Capítulo 9
Estoy en el pasillo de la planta de abajo metida en una cosa indigna: esperar con el pulso alegre por pasar el día a solas con mi mejor amiga. Patética, sí. Me apoyo en la pared, me cruzo de brazos, descruzo, vuelvo a cruzar. Me saco una pelusilla del pantalón para fingir que tengo una vida.
Amaia baja las escaleras con una bolsa de tela colgada del hombro y las gafas de sol en la mano. En el último escalón se para.
—¿Qué haces ahí?
—Ensayar mi papel de persona normal. Me sale fatal.
Ella pone esa cara de «me haces gracia», pero se la guarda. Se ajusta la bolsa al hombro.
—Venga. Que te conozco: o salimos ya o te da por liarla.
—Yo no la lío. Yo hago mejoras estructurales.
Amaia baja el último escalón, me pasa por al lado y me roza el brazo con los nudillos, breve, de «estoy aquí». Yo finjo que no me ha servido.
Salimos al jardín y el sol me recuerda que el verano es un invento del demonio para que las personas con mal carácter suframos el doble bajo una luz que no perdona ni una ojera.
El camino de grava cruje bajo las zapatillas.
Ahí siguen los dos gnomos de seguridad: tiesos, los ojos redondos y vacíos.
Uno tiene un desconchón en la oreja. El otro está torcido, inclinado hacia la izquierda, y así lleva toda la vida.
—Míralos —digo—. Dos señores bajitos que vigilan la casa. Me dan mucha tranquilidad.
—A ti no te tranquiliza ni un sedante.
—Oye, no me difames. A mí me tranquiliza dormir ocho horas y que nadie me hable. Es muy fácil.
—Y muy compatible con tu personalidad.
Vamos hacia el coche. El chófer ya está al lado, preparado, con esa postura educada de siempre. Abre con una floritura que me dan ganas de aplaudirle por tonto.
Bajamos por el lateral. Los escoltas se colocan detrás, a su rollo, cada uno con su coche, su pinganillo y su cara de haber aprendido a no opinar nunca.
—¿Irina te ha contado algo más? —pregunta Amaia, ya cerca de la puerta.
—Irina ha dicho lo mismo que a todo el mundo y luego ha salido disparada a hacer cosas de Irina.
—Julia.
—¿Qué? Es verdad. Si entro en su despacho y le cambio de sitio dos carpetas, igual se le apaga el universo.
Amaia se ríe y me empuja con el hombro, suave.
—Si quieres, te ayudo.
—Qué bonita eres cuando fomentas el vandalismo.
Nos lleva el chófer porque Amaia no quiere conducir los coches de la finca, y yo no tengo carnet. Ni lo voy a tener. Bastante tiene el planeta con mi carácter; no hace falta añadirle toneladas de metal a mi alrededor.
Me meto primero. El cuero está fresco, el olor a coche caro me sube a la nariz y me da rabia que me guste. Amaia se sienta a mi lado y deja la bolsa entre sus pies. El chófer cierra con cuidado. Detrás, los escoltas arrancan. Lo oigo por el zumbido de motores.
Amaia se pelea con el cinturón. Tira, se le engancha, vuelve a tirar.
—Dame eso —le digo, con la mano extendida.
—No, ya… —Se le engancha otra vez y chasca la lengua—. Joder.
—Bienvenida al club: mujeres competentes contra objetos simples.
—Cállate y no mires —me ordena, mientras por fin encaja el clip—. Ya.
Yo la miro más, por supuesto.
—¿Se puede saber a qué vamos? —pregunto, con la cabeza apoyada en el respaldo.
—A por ropa y unos papeles.
—Qué emocionante. Turismo administrativo.
—Me dejé la carpeta de la escuela y necesito un par de cosas mías —dice, y se recoloca el pelo detrás de la oreja—. No aguanto más ahí arriba sin mis trastos.
Ese «mis trastos» me rasca por dentro, porque suena a vida fuera de esta casa. A otra puerta. A otro armario. A un sitio donde yo no soy parte del mobiliario. Me noto el gesto en la boca y lo corto con sarcasmo, que es más limpio.
—Claro. Sin tus fotocopias te desintegras. Eres una yonki del papeleo, pelirroja. Admítelo y nos ahorramos el sufrimiento colectivo.
—No empieces, Julia.
Lo dice sin ganas de guerra.
El coche arranca. Yo miro por la ventanilla, luego vuelvo a ella. Amaia y yo solemos hablar de cualquier mierda. Nos empujamos, nos damos un codazo, nos tocamos la mano sin pensarlo. Hoy vamos más quietas. Me siento estúpida por notarlo y más estúpida por importarme.
Le miro las manos. Manía fea. Uñas cortas, cuidadas. La alianza de Sabina le brilla al girar la muñeca, un destello pequeño cada vez que mueve los dedos. No lo comento.
—¿Has dormido algo o ese careto viene de serie con el bolso?
Amaia apoya la nuca en el respaldo y cierra los ojos un momento. Los abre despacio.
—Poco y mal. Si este coche da vueltas una hora más, igual caigo aquí mismo.
—Perfecto. Tú te duermes y yo le doy conversación al chófer. Le pregunto por su infancia y lo dejo traumatizado.
El chófer carraspea, discreto. Amaia me da un toque en la pierna.
—Ni se te ocurra.
—Qué poco confías en mí. Si yo soy encantadora.
—Tú eres peligrosa.
—Gracias. Por fin alguien lo reconoce en voz alta.
Amaia deja la cabeza apoyada, pero ya no cierra los ojos. Me busca con la mano, la deja cerca de mi muslo, sin tocar. Yo miro esa mano, luego al frente, y al final le engancho un dedo con el mío, rápido, como si fuera un gesto sin importancia.
—¿Mejor? —pregunta ella, bajito.
—No te flipes. Solo evito que te caigas al vacío existencial del asiento.
—Ajá.
Yo sonrío con una esquina de la boca. Me sale una risa breve y me la trago a medias. Amaia también se ríe, más abierta. Vuelve la Amaia de siempre, la que me entiende aunque yo vaya de borde.
Salimos de la finca y entramos en carretera. Urbanizaciones, rotondas, setos cortados al milímetro. Casas con fachadas limpias y persianas bajadas. Todo ordenado. Todo demasiado bonito. A mí eso me pone de mal humor.
—Me sigue pareciendo una locura —dice Amaia, con la vista fija en la nuca del chófer.
—¿El qué? ¿Que hayamos decidido dejar de mentir a las crías o que Irina no nos haya tirado por una ventana todavía?
Amaia resopla.
—Todo. Contarles la verdad así.
—Se iban a enterar igual. Les hemos ahorrado el trabajo. Bastante tienen con el pavo y el TikTok como para ponerse a montar un caso de investigación en casa.
—No es una broma, Julia.
—No lo es —digo, y me escucho más seria de lo que quería—. Pero si empiezo a hablar como un manual de crianza, me pego un tiro.
Amaia se toca las cutículas, una por una, con el pulgar. Luego levanta la vista y me recorre de arriba abajo, despacio. No me gusta esa mirada porque ve cosas que yo escondo hasta de mí.
—¿Tú crees que nos van a perdonar?
—Lo dudo —le contesto—. Yo a su edad me habría largado por menos. Y habría vuelto solo para gritar. Pero prefiero que me odien con la verdad encima de la mesa a que me abracen por una mentira.
Amaia aprieta los labios. Asiente una vez. Me busca la mano ya sin disimulo y me la agarra. Me aprieta fuerte un instante, como si necesitara comprobar que estoy ahí.
—Eres una bruta.
—Y tú una intensita funcional. Estamos empatadas.
—Funcional dice. Te voy a poner eso en tu epitafio.
—Ponme «bruta funcional». Que suena a electrodoméstico caro.
—Eres idiota.
—Y tú me quieres.
—Te quiero, sí —dice—. Aunque seas un problema.
—Qué romántica. Casi lloro, tía. Casi.
—No llores. Que luego me haces terapia inversa y acabamos mal.
—Yo no hago terapia. Yo hago comentarios que te dejan pensando en la ducha.
—Eso es terapia, Julia.
—Pues denúnciame al colegio de psicólogos.
Madrid nos recibe con ruido y prisa: bocinazos, motos, gente cruzando mal, gente al móvil en mitad de la acera.
Se me aflojan los hombros con el movimiento.
Chueca desfila por la ventanilla: barbas cuidadas, perros caros, gafas grandes, camisetas blancas.
El coche frena frente al portal de siempre. Amaia se inclina hacia mí.
—Vamos a hacerlo fácil. Entramos, cogemos lo que necesito y salimos. Sin peleas.
—¿Con quién iba a pelearme? ¿Con una percha? No me tientes.
—Txiki.
—Vale, vale. Me porto bien.
El chófer se baja y nos abre. Amaia sale primero esta vez. Yo la sigo y antes de que cierre la puerta, le rozo el codo con el mío.
—Oye —le digo—. Si hoy me pongo insoportable, me das un toque.
Amaia me pone dos dedos en la muñeca, donde late el pulso.
—Te lo doy ya. Respira, anda.
Respiro. Una vez. Dos. Me lo trago. Y ella tira de mí hacia el portal.
Me giro hacia el coche de los escoltas y les saludo con dos dedos en la sien, despacio, bien visible. Para joderles el numerito de tipos duros. Que lo apunten: su camuflaje es una mierda y yo no estoy para reverencias.
Amaia ni se vuelve. Mete el código con el pulgar, un bip, y empuja la puerta con el hombro. Yo entro detrás, a rastras, y dejo que la madera me roce la espalda al pasar.
—¿Tus chicos esperan aquí fuera o van a subir a hacernos los coros? —pregunta, ya de cara al ascensor.
—Abajo —digo—. Y que respiren por la nariz, si saben. Si suben, me van a pedir un plus de peligrosidad en nómina cuando vean que soy capaz de beberme tu reserva privada de whisky antes de la una. No quiero testigos de mis talentos.
—No tenemos alcohol, ya sabes.
—Ya. Lo de «no tenemos alcohol» lo dices con mucha seguridad para una persona que vive en el mismo barrio que una tienda 24 horas.
—En casa no hay.
—Qué decepción. —Me paso la mano por el pelo, lo dejo peor—. Entonces me vas a tener sobria. Qué mal plan, Amaia. Sobria digo más burradas y me salen más rápidas.
—Me apunto las dos cosas.
—Vas a necesitar libreta grande.
Amaia vuelve a reírse así, en corto. No se abre, pero se le afloja el cuello, el gesto mínimo de quien te aguanta porque te quiere, aunque te daría un sopapo educativo.
—¿Estás bien? —pregunta. Sin vueltas.
Yo apoyo la nuca en la pared del ascensor. Trago saliva.
—Estoy… —Me lo pienso—. Estoy de pie. Hoy me vale.
—Vale —dice ella. Y con ese «vale» me mete en una caja segura sin decirlo.
El ascensor sube. Me concentro en el panel para no girarme hacia ella.
—Oye —murmuro—. Si en tu casa no hay whisky, al menos dime que tienes galletas.
—Hay galletas.
—Perfecto. —Asiento—. Ya tengo motivo para no tirarme por la escalera. Quédate tranquila.
—No digas tonterías.
—No son tonterías, son estrategias de supervivencia. —Me señalo a mí misma—. Esta unidad funciona por azúcar y mala leche.