Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Nada. Solo que tienes las mejillas rojas. Te va a dar algo en nada.

—Estoy viva, pesada. Tengo sangre, pulso y mala hostia. Todo en orden.

Svet chasquea la lengua, divertida.

—Esa frase te ha salido igual que a Sabina. Os estáis copiando.

—A ti te voy a mandar al Tíbet a practicar el arte de callarte, que hablas por encima de tus posibilidades.

—Ya tengo bastante con estudiar tu cara de mala uva a diario.

Le meto un hombrazo suave, ella me lo devuelve. Nuestro lenguaje: familia, cariño y microagresiones consentidas.

Robin, desde el hombro de Sabina, me mira y estira la mano hacia mí, mientras abre y cierra los dedos.

—Tita —repite, empeñado.

Esa manita me deja sin chulería. Trago saliva y me acerco, porque soy valiente hasta que un niño me llama tita y me enseña la palma. Le hundo los dedos en la tripa, sin piedad.

—Hola, jefe. ¿Has despedido a mucha gente hoy o te has tomado el día libre?

Robin se desternilla, se dobla encima de Sabina y da pataditas en el aire.

—¡Abuela! ¡Gusanitos!

Irina se ríe y habla desde el sofá.

—Ríndete, rubia. Ese papel de abuela te va mucho.

Sabina pone cara de indignación fingida. Se señala el pecho con una mano.

—Por favor, Ira. Si todavía me echan los tejos en la cola del súper. Tengo el espíritu intacto.

—Tienes el espíritu al borde del desguace —sentencio yo.

—Eso también —reconoce Sabina, tan ancha—. Pero el colágeno está bien puesto.

Vera mete baza, porque le falta oxígeno si no hay pique.

—Mi madre tiene mucha más cuerda que tú, Julia. No te flipes.

—Yo tengo cuerda para lo que importa. —Le guiño un ojo—. Para rajar de todas vosotras, para comer hasta reventar y para fo… —Me paro en seco porque Robin me mira con ojos curiosos y la boca llena de risa—… para fomentar el ocio nocturno de calidad —remato con toda mi cara dura.

Svet arruga la nariz.

—Qué asquerosa, mamá.

—Es un don de familia, hija. Ya me darás las gracias.

Robin se retuerce para que lo bajen. Sabina lo deja en el suelo con cuidado y el crío sale disparado hacia un bol lleno de gusanitos. Irina se lo acerca con un gesto mínimo, eficiente, y lo deja justo donde el niño llega sin invadir nada.

Sabina me mira con los hombros sueltos, el pelo revuelto y la camisa pegada a la clavícula por el sudor.

Se pasa el dorso de la mano por la frente, se recoge un mechón detrás de la oreja.

Yo hago lo que mejor se me da: mirar a cualquier cosa menos a ella.

El vaso. La pared. El suelo. Las zapatillas de Vera. La vida.

—Baila conmigo —dice.

Dos palabras. Y, de paso, me planta delante su cuerpo, a una distancia indecente para una mujer que «solo quiere bailar».

—Ni de coña. Ni muerta. Ni con el alcohol de las heridas encima.

Sabina no se aparta. Inclina la cabeza y aprieta los labios, para contener la risa.

—¿Por qué?

—Porque no me sale del higo, Sabi. ¿Te vale como motivo de peso o te lo dibujo?

—No es una razón válida —insiste ella, y acorta la distancia.

—Es la razón suprema. Mi libertad individual termina donde empieza tu insistencia de pesada.

Da un paso. Solo uno. Pero mi cuerpo reacciona y se pone rígido. Odio que se me note que estoy a la defensiva, porque estar a la defensiva es admitir que hay algo de lo que protegerse.

—Julia. —Baja el tono—. Solo es bailar.

—Sabina. Contigo nada es «solo». Contigo siempre hay letra pequeña y efectos secundarios.

Vera chilla:

—¡Sí! ¡Que bailen!

Svet se cruza de brazos, sonrisa de tiburón.

—Por favor. Esto sí lo quiero ver.

Amaia no abre el pico. Y ahí es cuando se me revuelve todo por dentro. Porque su silencio pesa. Tiene cara de saber qué está pasando. Esa lucidez me pone de los nervios. Da un paso lateral, lo mínimo para no estorbar… y para que quede claro que no se va.

Irina sigue sentada. Tranquila. Su calma también es poder: no te frena, no te empuja, te deja elegir y luego te cobra. Acomoda el tobillo sobre la otra pierna y deja el móvil donde antes no estaba, encima del brazo del sofá. Recordatorio.

Debería mandarla a pastar y largarme a por una cerveza.

Pero Sabina tiene esa sonrisa de «sé que te acuerdas de cuando hacíamos esto a oscuras» y el cuerpo se me amotina.

Y, además, joder, es bailar. No es un contrato.

No es una boda. No es el calendario de colores de Sara.

Si no acepto, va a parecer que le tengo miedo.

Para que no parezca que he hincado la rodilla, decido contraatacar.

—Vale —acepto—. Pero si te piso, te aguantas. No quiero quejas.

—Yo no me quejo.

—Tú te quejas hasta del aire que respiras.

Me acerco porque no tengo ni un poco de sensatez. Ella hace lo mismo. Mueve la cadera con una intención que me pone muy nerviosa. Se me arrima y empiezo a sudar. Tengo la boca seca.

—Míralas —cuchichea Vera.

—Calla —la frena Svet—. Esto es histórico.

—Lo que va a ser histórico es el bofetón que os voy a dar si no os vais a otra parte —las amenazo por lo bajini, sin dejar de mirar a Sabina—. Dejad de dar por saco y mirad para otro lado.

Sabina se ríe, me pone la mano en la cintura y me aprieta contra ella.

No es un roce. Es una palma entera, caliente, dispuesta a agarrar carne.

Sus tetas rozan las mías muy a posta. Hay un cable pelado entre su cuerpo y mi espina dorsal.

Debería quitarle la zarpa de encima, separarme, soltar una pulla sobre su higiene personal e irme a jugar con Robin.

Pero me mantengo pegada, hecha una imbécil, mientras mi cuerpo celebra la invasión con un entusiasmo patético.

La tregua ha saltado por los aires delante de nuestras mujeres y de las niñas, y yo no sé dónde meter los dedos para no acabar con mis manos en el cuello de la camisa.

—Te has equivocado de víctima, rubia —digo. La voz me baila, pero intento que salga firme.

—Para nada —me sopla ella en el pabellón auditivo—. Es una elección consciente, Julia. Jódete y disfruta.

—Jódete tú, que tienes a tu mujer pendiente —le devuelvo, aunque no me muevo.

—Y tú a la tuya. Y fíjate qué tragedia: estamos bailando. Relaja la mandíbula, que te vas a partir un diente.

Svet ya no tiene rastro de guasa.

—Flipo.

—Svet, controla el oxígeno.

—No me digas cómo respirar, mamá, respira tú —me contesta la tía.

Sabina me aprieta más, solo por joder, y me guiña un ojo. Me tiene pillada por los ovarios y las dos lo sabemos.

—No me busques, Sabi, que me encuentras —le advierto entre dientes.

—Me da igual el mapa, Julia. Ya estoy donde necesitaba estar.

Y ahí es cuando me doy cuenta de la que he liado: nos tocamos con toda la intención del mundo. En medio del salón, con el público de gala, con Irina en su trono y Amaia aguantando el tirón. Un planazo, vamos. Una idea de mierda absoluta.

Irina me llama, sin más. Una sola palabra y ya noto el tirón del collar.

—Julia.

Me giro de golpe. No me echa la bronca; ni siquiera me mira con mala cara.

Está sentada, con su chándal de lujo y su actitud de jefa.

Le aguanto el pulso visual, pero ella ya ha bajado la vista al bol de gusanitos y lo ha girado para colocarlo mejor.

Gestión doméstica de alto nivel. Me acaba de poner la correa sin tocarme.

Sabina me da un apretón en la cintura. Un recadito silencioso: ni intentes escaparte. Y yo, que soy una idiota con el orgullo muy alto y la resistencia muy baja, sigo aquí con ella. La rubia se inclina hacia Vera y le señala la pantalla con un dedo, tranquila, mandona.

—Pon Always. Bon Jovi.

—Buah —protesta Vera—. Esa es de abuelos.

Se me hace un vacío raro en el estómago.

Esa. Justo esa. Claro que esa. Nuestra canción.

Qué cabrona. En cuanto entra la batería, me sube calor por el cuello.

Me odio por reaccionar así, tan rápido, tan fácil.

Levanto la barbilla, intento poner cara neutra.

Sabina me ofrece una mano otra vez, abierta, sin prisa.

—Ven.

Le pongo la mía encima y ella me tira hacia un punto más alejado del salón. Su otra mano se me planta en la cintura, firme. La mía en su hombro, con la tensión justa para no parecer que me agarro a la vida.

—Eres mala —murmuro.

Sabina sonríe con un lado de la boca y acerca la cara a mi oreja. Su voz sale baja, ronca, con esa textura que siempre me ha puesto mala. No canta para el salón. Me canta a mí. La letra me roza la piel.

Se me erizan los brazos. Me recorre un escalofrío por la espalda. El aire me entra corto. Aprieto los dedos en su hombro.

Bailamos pegadas, con una lentitud indecente para estar en un salón lleno de gente. Ella marca el paso. Yo lo sigo. Me cuesta rendirme y luego ya no. Mi peso pasa de un pie al otro, su mano se ajusta más a mi cintura y mi cuerpo responde con una exactitud que no me hace ninguna gracia.

Mi pulgar roza la costura de su blusa, sin querer mirar abajo. Se me calienta la cara de vergüenza y de otra cosa.

—Mira que eres… —me sale entre dientes, sin terminar la frase.

Sabina vuelve a cantar cerca de mi oreja, apenas un hilo de voz. Me roza con el aliento. Se me escapa un suspiro y lo tapo con una tos patética. Patética, Julia. Muy bien.

Me obligo a separar el cuerpo, a dejar espacio, a comportarme. Dura nada. Sabina me atrapa otra vez, me guía con la palma y yo me dejo con las rodillas flojas. La respiración se me acelera y se me nota a un kilómetro.