Capítulo 7
Me despierto con el aliento de Irina en el cogote y ese silencio de casa rica que ya me pone en guardia.
El silencio aquí nunca es señal de que todo va bien; es solo la pausa dramática antes de que alguien detone la primera bomba del día.
Abro un ojo, compruebo que es demasiado temprano para cualquier ser humano que no tenga que ordeñar vacas y noto que Irina ya está despierta, al acecho.
Me recorre la cintura con la palma abierta.
No busca nada erótico; hace inventario de sus posesiones y yo figuro en la lista.
—Buenos días —murmuro, con la voz todavía pegada al paladar.
—Mmm.
Eso es lo máximo que le voy a sacar antes del café; en su cabeza debe sonar a soneto de Shakespeare, pero a estas horas a mí me suena a que calcula cuántas veces me va a llevar la contraria hoy.
Bajo las escaleras y la casa ya funciona con eficacia alemana: nada de gritos, nada de caos, solo el sonido de la tostadora y el agua corriendo.
En la cocina, el panorama es para hacerse un cuadro: Amaia con una camiseta vieja, los rizos a lo loco y cara de haber dormido lo justo para no entrar en coma.
Frente a ella, Sabina apoyada en la encimera, impecable incluso en pijama, con un vaso de agua en la mano, guapísima.
Me cae fatal y me dan ganas de darle un beso para ver si se queda calladita.
—Buenos días, comisaria del orden establecido —me deja caer, con esa cara de «sé lo que te pasa y me hace gracia».
—Buenos días, reina del postureo matutino.
Abro y cierro armarios con un ruido innecesario.
Finjo que busco algo vital cuando lo único que intento es ignorar que el ambiente está cargadito.
Amaia no levanta la vista de su taza, concentrada en el café, o quizás no quiere cruzarse con mi cara para no tener que admitir que estamos todas fingiendo.
Entonces entra Irina, que no camina, se desliza.
Para mi desgracia ya va vestida de persona importante.
Eso nunca es una buena noticia: Irina con ropa de calle antes de las nueve significa que el mundo exterior reclama su dosis de ego y que lo que pasó ayer no fue un paréntesis, sino el prólogo de lo que nos va a caer encima hoy.
—Han llegado —dice, y se sirve café.
Ni «hola», ni un «Julia, qué buen aspecto tienes hoy a pesar de las ojeras», nada; ella va directa a lo importante y yo voy directa a la cafeína. Supongo que nuestra relación se basa en ignorar las cortesías básicas para no perder el tiempo fingiendo que somos personas normales.
Me asomo por el ventanal hacia el jardín y ahí están, dos bultos oscuros plantados junto al camino de grava; mantienen una distancia de seguridad que me parece un insulto a mi inteligencia, porque si vas a vigilarme la vida, por lo menos ten la decencia de acercarte para que pueda ver si vas bien afeitado.
—Son invisibles —digo.
—Lo intentan —responde Irina.
Sabina apura su vaso de agua con una de esas sonrisas que te dan los médicos antes de decirte que te queda un telediario y se apoya en la encimera con un aire de superioridad moral que no le cabe en la cocina.
—A ver cómo les vendemos la moto a las niñas.
—Aquí no se vende nada —la corto, porque me he levantado con el depósito de bilis lleno y necesito vaciarlo sobre alguien—, se les cuenta lo que hay y que gestionen el trauma como puedan, que para algo les hemos comprado un colegio con jardín botánico.
Amaia apoya la taza en la mesa con un golpe seco, para marcar territorio y recordarnos que ella es la única que no va a perder los papeles en esta casa de locas.
Me siento, muerdo una tostada y trago un sorbo de café que me quema toda la boca mientras asimilo que vamos a soltarles a las crías palabras que no se dicen nunca delante de alguien que acaba de enterarse de que el Ratoncito Pérez no existe.
Me da un asco profundo, pero como el pánico me vuelve mandona y el café me pone agresiva, creo que el día me va a salir redondo.
A los dos minutos asoman las herederas por el pasillo.
Svet baja primero con el móvil pegado a la mano y esa cara de estar redactando mi esquela mentalmente, embutida en una camiseta ancha.
Vera viene detrás, descalza y con ese sueño de aristócrata que a mí me genera instintos criminales inmediatos; me regala una de esas sonrisas que usa para recordarme que ha nacido para tocarme las narices de forma sistemática.
—¿Qué hacéis todas aquí con esta cara? —pregunta Vera mientras bosteza sin taparse la boca—. Qué bajón.
—Buenos días, alegría de la huerta —le digo señalando la silla con la barbilla—. Toma asiento.
—Uy. —Svet hace ese ruidito que en su idioma significa que ya me está mandando a la mierda—. Ha dicho «toma asiento». Esto huele a charla.
—Porque es una charla, Svet —interviene Amaia.
Svet se deja caer con una desgana muy estudiada y Vera la imita, porque es incapaz de tener una idea propia si Svet no le da el visto bueno antes, aunque luego finja que es la reina de la anarquía. Irina se planta a mi lado sin hacer ruido y acota el perímetro.
—A partir de hoy vais a tener dos sombras nuevas solo para vosotras —les espeta de golpe.
—¿Para nosotras? —pregunta Vera. El tono de niña pija se ha ido a la mierda. Ahora suena a persona adulta que huele el marrón desde lejos—. ¿De verdad hace falta?
—Para vosotras. —Me cruzo de brazos—. Para cuando salgáis a que os dé el aire con vuestras amigas intensas y para cuando os mováis por ahí convencidas de que el mundo es un puto anuncio de compresas.
—Van a ser discretos —añade Amaia, que maquilla el hachazo para que no se pongan en huelga de hambre—. No van a entrar en casa ni a ir pegados a vuestro culo como si fuerais un bolso de lujo que hay que custodiar.
—Es que lo somos —murmura Vera con una lógica aplastante que casi me obliga a darle la razón.
—Vera —la frena Sabina con suavidad—. No te vengas arriba, que la mañana no ha hecho más que empezar.
Svet mira a Irina con esa cara que pone cuando va a pedirte la herencia por adelantado o a desmontarte la existencia de un plumazo.
—¿Por qué ahora? ¿Qué ha pasado?
Irina no sabe lo que es un preámbulo.
—El riesgo ha subido de nivel. Punto.
Aprieto los dientes. El crujido resuena en mi cabeza, pero no abro la boca. No quiero soltar una bordería y acabar de joder el desayuno. Vera mira el jardín, hipnotizada por el movimiento de los arbustos.
—¿Son esos dos? —Señala a los tíos que aguardan fuera.
—Esos —confirmo con la voz seca.
Svet se acomoda en la silla.
—Vale, que no somos tontas.
—Ya, pero a veces parece que os entrenáis para serlo y mi paciencia tiene un límite biológico muy estrecho.
—Julia… —Amaia me lanza una mirada de «por favor, no seas una hiena cinco minutos». Lo intento, pero es que me sale solo.
Irina retoma el mando sin adornar la porquería.
—Si habéis quedado con vuestros amigos, id. No os vamos a encerrar en un búnker todavía. Solo van a estar ahí, a una distancia prudencial, con la orden de aparentar que no existen.
—O sea, que nos van a vigilar hasta cuando vayamos a mear —resume Vera con una mueca.
—Os van a cubrir —matiza Sabina, que siempre tiene el eufemismo preparado en la recámara.
—Es lo mismo, pero dicho para que no suene a arresto domiciliario —contesta Svet.
Nadie le lleva la contraria porque la niña tiene más razón que un santo. Saco el aire que tenía retenido y trato de sonar como una persona equilibrada, aunque me cueste la vida.
—Os lo decimos porque el curro de Irina implica que, de vez en cuando, algún listo tenga la tentación de tocarnos las narices a lo grande.
Svet no parpadea. Ha sacado los nervios de acero de su madre. Vamos a tener problemas con esta cuando descubra el alcohol y las discotecas.
—Porque sois de la mafia —dispara la tía, tan ancha, con la misma naturalidad con la que se pide una hamburguesa sin pepinillo.
Vera asiente con una sonrisita de «os hemos pillado el carrito del helado».
—Eso ya lo sabíamos, no hace falta que nos deis el carné de socias.
Me petrifico, no porque me sorprenda que lo sepan, sino por la puta naturalidad con la que lo gestionan.
Los críos de hoy en día te detectan una red de crimen organizado entre vídeo y vídeo de TikTok, pero luego no saben freírse un huevo sin quemar la cocina.
Irina no lo niega porque ella no sabe lo que es el maquillaje social. No tiene ese músculo desarrollado.
—Hay cosas que hacemos que no salen en el código civil. Sí.
Amaia hace un ruido raro al tragar, Sabina parece una esfinge egipcia y yo miro el salero con unas ganas locas de tirárselo a alguien a la cabeza.
—Pero —añado yo—, que esto no es el casting de El Padrino 4: no tocamos la droga.
—Ni el tráfico de armas —salta Amaia, para que no piensen que somos gentuza de esa.
—Y mucho menos el tráfico de personas —concluye Sabina en un tono más serio de lo habitual en ella.
Svet nos escanea una a una.
—¿Entonces a qué os dedicáis exactamente? —pregunta con curiosidad genuina.
Irina prefiere pasar palabra, así que es Sabina la que pone la voz de relaciones públicas.
—Casas seguras —explica—. Para mujeres que necesitan desaparecer del mapa de un día para otro sin dejar rastro ni preguntas. Sin tipos que las sigan.
Vera baja la vista un momento y se le borra la tontería de la cara, lo cual me pega un pellizco en el estómago que no me hace ninguna gracia.
—Y también damos protección a gente que se ha quedado fuera del sistema —añade Amaia con suavidad.
Svet se encoge de hombros, encajando las piezas de un puzle que ya tenía casi terminado.
—Entiendo —resume—. Hacéis cosas buenas a través de métodos feos para que funcionen.
—Exacto —sentencia Irina—. Aunque para pagar las facturas también movemos arte y tenemos negocios inmobiliarios. No todo es caridad.
Se instala uno de esos momentos donde la verdad se planta en mitad de la mesa. Vera levanta la barbilla y mira a Irina.
—¿Y esto va a ser así para siempre?
—Hasta que la situación cambie —responde Irina.
En el diccionario de Irina, eso significa: «te aguantas porque no tengo ni idea». Svet empieza a retorcerse los dedos. Mal asunto.