Capítulo 9 #3
Se ríe, pero la risa se le apaga rápido. Me toca con el pulgar la piel de la cintura, donde se ha subido la camiseta un dedo.
—No me lo pongas difícil, cariño. Que hoy vengo floja y tú encima vas de santa.
Amaia se ríe otra vez, más abierta.
—¿Yo de santa?
—Sí. De santa con pierna encima y mano en mi cintura. Santa patrona del roce.
—Eres tonta, no te pongas rara.
—A ver, Amaia. Esto es lo más indecente que hemos hecho nunca y aquí no hay ni una teta fuera. ¿Qué hacemos, meditación guiada o qué?
Ella se parte y aprieta los labios para no seguir. La mano no se mueve de mi cintura.
—Qué decepción de amigas —murmura—. Déjame dormir, anda.
Miro el techo. En mi cabeza se cuela Sabina: su sudadera en la bolsa, el cepillo de dientes rosa en el baño, la frase de Sara en modo altavoz. Luego Irina, con ese «ya veremos» clavado donde molesta. Aprieto los dientes.
—¿Sabina sabe que estamos aquí haciendo la siesta? —pregunto para meter a alguien más en la habitación. Para ensanchar esto, aunque sea a patadas.
Amaia se ríe entre dientes. Me mantiene pegada con el brazo, sin fuerza, pero sin salida.
—Sabina sabe que veníamos a por trastos.
—Sabina siempre sabe demasiado. Es una pesada con carrera.
—Sí.
—¿Y tú qué sabes?
Tarda en responder. La mano vuelve al círculo pequeño en mi cintura. Un círculo y otro. Me pone nerviosa.
—Hoy no quiero saber nada —dice.
—Mentira guarra.
Me pellizca, suave, sin hacer daño. Un aviso.
—No me lleves la contraria en voz alta.
—Mira la que no manda, pero manda.
—Julia.
—Qué.
—Nada.
Nada otra vez. Me apetece saltar de la cama, gritar que somos idiotas y largarme al salón a ver la tele. Pero no me muevo. Y lo que antes era un abrazo normal ahora es algo que quema si intentas ignorarlo.
Ni puta idea de cuánto tiempo pasa. El reloj es para los que tienen cosas mejores que hacer, y yo ahora mismo solo soy un bulto con conciencia. Amaia respira despacio. No sé si está frita o si está haciendo el papelón de su vida para no tener que decir ni mu.
Mi móvil vibra en la mesilla. Una vez. Otra. Que le den. Si lo cojo, vuelven los correos, los problemas de logística y la gente que no huele tan bien como esta mujer. Ahora mismo prefiero este limbo. Este «nada» que me está ocupando todo el ancho de banda.
Amaia se menea. Se arrima más. Su mano sube un centímetro por mi cintura. Un puto centímetro que pesa de cojones. Aprieto los dientes. No la quito, pero tampoco la busco más. Me quedo. Y quedarme es confesar. Es decir «sí, aquí estoy, jódeme la vida si quieres».
Al final doblo. Me quedo traspuesta un rato. Lo justo para despertarme con la boca pastosa y la sensación de que el día se me ha escapado entre los dedos. La luz de la habitación ya no es la misma. Amaia está despierta. No se ha movido.
—¿Cuánto tiempo llevo babeando tu almohada?
—Una hora.
—¿Lo ves? —refunfuño—. Te dije que los diez minutos eran una leyenda urbana.
Amaia sonríe. La miro y lo fácil sería hacer la gracia de siempre y desactivar el asunto con un «venga, que nos vamos». Pero hoy esa tontería no sirve. Hoy sería confirmar que estamos en el fango. Así que me aguanto. Deberían darme una medalla al autocontrol o una hostia para que reaccione.
Me levanto despacio. El colchón me reclama, pero tengo que salir de aquí.
—Hay que moverse.
Amaia asiente. Se sienta en el borde de la cama y se recoloca el pelo. Se pone su máscara de mujer seria, pero los ojos no le hacen caso.
—Sí —dice ella—. Tenemos que volver.
Nos calzamos las zapatillas. No decimos ni una palabra sobre el rato que hemos pasado ahí tumbadas, básicamente porque no ha pasado «nada».
Y ese es el problema: que este «nada» pesa un quintal, ocupa espacio y me cambia hasta la forma de pisar el pasillo.
Salimos al salón. Miro la manta tirada, el posavasos de labios y las fotos de la estantería.
Antes eran trastos. Ahora son testigos de mi estupidez.
Llegamos al recibidor. Cojo mi bolso y abro la puerta con un ímpetu que no viene a cuento.
—¿Estás bien, Julia? —La voz le sale baja, medida.
—Estoy de lujo. He dormido en tu cama de millonaria y me has dado palique. Solo me falta robarte una planta de estas para redondear la tarde.
Bajamos en el ascensor. No hay incomodidad, lo que hay es hambre de la mala. Salimos al portal y el aire de la calle me espabila de golpe. Ahí están los tíos de seguridad, con esa cara de no haberse enterado de nada cuando seguro que saben hasta mi grupo sanguíneo.
El coche está ahí, con el motor en marcha. Nos metemos. El conductor nos cierra la puerta y nos instalamos en ese microclima de cuero y aire acondicionado. Antes de que el coche arranque, Amaia se gira.
—Julia.
—¿Qué? —Se me acelera el pulso porque cuando usa ese tono es para largarme algo que no voy a saber dónde meter.
Ella duda. Está a puntito de decir algo real. Ya no le funciona lo de hacerse la tonta.
—Da igual —dice al final, girada hacia la ventanilla.
El coche arranca. Madrid pasa por delante de mis ojos mientras yo pongo cara de que aquí no ha pasado nada. Pero por dentro solo hay un pensamiento: no ha pasado nada nuevo, y por eso mismo, todo es distinto.