Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 5
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Capítulo 5

En la cocina ya no cabe un tonto más. Sara ha aterrizado con el objetivo claro de saquear el mueble bar porque para aguantarnos necesita ir bien de octanaje.

—¿No has barajado la opción de ponerte en horizontal o vas a esperar a que el amanecer te convierta en un montón de ceniza?

—Dormiré en el hoyo, Julia, chiquilla —me dispara ella con ese deje de Sevilla que se le acentúa cuando lleva tres copitas de más y ya no sabe dónde tiene la mano izquierda—. O cuando consigas cerrarme la boca, lo que pase primero, que va a ser que no.

—A ti no te calla ni un apagón hoy, reina.

Sabina me sale por el ángulo muerto y se apoya en el granito.

No me toca, no es tan básica. Escruta los desperdicios del tomate con una intensidad ridícula y luego me sube la vista a los labios hasta clavar las pupilas en las mías.

Me está cronometrando las reacciones y me toca el coño lo mucho que me conoce.

—¿Qué? —le digo, sin bajar el volumen.

—Nada. Disfruto cuando te veo mangonear.

—Pues a mí me encantaría verte muda, fíjate qué cosas, pero supongo que pedir milagros un martes es de ser muy optimista.

Amaia me lanza un aviso visual que me paso por el forro. Sara, que ya va por su segunda personalidad de la noche, se carcajea.

—¡Ay, por favor! —Se abanica con la mano—. Si es que se os ve el percal desde el Puerto de Santa María. ¡Qué lache me estáis dando, chiquillas!

—¿Qué se supone que se ve? —inquiere Asia, que siempre escoge el momento menos oportuno para intentar enterarse de la fiesta.

—Nada, nena. —Sara le da un palmadita en el brazo—. Tú no te calientes la cabeza. Come y bebe, que estás muy flaquita.

—No bebo. —Asia le da un empujoncito cariñoso—. Ya te bebes tú mi parte.

—Por eso estás así de seria, cariño —responde Sara y la estruja.

Sara está tonta con esta mujer. La mira con una cara de boba que no se aguanta. Verla así de enamorada resulta hasta bonito, aunque no pienso reconocerlo hoy.

Regresamos a la intemperie con las copas.

El cielo está oscuro. Las luces del jardín están encendidas para recordarnos que esto es una reserva de gente con billetes y que aquí se viene a ser feliz.

La piscina brilla, el agua está quieta. Se oyen los mosquitos buscando sangre y a las niñas riendo a lo lejos.

Nos tiramos en los sofás. Sara se despatarra y Asia se le pega al costado.

—Bueno, ¿mañana qué se hace aquí? —pregunta—. ¿Piscina otra vez o nos da por ser personas y salimos a que nos dé el aire de los pobres?

—Yo mañana trabajo —dice Irina.

Sara abre la boca, exagerada.

—¿Trabajas? Pero alma de cántaro, si estamos de vacaciones. No me seas rancia, Irina.

Irina ni parpadea. Ignora el ruido de fondo.

—Yo nunca estoy de vacaciones.

—Eso no es una virtud, Ira, es una tara mental. —Me gano una mirada de reojo.

—Pues yo mañana pienso dormir hasta que el cuerpo me pida perdón por los últimos veinte años. —Sabina estira las piernas—. Sin críos, sin gritos, sin agendas. Le estoy pillando el gusto a la vagancia extrema.

—Tú duermes cuando te sale del higo, Sabi. Eso no tiene mérito —la pico.

—Claro, y tú mandas cuando te sale del mismísimo.

—Eso sí tiene mérito.

Sara se está divirtiendo, la perra.

—Oye, ahora que estamos en este momento de paz absoluta y nada fingida… —Paladea el momento.

—No —corto yo antes de que termine la frase.

—Déjame, Julia, que es una pregunta de primero de convivencia. Una cosa sana.

—Tú no haces nada sano desde que hiciste la comunión, Sara. —Busco el fondo de mi copa para no verle la cara de satisfacción.

—A veces sí, si me pillas merendada. —Se aclara la garganta—. ¿Asia y yo dónde dormimos esta noche? Lo digo por organizar el mapa de ruidos y no acabar escuchando cosas que luego tenga que comentar en el desayuno. Porque aquí lo de las habitaciones es un misterio de la fe.

Lleva tres copas de ventaja y mantiene la puntería. Le da igual todo porque es una turista emocional en este lío.

Me río porque la otra opción implica levantarme y explicarle las normas de educación a mano abierta.

—Sara, ¿te has caído de cabeza en la piscina o es que el cloro te ha frito la última neurona que tenías operativa?

—No te pongas flamenca, que es pura logística —insiste—. He venido a descansar, no a que las paredes vibren con vuestros recitales de alcoba.

—Te jodes. —Me río porque enfadarse con ella es una pérdida de tiempo.

—Me jodo, pero con tapones.

—Sara, ¿no podías probar a estarte calladita cinco minutos?

—Es que me preocupa la armonía familiar, Julia. Lo hago por vuestro bien.

Armonía. Familiar. Lo zampa con una naturalidad insultante. Trago un buche de vino para no saltarle al cuello.

—La armonía familiar la llevas tú grabada en el coño, guapa.

Sara escupe un chorro de bebida mientras se ríe.

—¡Qué bruta eres, hija! Solo digo que aquí hay poca organización y mucha agenda compartida. Unos matrimonios muy bien avenidos, vamos.

Irina me roza el muslo con los dedos. Es una presión para que me calle. No quiere que le siga el juego. Sabina se inclina hacia delante. Usa su tono de seda habitual para hacerse la adulta de la reunión.

—¿Te preocupa el alojamiento, Sara? Si tienes miedo de los ruidos, te buscamos un cuarto en el ala norte. Allí solo se oyen las lechuzas.

—Ay, no, si queréis intimidad total, Asia y yo nos vamos a un hotel y os dejamos con vuestras gestiones —pincha—. Yo solo venía a poner orden moral en este sindiós. Que sois muy modernas, pero os falta un poquito de conversación sobre el tema.

—Tú ya no sabes ni escribir la palabra moral, Sara. Mirad qué noche más buena. —Cambio de tercio fatal—. Parece que por fin se puede respirar sin ahogarse en este aire viciado.

—Tú nunca respiras de verdad —murmura Amaia.

La miro de frente, pero ella ha decidido que el suelo es lo más interesante del mundo ahora mismo. Me pica la piel.

—Yo respiro cuando me dais permiso, que suele ser entre nunca y jamás.

—¡Ay, por Dios! Julia, no seas tan sufrida. —Sara se da aire con la mano, puro teatro—. Qué martirio de mujer, hija mía. Entre la una que no habla, la otra que solo da órdenes y vosotras dos, que no sabéis si queréis mataros o daros un bocado, me tenéis loca la cabeza. Vaya tela.

—Cierra el puto pico, Sara. —Uso un tono lo bastante borde para que se lo piense dos veces antes de seguir.

Sara levanta las manos en señal de capitulación, aunque conserva la sonrisa intacta.

—Vale, vale. Me callo. Pero que conste que os estoy haciendo un favor. Os digo las verdades del barquero para que no os volváis majaras perdidas entre tanta gaita. Un servicio público para vuestra salud mental, eso es lo que soy.

—El servicio público se cobra, hermana —dice Sabina.

—A mí me pagáis con chismes de los buenos y con este vinito, que con eso ya me apaño yo para aguantaros el tirón.

Irina interviene y rompe el bucle con esa voz plana que usa para las cosas que no quiere discutir.

—Mañana vienen dos personas nuevas al equipo de la casa.

Giro la cabeza rápido.

—¿Nuevas de que no las he visto en mi vida o nuevas de que las has reciclado de otro sitio para que no me queje?

—Nuevas de fuera —dice Irina—. Son profesionales y perfectos para cubrir a las niñas. Nada más.

—Vale —acepta Sabina—. Se lo diremos a las niñas mañana.

—Aclárame si eso incluye al jardinero —se mete Sara con esa fijación de borracha que le entra a veces—, por lo de antes, Julia, que me has dejado con el runrún del pervertido en el coco y ya no sé si otear por la ventana o avisar a la benemérita.

—El jardinero es un figurante, Sara, lo que me inquieta es el mundo en general —le corto sin muchas ganas de explicar lo que me parece obvio.

—Pues el mundo siempre es el pervertido, alma mía. Que te lo digo yo, que de mirar de reojo sé un rato.

—Ahí le has dado —asiento. Por una vez en el día no tengo la necesidad de estamparle un cenicero en la frente.

Sabina bebe agua. No tiene prisa.

—El mundo es el pervertido y Julia la policía del escote.

—Soy la policía de la vida, que es peor.

—Y de los horarios —me pincha Amaia.

—Y de la decencia cristiana, que me lleva un orden esta mujer que ni en un convento de clausura —remata Sara, que hoy está decidida a dar por saco.

—La decencia me la paso por el coño, Sara. Mi problema es la seguridad. El respeto. Y que Vera es una adolescente en fase «me da igual todo».

—Es que Vera es tu mini jefa. —Sara señala a Sabina—. Y Svet es la mini jefa de Irina… y tú, Julia… —Me apunta con el dedo, entrecerrando los ojos para concentrarse en no ver doble—. Tú eres la jefa absoluta de los rebotes y la mala leche.

—Eso no te lo voy a discutir —acepto, porque si no me diera tanto asco mi propio orgullo, hasta me sentiría halagada por el cargo.

El ambiente se queda en una pausa vibrante mientras de fondo, en la casa, la música sube de intensidad y se cuela la voz de Vera, que desafina aposta para dar la tabarra.

Svet le pega un grito, Vera le contesta a grito pelado y todo vuelve a ese desorden familiar que me hace querer huir y, a la vez, atrancar la puerta para que nadie escape.

Sabina cruza las piernas, enseña rodilla y me clava los ojos.

—¿Se te ha pasado ya el berrinche o sigues queriendo morder a alguien?

—Sigo queriendo morder —le aseguro mientras le sostengo el pulso.

—Pero sigues aquí —dice ella, como si mi presencia fuera una victoria que se anota en su cuenta personal.

—No me he ido nunca, Sabi, lo que pasa es que tú solo ves lo que te conviene para dormir tranquila.

Ella sonríe más.

—Eso tampoco te lo voy a discutir.

Irina me presiona el muslo otra vez. Más firme ahora. Me lo trago y liquido la copa de un sorbo.

Sara, que huele el vacío y lo detesta, vuelve al ataque con una suavidad de mentira.

—A ver, yo no quiero ser intrusiva, ¿eh? Que una es cotilla, pero tiene su clase.

—Ya lo has sido —le digo.

—Pero… —continúa sin cortarse—. ¿No os habéis planteado… cuadraros?

Amaia pasa del desconcierto a la guardia defensiva en un parpadeo.

—¿Cuadrarnos el qué?

—Todo. La logística, las alcobas, los quereres. La intendencia, vamos.

Asia hace un ruidito y se tapa la boca para no reírse. Irina analiza la burrada. Sabina se muerde el labio. Disfruta. Amaia se pone tiesa. Yo me río por no llorar. Ante tal nivel de delirio solo queda el sarcasmo.

—Sara, tú no estás borracha, tú eres una visionaria de la casquería —le digo.

—Estoy operativa y con los ojos bien abiertos.

—Eres una vieja del visillo con barra libre.

—A mucha honra. —Se parte de risa ella.

Sabina interviene con voz suave.

—¿Qué propones, Sara? ¿Un cuadrante de turnos? ¿Pegatinas en la nevera?

—Pues no sería ninguna tontería, reina. —Sara se pone seria—.

Azul para cuando Irina se pone generala, rojo para avisar de que Julia tiene el día de morder, amarillo para la santidad de Amaia y rosa para cuando mi hermana saca las garras de fiera.

Que os organizáis fatal y tenéis a la chiquillería loca.

—Me has resumido el infierno en tres frases, tía. —Me cruzo de brazos.

—Yo lo llamo optimizar recursos, Julia. No seas antigua. —Sara se repantiga en su sofá y ocupa el doble de espacio del que le toca.

Amaia expulsa el aire por la nariz. Se endereza, se recoloca la camiseta y aprieta los labios para no mandarla a la mierda.

—No hace falta que nadie optimice nada. Gracias.

Sabina mira a Amaia de soslayo. Aguanta el silencio un suspiro.

—¿Seguro?

Lo dice bajito. La pregunta molesta. Amaia no contesta. Irina se concentra en una mancha del suelo. Sabina se limita a mirar el dedo que acaba de meter en la llaga. Si sigo callada, esto acaba con alguien llorando y no me sale de los ovarios.

—No necesitamos calendarios de mierda. Lo que necesitas tú es dormir y que mañana te funcione el cerebro.

—Me iré cuando me echéis, niña —dice ella, encantada de ser el centro del caos.

—Te estoy echando. Puerta. Ya.

—¿Así? ¿Sin un aplauso? ¿Con lo que yo os aporto? —Sara se lleva la mano al pecho, ofendidísima de mentira.

—Venga, circula. Aire.

Sara suspira, recoge el bolso y agarra a Asia de la mano.

—Venga, vámonos, chiquilla, que aquí hay mucha mala energía. Escuchadme una cosa: os quiero un montón, os lo digo para haceros el favor de que lo penséis.

Me señala con el dedo y me apunta a la cara.

—Y tú, deja de morder a todo el mundo, que te va a dar algo malo.

—No muerde a todo el mundo —mete baza la rubia.

Sara se para y se recrea en el gesto de asco que le estoy dedicando.

—¿Ah, no? ¿Ahora resulta que la fiera es sibarita?

—Sí. —Sabina se ríe con descaro—. Es muy selectiva con sus presas.

—Uhh, qué tensión. —Sara se lleva la mano al pecho—. Lo que yo decía. Es que me dais la razón solas.

—Tira de aquí antes de que te pegue un viaje —gruño.

Me tapo la boca con la mano. La idiota esta me hace gracia y no le voy a dar el gusto de que me vea los dientes por algo que no sea para lanzarle una bordería.

Sara le planta un beso sonoro en los labios a Asia.

—Vámonos, que aquí el aire está viciao de tanto deseo reprimido.

Asia se deja arrastrar y cuando llegan a la puerta, Sara se gira con una mano en la cadera; no puede irse sin el último golpe de efecto.

—¡Y escuchadme bien! Si acabáis pasando por el altar en ese cuatrimonio tan raro que tenéis montado, avisadme con tiempo. Yo pongo el arroz, el coro rociero y me pillo el mayor pedal de la historia. ¡Viva las novias, o lo que sea que seáis!

—¡Vete a la mierda, Sara! —le grito a pleno pulmón.

El portazo retumba en toda la terraza. Los pasos se alejan. El sitio se siente desangelado de golpe.