Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Amaia alarga una mano y me toca el antebrazo. Presión justa. Luego la retira, como si nada.

—Entra y come algo. Después hablamos.

—¿Después hablamos? —Repito, con una risa bajita—. Me encanta cuando me pones horario para mis crisis. Muy profesional, tú.

—Funciona.

—Sí, joder. Funciona. Eso es lo peor.

La luz del piso se enciende. La puerta se abre. Yo me despego de la pared y la sigo fuera del ascensor.

Entro hasta el fondo porque he pateado este suelo de todas las formas posibles: descalza, con tacones de infarto y a la deriva con tres tequilas de más.

Conozco el rincón exacto donde Sabina se encierra a llorar y ese otro donde Amaia se petrifica para no romperse delante de nosotras.

Hoy todo este territorio compartido pesa de una forma que no sé por dónde agarrar.

El salón tiene ese punto de orden que me da una envidia de mierda. Hay libros acumulados con criterio y una manta tirada en el sofá.

Me acuerdo de cuando me instalé en la mansión de Irina, aquello era un museo de los horrores lleno de terciopelo rancio y muebles que olían a iglesia.

A Irina le daba igual vivir rodeada de antigüedades que daban miedo.

Tuve que meter las máquinas de obra y amenazar al decorador para que aquello tuviera un aire humano y moderno.

El ático de estas dos es distinto: es de lujo, pero bohemio y acogedor.

Me acerco a la mesa baja y pillo el posavasos con forma de labios. Lo giro entre los dedos, lo estrujo y lo dejo otra vez en el mismo sitio.

—Esta mierda sigue aquí.

—¿Y por qué iba a tirarlo? —Alza la voz ella desde la cocina—. ¿Quieres agua o vas a seguir analizando la decoración?

—Agua. Venga. Planazo. Hidratación extrema. Me va a salir una piel que flipas.

—Te va a salir una personalidad nueva, a ver si hay suerte.

Amaia aparece con los vasos y me alarga uno. Al cogerlo, se nos juntan los dedos en el cristal. Lo sujetamos a medias. Ella no aparta la mano; yo tampoco, esa falta de prisa me confirma que estamos a punto de meternos en un lío cojonudo.

—Gracias, corazón —digo, y me sale más bajo de lo que quería.

—De nada —contesta ella, seca, pero no suelta el vaso hasta que yo lo agarro bien.

Me bebo el agua de un trago y me entra por el camino equivocado. Toso, me limpio la boca con el dorso de la mano y hago un gesto de «estoy fenomenal».

Amaia apoya su vaso en la mesa y me da dos palmadas en la espalda, cortas.

—¿Y la carpeta? —pregunto para no seguir por el camino de las verdades que no me apetecen.

—En el despacho.

Cruzamos el pasillo y entramos en su zona de trabajo. Amaia abre un cajón, saca un sobre y lo encaja en el bolso sin perder tiempo.

—Listo —sentencia—. Voy a coger ropa.

—¿Te vas a llevar el vestidor entero a la casa del terror o vas a dejar algo para recordar que este es tu domicilio oficial? —Me apoyo en el marco de la puerta, cruzo los brazos.

—Solo un par de cositas.

—Ya, claro. Un par de cositas. —Me río por lo bajo—. Vais dejando cositas poco a poco. A ver cuándo reconocemos todas que os habéis mudado oficialmente.

—Ay, Julia… qué plan.

Amaia estalla en una carcajada. Y yo, que soy idiota de nacimiento, dejo de estar a la defensiva. Mal hecho. Estaría aquí con ella a solas toda la tarde y esa es una idea de mierda.

Entramos en el dormitorio. La cama está hecha y la ropa doblada, pero hay ese olor a su vida que me toca la moral. No es un decorado, es su puta casa. Amaia apila camisetas sin decir nada. Agarra una sudadera de Sabina, aprieta el algodón y la mete en la maleta.

Se sienta en el borde del colchón. Tiene los hombros caídos y una cara de sueño que no se quita ni durmiendo un mes seguido.

—Estoy rara —confiesa al final.

—Vaya. Gracias por la exclusiva, no me había dado cuenta. Pensaba que estabas así de alegre por naturaleza.

Ella intenta reírse.

—No es mal… —Se frota la frente con dos dedos—. Es que no sé dónde tengo la cabeza.

—Pues búscala pronto, que tenemos que irnos con la familia feliz.

Amaia me sostiene la mirada. Respira hondo por la nariz, una vez.

—Estoy cansada, Julia.

—Ya lo veo. —Me siento en la cómoda, no del todo, con el culo en el borde—. Tienes la cara de quien ha dormido cinco minutos y los cinco han sido una discusión.

—Qué delicada.

—Soy una poeta. Una artista del tacto.

—No me hagas reír ahora.

—¿Por qué? ¿Se te desmonta el personaje?

Ella endereza la maleta.

—No tengo personaje.

—Ya, ya. Eso díselo a Sabina, que te mira y ya te ha diagnosticado tres cosas y dos son incurables.

—Sabina no diagnostica a la gente por mirarla.

—Sabina diagnostica lo que le da la gana. Y luego te lo zampa en una frase y tú hasta le das las gracias.

Niega con la cabeza, termina con la maleta y se levanta.

Se mueve con mucho esfuerzo para llevar cuatro bragas y dos sudaderas.

Me roza el brazo al pasar hacia el baño.

Antes nos habríamos dicho alguna burrada o nos habríamos mandado a la mierda con cariño, pero ahora no decimos nada.

El contacto molesta. Estamos demasiado cerca para lo que nos conviene.

En el baño están los cepillos de dientes: el rosa de Sabina y el blanco de Amaia, uno al lado del otro. Hay pinzas con purpurina sobre el mármol, una goma del pelo, un bote de crema abierto. Lo normal. Lo de todos los días. Y hoy me molesta.

Amaia abre el neceser y mete cremas y el cepillo con prisa, sin mirar lo que mete primero. Cierra la cremallera. La uña le engancha y hace un ruido seco.

—Ya está —dice.

—De puta madre. Pues volvamos a la mansión Corleone.

Amaia no se mueve. Tiene el neceser en una mano y la otra apoyada en el borde del lavabo. Mira la cama desde la puerta del baño. Luego a mí. Sus labios se separan.

—¿Te apetece…?

—No me digas «te apetece» con ese tono —la corto de golpe—. Que luego me creo que es una invitación y acabamos mal.

Amaia no se ríe para quitarle importancia. No se hace la ofendida.

—¿Te quieres tumbar un rato? —pregunta al final—. Solo diez minutos. Estoy muy cansada.

Diez minutos. Menuda mentira. Diez minutos aquí significan cuarenta, una charla de las nuestras, una mano en la espalda y terminar fritas. Lo hemos hecho mil veces, pero hoy la propuesta pesa más de la cuenta.

—Diez minutos. Claro. Y mañana me hago runner. Sabes que diez minutos no existen. En diez minutos nos da tiempo a fastidiarlo todo.

—Cinco —recorta ella, seca.

—Cinco sí. Cinco es un rato de nada, un trámite.

Amaia deja la bolsa en el suelo, se quita las gafas y se estampa contra el colchón en su lado de siempre. Yo me descalzo a cámara lenta. He dormido en este sitio mil noches, así que no sé a qué santo viene tanto protocolo ahora. O sí lo sé y por eso tardo tanto en quitarme el otro zapato.

—¿Vas a venir o piensas quedarte ahí de pie?

—Estudiaba el techo. Este ático es una maravilla. Tiene carácter.

—Ven.

Me tiro a su lado. El colchón cruje. Ella me planta una pierna encima, sobre el muslo. Lo de siempre. Lo de toda la vida. Hoy, en cuanto me cae el peso, se me tensa el estómago y se me seca la garganta.

—Estás a mil grados, tía —digo, porque si no abro la boca, se me nota todo.

—Hace calor, Julia.

—Gracias por el parte meteorológico.

Amaia gira la cabeza hacia mí, la frente relajada, la boca apretada para no reírse. Me rodea la cintura con la mano por encima de la camiseta. La palma firme. No hace presión, pero el contacto pesa más de lo habitual. Me late el pulso en el cuello, una cosa fea.

—Te estás poniendo tensa —dice.

—Yo no me pongo tensa. Yo soy así, de serie: encantadora y relajada.

—Ajá.

—No me hagas «ajá». Eso es violencia pasiva.

Se le escapa una risita mínima y acerca la cara al hueco de mi cuello. No me besa. Apoya la boca ahí, quieta. La respiración me roza la piel.

—Amaia —digo, bajito—. No hagas eso, anda, no seas cabrona.

—¿El qué?

—Ya lo sabes, no te hagas la tonta.

Amaia abre un ojo. No pone cara de susto ni de broma.

—Solo estoy cansada, Julia.

—Ya, ya.

—Julia.

—¿Qué?

Hace un círculo lento en mi cintura, pequeño, sin prisa. No es una caricia de pornazo. Es peor, porque es cotidiana. De casa.

—Nada —dice al final.

—«Nada». Mi palabra favorita. La tuya también, por lo visto. La usas para todo: para no discutir, para no llorar y para no decir «me estás jodiendo viva».

Su pierna sigue encima. Su mano sigue en mi cintura.

—No digas esas cosas.

—¿Qué cosas? ¿Las que suenan feas? Pues mira qué pena, Amaia. A mí las cosas bonitas me salen regular.

Amaia me aprieta la cintura. Un apretón corto. Luego afloja. No se aparta.

—Julia, mírame.

La miro. Le veo los labios entreabiertos, la respiración en la comisura. Me aguanto una sonrisa porque si sonrío me delato.

—Ya te miro. ¿Contenta?

—No te estoy pidiendo nada raro. Solo… párate un momento.

—Yo no sé parar, tía. Yo sé correr y reírme. Parar me da alergia.

Amaia vuelve a cerrar los ojos. Sus dedos se quedan quietos en mi cintura, abiertos. La pierna me pesa, cálida, y me cabrea que me guste.

—Esto es una trampa —murmuro.

—¿Qué trampa?

—Que me abraces así. A cara descubierta. Sin el teatrillo de «uy, perdona, no me he dado cuenta».

Amaia abre los dos ojos. Me enfoca bien. La mandíbula se le marca.

—No estoy fingiendo despiste, te estoy abrazando a conciencia, ¿te molesta?

—Ya lo veo. Y no me molesta, pero me…

Amaia no se encoge. Me corta.

—Julia…

—No digas mi nombre así, por favor. Me pongo de los nervios.

—Pues respira.