Capítulo 11
Subo los escalones con la dichosa canción todavía metida en las muelas, aunque la gracia se me ha escurrido por el desagüe. Lo de Irina y Amaia ha sido una soberana estupidez, pero le doy vueltas al brazo apoyado, al susurrito de marras y a la escena entera.
Irina me pisa los talones, tranquila. Menuda tía. Me entran unas ganas locas de darme la vuelta en el descansillo y estamparla contra el tabique. En plan revolcón salvaje o en plan placaje de rugby; todavía no me he decidido por el tipo de violencia que me pide el cuerpo.
Empuja la puerta del cuarto y pasa delante. Entro detrás y tiro de la manilla para que suene un golpe seco. Que se note que aquí arriba la música no me va a tapar los berrinches.
—¿Qué le has soltado a Amaia? —pregunto de sopetón.
Directo a la yugular. Sin preámbulos. Irina se quita el reloj, lo deja en la cómoda y se despoja del pantalón del chándal. Lo hace lánguida, segura de sí misma.
—Hola, Julia.
—No me vengas con vaciles. ¿Qué narices le has dicho?
Se gira, posa el culo en el mueble y me clava esa mirada de iceberg que me sé al dedillo. Esa jeta la usa para negociar millones, para follarme o para regañar a las niñas. La misma expresión para todo. Es un descanso y una tortura a la vez.
—Le he dicho que se relaje.
—Esa milonga no te la compras ni tú —le replico—. Tú no repartes relajación. Tú das órdenes, mandas vigilar el perímetro o cierras tratos turbios. ¿Qué ha sido?
—¿Te ha sentado mal?
—Me ha picado. Que es peor.
Ella esboza una sonrisa casi invisible. Se despega del mueble y viene hacia mí con ese paso de pantera que no tiene prisa porque sabe que la presa carece de salida. Yo no me muevo. El orgullo lo tengo fuerte, gracias.
—¿Qué quieres que salga por esta boca?
—La verdad.
—La verdad es que Amaia estaba hecha un manojo de nervios. Y la he tranquilizado. Punto.
—El «punto» te lo guardas para tus informes de la KGB. Lo usas para cerrarme la boca y dejarme con el ansia. ¿Qué le has dicho?
Irina se para delante de mí. Cerca. Muy cerca, pero sin tocar. Ni un roce. Ni una excusa. Si me empuja, la empujo; si se planta ahí, con ese olor y esos ojos, me tengo que inventar la salida.
—Le he dicho que mañana…
—No me recites la agenda —la corto—. Dime las palabras exactas.
Sus pupilas no se mueven.
—Que no está sola —dice, en seco.
La frase me da vueltas por el cráneo. Me jode que me joda. Que, en el fondo, sea lo que a la pobre Amaia le hacía falta y me jode el triple que se lo haya dicho ella. Con ese brazo por encima, en plan «yo te cubro, pelirroja». Muy tierno todo. Un cuadro de los que te dan ganas de irte de la olla.
—¿Y por qué se lo dices tú?
Irina ladea la cabeza. No interpreta, observa. Paciente. Qué generosa, la santa.
—Lo necesitaba. Porque habéis sido unas descaradas.
—No hemos hecho nada.
Mierda de boca. Se me nota hasta en el sabor. Irina lo caza al vuelo. Esta mujer oye hasta lo que no digo.
—Tú no haces nada —responde—. Ya lo sé.
Ese «ya lo sé» me enciende las manos. Le agarro la nuca, meto los dedos en su pelo y aprieto. No tiro, pero la tengo. Irina no intenta quitarse ni monta drama. Y eso es lo que me remata: conmigo baja la guardia. A su manera, sí. Pero baja.
—No me cambies de tema. —Me odio por darle la vuelta a la tortilla—. Que tengo una mala hostia contigo de las que hacen época.
Le aprieto en las cervicales, un achuchón que no es tierno y, aun así, es cariño. Irina respira por la nariz, de forma medida, en su línea.
—Dime qué le has soltado a la otra —insisto, con más presión en la base del cráneo.
Ella roza mi muñeca con la yema de los dedos. Un toque mínimo. Aviso claro. «Baja un punto». Y también: «Sigue».
—Que tengo fe en ella —dice, tan tranquila.
Me recorre un chispazo por la espalda. ¿Fe? ¿Irina? Esta mujer no tiene fe ni en la ley de la gravedad; ella revisa datos, firma si cuadra y a otra cosa. Que a Amaia le largue esa palabra de catequista me toca la moral de una forma fea. Y encima me gusta. Tengo un lío montado que ni yo me aguanto.
—¿Y a qué viene el momentito místico justo hoy?
Se pone más seria.
—Porque hemos visto lo que pasaba, Julia.
—Y tú te has puesto a manosear a Amaia para compensar —le devuelvo el golpe—. Menuda casualidad.
Irina no sonríe. Me toca por fin. Me pone las manos en la cintura, firme, y me coloca en mi sitio. Yo la dejo. Porque mi sitio con ella siempre es un sitio que me deja respirar.
—Das el espectáculo con Sabina y luego te encelas porque yo hable con Amaia. Alucino con tu nivel de hipocresía, cariño.
—No son celos. —Me bajo porque sé que tiene razón—. Es pura… curiosidad sociológica.
—Curiosidad —repite ella—. Mira que usas palabras raras cuando te acorralan.
—No me busques las cosquillas —le advierto.
—Tú me las has buscado primero —replica sin arrugarse.
Me aprieta el talle con más saña. Yo, que no me quedo atrás ni para coger impulso, le pego un tirón de pelo para que tenga que doblar el cuello y mirarme desde abajo.
Irina aprieta los dientes. Ni un «ay» ni un reproche.
Respira, en plena pelea consigo misma para no ceder todavía. Ese autocontrol me pone a mil.
—¿Vas a seguir dándole a la lengua o prefieres que te tape la boca?
—Tápamela.
La madre que me parió. Lo dice sin pose. Se me va el cabreo a tomar por saco. Qué asco me da lo mucho que me gusta cuando lo dice así, sin tonterías. Le estampo la boca encima: beso áspero, cero poesía, cero delicadeza.
La empujo hacia el colchón. Ella da pasos atrás sin rechistar, con el peso bien puesto, obediente y terca a la vez. Afloja los hombros y me ofrece el cuello. Me deja el sitio. Me da vía libre. Me coloca el humor donde toca.
—Quítate este trapo. —Le engancho la sudadera con ganas de bronca y de risa—. Venga. Hoy vengo con poca paciencia y mucha imaginación.
Me aparta las manos, muy ella. Y va despacio. Se toma su tiempo, brazo por brazo, pasa la cabeza por la tela. Me mira de lado, atenta a si salto.
Catorce años casadas y todavía cree que me hipnotiza con el numerito. Y mira, sí.
—La camiseta.
A Irina se le escapa una risa por la nariz, abierta, sin esconderla.
—Qué autoridad.
Le paso la prenda por la nuca y se la saco de un tirón. Debajo lleva el sostén negro de siempre, el indecente. Le engancho el tirante con un dedo.
—Fuera.
—Julia…
—Fuera, joder.
Lo hace. Sin negociar. Se lo quita y lo deja caer en la alfombra.
Ver a Irina a la espera de órdenes me da risa y me da algo en el estómago. En cualquier otro sitio me toca chocar con sus horarios, sus «ya veremos» y su manía de tener razón por sistema. Aquí, me sostiene la mirada y punto. Hoy me vale con eso.
Le empujo las rodillas contra el borde del colchón para que se siente. No se sienta porque le nazca: la siento yo, con un empujón cariñoso y un poco cabrón. Cae sobre la colcha con las manos apoyadas a los lados. Se le calienta la cara. En el cuello se le marca el pulso.
—Hoy mando yo.
Deja que se le tuerza la boca. Una comisura arriba.
—Tú mandas siempre. —Pausa mínima—. Dime qué hago y finjo que no me apetece.
—Qué bien te haces la graciosa. —Le sujeto la quijada con dos dedos. Firme. Sin apretar de más—. Ira.
—Julia. —Le sale grave. Baja. Quietísima.
Le separo las piernas con la rodilla y me planto en medio. Le bajo la vista a la boca.
—Abre.
Le meto el pulgar. Irina cierra los labios alrededor y chupa despacio, con los ojos clavados en los míos. Me marca con un mordisco leve. Me sube el calor por la espalda y se me tensan los hombros.
—Sin dientes —le advierto, y no retiro la mano.
Le saco el pulgar y le paso el dedo por la mejilla, para quitarle la humedad sin miramientos.
—Entonces no me lo metas.
—Hablas mucho para alguien que ha pedido que le cierre la boca.
—Tú no me callas —dice—. Tú me ocupas.
Me deja seca. La frase no tiene adorno: dato puro, y a mí se me acelera el pulso.
—Cierra el pico ya.
Irina junta los labios y se calla, pero con una esquina de la boca levantada con guasa. Me entran unas ganas locas de escupirle en todo el gesto y, acto seguido, comérmela a besos, porque estoy cansada de pelear con ella y porque, no nos vamos a engañar, vengo calentita de abajo.
No le doy tregua. Le aparto el pelo de la cara con un tirón y se lo dejo detrás de la oreja, como si me hiciera la delicada, y me río por dentro de mí misma. Ella me pone una mano en la cintura.
—Las manos quietas. —La aparto de un manotazo.
—No he hecho nada —contesta, con la boca húmeda.
—Has intentado llevar el volante.
Irina se ríe, ya sin pudor.
—Me divierte verte fingir.
—¿Te divierte?
—Mucho.
Le agarro la muñeca y se la estampo contra el colchón, dedos abiertos.
—Quieta ahí.
No protesta. Me mira con la barbilla firme, los ojos clavados.
Me quito la camiseta de un tirón y la tiro al suelo. Luego lo demás. Me quedo solo con las bragas y me planto entre sus rodillas. El colchón cede con mi peso. Le engancho la barbilla para que me mire donde quiero.
—Ni una palabra.
Me recorre lenta, descarada, sin esconderse.
—Te has aprendido el guion.
Se ríe otra vez antes de que pueda cortarla.
—Vas a pagar por cada risa.
Le doy una palmada seca en el muslo. Se le escapa un «ah» mínimo que no es dolor; es gusto. La empujo para que se tumbe. Irina cae de espaldas. Mantiene el cuello tenso, la piel caliente, los ojos puestos en mí. Hundo una rodilla sobre su muslo para que note el peso.
—Ni te muevas.
—No me muevo.
—No contestes.
Ahí sí calla. Se muerde por dentro el comentario, porque lo tiene, y yo lo sé por la forma en que le tiembla la aleta de la nariz.
Le bajo la ropa interior despacio. No por delicadeza; por hija de puta. Irina deja las manos donde se las he puesto. No me toca. No me empuja. Pero respira más alto, con el abdomen duro y las uñas clavadas en la colcha hasta arrugarla.
—Eso es. Así me gustas: quieta y con cara de que me matarías después.
—Después no. Ahora también.
—Agradezco tu sinceridad.
De la mesilla saco un antifaz negro. Lo agito delante de su cara.
—Mira lo que he encontrado.
—¿Otra vez con el teatro?