Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 6
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Capítulo 6

—Qué fina es vuestra amiga —dice Sabina.

—Es tu hermana, Sabi. No nos encasquetes el muerto. Lo de decir gilipolleces lo habéis heredado a pachas. Y no te hagas la santa, que tú borracha eras igual de bocazas. Se ve que en vuestra casa el filtro se lo llevó el perro.

Me pego al hombro de mi mujer legal, la que figura en el libro de familia y tiene el permiso oficial para follarme sin que nadie llame a la policía. Sabina pilla el gesto al vuelo y se ríe. Se divierte a mi costa porque sabe qué estoy haciendo.

Estamos las cuatro aquí sentadas, mientras hacemos el paripé e intentamos aparentar que lo que ha escupido Sara no importa una mierda. Me sirvo más porque esto no hay dios que lo gestione sin estar borracha.

—Corta, ¿no? —Irina me agarra la mano.

—Tengo una lista de cosas prohibidas y aquí sigo, lista para tales tareas. —Bebo de un trago largo.

—Mañana charlamos con las niñas. —Amaia intenta que volvamos a ser entes civilizados.

—Eso —dice Irina.

Asiento con la copa. Mañana es el escudo para no hablar de la basura que tenemos delante.

—Sin inventos. Cada una a su sitio y sin salirnos del papel.

—Sin inventos —repite Sabina. Me clava los ojos.

Amaia se masajea las sienes. Tiene cara de agobiada.

—Hoy ha sido un día raro.

—Hoy ha sido martes, Amaia. No seas intensa —le corto.

—Ha sido… demasiado.

—La gente se emborracha y empieza con las chorradas —sentencio—. No hay más.

—Julia —me frena Amaia—, lo que ha dicho Sara…

—Lo que ha dicho Sara me importa lo mismo que el precio del gas —la corto, aunque es mentira.

Sabina carraspea y decide que es el momento de meter el rejón.

—No es ninguna tontería. Es ponerle un nombre feo a una realidad que nos resulta demasiado incómoda.

La mala uva me trepa por el gaznate, y no tiene que ver con el alcohol ni con las ganas, es pura autodefensa.

—¿Realidad incómoda? —repito—. Mira quién habla, la mujer que ha hecho del pragmatismo una religión de domingo.

—Soy práctica, Julia, y tú también lo eres, por mucho que ahora te interese ir de despistada por la vida.

Irina se petrifica y Amaia se tensa de nuevo.

—No empieces, Sabi, que nos conocemos de sobra.

—No estoy empezando nada, cariño —responde ella, conciliadora—, solo señalo lo que hay. Está aquí, delante de todas, aunque cierres los ojos muy fuerte.

—Pues señala el paisaje o las luces de la piscina, o señala a Irina, que siempre te divierte más —la ataco. Lo reconozco y me arrepiento al momento, pero es que no quiero hablar del tema en serio.

Amaia se bloquea un instante, le fastidia también, y eso no me gusta porque ella no se merece estar a disgusto por las impertinencias de Sara o por mi bocaza. Intento arreglarlo de la única manera que sé: a base de ser todavía más imbécil.

—¡Oye, pues nada! —Subo el tono—. Mañana mismo saco el ordenador y montamos un calendario. Así Sara tiene sus hipótesis por escrito y nos deja de dar el coñazo.

—Julia.

Amaia me nombra con una mezcla de hastío y reproche que me hace sentir minúscula.

—¿Qué? ¿Toca sesión de psicología ahora? Tenemos alcohol, a las niñas que berrean dentro y la noche a punto de palmar. Un plan de puta madre.

Irina me agarra la rodilla. Aprieta. No es una caricia, me está diciendo que como abra la boca otra vez me echa de la casa.

—No es el momento de discutir esto.

—Gracias —le respondo—. Al menos alguien aquí tiene un gramo de sensatez.

Sabina se enciende un cigarrillo.

—Sensatez dice. Julia, tú no sabes ni escribir esa palabra. Tú vas con el instinto por delante. Siempre.

—Y tú vas con unas ganas que se huelen desde la calle —la pincho.

Amaia se levanta de golpe. No hace ruido, pero ha llegado al límite. Se apoya en la baranda, de espaldas a nosotras.

—Amaia —la llamo bajito.

—Estoy perfecta —responde muy rápido. No se gira.

Me muerdo la lengua para no ir tras ella. Sabina se recuesta y suspira.

—¿Os molesta que hablemos de esto? —Mira a Amaia, pero el golpe es para mí.

—A ella no le molesta nada.

Amaia se gira. No tiene su cara amable de siempre.

—No hables en mi nombre, Julia. Haz el favor.

Eso no lo esperaba. Intento hacerme la graciosa otra vez antes de que se note que me ha dolido el desplante.

—Vale, perdón, jefa. No vuelvo a abrir la boca sin permiso de la junta.

Amaia no se ríe. Se sienta otra vez. Irina interviene para cerrar el tema.

—No vamos a montar una crisis por un comentario de borracha de Sara. No tiene sentido.

—Sara no inventa nada —insiste Sabina tras una calada—, solo ha dicho lo que piensa todo el mundo.

—Sara empina el codo más de lo que su hígado permite y larga lo primero que le pasa por la corteza —sentencio yo—. Ese es todo su expediente. ¿Le vais a dar bola?

La expresión de Irina se suaviza, aunque no llega a ser una tregua.

—Julia —murmura.

—Dime.

—Nada.

Ese «nada» es que mañana me va a gritar hasta en latín. Me siento agotada. Me pesa hasta el pelo. Me iría a dormir y no abriría los ojos hasta el próximo verano.

Un portazo retumba dentro seguido de una carcajada, se escucha a Vera mientras le grita a Svet que deje de ser una muerta en vida.

La otra le contesta con un gargajo en cirílico.

Maravilloso. Mañana toca desayunar y aguantar a los nuevos gnomos de seguridad con metralleta.

Cosas reales. Sin misticismos de mierda. Vida. No conceptos raros.

Sabina se levanta, estira las lumbares y pasa por mi lado con una ráfaga de perfume caro a cuestas. Se sienta al lado de Amaia y la abraza. Amaia la mira de reojo. Sabina sonríe.

—Me retiro a mis aposentos —anuncia.

—¿Sola u organizada?

Sabina se gira hacia mí, con una sonrisa de escaparate.

—Con mi mujer. Por hoy.

Amaia baja la vista. Irina no reacciona. Yo trago veneno.

—Buenas noches, guapas —añade Sabina, y lo dice con las palabras bien masticadas.

—Ahora subo —le dice Amaia, y le da un beso.

Nos quedamos tres. Y de pronto la terraza es demasiado inmensa para lo poco que estamos hablando.

—No quiero que esto se transforme en… —empieza Amaia.

—¿En una feria o en un tanatorio? —la corto—. Porque para el desfile ya vamos tarde.

Irina interviene antes de que yo consiga que Amaia se eche a llorar o me estampe la copa en la frente, que sería mucho más estimulante.

—No va a transformarse en nada, venga —dice Irina—. Mañana hablamos con las niñas, ajustamos los turnos de la casa y ya.

El puto «y ya». Como si en la vida fuera pudieras cuadrar los celos y el desorden en una tabla dinámica. Hoy no tengo cuerpo para discutir la física de sus soluciones fáciles, así que me limito a morder el cristal de la copa.

—Vale. Y ya. Voy a cerrar, anda —anuncio.

—Ya cierro yo —salta Amaia.

—Que no, que cierro yo —insisto, al agarrar el pomo.

Amaia me sostiene la mirada. Percibo el brillo de una fatiga de esas que se te incrustan en el esqueleto y te hacen parecer diez años más vieja. No me gusta nada verla así, tan vencida.

—Julia, no es necesario que lleves el volante de todo siempre —dice con un suspiro que le nace del alma.

—Si no llevo yo el timón, lo pilota el fantasma de Sara. Escoge tú quién prefieres que nos estrelle contra la tapia.

Dentro, Vera y Svet están desparramadas en el sofá con el reflejo azul de las pantallas pegado a la cara, ajenas a un mundo exterior que está al borde del colapso.

—¿Ya os marcháis a la madriguera? —pregunta Vera sin levantar la vista.

—A dormir —sentencia Amaia.

—Cinco minutos más —pide Vera.

—Dos —corrijo yo para ejercer mi potestad de ser la villana del cuento—. Y porque me pillas con el vino en reserva.

Vera me lanza una mirada cargada con tres toneladas de odio adolescente.

—Eres insufrible.

—Es mi mayor talento, pequeña —le aseguro—. Arriba.

Svet, que es bastante más lista y tiene hoy menos ganas de guerra, se levanta sin rechistar y se lleva a Vera del brazo mientras la otra protesta por puro vicio.

Se oyen los pasos en la escalera, el portazo de rigor.

Amaia apaga las luces. Irina cierra la puerta.

Todo parece normal, todo está en su sitio, pero la casa tiene un tacto distinto.

No es solo por lo que ha dicho Sara; es por cómo esa palabra ha hecho que todas nos pongamos en guardia.

—Buenas noches —dice Amaia, y la frase le sale con fórceps.

—Buenas —le devuelvo.

Irina me pasa por detrás, me roza la espalda con la mano y me guía hacia nuestra habitación sin necesidad de abrir la boca.

La sigo porque ahora mismo es más fácil dejarme llevar que ponerme a analizar nada.

Antes de entrar, miro hacia el pasillo otra vez.

Amaia ya ha desaparecido; se ha ido a su cuarto con Sabina a representar el papel de matrimonio bien avenido.

Ya en el cuarto, Irina se quita la camiseta y deja el móvil en la mesilla con un golpe seco. Me escanea de arriba abajo con esa mirada que lo ve todo, incluso lo que yo intento esconder.

—¿Estás bien?

—De puta madre —miento.

Me sujeta la barbilla con dos dedos y me obliga a dejar de escudriñar las cortinas.

—Julia.

—Que estoy estupenda —insisto, y esta vez me sale con ese tono de «como me lo preguntes otra vez te arreo».

Irina no porfía, porque me conoce de sobra para saber cuándo estoy a punto de entrar en ignición.

Me planta un beso en la frente que tiene poco de romántico y mucho de pertenencia.

Es una marca, un «tú eres mía», y aunque siempre he odiado que me marquen el territorio, hoy se me bajan las revoluciones.

—Mañana será un día largo —dice ella mientras se mete entre las sábanas.

—Mañana siempre es el mismo lunes eterno.

Escucho el crujido de la casa, ese concierto de tuberías y ruidos de madera que antes me daba paz y ahora me suena a cuenta atrás.

Me meto en la cama y el brazo de Irina me rodea la cintura, me pega a ella sin decir ni pío.

Cierro los ojos, pero la oscuridad no ayuda a callar el ruido que tengo dentro.

Lo capto en el ambiente: algo se ha desplazado. No es que se haya quebrado nada todavía, pero no podemos simular que no ha pasado nada. Sara ha lanzado una granada y la onda expansiva nos ha pillado a todas con el paso cambiado y los escudos bajos.

Me duermo tarde, con el cuerpo inmóvil y la cabeza en busca de pelea. Mañana, cuando nos crucemos en el pasillo para el café, ya no seremos las mismas que esta mañana. Nos hemos movido, aunque haya sido a empujones, y lo peor es que ya no hay forma de volver a la postura anterior.