Capítulo 11 #3
—Tú, la enana y yo —sentencio. Me llevo dos dedos a la boca, los humedezco mientras la miro fijo y me toco, solo para que vea que no he terminado con ella—. Centro comercial. A comprarle trapos a Svet. Comida basura después. Y lo más importante: sin el séquito de gnomos con pinganillo.
Abro el armario y saco el arnés negro. El de cuero bueno.
El que tiene el dildo que a ella la vuelve loca.
Se lo enseño con una sonrisa de hiena. Es su debilidad.
Es lo que siempre me pide y yo, por pura soberanía, le niego.
Hoy se lo ofrezco en bandeja de plata. Vuelvo a la cama y lo dejo sobre la sábana, rozando su cadera.
—Si me das el centro comercial sin escoltas… —le susurro al oído, mientras acaricio el arnés con las puntas de los dedos— te dejo que me lo pongas tú. Y que me folles como te dé la gana. Todo el rato que quieras. Sin que yo diga ni mu.
Irina parpadea una vez. Dos. El conflicto se le ve en las pupilas: el protocolo de seguridad de la mafia contra las ganas de reventarme con ese juguete puesto. Traga saliva.
—No.
—Sí —le rebato, y me subo a horcajadas sobre ella, con las manos clavadas en su pecho, atenta a cómo le late el corazón a mil—. Y no me pongas esa pose de mafiosa. Míralo, Ira. Es tuyo si claudicas.
—Cariño…
—Nada de «cariño». Mañana. Svet. Y la puñetera necesidad de hacer algo que no parezca un episodio de Narcos. Estoy hasta el moño de turnos, de perímetros y de tíos plantados en la puerta haciendo de decoración.
Irina se frota la nuca. Su gesto de cálculo. A mí me sirve de pista: está imaginando la tarde de compras, pero sobre todo me está imaginando a mí debajo de ella con ese dildo puesto. Está cediendo por dentro y haciéndose la dura por fuera.
—Es una idea pésima. Existe un protocolo.
—El protocolo te lo puedes meter por donde no da el sol. —Le abro más las piernas con la rodilla, en un frote continuo contra ella para recordarle que el trato es físico—. Tú impones más respeto que media ciudad. Si alguien se pasa de listo, lo miras y se le quitan las ganas de respirar.
—No soy una deidad, Julia. No soy invencible.
—Nadie te ha pedido que seas Thor. —Le beso la garganta. Aprovecho y le planto el arnés en el pecho—. Te he pedido que seas Irina. Y tú das miedo hasta cuando eliges el sabor del yogur.
Me agarra por la nuca y me acerca a su boca. Me da un beso profundo, húmedo, de los que saben a rendición. Le cojo la mano y se la cierro sobre el dildo.
—Hay riesgos —insiste ella, aunque ya tiene la voz más grave—. Es una cuestión de seguridad.
—No hay francotiradores entre los percheros de rebajas de la planta joven.
—Le muerdo el cuello con una saña muy mía—.
No me calientes la cabeza. No pienso tragar con que nuestra vida sea este bucle: la finca, los escoltas, tus pausas largas y yo en busca de tu boca para no acabar gritándole a las paredes.
—¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Follarme por desesperación?
Me levanto y me apoyo en la cómoda. Me miro las tetas, me las aprieto para que me vea y luego la enfoco a ella, descarada.
—Qué va. Te follo porque me pones a mil y porque sé que te mueres por estrenar esto conmigo. —Señalo el arnés—. Pero necesito este baño de realidad para no mandar todo al carajo. Y para no darle vueltas a… —me muerdo la lengua— a las idas de olla de Sara.
Se levanta y se planta frente a mí, desnuda y perfecta, con esa jeta de jefa que me revuelve el estómago.
—Ah.
—No me hagas el «ah», que te conozco —le arreo, y le doy un beso rápido, casi un castigo—. Sara estaba borracha. Pero tú estás aquí con el arnés en la mano y yo estoy aquí sin bragas. Negocia conmigo, Ira.
Apoya una mano en la cómoda; me encierra.
—Pero te ha afectado.
Le paso la lengua por el labio inferior, para saborearla.
—Me afecta que haga calor, me afecta que te pongas en modo muro. Sara no me afecta. Me da asco que se crea la reina del mambo, eso es todo.
No me compra nada, pero la veo mirarme el cuerpo y luego la boca.
Eso, en Irina, es un puto sí. Me pongo más burra todavía.
Me agacho despacio, sin dejar de mirarla, y me pongo de rodillas.
Huele a ella, a excitación cruda, y me entra un hambre que no es normal.
Le cojo las manos, le chupo los dedos uno a uno mientras le ajusto las correas de cuero a la cintura.
Me recreo en el sonido del metal, en el roce de mis uñas contra su piel.
—Mañana —repito desde abajo, con la voz rozándole el vientre—.
La niña. Ropa nueva. Hamburguesa. Sin guardaespaldas.
Y a cambio… —le lamo la base del dildo, lento, con la mirada puesta de abajo arriba— dejo que me hagas lo que quieras con esto puesto.
Lo que te dé la gana. Sin que yo abra la boca para protestar.
Se le tensan los muslos. Me agarra la muñeca y me obliga a levantarme, firme, para que le aguante el pulso.
—No puedo mandar a los chicos a casa así como así —dice, pero ya tiene los ojos negros de morbo.
—Claro que puedes —le aseguro—. Considera que me lo he ganado con el sudor de mi frente. Hazlo por Svet. Y hazlo por ti, que sé que te mueres por tenerme así.
Baja la vista al juguete. Claudica. Se le nota en cómo le baja el hombro.
—Vale —acepta—. Tú, yo y Svet. Solas.
—Gracias —se me escapa, y me cago en mi vida por lo blandita que suena.
Irina me mira fijo. Me coge por la cadera y me acerca con una mano que pesa. Intento poner cara dura, pero estoy empapada.
—Y mañana, cuando estemos rodeadas de gente, no montes ningún numerito —me advierte—. Lo de hoy con Sabina ha sido un despropósito.
Se me escapa una risa fea.
—Ah, estupendo. Ahora te vas a poner puritana.