Capítulo 10 #2
Me meto en medio del salón. La canción tiene un ritmo de esos que mi cuerpo pilla al vuelo, por desgracia. Vera se me pega al instante y Svet se une con esa cara de «estoy aquí por compromiso social y para reírme de vosotras».
—Esto no computa como baile oficial —avisa la muy estirada.
—Computa como que estás haciendo el ridículo con tu madre, así que cállate y relaja el cuello, princesa.
—No soy princesa.
—Ya. Eres el murciélago como tu madre. Venga, mueve el culo, que tampoco te va a salir sarpullido.
Vera me agarra las manos y tira.
—¡Julia, haz el giro! ¡El giro!
—El giro dice. Mira, si me rompo una rodilla, que conste que ha sido por amor maternal.
Svet mete un codazo para colarse en medio.
—Aparta, drama queen.
—Aparta tú, gremlin —le devuelvo, y la empujo con la cadera.
Bailamos a empujones, con carcajadas y pasos inventados. Vera se ríe tan fuerte que se le va el aire y me aprieta las manos con fuerza, empeñada en su coreografía. Svet termina por marcar el ritmo con el pie y eso ya es un evento histórico.
—¿Ves? —le canto.
—No te emociones —dice Svet, sin mirarme—. Es ejercicio mínimo.
—Es tu primer baile en sociedad. Te falta la tiara, nada más.
Al lado, Sabina se mueve con Robin en brazos otra vez. No baila a lo loco; lo lleva con una facilidad insultante, hombros sueltos, muñecas firmes. El crío va encantado, con los ojos abiertos y las manos disparando en todas direcciones. Le da palmadas en la mejilla, en la nariz, en el flequillo.
—¡Abuela! ¡Abuela!
Sabina le atrapa las manitas antes de que le deje la cara roja.
—Ni hablar. Yo soy la reina de esta casa.
Svet gira la cabeza, sin cambiar el gesto.
—Abuela reina. Monarquía absoluta de la tercera edad.
Vera se dobla de risa y casi se va al suelo. Yo la agarro por la cintura y la enderezo.
—Vais a traumatizar al niño con esas falsedades, panda de animales —protesta Sabina.
—El niño te está poniendo el título que te toca, rubia. Asúmelo con clase.
—Clase tengo —contesta Sabina—. Lo que no tengo es un seguro que cubra lesiones por baile maternofilial.
—Te lo cubro yo, doctora. Te pongo una tirita en el ego.
—¿En el ego? —pregunta ella—. Qué detallista. ¿Te has hecho un curso?
—Tengo un máster en sobrevivirte.
—Eso explica tu vocabulario.
Svet carraspea.
—Qué pesadas.
—Tú calla, que estás bailando.
—Estoy haciendo ejercicio mínimo —repite, pero el pie le vuelve a marcar el ritmo.
Sabina da un paso más y se coloca cerca. Robin alarga un brazo hacia mí, me toca la clavícula con la palma y me deja la mano pegajosa de galleta o de lo que sea que los niños producen sin avisar.
—Toma. —Sabina me ofrece una servilleta que saca de la nada, de algún bolsillo secreto de abuela profesional.
Le cojo la servilleta. Mis dedos rozan los suyos, apenas. Sabina no retira la mano de golpe; la baja despacio y vuelve a sujetar a Robin con el pulgar tenso en la costura de su pantalón.
Y ahí pasa. Ese instante donde toda la mierda que hemos pasado y la complicidad que nos une nos explota en la cara. Me obligo a mirar a las cortinas, a las lámparas, a cualquier sitio que no sea su boca.
Porque ella y yo tenemos una norma. Una de esas que no se dicen para no darles realidad.
Sabina y yo tocamos a todo el mundo. Somos de mano larga.
Culo con codo, hombro con hombro, una palmada en la espalda o los dedos en el brazo.
Es lo normal entre nosotras. Le doy un viaje a Ana en el pecho cuando se pasa de lista.
Me cuelgo de Amaia cuando estoy de bajón.
Le pego un pellizco a Sara en el muslo debajo de la mesa para que no largue alguna burrada.
A Vera la agarro de la cara para regañarla y a Svet la empujo porque se lo busca.
Pero con Sabina no. A Sabina no la toco. Ni un roce de hombros, ni un choque de manos por accidente. No es que nos tengamos asco. Es que nos tenemos demasiado de todo lo demás. Y yo, con ella, las distancias las trabajo con una disciplina ridícula. Pacto de no agresión física.
O eso era el plan.
Porque hoy, con la música a tope, el heredero a grito pelado y estas dos plantadas en plan subnormal en el salón, el dichoso pacto me deja la garganta seca. Trago. No se me pasa.
Vera, que huele el drama y se tira de cabeza, me arrastra hacia Sabina.
—Venga, todos a hacer el corro, nada de grupos separados.
—Ni de coña —digo yo, rápida. Demasiado rápida. Gracias, Julia, disimula más.
Vera me mira. Una ceja arriba. La otra, lista para rematar.
—¿Ni de coña el qué, Julia?
—Nada —reculo, sin que se note que me está subiendo la temperatura—. Que yo ya no tengo edad para estas chorradas de guardería. Hacedlo vosotras y me contáis qué tal la experiencia.
Svet se dobla de la risa, la muy cabrona.
—A mi madre le ha dado un parraque preventivo. Se va a poner tiesa en cuanto demos tres vueltas.
—Tiesa te vas a poner tú de una hostia, niña.
Vera me trinca de un brazo, engancha a Svet y, por supuesto, el siguiente eslabón del despropósito es Sabina.
Y ahí la tengo: me clava la vista con un desafío de los que pican, se sirve de Robin para cubrirse y me pregunta con la cara si voy a seguir con el papel de mártir o si voy a tener los ovarios de darle la mano de una puñetera vez.
Y como me ve bloqueada, y a la tía le encanta el espectáculo, baja a Robin al suelo. El niño protesta, claro: viene entrenado para conseguir lo que quiere.
—¡No! ¡Abuela! —berrea.
—Aquí —insiste ella, y le coloca las manos en los hombros para que se siente—. Aparca el culo ahí, rey. Mira y aprende.
El renacuajo se sienta con las piernas abiertas y cara de calcular si el trato le compensa o si nos manda a todas a la mierda.
Sabina alarga la mano hacia mí. Directa. La palma hacia arriba. Los dedos quietos. Tengo mil salidas de emergencia: fingir un ataque de asma, decir que me vibra el móvil en el culo, tropezar conmigo misma o lanzarme a la cocina a por agua y tardar veinte minutos en volver.
Pero Vera está pendiente de mis reflejos. Svet se relame. Amaia observa, preparada para recoger heridos; se descruza los brazos y los vuelve a cruzar, sin moverse del marco invisible que se ha puesto. E Irina, apalancada en el sofá, solo me mira. Una mano en el reposabrazos. Y ya.
Resoplo por la nariz. Muy chula yo. Qué bien se me da encerrarme en mis propias normas. Y lo peor es que me sale el instinto de tirarme al barro. Qué asco de cuerpo.
Así que agarro. Le agarro la mano a Sabina. No es un gesto romántico. No es una caricia. Es una mano. Un contacto de juego de niños. Y aun así me pega un latigazo por dentro. Seco. Rápido. Se me enciende el brazo. Se me hace un nudo en la tripa y se me seca la boca.
Sabina no aprieta, pero tampoco suelta. Mantiene la mano ahí, firme, caliente. El hecho de que no me quite la vista de encima lo convierte en una declaración de guerra.
—¡Giro a la derecha! —grita Vera.
Y allá que vamos las cuatro, entregadas al ridículo de forma estrepitosa al ritmo de la música. La mano de Sabina sigue pegada a la mía y yo no sé qué cara poner para no parecer una absoluta perturbada. Así que tiro de mi madurez de siempre: le saco la lengua y pongo cara de asco.
—Esto es una mierda.
—Esto es maravilloso —me contesta ella, tan tranquila.
—Tú eres maravillosa cuando haces el tonto —le susurro, porque el contacto me vuelve idiota y la boca me va sola.
—Y tú cuando te haces la valiente.
—Dais mucha grima las dos —apunta mi hija, tan feliz, sin enterarse de que me estoy pasando por el forro mi abstinencia de Sabina.
—Grima das tú, que parece que te has peinado con un petardo —le escupo sin mirarla.
—¡Otra! —grita Robin.
Sabina se dobla y lo levanta en el aire.
El niño se pone a chillar de alegría. Menos mal.
Volvemos al territorio seguro: el jaleo, el niño volando y el ruido que no te deja pensar.
Pero mi mano sigue con una temperatura que no es normal.
Mi cuerpo repasa la jugada. Se acuerda de que solemos tocarnos lo justo para no acabar en el juzgado con una demanda de divorcio de las otras dos.
Irina carraspea desde el sofá. Lo registra todo, no dice nada. Solo guarda la información. No me lo pone fácil la siberiana con su chándal de tres mil euros.
Amaia está al fondo, cerca de la puerta, en su propia nube de seriedad.
Tiene la postura rígida. Me da un pinchazo de mala conciencia.
Amaia no se merece ver los toros desde la barrera.
Debería estar aquí, pero con nosotras todo es tan raro que a ver quién tiene lo que hay que tener para invitarla a la fiesta. Mala suerte.
Vera se me acerca, sudada y con una energía que me agota solo de verla, y me pega un empujón que casi me manda al suelo.
—Baila más, muévete —me ordena.
Svet se coloca justo detrás de mí y me agarra de los hombros para sacudirme con ganas.
—Venga, mamá, que estás rígida. Más ritmo.
—Quítame las manos de encima, desgraciada. —No hago nada por apartarla. Me dejo manejar porque me falta la fuerza hasta para indignarme.
Sabina gira con Robin en brazos y pasa junto a mí. Una vez. Otra vez. Me roza el brazo con toda la intención del mundo. Disfruta al ver cómo me bloqueo y no sé dónde mirar.
—Julia —me dice al oído cuando pasa—. Te estás portando muy bien.
La voz me entra por detrás de la oreja y me deja con el cuello caliente. Me muerdo la lengua porque lo de morderla sale más barato que liarla.
—No me busques, que me vas a encontrar y no te va a gustar el premio —le gruño.
—Yo no busco nada —se ríe ella—. Solo estoy bailando.
—Pues baila en otra comunidad autónoma, hazme el favor. Aquí hay fronteras.
Vera, que vive para el conflicto ajeno, abre la boca con un brillo en los ojos.
—¡Qué mandona es! ¿Te molesta el roce, Julia?
—Me molesta que respiréis cerca de mí, fíjate tú.
Vera me señala con el dedo, feliz.
—Mentira cochina. Te encanta que estemos aquí dándote el coñazo.
—Verdad absoluta. Sois mi penitencia diaria.
Svet se suma al linchamiento y me mira con cara de sabelotodo.
—Mamá —me dice, dispuesta a buscarme las cosquillas.
—¿Qué quieres ahora?