad me va grande. Me devuelve una imagen de mí misma que ya no me cuadra. Y lo que más me revienta es que me ha gustado que me reconozcan. Soy así de imbécil.

Entramos en otra tienda para terminar con las compras de Svet. Ella se prueba trapos, yo hago de jueza de la moda e Irina vigila. Dice que lo tiene todo controlado. Mentira cochina.

En la caja, mientras Svet paga con esa tarjeta que le hemos dado para que se crea independiente, un tío pasa por detrás y me mira fijo.

No se acerca, no quiere una foto. Solo me ubica, me pone la cruz y sigue su camino.

Me deja una pelusa mental que paso de limpiar.

No voy a ponerle nombre a cada cosa que siento.

Bastante tengo con no caerme de los tacones.

Enfilamos el pasillo hacia los comederos humanos. Svet va con una sonrisa que me da la vida y yo solo busco un rincón donde los gritos de los niños no me revienten el oído.

—Vamos a donde no haya enanos berreando, lo pido por favor.

Svet lanza una mirada de superioridad; me recuerda que ella es joven y yo ya tengo un pie en el asilo de la paciencia agotada.

—Eres madre, mamá. Te huelen. Eres su faro —se mofa.

—Me huelen porque tengo la tarjeta de crédito y el instinto de supervivencia de un repartidor de pizzas —le aclaro—. El poder sale de mi cartera, no de mi aura de madre coraje.

Irina se para en seco en mitad del pasillo.

Gira el cuello, mira el local y acaba por señalar una mesa al fondo, pegada a la pared y con los laterales cubiertos.

Una estratega de la ensalada mixta. Me entra una risa que me vibra en la barriga.

Mi mujer elige sitio para comer lechuga fiel a un protocolo de extracción de rehenes.

—Oye, qué detalle tan romántico —le digo—. Solo te falta poner alambre de espino en el plato para que el romance sea completo.

Irina me dedica una mirada de hielo. Me pone la sangre a mil. Señala la silla con la barbilla.

—Siéntate.

—No me des órdenes, que me vengo arriba y te monto un pollo aquí mismo que salimos en las noticias —le respondo.

Pero me siento. No soy tonta y mis pies están pidiendo la eutanasia. Svet se pega a mí. Me encanta que lo haga.

Pedimos una ración de algo que tiene toda la pinta de haber sido fabricado en una planta química y no en una cocina.

Engullimos en bandejas de plástico, rodeadas de gente que grita para escucharse a sí misma y sentadas en unas sillas de tortura que te invitan a largarte antes de que termines de masticar.

La normalidad es un atraco a mano armada.

Svet mastica con una elegancia nula y me lanza la bomba con la boca medio llena:

—Lo de «Julia Sinmiedo» ha tenido su aquel. Muy pro, mamá.

—Pro es que no te hayas quemado las cejas con la plancha del pelo esta mañana —digo, sin que se me note que el ego me ha subido tres peldaños.

No cuela. La cría tiene la cara de su madre, pero me ha pillado el truco de oler la debilidad a un kilómetro. Es alumna de mi propia academia de cinismo.

—No pongas esa cara. Te ha molado que te reconocieran. —Baja el volumen porque sabe que Irina tiene el oído de un murciélago.

—A mí lo que me gusta es llegar a fin de mes sin el riesgo de que alguien os haga un agujero de ventilación en la frente —murmura Irina. Directa al hígado.

Svet se encoge de hombros con tranquilidad.

—Yo quiero seguir viva, pero con ropa que no dé pena verla —dice la tía, tan ancha—. Es un plan sin fisuras.

Mi hija es una mezcla cojonuda: un cincuenta por ciento de ganas de bronca y un cincuenta por ciento de estilazo. Irina me dedica una mirada de esas que dicen «luego hablamos» y vuelve a mirar a cada persona que pasa a menos de tres metros de nuestro radio.

Terminamos de tragar y la siberiana se levanta antes de que yo pueda siquiera soñar con un café que sepa a algo.

—Fuera. Nos largamos —ordena.

—Coño, qué estrés. ¿Te vas a derretir si te da el aire acondicionado cinco minutos más?

—Aquí hay demasiada gente y demasiada boca abierta —sentencia. Y se acabó la discusión.

Svet se levanta y me regala una sonrisa; yo mantengo mi cara de perro.

—Ha estado bien, ¿no?

—Sí —le digo—. Ha sido una tarde… normal.

Y decir esa palabra me da hasta asco. Normal.

Siento una cosa rara en el estómago que no es por la comida basura.

Es el pack completo: el nombre retumbando por el centro comercial, el fantasma de Sabina que no nos abandona ni a sol ni a sombra, Irina con los cables pelados fuera de su refugio y yo, mientras disfruto de un plan de mierda que siempre he dicho que detesto por salud mental.

Llegamos al parking e Irina encuentra el coche. Mira los bajos, nos mete dentro de un empujón y arranca. Me repanchigo en el asiento y cazo a Svet con la mirada fija en mí por el espejo. Me sonríe de verdad. Y yo, que soy idiota, le devuelvo el gesto sin una sola pulla, así, porque sí.

—Bueno. Ya hemos hecho el ridículo en la civilización por hoy. ¿Estáis contentas?

Svet asiente. Irina no dice nada, pero agarra el volante con unas ganas que me confirman que hoy tampoco nos vamos a morir.

Hoy me ha salido la Julia que enterré hace años bajo tres capas de mala leche y bastantes litros de ginebra.

Miro las luces esas tan feas del parking y pienso que la normalidad es una mierda que te deja vendida.

No te protege. Te pone en bandeja para que tu pasado venga a darte una colleja cuando menos te lo esperas.