Capítulo 4
—Carga tú con el tablón de los embutidos, que te veo muy ociosa —le ordeno a Amaia mientras le encasqueto la madera llena de jamón del bueno, del que Irina compra a precio de unicornio.
—Eso pesa menos que tu orgullo —me contesta ella, pero agarra la fuente sin rechistar.
Le lanzaría el trapo de cocina a la cara, pero llevo demasiado vino caro en la sangre para desperdiciar energía.
Me concentro en montar la cena con la eficiencia agresiva de una señora de bar de carretera; saco platos y cubiertos y los dejo por la encimera mientras Amaia me rellena la copa sin que yo se lo pida, su forma de decirme que me ve al borde del colapso y prefiere tenerme sedada.
—No rellenes tanto, que pareces una comercial de bodega —le digo, aunque no aparto el cristal.
—No has soltado la copa en toda la tarde —responde ella con su calmita de psicóloga—, asumo que es una prolongación de tu brazo.
—Es una estrategia de ocultación, Amaia. —Le doy la espalda para que no vea que me estoy riendo—. Si bebo, la gente cree que estoy borracha y no que estoy planeando un homicidio múltiple.
Salimos a la terraza cargadas y el calor ya no insulta tanto, hay esa temperatura de atardecer en mansión rica que lo vuelve todo peligrosamente estético. La piscina ya no es un espejo; ahora es un campo de batalla de chapoteos y gritos.
—¡A la mesa! —grito con mi mejor voz de sargenta—. ¡O coméis ahora o se lo echo a los perros, y no tenemos perros!
Ana levanta el cuello desde su tumbona y rastrea el aire con ilusión. Me daría ternura si no supiera que se ha bebido media bodega ella sola.
—¡Por fin! —Se estira cuán larga es—. Pensaba que íbamos a terminar rebañando el cloro de la piscina por culpa de tu perfeccionismo culinario, Julia.
—De nada, Ana. Si te mueres de hambre en mi casa, es porque quieres, no porque yo no te cebe —le respondo. Planto la fuente de ensalada delante de ella.
Sara se apalanca en una silla vacía, sube los pies con una falta de educación envidiable y levanta su copa, lista para escupir la siguiente barbaridad.
Rashel, en cambio, examina el menú con ese aire de inspectora de sanidad que me hace sentir una auténtica chapucera, aunque sepa que mi aliño de mostaza le da mil vueltas a sus cremas francesas.
A su lado, Asia es un ovillo de nervios mal disimulados; su cara de hambre compite con sus ganas de largarse cuanto antes, pero ahí sigue, aguantando el tipo por Sara. Se lo valoro, la verdad, aunque no pienso decírselo para no romper su mística de sufridora.
Cerca de la barandilla, Irina observa la piscina con una quietud que a cualquier otro le parecería normal, pero que yo sé que es vigilancia pura y dura. El atardecer le recorta el perfil y le deja la cara a medio camino entre una estatua de oro y un bloque de hormigón armado.
Sabina está en el borde de una tumbona, cruza las piernas y me sigue con la vista mientras muevo los platos.
Me regala un movimiento de ceja que está a medio camino entre una invitación a su cama y una burla pesada.
Me pica, y lo peor de todo es que me encanta que me toque las narices. Es una adicción de mierda.
—¿Dónde queréis esto? —pregunto, fuerte, práctica, señora del catering.
—Ahí, en medio, hija. —Sara señala la mesa grande—. Que luego nos ponemos a repartir hostias y así tenemos espacio.
—Eso lo haces tú gratis —le contesto.
Amaia reparte las cosas. Se mueve entre nosotras y me entra un pensamiento muy feo: Amaia es la única que consigue estar en medio sin parecer que está en medio. Eso es un poder. Eso es peligroso. Me aparto el pensamiento con una sacudida mental y me pongo a buscar servilletas.
—¿Llamo a las niñas? —pregunta Rashel.
—Dales un minuto y vendrán por el olor, que están en edad de crecimiento y devoran hasta el mobiliario —apunta Sabina con esa dulzura manipuladora que tanto éxito le da.
—O cuando se les encharquen los pulmones —remato mientras compruebo que no falte la sal.
—Qué instinto maternal tan desarrollado tienes, tía. —Ana me señala.
—Se llama gestión de daños, cariño. La maternidad poética es para los anuncios de pañales, la real es sobrevivir al caos sin acabar en el calabozo.
Irina no abre el pico, pero al pasar por mi lado me roza el antebrazo con la punta de los dedos. Un toque mínimo. Me entran unas ganas locas de cascarle una burrada para ver si alguna de las presentes se atraganta con el vino, pero me lo guardo. Hoy ya he dado bastante espectáculo.
La mesa se llena de platos, vasos, manos, ruido. Sara se queja de que no tiene silla buena; Ana le sirve a Rashel sin que esta se lo pida; Asia ofrece ayudar y nadie la deja porque nadie sabe qué hacer con Asia cuando intenta ocupar espacio. Amaia pone orden sin mandar, que es otra magia.
—Oye, esto está de muerte. —Sara se mete un bocado enorme—. Julia, hija, si alguna vez te deja Irina, tú te vienes conmigo y me cocinas así todos los días.
—Si me deja Irina, me muero. —Me sale tan rápido y tan seco que hasta yo dudo de si es una broma.
Ana se ríe con la boca llena, tan elegante como ella.
—Vaya, ahora resulta que tenemos a la romántica del año en la mesa.
—Romántica tu abuela.
Irina está ahí, sin sonrisa, pero con ese gesto que es su manera de decir que me ha oído. Me sostiene la mirada un pelín más de lo normal y yo aguanto sin palabras. Normalidad tensa. Muy ella.
Sabina mete el tenedor y mueve la comida, como siempre. Yo no sé si vive del aire; me pone negra y me tienta ir a meterle el tenedor en la boca.
—Julia no se muere. Julia se cabrea, rompe algo y luego se va a dormir con quien más le convenga.
Se me atraganta el bocado. Sonrío con los dientes.
—Qué bonita la lealtad, Sabi.
—Yo soy leal —suaviza ella, tan tranquila—. A la verdad.
La verdad, dice la que miente mejor que nadie.
—La verdad se puede meter en la ensalada.
—La ensalada tiene de todo. —Ella me clava los ojos en la boca un segundo. Solo un segundo. Suficiente.
Amaia clava el tenedor más fuerte de lo necesario. Crac. El plato suena. Nadie lo comenta. Nadie lo ha oído, claro. Yo sí. Yo lo oigo todo cuando me interesa.
Sara, que no entiende nada, pero lo huele, se ríe.
—Vaya tela el espectáculo. En mi casa nos insultamos por el último yogur, pero esto vuestro es profesional. ¿Os cobran suplemento por la mala hostia o es que habéis nacido todas así de torcidas?
—Es gestión de grupos complejos. —Rashel estira el cuello.
—Es ahorro en psiquiatras. —Ana vacía la copa de un trago largo.
—Es una puta secta —se le escapa a Asia. Se tapa la boca y se refugia en el mantel, aterrada por su propio arranque de sinceridad.
—¡Ole tú, cariño! —Sara bufa de risa—. Pues claro que es una secta. Pero con agua clara y tintos que cuestan un riñón. Si el castigo es beber este vino, yo me hago de la orden ahora mismo. Deja de temblar, chiquilla, que decir la verdad no es pecado.
—Vino caro, sí. —Señalo a Amaia—. Esta ha abierto el bueno.
—Lo abriste tú, teatrera.
Me río por no atragantarme con el cinismo de todas y me sirvo más, porque soy inteligente y sé que sobria no voy a aguantar este despliegue de afecto.
Las niñas aparecen empapadas justo cuando ya estamos en la fase de rebañar el plato con desesperación. Vera trae el pelo pegado a las sienes y unos ojos que brillan demasiado; Svet se ha montado un turbante con la toalla.
—¿Aquí se come o solo habéis venido a lucir cubertería?
—Hay comida de sobra, lo que te falta a ti es el libro de urbanidad —le digo sin levantar la vista del plato.
—Eso ya lo sospechaba. —Se deja caer en la silla.
Vera se sienta al lado de Sabina y cumple con el protocolo de imán natural que tienen estas dos. Le arrebata un trozo de pan a Ana sin mediar palabra. Ana le da un manotazo de fogueo.
—¡Oye, pequeña salvaje! —protesta.
—Tú eres de las que comparten, no te hagas la dura. —Vera habla con la boca llena.
—Comparto si me lo pides con estilo.
—Te lo pido con el estómago pegado al espinazo, ¿te vale con eso?
Sabina extiende la mano y le aparta un mechón de pelo mojado de la cara a su niña. Es un movimiento seco, lejos de cualquier postureo de maternidad idílica. Un gesto de propiedad, de «estás aquí y eres mía». Vera se deja hacer mientras devora.
Svet se dedica a auditar la mesa, cuenta copas y la sospecha le nace en las cejas. Me clava la vista.
—¿Esto lo has perpetrado tú? —Señala las fuentes.
—Sí. ¿Algún problema con el menú o es que esperabas un catering con estrellas Michelin?
—Me sorprende que nadie esté convulsionando por el veneno.
—El veneno lo guardo para cuando estemos solas y tengamos que hablar en serio. —Le saco mi mejor sonrisa de hiena.
La cena sigue adelante con normalidad. Van cayendo anécdotas de Ana que huelen a invento desde el kilómetro uno; Sara reparte lecciones de vida que nadie ha solicitado y que a mí me entran por un oído para salirme por el sarcasmo.
Rashel intenta poner orden con preguntas sobre el colegio de las niñas e Irina está en su mundo de silencios, mientras Sabina hace los comentarios justos para que el resto se ría y lleva el ritmo de la mesa.
Yo me he puesto el disfraz de anfitriona cabrona y me va como un guante. Me da el poder de mandar a todo el mundo a paseo bajo la excusa de la organización y me mantiene las manos lo bastante ocupadas para no darle vueltas a lo que ha pasado antes.
Svet se levanta. Todavía no ha tragado el último bocado y ya busca la salida. Mira a Sabina. Sabina ya asiente, dispuesta a darle el permiso antes de que lo pida.
—¿Me puedo ir ya? —pregunta Svet.
—Ni de coña —corto antes de que Sabina hable—. Hoy no hay servicio de limpieza. Coge tu plato.
Svet me dedica media sonrisa. No se mueve del sitio.
—Lo recojo luego, mamá. No pasa nada.
—Ese «luego» significa que lo haré yo. Levanta el culo y llévalo a la cocina ahora mismo.
—Qué pesada eres. Qué coñazo.
—Y tú no mueves un dedo, Svetlana. Estamos a la par.
Vera se levanta entonces. Arrastra la silla con un ruido seco. Espera de pie, con los hombros hundidos, a ver si alguien le dice algo por el esfuerzo.
—Ya lo llevo yo, Julia. No empieces.
—No. No lo levas tú. Deja de recogerle todo, Vera. No eres su sirvienta —le lanzo, porque hoy tengo la lengua afilada y me molesta su sumisión tanto como la jeta de la otra.
Vera se pone muy seria. Me está insultando por dentro, pero se calla. Agarra los dos platos, los golpea uno contra otro a propósito y camina hacia la cocina a pisotones. Antes de entrar, se gira hacia Sabina.
—¿Puedo poner música?
—Bajita —responde Sabina. Me mira de reojo y aparta la vista rápido.
—¿Cuánto es bajita? ¿Nivel que no se oiga? —insiste Vera con retintín.
—Nivel que yo no rompa el móvil contra el suelo —digo.
—Imposible. —Se ríe Vera mientras desaparece por el pasillo—. Tú ya vienes cabreada de serie.
Cuando se largan, el comedor entra en esa calma sospechosa que se siente cuando dejas de oír un zumbido molesto. Ana apura su copa de un trago, se limpia los morros con el dorso de la mano y se pone de pie.
—Bueno, vámonos ya —le dice a Rashel—, si no me dan ganas de meterme en la vida de estas y luego me arrepiento.
—Tú te metes en todo, aunque no estés —le vacila Sara.
—Ya, pero me largo antes de que me tiréis el vino a la cara.
Rashel recoge su plato. Se mueve sin prisa.
—Ana, ayuda a recoger algo, que la jefa nos va a echar un puro también a nosotras. —Me guiña un ojo.
—No os vayáis todavía, es temprano. ¿Seguro que no queréis otro vino? —insiste Amaia.
—Mañana toca madrugar. —Rashel pone su tono de directiva ocupada.
—Mentira —la corto—. Tú no madrugas. Tú dejas correos programados a las seis de la mañana para que tus esclavos se maten a trabajar mientras tú eliges qué aceite te untas en los codos.
Rashel se ríe. Le encanta que se lo diga.
—Eso es el éxito, Julia. No lo entenderías.
Ana viene derecha a mí. Me agarra los mofletes. Aprieta. No le meto un bocado por no pillar el tétanos. Me sacude la cabeza.
—Estás preciosa cuando estás de mala hostia —me susurra al oído.
—Vete a la mierda.
Le devuelvo el abrazo. La aprieto fuerte porque a pesar de todo es de las mías, la muy zorra.
Luego va a por Irina. Le planta un beso en la mejilla. Se toma su tiempo y espera para ver si salto.
—Cuida a tu mujer, jefa, que hoy tiene el día cruzado.
Irina asiente. No dice nada más.
Ana le guiña un ojo a Sabina. La rubia sigue ahí sentada, muy modosita, aunque es la que tiene el colmillo más largo de todo el grupo.
—Rubia, no te duermas, que aquí las hostias vienen sin aviso.
—Yo nunca me duermo —responde Sabina, y me da más miedo su sonrisa que el comentario de la otra.
Y Amaia recibe un abrazo rápido, apretado, de esos que parecen cariñosos, pero llevan mensaje.
—Tú respira —le dice Ana, como si supiera algo.
Amaia se tensa, luego sonríe.
—Siempre respiro —miente.
Rashel se despide con besos educados, un «gracias por la cena», y se va detrás de Ana.
Ahora somos seis supervivientes en el porche.
Sara, que no sabe cuándo cerrar el grifo, se sirve otra copa.
Sabina la vigila con los labios apretados, instalada en su nuevo papel de hermana responsable, ese cargo que se ha autoconcedido para compensar años de desmadre.
Amaia se soba el pelo otra vez; el tic nervioso le va a reventar el cuero cabelludo. Yo me pongo a apilar platos.
—Dejadlo, que ya me encargo yo sola —digo, a ver si pillan la indirecta.
—Hacemos equipo, mujer —dice Amaia.
Sara se descojona y balancea la copa.
—Uy, uy. Equipo. Me encanta esa palabra. Suena a deporte. Y aquí se juega mucho.
—Sara, por el amor de Dios —murmuro—, si vas a largar una de tus frases de mierda, muérdete la lengua.
—No puedo —dice ella, apurando el trago.
—Para el mal, sobre todo para eso —murmuro ya con la risa floja, porque no puedo con ella.
A Asia se le cuela una risa corta, casi un hipido, pero se arrepiente y acaba encogida. Pobre criatura, todavía cree que puede pasar desapercibida en este nido de víboras.
Enfilamos hacia la cocina cargadas con los cadáveres de la cena.
Irina, contra todo pronóstico, agarra dos fuentes con naturalidad.
Verla hacer algo doméstico es un evento histórico.
Se me arrima, me toca el brazo y me lanza un aviso mudo pero clarísimo con los ojos.
Me está diciendo que me comporte y que me guarde el numerito para cuando no tengamos público.
Entendido, Irina. No hay numerito. De momento.