Capítulo 12 #2
—Miente —intervengo yo—. Ha dicho que eres la jefa de las rusas forradas. Te ha calado, acéptalo.
Svet me arrea un viaje en el brazo mientras se parte de risa.
—Mamá, eres un bicho rastrero.
—Soy una mujer justa —le aclaro—. Las verdades a la cara siempre.
Irina suspira con resignación absoluta. Sigue su camino de patrulla y Svet se me pega al hombro para susurrarme al oído:
—Oye, hoy estás sembrada. Me meo.
Me entra un ataque de satisfacción que trato de disimular con una orden directa. El orgullo es para los flojos.
—Búscate algo que no sea un disfraz de influencer ni un hábito de monja de clausura —le digo—. Y camina con más estilo, que me pones de los nervios con esos pasos que das.
—A sus órdenes, jefa —se mofa ella.
Entramos en un antro de lujo donde hay tanto silencio que te da vergüenza hasta respirar. Todo es color crema y las dependientas te escanean antes de darte las buenas tardes.
Svet acaricia un abrigo que probablemente cuesta una fortuna. Irina espera en la entrada, atenta al reflejo de un espejo gigante. No mira si tiene bien el pelo; vigila el pasillo. Me crispa los nervios. Me enternece. Me dan ganas de darle un bofetón de amor.
La dependienta del moño estirado me clava el ojo. No lleva esa cara de querer endosarme un bolso de tres mil pavos para cobrar la comisión del mes, lleva esa de haberme masticado junto a los Corn Flakes en el programa de cotilleo de turno. Se acerca con paso lento.
—Perdona… —dice con voz de ratoncilla—. ¿Tú eres Julia Sinmiedo, la supermodelo?
A tomar por saco la humildad. Me acaba de meter un viaje de ego. La supermodelo. Hacía siglos que no me soltaban el título completo y, oye, el orgullo me da un saltito de alegría. Es ese ramalazo de vieja gloria que me dice: «venga, Julia, saca el cuello, que aún eres la puta ama».
Svet tiene las cuencas de los ojos del tamaño de dos ceniceros. A la siberiana le falta sacar la porra. Se pone rígida y da ese pasito para meterse entre la chavala y mi yugular. Ya estamos con la protección. Casi me carcajeo por lo absurdo de la escena, pero saboreo el momento de estrellato.
—La misma que viste y calza —respondo, y asomo el colmillo—. Lo que pasa es que hoy voy camuflada de persona decente con niños y se me nota menos la mala vida, ¿verdad?
A la chica le sale una risilla nerviosa.
—Perdón, es que mi madre te idolatra. Y yo también, claro. —Mueve las manos en el aire—. ¿Te importa hacernos una foto? Si no es mucha molestia, que sé que vas ocupada.
Lo suyo sería marcarse un «no» rotundo. Mandar a la señora a freír espárragos, invocar los protocolos de Irina y no dar el cante para que no nos acaben pegando un tiro.
Pero me sale el «sí» desde el fondo del hígado.
Me importa un bledo la foto; es el nombre.
Es la confirmación de que no soy un fantasma en esa mansión donde hasta el césped está en nómina.
Necesito que alguien me reconozca sin haber visto antes mi ficha policial o el color de mis bragas.
—Venga, acércate antes de que me arrepienta.
Svet empieza con la risita por lo bajo. Ese tono de burla que me dan ganas de meterle la cabeza en un cubo, pero que me encanta.
—Mamá, eres famosa —cuchichea.
—Calladita estás más guapa, lista. —Mantengo la sonrisa de cara al público—. Y ponte recta, que sales en las fotos con una postura que da pena verla.
—¿Puedo salir yo también? —pregunta la cría.
Se las da de adolescente de vuelta de todo, de las que no se impresionan con nada, pero le brilla la cara. Está muerta por salir. Me entran unos impulsos de madre pesada que me dan hasta miedo, así que decido soltarle un hachazo para equilibrar el universo.
—Si dejas de poner esa jeta de delincuente juvenil, adelante.
La mujer saca el móvil y se coloca. Yo planto mi mejor pose de «aquí no pasa nada». Svet se me pega al costado, hombro con hombro. Está orgullosa de su vieja, la tía. Me da un gustazo tan fuerte que me veo obligada a poner una mueca de asco para no largar ninguna cursilería.
—Di «consumismo», que es lo único que te interesa —le ordeno.
Svet pone los ojos en blanco, fiel con su cupo de rebeldía diaria.
—Di tú «impuestos» —me la devuelve.
La dependienta se parte de risa y dispara la foto.
Irina da un paso al frente. No dice ni mu, pero su cuerpo emite una señal de radiofrecuencia que grita «se acabó el circo». Es como un muro invisible que nos empuja hacia la salida. Yo hago como que no me entero. Se me da de lujo ignorar lo que no me conviene.
—¿Me firmas un autógrafo? —salta otra dependienta que se ha unido al jaleo—. Mis amigas van a jurar que voy drogada si no les llevo una prueba.
—Claro. ¿Dónde te lo pinto? ¿En el móvil? ¿En la camisa?
La chavala se ríe y el ambiente se ablanda.
El problema es que el resto de las clientas han detectado el movimiento.
Una señora con perlas y cara de oler basura mira de reojo.
Otra más joven ya saca el móvil para llevarse su trozo de Julia.
El murmullo sube. No estamos en la alfombra roja, pero la gente empieza a amontonarse. La atención pica.
Irina se planta a mi lado. Se pega al cristal del escaparate y pone la espalda en un ángulo que le permite vigilar hasta la última pelusa del pasillo. No me toca, porque el contacto físico debe de estar prohibido en su religión, pero su presencia ocupa todo el espacio.
—Julia. —Su voz es un aviso.
Le sonrío al aire, sin mirarla.
—Un minuto, pesada. No me metas prisa que me lío.
A lo mío. Le garabateo la firma a la chica. Me sale una letra de médico tras una noche de farra.
—Ponle la fecha tú, que luego te arrepientes de haberme visto y lo quieres vender en internet por dos duros —le digo.
La chica se ríe.
—Qué va, esto es oro para mí.
—Eso dicen todas antes de conocerme a fondo.
Otra mujer se acerca, toda cortada.
—Oye… ¿eres tú? —pregunta—. ¿Julia Sinmiedo?
—Depende. ¿Vienes a pedirme un préstamo o a decirme que mi ex tenía razón en todo y soy una imbécil?
Se ríe. Foto al canto. Luego otra. Y otra más. Móviles arriba, sonrisas por todas partes. Escucho un «qué fuerte» que rebota en las perchas.
Svet está disfrutando el momento. Está viendo la versión de mí que solo ha visto en vídeos YouTube de cuando yo era alguien importante a jornada completa. Sonríe y le lanza una mirada a Irina. La otra analiza cada teléfono que se levanta.
—Mami, relaja la cara. Nadie va a robar a mamá en esta tienda de ropa.
Irina la mira fijo. No entra al trapo, pero esa frase le ha descolocado el esquema.
Acaba de ver que Svet y yo tenemos un club privado y ella no tiene la contraseña.
Svet se ha pasado a mi lado. No es que vaya contra Irina, es que le gusta mi espectáculo.
A mí me entra un regusto entre amargo y dulce que me guardo para luego.
—No es por eso. —La voz de Irina no sube ni baja.
—Claro que no —remato yo—. Es por el control. Siempre es por el puñetero control.
Irina me atraviesa con los ojos. Yo paso de broncas. Hoy toca hacer de familia feliz en un centro comercial, una tarea que se nos da de pena pero que estamos cumpliendo con un par de narices.
Garabateo mi nombre en la funda de un móvil que acabará en la basura, cuando una chica con el pelo perfecto me lanza la bomba:
—Oye… ¿y Sabina Rey? ¿Seguís siendo uña y carne?
No hay mala intención, solo esa inercia mental de la peña: Julia y Sabina, el dúo dinámico, el pack indivisible que nos inventamos para que la prensa tuviera algo que masticar y que, al final, nos acabó masticando a nosotras.
Pongo mi mejor sonrisa de escaparate.
—Sabina sigue respirando por su cuenta. Teniendo en cuenta su ritmo de vida, ya es un éxito médico.
La mujer suelta una risilla de esas de compromiso.
—Ya, ya, pero es que antes erais pegamento puro. Me encantaba veros juntas.
Pegamento puro. Aprieto los dientes, me doy cuenta del cuadro y aflojo antes de que me dé un síncope maxilar.
Miro a Irina de reojo. No se mueve, no parpadea, pero sé que analiza cada palabra de la señora para ver por dónde puede saltar todo por los aires. No es que le piquen los celos, es que le fastidia cualquier cabo suelto que ella no pueda anudar a su gusto.
Svet, que está a mi lado, me mira con una cara de «esto se pone interesante». Mi hija ha salido a mí: huele el drama a kilómetros y lo disfruta en primera fila.
—La gente tiene una memoria que asusta —le digo a la clienta con el tono más suave que tengo en el repertorio—. Pero Sabina es una rubia con una agenda muy movida. No da para todo la pobre, y yo tampoco.
—Es que os veía y pensaba: estas dos se comen el mundo —insiste la pesada, que no pilla la indirecta.
—El mundo se indigesta, reina. Te lo digo por experiencia personal.
La clienta sonríe, feliz de que le dé carnaza. No nota que estoy a esto de salir corriendo porque tengo tres capas de sarcasmo profesional encima.
—¿Le puedes dar un beso de mi parte? —pregunta mientras se guarda el móvil—. Es que me cae fenomenal.
Trago saliva con elegancia.
—Se lo daré —miento—. Y seguro que ella te manda otro de vuelta, con lengua y todo, que ya sabes que es muy cariñosa.
Svet se troncha. La miro de reojo y le saco el dedo corazón por debajo del mostrador, un gesto familiar, educativo y muy nuestro. Se ríe más.
Irina da un paso al frente. No me toca, pero se planta con una autoridad que hace que la gente empiece a retroceder solita.
—Última foto y empiezo a cobrar. Mi tiempo sale carísimo —anuncio al grupo de mironas.
Hacemos el posado, la dependienta me da las gracias con una cara de haberme visto el aura y salimos de la tienda. Svet me mira con una mezcla de orgullo y ganas de cachondeo que me hace gracia.
—Venga —le digo a mi hija—. Vamos a por tus trastos y nos largamos antes de que me pidan que les bendiga el bolso con un rotulador permanente.
Salimos al pasillo del centro comercial. El ruido sube, los móviles apuntan y las miradas me siguen un rato antes de volver a sus asuntos. Así funciona este tinglado: te usan, te miran y a otra cosa.