Capítulo 10 #4
Quiero soltar una burrada, cualquier cosa para romper esto. Un chiste sucio, una pulla, un «qué asco de canción». Abro la boca y no me sale. La lengua pesa, la garganta se cierra y solo puedo tragar saliva.
La biología es una traidora de mierda. La memoria más.
Sabina baja la voz aún más y me canta otra frase. Me muerdo por dentro para no temblar. Me concentro en el suelo, en el compás, en no mirar su boca. En no recordar. En no hacer el ridículo.
Y aun así, aquí estoy, bailando con ella en medio del salón, y me dejo llevar lo justo para que nadie lo llame abrazo… y lo suficiente para que yo lo sienta en todas partes.
Robin aparece por el medio con su peluche mugriento. Se nos enreda entre las piernas y bendigo su capacidad para reventar momentos críticos. Sabina lo agarra por las axilas y lo sube en volandas.
—Ven aquí, bicho. Tu tía está… —me lanza una mirada de puro regocijo— …ocupada con su concentración.
—¿En qué? —pregunta Svet, con el hocico metido donde no la llaman.
—En no enviaros a todas a un internado en Siberia.
—Eso no te lo crees ni después de tres whiskys —se mofa mi hija.
—Vete a por agua, anda. Haz algo útil por una vez.
—¿Me lo pides por favor?
Le clavo los ojos con mi mejor cara de «te quito el wifi».
—Svetlana.
—Vale, vale. —Se larga, pero me dedica una sonrisa de saber demasiado. Mi hija es un peligro.
Sabina me mira con los hombros sueltos y Robin en brazos. Tiene una cara de santa que no se la compra ni Dios.
—Eres una madre preciosa, Julia. Te pones roja y todo.
—Cierra la boca. —La voz me tiembla un pelo. Qué humillación.
Irina se digna a levantarse del sofá por fin.
No viene a bailar, faltaría más. Se acerca para pillar una manta y envolver a Robin, aunque en este salón hace calor para estar en bañador.
O a lo mejor solo tengo calor yo. Irina tiene esa enfermedad mental de querer taparlo todo.
Cubre, blinda, protege; es su forma de no volverse loca.
Le coloca la manta al crío con dos movimientos secos, exactos, y le acomoda la tela por la nuca.
El niño, encantado, le apoya el cabezón en el hombro y ya está vendido.
—Tía Ina —balbucea el moco con la lengua de trapo.
Irina lo corrige sin que parezca una corrección:
—Irina.
—Tía Ina —insiste él, partido de risa.
Irina le ajusta la manta otra vez, le deja el borde recto, y concede:
—Aceptable.
Bufo por la nariz. Ver a Irina en su papel de tía cariñosa es un espectáculo surrealista, pero me mola.
Amaia tiene los ojos brillantes. No va a llorar, porque Amaia no deja caer una lágrima ni aunque le peles un saco de cebollas delante, pero se traga algo, se frota las manos en el pantalón y sigue con el niño.
Me entran unas ganas físicas de darle un abrazo, de colgarme de su cuello y robarle todo el oxígeno para que deje de pensar en lo que acaba de ver.
Pero no me muevo. Porque ahora mismo, con Amaia, hasta un abrazo viene con letra pequeña.
Y yo he decidido ponerme el traje de cobarde.
Sabina da un paso atrás y se desentiende de mí de golpe, después de haberme dejado la marca de los dedos grabada delante de toda la tropa.
—¿Ves? —me susurra cuando termina la canción—. No ha muerto nadie.
Y su «no ha muerto nadie» me suena a «ya te tengo donde quería». Suena a desafío, a que esto solo es el calentamiento y a que el peligro lleva su nombre y sus apellidos.
Vera vuelve a su griterío habitual. Svet regresa con el agua y el circo sigue su función. Yo me dedico a lo que mejor sé hacer: registrar órdenes tontas, hacer de madre pesada y fingir que soy la Julia de siempre, la que tiene el control de la situación.
Hasta que veo el movimiento al fondo.
Irina se acerca a Amaia. No invade su espacio de forma bruta.
Se coloca a su lado, le toca el hombro con dos dedos primero y luego, con una confianza que me deja loca, le rodea los hombros con el brazo y la estruja.
Ver a Irina abrazar a Amaia así, con esa cercanía física, no me entra en la cabeza. Me deja descolocada.
Se inclina y le dice algo al oído. No escucho ni una puta vocal, maldita sea. La curiosidad me pica en la nuca. Me entran ganas de meterme en medio y soltar un «¿qué le has dicho a la pelirroja, cabrona?», así de risas, para que no se note que muero por saberlo.
Amaia suelta una carcajada. Bueno: una sonrisa, de esas suaves que gasta ella. Pero esta vez tiene algo distinto. Es nueva. Pequeña, vale, pero con un brillo que no le conocía. Un «vale» dicho sin abrir la boca. Un asentimiento con todo el cuerpo.
Irina retira el brazo despacio. Antes de alejarse, le alisa a Amaia una arruga mínima de la manga, como si eso fuese lo más normal del mundo. Luego se va con paso cotidiano, como si no acabara de alterar el orden natural de las cosas.
Yo tengo la sensación de que el tablero ha dado un vuelco sin consultarme el movimiento y sin dejarme margen para soltar una de mis pullas habituales.
Y por mucho que me ría, por mucho que mande a las niñas a por agua o por mucho que finja que esto es solo una tarde de música y tonterías familiares… el gesto de Irina me ha superado, mucho más que el baile con Sabina.