Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 10
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Capítulo 10

Aterrizamos en la mansión entre el bochorno, los matones con cara seria y nosotras tragándonos las palabras. El coche casi ni ha parado y yo ya tengo la lengua afilada.

Amaia viene detrás de mí, arrastra los pies, con un cortocircuito mental que se huele desde la otra punta del jardín.

Ha decidido aplicarme la técnica del vacío absoluto: que yo me monte mi película de terror y acabe con un ruego de perdón por algo que ni he hecho.

Su gran truco de psicóloga: callarse y esperar a que mi cabeza me traicione. Menuda jeta.

Entramos en el salón y ahí está Irina, repantingada en el sofá con un chándal.

Un chándal de Irina, claro. En cualquiera sería rendición; en ella es «puedo firmarte la sentencia» mientras termina de pelar una mandarina.

Piernas recogidas, un brazo en el respaldo, la cara tranquila.

Con el pulgar ordena los gajos en el cuenco y ni así se le mueve el gesto.

La mirada no pasea: se clava y te administra.

Qué tía más intensa; la empujaría con el pie solo por ver si se digna a existir.

Al otro lado, Sabina hace el ridículo con Robin en brazos.

Baila con la música a tope y una sonrisa de oreja a oreja.

Está guapísima, la tía. Me salta un flash de ella con veinte años, en mitad de una discoteca, y tengo que agarrarme al marco de la puerta para que la nostalgia no me mande a la mierda.

La diferencia es que ahora lleva al nieto encima.

El crío es un cruce genético que no hay por dónde pillarlo: es el hijo de Mikel, el hijo de Sabina.

Vamos, que Sabina y Amaia son las abuelas oficiales, por mucho que a la rubia le dé un síncope cada vez que oye la palabra.

Irina y yo somos las titas porque Vega, la madre del enano, es hermana de Irina.

Un árbol genealógico que parece un plato de espaguetis.

El niño es un espectáculo, con ese pelo largo y una cara monísima que no se le aguanta. Va colgado del cuello de Sabina y suelta carcajadas que te ablandan el carácter aunque te esfuerces en mantener la mala hostia. El muy cabrón tiene talento para el chantaje emocional; ya apunta maneras.

Vera y Svet están en el suelo, sobre unos cojines, y rajan como dos viejas en la cola de la carnicería.

Sabina no para. Da otra vuelta, nos localiza y nos saluda con la mano libre, sin soltar al niño.

—¡Hombre! ¡Ya está aquí la policía de las buenas costumbres! —grita por encima del bajo—. ¿Venís a poner una multa o vais a saludar, guapas?

—Y tú eres la policía del ridículo, no te digo.

La pulla me sale suave, porque Robin me ve, estira el brazo hacia mí y me señala, encantado.

—¡Tita! —chilla, orgulloso. Lo dice con pecho y todo.

—¿Tita? —repite Sabina, indignada de mentira—. ¿Y yo qué soy, bonito? A ver: otra vez. Sabina. Sa-bi-na.

Intenta adiestrarlo para que no le hunda la reputación de sex symbol. Robin la mira y se le ilumina la cara. Le planta una mano en la mejilla, le aprieta con cariño y lo dice clarísimo:

—¡Abuela!

Vera se dobla de la risa, Svet se tapa la boca para no escupir un «te jodes» que se oiga en Rusia e Irina cierra los ojos y se ajusta el puño del chándal, mientras se traga la carcajada.

Amaia expulsa aire por la nariz y deja la mirada clavada más de la cuenta, con media sonrisa que no termina de nacer.

Sabina me señala con el dedo, convencida de que yo soy la mente criminal detrás de esto.

—No. Esto es cosa tuya —me acusa—. Le has dado clases particulares de sabotaje.

—¿Yo? —Me llevo la mano al pecho y me sale hasta un gallito—. Si soy un ejemplo de prudencia. De moderación. De… —Me repaso de arriba abajo—. De presencia institucional.

Svet, desde el suelo, me corta con una frase seca:

—Tú metes normas y miedos.

—Gracias, guapa. —Me giro hacia ella—. Qué bonito lo pintas. Luego me haces un retrato y lo colgamos en el baño, para que nadie se relaje.

Me acerco al sofá y le birlo a Irina un gajo de mandarina del cuenco. Irina baja la vista al hueco que dejo, recoloca el cacharro con dos dedos y solo entonces me levanta los ojos.

—¿Te lo he ofrecido?

—No. Esto es lo mejor. —Me lo meto en la boca—. Así te mantengo despierta.

Irina devuelve la atención al salón, apoya la yema del dedo en el borde del cuenco y lo deja en su sitio. Y ya.

—Devuélveme la cáscara cuando acabes.

—Qué romántica eres, eh.

Robin insiste. No entiende por qué, pero sabe que nos tiene descojonadas con esto.

—¡A-bue-la! —lo dice con las sílabas bien separadas, feliz con cada letra.

Sabina lo sostiene bien, con una mano firme en su espalda y con la otra le recoloca el pelo de la cara. Tiene los ojos brillantes y la boca apretada para no reírse. No lo consigue.

—Robin, cariño —dice, con voz templada—. Eso que haces se llama acoso. Yo no soy abuela. Yo soy… —busca salida— la madre joven y con estilo de tu padre. O Sabina. Sabina te vale. Llámame Sabina y te compro un camión de bomberos.

Amaia entra al barro. Da un paso adelante, descruza y vuelve a cruzar los brazos, y no tiene piedad ninguna:

—Eres su abuela.

Sabina gira el cuello hacia Amaia, despacio, y la fulmina con una mirada larga. Aguanta la sonrisa en la boca. Luego:

—Cállate, cariño, que tú vas detrás.

Amaia se ajusta las gafas, tranquila.

—Ya lo sé.

—Pues entonces no aceleres el proceso, bonita.

Vuelve la cabeza hacia Robin y le apoya los labios en la frente.

El crío le engancha un dedo en el cuello de la camisa y se lo arruga todo.

Sabina le roza la mejilla con la punta de la nariz y le hace dos chasquiditos suaves con la lengua, bajito, sin vergüenza.

Se le cae la baba con el crío. Se le cae toda y no disimula nada, y lo peor es que sabe que la miramos y le importa una mierda.

Me sube un calor de los buenos por dentro al ver a la rubia así de idiotizada.

Sabina con un niño en brazos siempre fue difícil de procesar, pero esto es indecente.

Con sus propios hijos funcionaba por tramos: a veces era una madre de la hostia y otras se iba a otra habitación a ser Sabina y se olvidaba de que existían.

Pero con Robin es una babosa profesional. Entregada, ridícula y feliz.

Me jode muchísimo que me guste verla así.

—Fíjate, Amaia, si le está haciendo ruiditos con la boca. Sabina, que antes solo hacía ruidos si el vino no estaba a su temperatura —le digo, con un pellizco de ironía.

—Julia, deja de dar por saco. Que este niño tiene más clase que vosotras dos juntas —me contesta sin quitarle el ojo de encima al enano.

—Lo que tiene es un hambre que te va a comer un brazo —dice Amaia, y la risa le nace, contenida, sin moverse del sitio.

—Pues que me coma lo que quiera, que para eso soy su abuela.

Ahí está. Lo ha dicho. Se ha puesto el título ella sola y no se ha muerto. Me embobo al mirarla y odio lo mucho que me encaja esta escena de mierda y lo bien que le sienta a ella haber perdido el juicio por este renacuajo.

Irina, desde la esquina del sofá, eleva la barbilla. Espalda pegada al respaldo, manos quieta sobre las rodillas. Me sigue con los ojos, de arriba abajo, atenta a si todavía me dura el cabreo o si ya he bajado la guardia.

Yo entro con todo. Para qué calentar.

—Bueno. ¿Qué cojones pasa aquí? ¿Esto es una secta de captación o habéis abierto un parque de bolas en el salón? —Dejo el bolso en el primer sitio que pillo y pateo un calcetín de Robin que se me cruza—. Porque huele a crimen.

—Es el mix de Vega —explica Vera, que mueve los hombros con un ritmo que no hay por dónde cogerlo, eso no lo ha heredado de su madre—. Y Robin ha decidido que hoy se baila esto.

—Por lo menos Robin tiene un gusto decente, no como vosotras que escucháis basura —digo mientras busco un hueco.

Sabina está a lo suyo con Robin. Lo sujeta bien y le hace girar despacio.

El niño se ríe a gritos y patalea, todo rojo, feliz.

Ella levanta la vista hacia Amaia, que está de pie junto a la estantería, brazos cruzados y cara seria.

La rubia le dedica una sonrisa pequeña, con un brillo de maldad educada en los ojos.

—Nena —canturrea—. Ven. Muévete un poco. Te vendrá bien. Prescripción médica.

Amaia ni pestañea.

—Paso.

—¿Paso? —repito—. ¿Tú? Si eres la primera que se mete en todos los charcos con música.

Amaia me mira fijo. No hay amenaza en su cara, pero sí ese «ni lo intentes» que te quita las ganas de seguir. No aparta la mirada; la sostiene y te obliga a recoger cable.

—Hoy no —dice, tajante. Y ya está.

Svet hace un chasquido con la lengua y se le mueve una comisura. Ni se ríe, la muy rata; te enseña lo mínimo para que te enteres.

—Uy. Alguien viene con el día torcido.

—Cierra el pico, Svet, antes de que te lo cierre yo. —Le saco un dedo a medias, sin ganas de escalar la guerra—. Con cariño.

—Ajá. Con cariño —repite ella, plana, y se recoloca el flequillo sin apartar los ojos de mí.

Irina no se suma porque ella no baila: ejerce de auditora de la diversión ajena.

Se la ve cómoda, la tía. Sus ojos van de Sabina a Robin y luego saltan de las niñas a mí; con dos dedos endereza un cojín del suelo, para dejarlo donde a ella le gusta.

Control de daños, con la armonía familiar como prioridad.

—Julia. —Sabina me clava la vista—. No te resistas, que te conozco. Al ruedo. —Me guiña un ojo. Tiene esa manía de provocar, la mujer.

Robin se escurre de ella y viene hacia mí en tromba, brazos abiertos; casi se tropieza con mis pies.

—¡Baila, tita! ¡Baila!

—Mira. —Vera se ríe y señala a Robin—. Orden directa del jefe. Firma, sello y todo.

—Vale, vale, ya voy —resoplo, a regañadientes—. Si lo ordena el dueño de la finca habrá que cumplir el protocolo de humillación pública.

Me quito las zapatillas de una patada y dejo el móvil cerca de Irina; al hacerlo le rozo la pierna. Un contacto de nada. Pero Irina reacciona: tensa los dedos en la tela y vuelve a dejarlos quietos, sin mirar abajo. Sé que por dentro está cagada porque me he pasado tres días sin darle ni la hora.