Capítulo 8
Vera baja hecha un pincel, con ese aire de princesita que ha heredado de Sabina y que me clava una espinita cada vez que la miro.
A su lado, Svet parece su antítesis: va de negro riguroso, mucho más cómoda y con ese aspecto de cría que todavía no ha descubierto que el mundo espera que sea un adorno.
A Svet le ha dado por el luto preventivo y, aunque de momento no las dejamos usar maquillaje, tengo claro que ella no querría gloss de fresa; en cuanto nos descuidemos se pintará los ojos como un mapache con mala hostia y saldrá a quemar contenedores.
Esa guerra está al caer, pero de momento lidiamos con el despliegue de seguridad.
Me he plantado en el recibidor con mi mejor pose de «pasaba por aquí de pura casualidad» mientras las vigilo con la intensidad de un radar de la Interpol. Me la suda que se note que controlo hasta el aire que respiran, porque en esta casa la paranoia es un deporte familiar y yo voy ganando la liga.
Vera se recoloca una pulsera que le ha encasquetado Sabina, una cosa brillante que debe costar lo mismo que un utilitario de gama media, y me lanza una mirada de suficiencia que me hace sentir muy vieja.
—¿Tengo que aguantar que estos dos me respiren en la nuca dentro del coche? —pregunta Vera, con la ceja en el techo.
—Uno conduce y el otro vigila que no te saques un moco en el asiento de atrás.
—¿Y si me voy andando con Marta? —insiste la niña.
—Vas —le contesta Amaia desde la escalera, dueña de esa autoridad que no necesita gritar—, pero con distancia. Sin agobios, pero sin perderos de vista.
Svet clava los ojos en la puerta. Los dos armarios de seguridad están ahí estáticos y bloquean el camino de entrada.
—¿Y si nos perdemos? —pregunta con segundas.
—No os vais a perder, cielo —la tranquiliza Sabina haciéndose la tonta.
—No lo digo por la orientación —replica Svet, seca.
Se masca algo que no me gusta un pelo; ya no ignoran a los de seguridad. Los analizan. Empiezan a entender que vivir bajo vigilancia es una mierda soberana. Vera se acerca y me planta un beso rápido en el moflete. Es un movimiento estratégico para que me calle la boca y deje de dar instrucciones.
—No seas una turras hoy, anda —me susurra al oído.
—Y tú no seas imbécil —le devuelvo con el mismo cariño.
—Hecho.
Se da la vuelta y se marcha con una sonrisa de victoria. Debería dejarla sin móvil tres meses por lista. Svet pasa por mi lado con más calma. Tiene una expresión inquietante.
—Lo de antes —dice, así, sin contexto.
—¿Qué «antes»? —Finjo que no sé de lo que habla.
Svet ladea la cabeza, estudiándome.
—Lo de «no».
—Ah.
Asiente despacio y masculla un «vale» que no significa que piense obedecer, sino que ha registrado mi negativa y la ha guardado en una carpetita mental para cobrársela con intereses más adelante. Me da mucho más miedo ese gesto que cualquier rabieta de adolescente normal.
Se marchan las dos. Amaia mira la puerta con los hombros rígidos. Sabina se apoya en el marco e intenta aparentar una paz que no se cree ni ella. De Irina ni rastro; se habrá ido a hacer sus cosas de rusa peligrosa con su eterno «ya veremos» bajo el brazo.
El aire de la casa pesa menos, pero jode más. Mis niñas han crecido diez años en lo que se tarda en cruzar el jardín y, a este paso, para la hora de la cena nos van a estar pidiendo la hoja de reclamaciones y las llaves de la caja fuerte.
A la hora de comer Amaia saca la vajilla y empieza a repartir platos.
Cuando llega al cuarto sitio, el brazo se le congela en el aire.
Mira la porcelana vacía, la silla, y se le cruzan los cables.
Sabina y yo lo vemos, pero ella decide hacerse la sueca, o la vasca, que es más cabezota, y planta el plato igual.
Ha invocado al fantasma de la casa y ahora no sabe cómo deshacer el entuerto.
—¿Esperamos a Irina? —pregunta con optimismo.
—Esa no come. —Me acomodo en la silla—. Se alimenta de drama y de las ganas de joder al prójimo.
—Come perfectamente —me corrige Sabina—. Otra cosa es que su paladar no acepte nuestra compañía ahora mismo.
Amaia no retira el plato, lo deja en medio del mantel, convertido en un faro de hostilidad pasiva. En otro momento diría alguna burrada para airear el ambiente, algo sobre sacrificios humanos o dietas de aire. No digo ni pío, lo cual me toca la moral casi tanto como el sitio vacío.
Mientras Sabina marea la ensalada y se sirve agua con rectitud monacal, yo agarro la botella de vino y me lleno la copa con alegría. No es alcoholismo, es supervivencia. Para aguantar este bodegón de naturaleza muerta necesito que el hígado me haga de airbag.
—¿Has hablado con Sara? —pregunta Amaia, concentradísima en una hoja de lechuga.
—Sí. Me ha dedicado un par de consejitos de los suyos.
Sabina esconde una media sonrisa detrás del vaso.
—Sara tiene una pedagogía muy física. A mí también me ha dado un repaso.
Amaia fija la vista en el aliño. Esa seriedad es nueva y me sienta regular.
—Lo de hoy con las niñas… —arranca con ese tono solemne que precede a las conversaciones que me dan dolor de cabeza.
—Ha estado bien —la corto antes de que se ponga intensa—. Han sobrevivido, nosotras seguimos aquí y nadie ha incendiado la casa. Éxito rotundo.
—Ha estado… real —insiste ella.
Me tienta escupirle que lo único real aquí es que la comida se enfría y que su vena dramática empieza a darme sudores, pero me callo porque Amaia hoy tiene una cara que me quita las ganas de bromear.
Sabina clava el tenedor en un tomate y levanta la vista hacia mí.
—¿Te ha escocido mucho el «ya veremos»? —pregunta con cuidado.
—Ni que fuera nueva en este circo.
—Claro.
Sabina me sostiene la mirada.
—Julia. —Amaia baja el tono—. No tienes por qué tragarte esto tú sola. Se supone que estamos en el mismo bando.
—No me estoy tragando nada que no sea este pepino mal cortado. —Me meto un bocado enorme solo por joder, fiel reflejo de mi madurez legendaria.
Sabina pasa de entrar al trapo y se dedica a su agua, mientras el cuarto plato sigue entre nosotras con su vacío ridículo y perfecto. No hay bronca, no hay gritos, y ese es el problema: prefiero mil veces un portazo a esta vigilancia sanitaria.
Irina aparece por la tarde tan normal. Se descalza en el recibidor y se desabrocha un botón de la camisa.
Ni un hola, ni un perdón por el retraso, ni un comentario sobre lo bien que me sienta el estrés crónico.
Irina no malgasta saliva en cortesías; prefiere comunicarse con gestos que solo entiende la gente con tres másteres en altanería.
Me hace una seña con la barbilla hacia arriba.
Y yo, que tengo el orgullo de una emperatriz caída en desgracia, pero la obediencia de un chucho faldero cuando ella me silba, la sigo escaleras arriba. La sigo porque necesito comprobar que es de carne y hueso y no un invento de mi imaginación para hacerme la vida imposible.
Entramos en nuestra habitación. El ambiente es raro. No hay tensión sexual, que ya es raro en nosotras, sino una especie de intimidad de supervivencia. Abre un cajón, revuelve entre su seda italiana y saca un sobre de papel pequeño que me tiende con la punta de los dedos.
—¿Qué es esta mierda?
—Nombres.
Lo abro: dos identidades nuevas con sus correspondientes números, rutas, horarios y puntos de recogida detallados. Irina tiene esa fe ciega y un poco psicópata en que el caos del universo se puede domesticar si haces suficientes listas en papel bueno.
Se sienta en el borde de la cama y me señala el sitio a su lado con un golpecito en el colchón.
—Siéntate.
—No me des órdenes en mi puta casa, que pareces un sargento de la KGB con falta de fibra —le digo por pura inercia.
—Cariño, por favor.
Me siento. Me ha ganado por cansancio y porque sus ojos tienen un peso que me hunde las lumbares. Qué humillación más tonta. Me coge la mano, me la gira con una delicadeza técnica y se pone a inspeccionarme la palma.
—Hoy lo has hecho bien.
Lo dice porque sabe que estoy a punto de explotar y no tiene ni idea de cómo frenarme.
—Mucho mejor que tú, eso está claro.
Me aprieta los dedos.
—No me gusta mentirles a las niñas.
—Pues a mí no me ha gustado que le plantaras a la pequeña ese «ya veremos» —le escupo. Aprovecho que me tiene sujeta para que se lo trague entero. La astilla ha salido, pero el hueco que deja duele de cojones.
Irina no se disculpa, no me manda a la mierda, no hace nada. Eso es lo que me quema: que no reacciona cuando necesito pelea.
—No era el momento de decidirlo.
—Era el momento de cerrarlo de una puta vez, Ira. Que parece que estemos alquilando nuestra propia vida mes a mes, joder.
Ella baja la vista a nuestras manos entrelazadas y luego vuelve a subirla.
—No lo voy a decidir hoy —zanja.
—Ya. Pero es que es NUESTRA hija, no lo decides tú sola.
Soy una bomba de relojería. Me siento madre coraje, tonta despechada y alguien que quiere prender fuego a algo, todo a la vez. Irina me levanta la mano y me besa los nudillos. Es un gesto de otra época, algo raro en ella. Me bloqueo.
—No quiero que tengas miedo.
—Pues no me lo pongas tan difícil, coño.
Mide la distancia y apoya su frente contra la mía. No hay espacio para respirar.
—Te quiero.
Me pican los ojos. Me pongo de una mala hostia tremenda cuando me hace esto.
—No empieces con eso ahora.
—Es la verdad.
—Si me quieres, deja de darme por saco con tanta incertidumbre.
Me río por la nariz porque si no me río, la mato o me pongo a llorar. Irina se separa, se levanta y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Me deja ahí tirada en la cama, con el sobre en la mano y la impresión de que todo está a punto de irse a la mierda.
—Tengo que hacer una llamada.
—Claro que tienes que hacer una llamada —le grito a su espalda—. Tú arreglas el mundo por teléfono en tres minutos y yo aquí con el papelito.
Sonríe, una curva de nada. Es el único premio que voy a sacar hoy. Y se larga por el pasillo. Miro el papel con los nombres de nuestra familia de mentira. Me entran ganas de masticarlo, pero lo doblo y lo guardo en la mesilla.
Me tumbo. El silencio de la casa me suena a cuenta atrás.
Las niñas están por ahí con sus sombras discretas atentas a cada paso, acostumbrándose a que su vida tenga un perímetro de seguridad.
Y yo aquí sigo, con el «ya veremos» incrustado como una patada en el hígado, consciente de que mañana me tocará volver a creerme mis propias mentiras.