Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Tengo una duda.

—Escúpela —le digo yo, aunque presiento que me voy a arrepentir.

Mira a su madre sin desviar la vista.

—¿Algún día voy a heredar yo todo este tinglado? Como la tía Alaska.

La bilis me sube a traición. Me entran impulsos de arrastrarla hasta el convento más cercano. De agarrarla por los hombros y explicarle que va a estudiar ingeniería aeroespacial o a recoger lechugas ecológicas, pero que en este fango no mete ni la punta del zapato.

—No —digo de forma tajante, que se note el portazo.

Svet me mira, Vera también. Sabina no mueve ni un músculo, pero Irina se toma ese medio segundo eterno que me destroza los nervios antes de abrir la boca.

—Ya veremos.

La frase flota, infectando el desayuno.

—No hay ningún «ya veremos» —mascullo. Me trago el grito para no traumatizarlas más de lo que ya están.

Irina pasa de mi cara de perro, como si heredar un imperio de sombras fuera algo tan normal como heredar la cubertería de plata de la abuela. Svet no salta de alegría ni se asusta, solo asiente con la cabeza y se guarda el dato en su disco duro de futura villana.

—Bueno. Con eso me vale.

Vera se inclina hacia delante recuperando su modo adolescente estándar.

—¿Entonces podemos ir al cine con el grupo de Marta esta tarde?

Amaia respira aliviada. Cree que hemos salido del campo de minas con todas las extremidades en su sitio. Pobre ilusa.

—Sí —confirma—. Pero los de fuera van con vosotras. Os escoltan hasta la butaca y no les dirigís la palabra.

—¿Y si me muero de la vergüenza porque parezco la hija de un dictador? —se queja Vera.

—Pues te aguantas.

—Julia…

—¿Qué? —corto a Amaia—. La vergüenza es un estado mental, un tiro en la nuca es para siempre.

—Vale. —Svet se levanta de la silla—. Gracias por no contarnos un cuento de hadas.

—Sí —añade Vera—. Gracias.

Y se van. Así. Sin lloros. Sin drama. Con el móvil en la mano y el mundo dentro de la cabeza, ya organizado a su manera.

Cuando desaparecen por el pasillo, la taza se ha enfríado entre mis manos. Mi especialidad: llegar tarde a todo, incluso al calor.

Amaia se pasa una mano por la cara.

—Ha ido… bien —dice, sin creerlo.

—Ha ido.

Irina sigue ahí plantada frente a la cristalera, vigila el horizonte por si aparecen los jinetes del apocalipsis o, peor aún, alguien con una opinión propia que no haya pasado por su filtro.

Me dan ganas de levantarme y masticarle ese «ya veremos» que ha dejado flotando en la cocina, una amenaza sutil que me raspa por dentro y que ella maneja con una elegancia que me pone de una mala hostia considerable.

Sabina, que ahora parece haberse convertido en la embajadora del descafeinado y la paz mundial, se sirve una taza mientras me estudia.

—Te has puesto preciosa cuando has dicho «no».

—Qué pena que no te haya preguntado —le contesto, aunque me pica la curiosidad por saber qué cara pongo cuando mando a alguien a la mierda.

Amaia emite un sonido extraño, un amago de risa que muere en un carraspeo. Sabe que el ambiente está para pocas bromas. La cocina, su templo de las tostadas alineadas, se ha convertido en una zona de guerra.

Irina golpea la encimera. Un solo golpe. Corto. Final de la reunión.

—Me voy.

Se marcha sin aspavientos, sin besos de cortesía ni esa parafernalia de despedida que tanto nos gusta al resto de los mortales, y me deja con un humor de perros.

Tengo un impulso casi infantil de reventar la taza contra el suelo solo por ver si el ruido tapa el zumbido de mi cabeza, pero me contengo.

Al pasar por mi lado, Sabina me roza el hombro con una intención que no tiene nada de accidental y se inclina para que solo yo pueda oírla.

—Respira, policía.

—No me mandes respirar, rubia.

Amaia levanta la vista hacia Sabina mientras yo observo ese duelo silencioso que nadie piensa reconocer en voz alta. Es un ambiente de mierda, la verdad, pero al menos es nuestro ambiente de mierda. Perfecto.

Sara aparece a media mañana con esas gafas de sol tamaño parabrisas. Entra sin llamar porque sabe que con un «hola, miarma», la gente le permite hasta que les robe la plata.

Yo estoy en el lavadero, para matar el tiempo con lo único que se me da bien ahora mismo: doblar toallas con una violencia pasiva que ríete tú de las manifestaciones antisistema. Me refugio en el algodón rizado porque el algodón no me juzga ni me pregunta por qué tengo esta cara.

Sara se apoya en el marco de la puerta y analiza mi técnica de plegado con una ceja peligrosamente alta.

—Niña, ¿estás haciendo la colada o quieres ahorcar a la toalla de bidé? —pregunta mientras se baja las gafas.

—Doblo. A ver si por un milagro de la física se me endereza el resto de la existencia, que buena falta me hace.

Ella se quita las gafas del todo y me clava sus ojitos de cirujana seria. Se acabó la función de la payasa andaluza; ahora viene la que te opera sin anestesia.

—He venido a pedirte perdón —dice en frío.

Me detengo con una toalla a medio camino. Reviso las esquinas del techo por si hay una cámara que grabe esta rendición histórica.

—Tú no pides perdón, Sara. Tú esperas a que el resto del mundo asuma que tenías razón desde el principio.

—No me toques las palmas, niña. —Hace un gesto rápido con la mano—. Vengo a cumplir con el protocolo de mejores amigas: me disculpo con la boca pequeña, tú me mandas a cagar y nos vamos a tomar una cerveza antes de que se nos caiga la cara de tanta amargura.

Resoplo. El amago de risa me sube por la garganta a traición. Qué putada que sepa desactivar mi cabreo justo cuando ya estaba lista para estallar.

—¿Y qué disculpa es esa? —pregunto mientras vuelvo a la carga con una sábana—. ¿La del término ese del «cuarteto»? Porque si vas por ahí, te aviso que la lavadora todavía tiene el programa de centrifugado libre para meter cabezas.

Sara rebusca un ibuprofeno en el fondo del bolso. Me apunta con un blíster vacío antes de lanzarlo a la encimera.

—Mira, Julia, no me seas malaje. Ayer el alcohol hablaba por mí, pero no decía mentiras. Me entró la vena de alcahueta y largué lo que tenía en la boca. Lo admito tan ancha.

Se traga la pastilla a palo seco, sin agua, con un gesto de dolor que le recorre hasta las pestañas.

—Yo os empujé. Es mi sino y mi vocación frustrada, porque de algo tiene que servir este carácter y conoceros tan bien.

Escúchame: os quiero ver felices. Sobre todo a mi hermana.

Esa criatura ha pasado un calvario de los gordos y tú lo sabes de sobra.

Estuviste allí cuando el mundo se nos cayó encima y hubo que recoger los trozos del suelo con las manos desnudas.

—Se limpia una gota de sudor de la frente—.

Y, cariño mío, si la alegría os llega de una forma que no sale en el catecismo, pues bendita sea.

Tenemos ya el higo muy negro para dejar de hacer lo que nos pide el cuerpo por el qué dirán o por nuestras propias neuras.

Que la vida son dos días y uno ya lo hemos gastado entre quejas y ruegos.