Capítulo 7 #3
Se me revuelve la tripa y busco un trapo para no mirarla a los ojos. Detesto que me toquen la fibra, así que decido que la mejor defensa es escupir un poco de veneno.
—A ver, aclárame una cosa, ¿desde cuándo eres la misionera de las orgías? ¿Te han dado una subvención de la Junta o es que te aburres en tu casa y has venido a darnos lecciones de libertad sexual?
Se acerca y me da un cachete en la mejilla, un golpe seco que pretende ser una caricia.
—Solo os digo que hagáis el favor de vivir un poquito, coño. Que cuando estemos en el hoyo no nos van a dar una medalla por haber sido las más recatadas del cementerio. Si os gusta el jaleo, pues al lío y que le den por saco a las censuras. Aunque te cueste reconocerlo porque eres una cuadriculada.
—Me cago en todo, Sarita, vaya charla me estás metiendo.
—La misma que me echaste tú a mí cuando me hizo falta.
Pero, que oye, que he venido a decirte que siento las formas, Julia.
Pero en cuanto te digo la verdad te sale la vena de sargento de hierro y no hay quien te hable en tres pueblos a la redonda.
Ni tú misma te soportas cuando te pones de un intensito que habría que echarte agua bendita.
Tiro la última toalla al montón de las perfectas.
—Eres una cabrona redomada, corazón.
—Claro, hija. Por eso me cuentas tus penas y me dejarías hasta el código de la caja fuerte. Me adoras porque soy la única que sabe que detrás de ese genio solo hay miedo a que te despeinen.
Me acerco a ella y le planto una toalla doblada contra el pecho. La obligo a agarrarla para que deje de gesticular.
—Toma. Úsala para limpiarte la hipocresía, a ver si así dejas de dar por saco un rato.
Sara la agarra, se la acerca a la nariz y aspira con un entusiasmo de puro teatro.
—Uy, ¿qué suavizante es este? Huele a dinero, a gente de posibles. Aquí se llora con mucho postín, con algodón de mil hilos. No me extraña que te cueste soltarte, que si se te corre el rímel te sale la broma por un riñón.
—Aquí no llora nadie. Y menos yo —sentencio mientras ordeno los botes de detergente por orden de altura.
Ella me barre con la mirada. No se cree ni una sola palabra de mi discurso de mujer de acero.
—Vale. Pero ni se te ocurra volver a mentarme el tema, reina mora. Ya te he oído, ahora deja que me baje la información al sótano, que tengo las neuronas echando humo.
—No soy tan idiota. Y si se me escapa otra vez, me pegas un guantazo y me quitas la tontería de golpe. Te veo los dedos que hacen chiribitas por pegarme un viaje.
—Me vendría de perlas para el equilibrio mental, la verdad. Un buen impacto y a lo mejor se me recolocan las ideas.
Sara se alisa la falda. Es la misma de siempre, capaz de preguntarte por el precio de las sandalias mientras te clava la banderilla en todo lo alto.
—¿Pero tú estás bien o te llamo al cura para que te dé los óleos?
—Estoy de puta madre, Sara. ¿No me ves? He doblado doce toallas en tres minutos. Soy la puta ama del algodón egipcio. Mira estos bordes, mira la simetría. Si esto no es salud mental, que baje Dios y lo vea.
Sara me recorre de arriba abajo.
—Salud mental dice la criatura. Julia, por los clavos de Cristo, que tienes los riñones cubiertos de billetes.
Tienes servicio para que te barran hasta el aire que respiras y te encuentro aquí encerrada peleándote con el suavizante.
¿Para qué los tenéis entonces? ¿Para verlos pasar por el pasillo?
A mí me das la mitad de lo que te sobra y te dejo los trapos niquelados, pero tú te vas a la calle a que te dé el sol, que tienes un color de cara que asusta.
Sigo a lo mío. Cuadro la esquina de otra toalla.
—No lo hago siempre. Solo a ratos. Me relaja.
—A mí me relaja que me lo hagan todo mientras me tomo un tinto de verano con mucho hielo. Eso es relajarse, lo demás son tonterías de rica con complejo de mártir.
—Es la costumbre de antes, Sarita. Antes de Irina, antes de todo esto.
Me saca de quicio tener gente que da vueltas por dentro de la casa, atenta a si dejo la taza de café en la encimera o si me he levantado con el pie izquierdo.
Prefiero que limpien y se larguen. Tener servicio que husmea me pone los pelos de punta.
No sé dónde meterme si están ellos aquí dentro.
—Pues te metes en la piscina, alma de cántaro, que para eso está. Deja ya la toallita de marras, anda. Te pones a doblar y te va la vida en que el doblez encaje. Trae eso para acá, que me pones nerviosa hasta a mí.
—Que sí, pesada.
—En fin, ya me voy, que tengo cosas que hacer. —Se recoloca las gafas de sol—. Pero antes de que me eches de aquí a patadas, dame un abrazo, tonta del bote.
Le doy el abrazo y Sara me aprieta con fuerza. Se separa y camina hacia la salida, pero se frena y se da la vuelta.
—Julia.
—¿Qué quieres ahora?
—A Amaia me la tratas bien. —Ya no usa el tono de broma—. Ella no entiende de estas peleas vuestras. Ella solo sabe querer y fregar el suelo cuando vosotras termináis de discutir. No me la jodas.
Se va sin esperar respuesta, dejándome con el olor a suavizante y una sensación de sequedad en la garganta que no se quita con agua. Sara, la que siempre sabe dónde meter el dedo para que te duela.