Capítulo 11 #2
—Cállate. —Le planto el antifaz en el pecho y le aprieto la barbilla—. Te lo pongo o te lo pones.
Me coge la muñeca con una mano. Un agarre limpio, firme. Me frena sin esfuerzo. Me mira, divertida.
—Pónmelo tú. Ya que estás en tu papel.
Le coloco el antifaz. Ajusto la cinta detrás de su cabeza y le doy un tirón corto.
—Ni se te ocurra levantarlo.
—Si lo levanto, ¿qué? —pregunta, y la voz le sale aún más baja. Más segura.
—Te lo aprieto hasta que se te quiten las ganas de chulear.
Acepta el golpe con un resoplido de puro morbo.
—No puedes.
Le hundo los dedos en la cadera, firme.
—Te estás buscando un problema.
—Me gustan tus problemas.
Le agarro una muñeca, luego la otra. Saco de la mesilla unas esposas blandas, de velcro.
—Mira qué civilizado. Ni nudos, ni historias.
Irina chasquea la lengua.
—Qué decepción. Con lo bruta que tú eres.
—Tú sigue.
Le cierro una muñeca a la barra del cabecero. Después la otra. Le dejo los brazos por encima de la cabeza. Irina estira los hombros y el pecho se le levanta más. Ni atada parece pequeña. Parece un animal grande que juega a estarse quieto por gusto.
Me acerco a su oreja.
—¿Te ríes ahora?
Le muerdo el cuello, fuerte, sin cariño. Irina hace un sonido corto y se le marca la garganta. Abre la boca para soltar alguna de las suyas. Le tapo los labios con dos dedos.
—He dicho que ni una palabra.
Asiente. Una vez. Limpio. Me dan ganas de escupirle un piropo y me da vergüenza, así que le doy un azote de advertencia, por lista.
Bajo entre sus piernas y me dedico a ella sin romanticismos. Con intención, con firmeza, sin darle el ritmo que pide. Irina arquea la espalda y pega un tirón de las esposas. Me ofrece la boca, abierta, y respira caliente. Le doy un par de palmadas suaves en el muslo, cerca, para marcar territorio.
—Te has reído mucho. —Le subo el ritmo con la mano—. Abre la boca. Respira.
Aspira aire, lo expulsa despacio. Veo el esfuerzo en el cuello, en los hombros, en la forma en que tira de las muñecas sin conseguir nada.
—¿Sabes lo que me da rabia? Que te podrías soltar una mano y darme la vuelta.
Irina suelta una risa ronca.
—Podría.
—Y aun así no lo haces.
—No.
—Porque te pone.
No contesta, pero con un suspiro hondo me regala el «sí» sin decirlo.
—Qué obediente cuando te conviene.
—Qué parlanchina para ser la que manda.
Le muerdo la cara interna del muslo.
—Una más y te dejo aquí atada y me voy a duchar.
—Mentira.
—Prueba.
Tira de las muñecas otra vez. El velcro aguanta. Ella aguanta. El colchón se queja. Yo me río por la nariz.
—Ay, la gran Irina. Tan fuerte y tan… aplicada.
Le agarro la mandíbula. Ella ladea la cabeza con fuerza y me roza los dedos con los labios. No me besa. Me provoca.
Saco del cajón un vibrador pequeño, negro, de esos discretos que Irina llama «herramienta» con toda su cara. Lo enciendo para que lo oiga y lo apago.
—Ah, mira. La utilería.
—Cállate.
Le apoyo el juguete en el muslo, y subo lento. Ella traga saliva. Se le tensan los abdominales. El pecho le sube y le baja más rápido. Se le escapa un sonido, casi una protesta, y a mí me da una alegría sucia.
Me coloco entre sus piernas, y la obligo a abrirse más de la cuenta. No voy con prisas; disfruto al ver cómo intenta mantener la compostura mientras le rodeo el clítoris con la vibración, sin tocarlo del todo. Aprieta los dientes, el cuello se le pone rígido.
Le presiono el juguete de golpe, directo al punto. Ella grita un «¡Julia!» que le sale del fondo de la garganta. El cuerpo se le pone eléctrico. Le marco el ritmo, subiendo la intensidad. Cuando veo que va a perder el sentido de la orientación, retiro el juguete de golpe y la dejo en el vacío.
—Ahora sí te callas, ¿no?
—No me he callado.
Vuelvo y le hago perder el ritmo a propósito. La paro. La dejo al borde. La vuelvo a tocar. Le cambio el punto. Le quito. Le doy. Irina se revuelve contra el colchón, sin poder moverse de verdad. Tira del velcro otra vez. Los músculos de los brazos se le marcan.
—Estás disfrutando mucho.
—Una más y te pongo el bozal que compré el otro día.
Muestra los dientes con un gesto desafiante.
—Eso no existe.
—Claro que existe.
—Dame.
—¿Dame qué?
—Lo que me estás quitando.
—Pide bien.
Se traga el orgullo. Cuando habla, lo hace firme.
—Sí.
—Eso no es pedir.
—Por favor.
Me sale una carcajada bajita. Me doy asco por lo feliz que me pone oírla decirlo.
La toco con el juguete, con más intención. Ya no se ríe. Tira de las muñecas una vez, le tiemblan los muslos. Le tapo la boca con la palma.
—Shh.
La idiota me muerde la mano. Fuerte. Me deja los dientes marcados.
—Hija de puta —me río—. Encima muerdes.
—Para que no te confundas.
Le retiro la mano y le agarro la barbilla.
Ella cierra la boca, pero mantiene la provocación en la sonrisa.
Otra vez. Y yo la castigo: le cruzo la palma por la cadera, firme.
Sigo. La llevo y la traigo. La paro en seco otra vez.
Abre la boca, sin frase. Solo aire. Solo garganta.
Se le marca el cuello. Se le tensan las piernas.
—Mírame.
Le retiro el antifaz. Ella parpadea. Me enfoca. Ojos húmedos. Rabia limpia. Boca abierta. Me desafía incluso así, a medio gas.
—Estás muy orgullosa de ti, ¿eh?
—Mucho.
Le doy un beso. Corto. De esos que son orden, no caricia. Le aprieto la cadera con una mano para que no intente repartir el juego.
—¿Te vas a portar bien o te dejo atada hasta mañana?
Se le escapa un «sí» entre los dientes, bajito, rendida y chula a la vez.
Me pongo encima, a horcajadas, y restriego mi sexo contra el suyo con una presión bruta, sin delicadezas.
Su calor atraviesa la tela de las bragas.
Me hundo en su cuello para morderle la piel a cada movimiento, mientras marco el ritmo que me da la gana.
Irina gruñe, me busca con las caderas, ansiosa por encontrar el roce que la termine de romper, pero la mantengo fija con las manos en los hombros. No la dejo. Todavía no.
Bajo por su vientre, le beso el ombligo con una lentitud que es puro castigo, y me meto entre sus piernas.
Se las abro más y la obligo a exponerse del todo bajo la luz del cuarto.
Me la como a lo bestia. Lengua firme, directa al centro, sin darle tregua.
Le tiemblan los muslos hasta el espasmo y, cuando está a nada de perder el sentido de la orientación, me incorporo de golpe, la agarro de la cara y la obligo a enfocarme con esos ojos empañados.
—Dilo —le exijo.
—¿Qué?
—Quién manda aquí.
—Tú.
Se me sube el calor a la lengua.
—Otra vez.
—Tú.
Cuando por fin la dejo caer, se rompe sin gritar. Se le va la fuerza a la cadera y se clava al colchón con un espasmo que la deja vacía. Se le agita el pecho. Me mira con la cara real, y a mí me da una cosa fea en el estómago que no pienso nombrar.
Pero no la dejo al instante. Me ensaño. Me hundo de nuevo entre sus piernas, empapada de ella, y le paso la lengua con una presión lenta, deliberada, ahí donde ahora cada roce le quema.
Irina pega un brinco, se arquea como si le estuviera metiendo corriente y tira de las correas con una desesperación que hace crujir el cabecero.
Tiene los nervios a flor de piel, esa sensibilidad que duele, y yo le insisto, le succiono el centro con una crueldad que me hace sentir la dueña del mundo.
—Julia… —gime, y esta vez no es vicio; es una súplica cruda.
Intenta cerrar las piernas, pero se las mantengo abiertas con los hombros y la obligo a aguantar el castigo de mis labios sobre su piel hipersensible.
—Ya, Julia.
—Ya qué.
—Que no puedo más —dice, con la voz hecha trizas.
Me separo y la observo desde arriba. La veo deshecha, con el cuerpo vibrando.
—Respira. No te me mueras.
Tiene el pelo pegado a la frente y la boca roja.
—Eres una…
—Ni se te ocurra insultarme ahora —le corto, pero se me va la comisura arriba.
—Eres insoportable, cariño.
—A mucha honra. Me esfuerzo.
Le quito las esposas con dos tirones. Ella flexiona las muñecas, se frota y me agarra de la cintura. Me atrae contra su costado con una facilidad humillante.
—Ven aquí.
—Mira, mira. La que estaba sometida.
—He hecho lo que me ha dado la gana.
—Se te nota.
Me besa el hombro. Un beso corto. Casi nada. Y ese casi nada me gusta… no. Me aguanto. Me callo. No le doy el gusto.
Aguantamos un rato sin hablar. Respiración bajando, piernas que buscan sitio, piel pegada. Me paso la mano por la cara, me recojo el pelo como puedo y recupero el uso de la lengua.
—Vale. Sesión de terapia gratuita finalizada. Puedes volver a ser una persona insoportable.
Irina mira al techo, aún con el pecho arriba y abajo, y gira la cabeza hacia mí.
—¿Te has quedado a gusto?
—Más o menos. Todavía tengo el pulso que me baila.
Se incorpora y se tapa con la sábana hasta el ombligo.
Se frota el cuello donde le he dejado marca y me mira, muy dueña de sí otra vez.
O eso intenta vender. Yo sé que por dentro está hecha puré, y esa Irina blandita es mi terreno favorito para ir a pillar.
Aprovecho el bajón, el momento en que los hombros le bajan un dedo, y ahí meto yo la uña. Con descaro.
—Mañana toca planazo —digo, pegada a su cuello. Me coloco de nuevo encima, para que note que sigo encendida. Le aparto el pelo de la nuca y le doy un beso lento, de los que mandan. Su escalofrío me hace relamerme. Sigo de un humor excelente y con ganas de más guerra.
—Tú siempre tienes un planazo, Julia.
—Y tú siempre tienes una agenda.
—Tengo vida.
—Tienes excusas. —Le doy un toque con los nudillos en la rodilla y me bajo, fiel al trabajo de mi lengua sobre sus pezones, despacio, sin prisas—. Mañana quiero uno de los de dar vergüenza ajena por lo cutre. Algo que huela a clase media, a sudor de muchedumbre y a oferta de tres por dos.
Se le corta la respiración un instante cuando le muerdo más fuerte, ahí donde le duele de gusto.
—¿Cómo?
Me incorporo, me levanto de la cama y camino hacia la cómoda. Irina me sigue con los ojos, sin hablar, concentrada en devorar cada movimiento. Me quito las bragas y las dejo encima con un gesto lento.