Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Me empuja contra la cómoda, firme, posesiva. Me doy cuenta de que hablar de la rubia la ha puesto burra de una forma peligrosa. No sé si son celos o si el morbo de Sabina le corre por las venas tanto como a mí.

—No ha tenido ninguna gracia, Julia.

—Pues imagínate el chiste para mí —le escupo—. Que llevo mil años tragándome lo tuyo con ella. Que si un roce, que si un susurro. Y yo, calladita.

Me da la vuelta con un tirón y me obliga a inclinarme sobre la cómoda. Es una postura que yo nunca acepto: de espaldas, el culo en pompa, apoyada en la madera. Me parece demasiado entregada, pero hoy el trato es el que es.

—No es comparable —dice ella, al encajarse detrás de mí.

—Es la misma mierda —la corto—. Solo bailábamos, por si te sirve el dato.

Irina no contesta. Me mete dos dedos de golpe, sin charla, e impone el ritmo con una presión que me saca un jadeo. Ya no discute. Me obliga a tragarme el orgullo por la vía rápida.

—Te he visto excitarte, Julia. Te conozco.

—¿Y qué esperabas? —jadeo contra la madera—. Había música. Me dio por acordarme de cosas.

—Pues acuérdate bien de esto —me susurra al oído—. Porque ahora vas a estarte muy calladita.

Aprieta más. No me hace daño; me lo deja claro.

Está ahí, pegada a mis riñones, y no se aparta.

Noto el cuero del arnés frío contra mis nalgas antes de que el dildo me busque.

Es una mezcla de castigo y de «me perteneces» que me pone de los nervios.

Se me escapa una risa corta que muere en la garganta cuando me marca el sitio con un tirón seco del pelo; me obliga a clavar la cara contra la madera de la cómoda.

No quiere que me mueva más que como a ella le da la gana.

Saca los dedos y me embiste con el juguete.

Más fuerte. Más cabreada. No hay pausa, no hay cuidado; solo el golpe seco de su cadera y ese sonido húmedo, obsceno.

Yo muerdo la madera con la mirada, rechino los dientes y resoplo.

Me falta aire y me sobra orgullo, pero Irina me lo está quitando a base de embestidas que me hacen vibrar hasta las muelas.

Me obliga a apoyarme bien, a separar los pies, a aguantar una postura que me deja vendida.

Estoy tan encendida que me duele. Intento bajar la mano, en busca de mi propio clítoris para terminar de reventar, pero Irina es más rápida. Me agarra la muñeca con fuerza y me la clava de nuevo contra la cómoda.

—Ni se te ocurra. Dijiste que no ibas a protestar. Que me ibas a dejar hacer lo que quisiera. Pues ahora te aguantas.

—Ira… por favor —jadeo, con la espalda arqueada, en busca desesperada del roce que me falta—. Me estoy volviendo loca.

—Pues vuélvete loca —ruge ella, y me pega otro empujón que me hace castañear los dientes.

Sigue follándome sin piedad. Marca un ritmo que no es humano, una molienda constante que me saca la chulería a hostias.

Me muerdo la lengua para no pedirle clemencia.

El roce del dildo me llena, pero la falta de estímulo arriba me tiene trepando por las paredes de la cómoda.

Irina lo sabe. Disfruta de mi desesperación.

Me sujeta fuerte del cuello, me mantiene inclinada y me obliga a tragarme cada embestida.

—No vuelvas a tocar a Sabina sin mi permiso —me dice.

De repente, el ritmo cambia. No para, pero se vuelve más lento, más pesado.

Irina se pega a mi culo de una forma distinta, más íntima.

Ella también se frota contra mi piel con la base del arnés; busca su propio ángulo, su propio alivio.

La escucho respirar de forma errática, casi rota, y eso me pone todavía más bruta.

Su mano baja por fin. No me deja tocarme a mí; es ella la que me busca. Me encuentra el clítoris y presiona con una confianza que me hace ver estrellas. Sigue con el vaivén de la cadera, despacio, hundida en mí mientras me masajea con una maestría que me deshace los huesos.

—Mírame, Julia —me ordena, al girarme la cara para que vea su perfil, sus ojos oscuros y esa cara de absoluta perdición que rara vez enseña.

Estamos las dos al límite. Ella vibra contra mi espalda, su cuerpo se tensa en busca del final. El dildo sigue ahí, testigo fiel, mientras su mano hace que el mundo desaparezca.

—Ahora, Ira… —suplico, y ya no sé ni quién soy.

—Ahora —responde ella, y me pega un último empellón, hundida del todo mientras sus dedos hacen el trabajo final.

Nos corremos a la vez. Es un estallido sucio, largo, que nos deja a las dos mudas.

Irina gruñe contra mi nuca y se apoya en mí, con el cuerpo todavía sacudido por los espasmos del arnés y de sus propias ganas.

Yo me hundo en la madera de la cómoda, sin fuerza ni para respirar, consciente de cómo mi propio pulso late dentro de ella y el suyo dentro de mí.

Se queda así un rato, sin soltarme, para marcar el territorio hasta el último segundo.

Luego, me da un beso corto en el hombro, se separa para desabrocharse el cuero y se va al baño sin decir ni media palabra.

Me deja en el cuarto, despeinada, sudada y con la humillación más dulce del mundo pegada a la piel.