Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 12
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Capítulo 12

Titular de primera plana para el diario de lo absurdo: «La Zarina Popov maneja un artefacto de cuatro ruedas y no provoca una carnicería».

El coche va tan derecho que sospecho que nos han puesto raíles invisibles de camino al infierno del consumo masivo.

Irina tiene las manos pegadas al cuero en la posición de las diez y diez, con cara de quien transporta plutonio enriquecido y no a su familia de paseo.

Nada de música, nada de relax, nada de dejar una mano muerta por ahí. Está en modo operativo total.

Revisa el retrovisor cada diez segundos exactos. Los cuento porque mi vida es así de emocionante ahora mismo y porque su tensión se me pega a las encías. Mira el espejo de dentro, luego el de fuera, luego otra vez al centro.

Yo también caigo, porque soy una floja y se me contagia su paranoia. No hay nada. Gente que debería volver a la autoescuela, repartidores con prisa y una señora con un caniche. Vida corriente. El mayor riesgo aquí es que nos atropelle un carrito de la compra, no un comando checheno.

—¿Conduces así por miedo o por darnos el día?

No se gira. Ni una mirada, nada.

—Llevo el vehículo.

—Ya veo, corazón. —Me retuerzo en el asiento para mirar atrás—. Svet, dile algo a tu madre, que me está amargando el viaje con tanta rectitud.

Svet está detrás, con las piernas dobladas, los cascos al cuello y esa cara de aburrida que tiene siempre. Me da la razón por una vez en la vida.

—Está haciendo su numerito de espía. —Señala a Irina con la barbilla—. Cree que estamos en una zona de guerra.

—No creo nada —responde Irina sin distraerse—. Solo intento no llamar la atención.

—Vamos a un puto centro comercial, cari —le recuerdo—. Allí llamar la atención es obligatorio.

Svet disfruta del panorama.

—Mamá tiene razón. Es zona hostil. Sobre todo para ti, mami. Te pones a morir si tienes que esperar diez minutos en la cola para pagar cualquier mierda en el Zara.

Irina aprieta el volante. Los nudillos se le ponen blancos. Es un detalle mínimo, pero lo noto. Svet también, porque me sonríe. Me gusta que mi hija se alíe conmigo para chinchar a la jefa. Es una victoria de esas pequeñas que te arreglan la mañana.

—Gracias, Svet —le digo—. Al menos tú tienes algo de luces en este coche de locas.

Irina carraspea. Es un ruido seco. Significa que no va a entrar al trapo porque hoy ha decidido ser una santa y nos aguanta la excursión, que ya es bastante milagro.

—Pon algo de ruido. —Señalo la pantalla—. Si nos la pegamos, que sea con ritmo.

Tarda un huevo en contestar.

—No.

—¿Cómo que no? —Me giro hacia ella—. ¿Has prohibido divertirse en el coche oficial?

—Me quita la concentración —dice con tono de profesional seria.

—Te quita las ganas de vivir, que es distinto.

Svet mete baza de nuevo, encantada con el lío.

—Pon la lista de música de mamá. Esa que se llama «Me cago en todo». Seguro que te espabila.

—Yo no tengo ninguna lista con ese nombre —miento fatal.

Svet me dedica una mirada que es un archivo completo de mis vergüenzas musicales.

—Claro que la tienes. La escondiste cuando te diste cuenta de que yo podía ver lo que escuchas en la cuenta compartida.

—Traidora.

—Soy tu hija. Viene en el contrato.

Irina bufa. No llega a ser una carcajada porque eso rompería su aura de mujer de hielo, pero es lo más parecido a un gesto de humanidad que le voy a sacar hoy.

—Pon lo que te dé la gana, Julia —dice al fin—. Pero que no me estalle la cabeza.

Me giro hacia Svet y le hago el gesto de la victoria con los dedos, escondido para que la conductora no lo vea. Mi hija asiente con complicidad. Me sube una especie de calor tonto por el cuerpo y lo entierro rápido con una broma interna, no vaya a ser que me ponga sentimental.

Pongo música. No mi lista de «cagarse en todo», porque tengo un mínimo de amor propio. Elijo algo con bajos potentes. Irina aprieta los labios, pero no alarga la mano para apagarlo. Bien. Pequeñas conquistas en el territorio de la reina.

—¿Qué trapitos te vas a agenciar, nena? —le pregunto a Svet con mi mejor tono de madre moderna.

—Ni idea. —Svet se encoge de hombros—. Nada que me haga ser una muerta en vida o una señora que va a misa a que le perdonen los pecados.

—O sea, buscas un milagro. Suerte con eso, hija. Con tu cara de pocos amigos y la genética de mami, lo tenemos crudo.

—¿Has decidido ya el templo del consumo? —pregunta Irina sin dignarse a quitarle el ojo a la carretera.

—Uno que tenga el aire acondicionado a tope y donde las dependientas no te sonrían con ese estilo comercial de secta.

Svet se descojona.

—Mamá, acabas de describir todos los centros comerciales de este hemisferio.

—Pues habrá que mimetizarse —sentencio—. Yo soy el ejemplo vivo de la adaptabilidad.

Irina me lanza una mirada de guasa. Su forma de decir «tú no eres flexible ni con un manual de instrucciones». Yo me hago la sueca.

Llegamos al centro comercial. El parking está petado porque la peña no sabe qué hacer con su vida si no es con la compra de chuminadas.

Irina conduce despacio, no porque dude, sino porque mapea el terreno.

Escanea los pilares, las salidas de emergencia y los coches sospechosos.

Casi le saco un Lexatin del bolso, pero decirle a mi mujer que se relaje es el camino más corto para que no lo haga.

Encuentra un hueco de esos que no existen para el resto de los mortales. Ni columnas que estorben, ni furgonetas que te impidan abrir la puerta, y a una distancia prudencial de la entrada. Aparca a la primera. Sin rectificar. Un movimiento limpio, casi ofensivo.

—Vaya, la mujer maravilla lo ha vuelto a hacer —le digo—. Ahora que has humillado a todos los conductores del recinto, ¿podemos ir a por los calcetines en paz?

Ella apaga el motor. No se mueve. No se despereza. No hace el gesto humano de «ay, por fin». Procesa el entorno y luego abre la puerta.

—Svet, pegada a mí —ordena.

—Que no soy un perro, mami —protesta la cría, mientras pone los ojos en blanco.

—A veces tienes el mismo pelo, no te flipes.

Svet me dedica un dedo corazón con una elegancia que me hace sentir orgullosa. La educación ante todo.

Salimos del coche y subimos las escaleras mecánicas. El estruendo es una mierda: el roce de las bolsas, los gritos de niños con azúcar en vena, adolescentes que se miran con esa mezcla de asco y hormonas disparadas y esa música de fondo que es una tortura china.

Irina va medio paso por delante. Siempre. No corre, pero se coloca. Avanza por el pasillo central con aires de guardaespaldas personal. Se para en una esquina, gira la cabeza y sigue. Cualquiera diría que está con las rebajas, pero yo sé que busca enemigos imaginarios.

—Ira, cariño —le susurro con sonrisa de mujer abnegada—. Estamos en modo «marujas de compras». Baja las revoluciones, anda.

—No.

—Qué chorprecha. Me dejas de piedra.

Svet se me pega y bufa a escondidas de Irina. Se me sube el ego de madre guay a niveles peligrosos. Me lo guardo en la mochila de las victorias silenciosas, al lado de la vez que conseguí que se comiera las acelgas.

—Mamá, déjala —me riñe Svet en voz baja—. Se pone en plan Terminator y si la chinchas luego no me compra ni una goma del pelo por castigo.

Irina ni parpadea. Tiene una paciencia que te cagas.

Entramos en la primera tienda: paredes blancas, música de discoteca de polígono y dependientas que te miran con una alegría sospechosa, con el bótox puesto en la sonrisa.

Yo me pongo en plan madre intensiva para compensar la rigidez de mi mujer: toco las perchas, critico las costuras y hago comentarios sobre la calidad de la tela.

—Toma, para que te hagas un disfraz de fantasma indigente. —Le paso a Svet un trapo que pretenden vender como blusa.

—Eso me lo dirías aunque fuera de seda pura.

—Pues claro. —Asiento con la cabeza—. La coherencia es mi única virtud.

Irina revolotea por el perímetro con el radar encendido. Se interpone entre nosotras y cualquier desconocido que ose respirar el mismo oxígeno. Es mi mujer, pero ahora mismo tiene toda la pinta de ser un agente del Mossad con tacones dispuesto a proteger un cargamento de uranio.

La cría sale del probador con un conjunto negro. Le queda de cojones. Se mira al espejo e intenta ocultar que le encanta, pero le brillan los ojos. Siento un orgullo muy fuerte en la tripa, así que tiro de mala leche para que no se note que me he puesto tierna.

—Es un espanto. Llévatelo.

Svet da una palmada.

—Gracias. Yo también te quiero, pero a veces me das un asco de los grandes.

Irina mira la ropa de arriba abajo. Mueve la cabeza una sola vez, muy seca. Eso en ella cuenta como una ovación.

—Póntelo —ordena mi siberiana—. Llévalo puesto.

Svet pone los ojos en blanco.

—Hala, la jefa ha dado el visto bueno oficial. Me va a dar un parraque.

—No te desmayes —responde Irina—. El suelo está sucio.

Svet me busca con la mirada, compinche total.

—¿Te fijas? Ella es la sargento de la limpieza y tú la inspectora de la moral.

—Yo no soy inspectora de nada —protesto—. Yo soy una institución nacional. Respetad el mito.

La risa de la niña hace que se me quiten las ganas de quejarme.

Es un momento raro en el que todo funciona y nadie termina gritando.

Me lo guardo en la memoria antes de que se pase el efecto, porque estas cosas suelen durar poco y mañana seguro que me toca pagar alguna factura emocional por haber sido tan feliz cinco minutos.

Salimos cargadas de bolsas. Svet está de un humor excelente; suelta perlas y me pide opinión con ese miedo a que le destroce la autoestima que tanto me gusta cultivar. Me contengo. Solo un poco. Irina va un paso por delante, con el cuello tieso, y analiza hasta el polvo de las estanterías.

—Mira eso, Svet. —Señalo un maniquí con un vestido que tiene más volantes que la feria de abril—. Es el uniforme oficial para cuando odias tu propio dinero.

—O para cuando quieres pasar por la hija hortera de una rusa con pasta —replica la niña con toda su cara.

Irina frena en seco.

—¿Qué has dicho?

—Nada, mami. —Svet pone su cara de santa—. Que te quiero mucho.