Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 3
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Capítulo 3

Me piro a la cocina porque necesito desquitarme con algo que no tenga abogados ni me pueda devolver el guantazo, y ahora mismo un manojo de verduras me parece el objetivo perfecto.

Fuera sigue el festival del diente blanco y la familia ideal, una pantomima que me tiene de los nervios.

Cierro la nevera de un patadón, la vuelvo a abrir por puro vicio y contemplo el despliegue obsceno de comida que tenemos dentro.

Agarro el hierro de picar y me ensaño con una cebolla morada.

No oigo ni una pisada. Irina tiene esa habilidad de flotar por el pasillo para no gastar suela, pero el aire se vuelve escaso y mis vértebras se ponen en guardia antes de que mi cerebro procese que la tengo encima.

—¿Te has escapado o es que el aire libre te da alergia?

Sigo a lo mío. El acero castiga la madera con un ritmo frenético. Los ojos se me inundan, pero paso de darle el gusto de pensar que lloro por ella. Es el azufre de la cebolla. Antes me corto un dedo que admitir otra cosa.

—Me he mudado. —No me giro—. No es lo mismo.

—Ajá.

Se me pega a la espalda. Su calor traspasa la tela de mi camiseta y mi cuerpo se vence hacia ella por puro instinto animal.

Ella no empuja, se instala y me deja atrapada entre el mármol frío y su santa voluntad de tenerlo todo bajo su bota.

Planta las manos a mis costados y monta una celda de brazos que me quita el oxígeno y cualquier opción de huir.

—Estás cocinando. —Su tono es de sorpresa absoluta.

—Hago cosas de humanos para que no me mandes al manicomio. No te acostumbres.

—Depende de cómo utilices esa herramienta —murmura pegada a mi oreja.

Bufo. Me hace gracia cuando lo que debería hacer es mandarla a paseo o clavarle un tenedor en el muslo.

Sigo picando la cebolla con una saña que ya es casi arte; me autoconvenzo de que lo que me pasa en la tripa son en realidad gases o hambre acumulada, y no la urgencia de darme la vuelta y morderle la cara hasta que se le olvide el nombre de todos sus escoltas.

—No he venido a discutir, Julia.

—Menos mal, porque si no, te estampo los pimientos en la cara.

—Me gustan esos pimientos.

—No es un piropo, es una advertencia de seguridad.

—Me gustan tus avisos. —Su voz baja dos octavas y se convierte en una vibración sucia.

Me roza el lateral del cuello con la boca, lentísima.

Sin besarme. Se limita a usar su aliento para recordarme quién manda aquí, por mucho que yo vaya de rebelde sin causa por la cocina.

Me tenso, pero no me muevo. Soy una idiota integral: me paso el día soltando pestes porque me organiza hasta el cajón de los calcetines, pero me toca un centímetro de piel y le entrego la voluntad.

—He venido a hacer las paces —susurra contra mi nuca.

—Tu idea de la paz es empotrarme contra la encimera y esperar a que se me olvide por qué quería matarte.

—Reconoce que el método funciona.

—Es jugar sucio, Irina.

—Es que me sé tus puntos débiles de memoria.

Me aparta un mechón de pelo y se recrea en el camino. Me busca la cintura y yo clavo el cuchillo en la tabla para no girarme y mandar mi cabreo a la porra.

—No me trates como a una de tus empleadas a la que hay que calmar. —Intento recuperar el tono de mujer peligrosa.

—Te trato como lo que eres. —Ahora su voz suena real, despojada del teatrillo de la seducción—. Como mi mujer.

Me da de lleno. Y es una putada, porque yo voy por la vida de indignada y, luego, estoy loquita por ella.

Irina baja la cabeza y me hinca los dientes en el cuello.

Aviso claro: Julia, cállate un rato, pesada.

Cierro los ojos y me agarro a la encimera con los dedos.

Pelearle el terreno cuando se pone a avanzar es perder el tiempo y, encima, la dignidad.

—Irina… —Me sale entrecortado, con la voz hecha migas.

—No te provoco, Julia —dice, seca, pegada a mi espalda—. Te bajo los humos.

—Tú no bajas humos, tú provocas un cáncer de pulmón, hija de puta.

Su risa me vibra en la espalda y, de paso, vuelve al lóbulo para rematarme. Tiene esa manía insufrible de acertar. Dejo caer la hoja sobre la madera con un golpe seco y el sonido rebota por la cocina. Me giro.

La tengo delante, tan cerca que le veo la pupila clavada en la mía. Siento cómo se me va el juicio por el fregadero. Y lo de fuera de esta cocina… bueno. Ya si eso, lo arreglamos mañana.

—Te he oído desde el pasillo —dice—. Estabas aporreando la tabla.

—Estaba picando verdura para no picarte a ti el hígado.

—Estás a un paso de liarte a cabezazos contra la pared.

—Intento que las invitadas no llamen a la Guardia Civil porque parecemos un par de perturbadas. Es un concepto novedoso para ti, lo sé. Se llama convivencia —le digo, sin moverme.

Irina no entiende de disculpas, ella solo entiende de estar presente y ocupar todo el espacio disponible.

Me echa el brazo a la cintura, me estampa contra sus costillas y encajamos tan a la perfección que me cabrea lo mucho que me traiciona mi propia fisonomía.

Mi cuerpo se rinde y sabotea mi intelecto en tiempo récord.

—Julia. Te quiero.

Tiene el cronómetro puesto para soltar la cursilería justo cuando voy a mandarla a la mierda. Es una estratega del chantaje y yo una pringada con el delantal manchado de tomate.

—Yo también te quiero, por eso considero que tu cabeza quedaría divina colgada en el salón si te la corto. —Le planto la palma en el pecho—. Pero no me vengas con cuentos. Esta mañana me has soltado lo de tus negocios con una frialdad que no te voy a perdonar tan fácil.

Me pasa el pulgar por la mejilla. Una caricia de una ternura que me revuelve el estómago porque le funciona.

—No puedo ofrecerte una vida de las que salen bien en las fotos, Julia. Eso no existe para nosotras —dice sincera—. Pero te doy todo lo demás. Y hoy estoy aquí, contigo. ¿No te vale con eso?

—Ese «todo lo demás» incluye que te peguen un tiro cualquier martes o que yo acabe desquiciada perdida —susurro—. La verdad es una auténtica mierda, Irina.

—Sí, pero es nuestra mierda. Y no la cambio por nada.

—Me gustaría tener una vida normal, con hipotecas y discusiones sobre quién saca la basura, y luego te miro y me entran ganas de pedir la eutanasia —añado, sin retirar la cara de su mano.

—Te aburrirías.

—Seguro —le concedo—. Pero al menos no tendría que agacharme a mirar los bajos del coche cada vez que voy a por el pan.

—Eso te mantiene joven. La adrenalina hace más que el retinol.

—Vete a la mierda, Ira.

Suelta una risa corta y me estrecha más contra ella. Me jode que tenga razón. Mucho. Y no me muevo.

—Ya lo sé —dice contra mi pelo—. Pero aquí sigues.

—Porque soy idiota. Y masoquista. Dos por uno, enhorabuena.

Decido mandar la cena a tomar por saco. La agarro del pescuezo, la acerco y la beso con toda la rabia acumulada del día. Irina me sujeta la cara. Me muerde, le tiro del pelo y la cocina deja de oler a cebolla para oler a lo que de verdad importa.

Me separo porque me falta el aire y porque, si seguimos, acabamos encima de los pimientos.

—No —jadeo—. Hoy no me vas a ganar tan fácil. Me toca hacerme la difícil un rato más.

Irina me ignora los ojos y me devora la boca con la mirada.

—Llevas años ganándote, Julia. No te ponga orgullosa ahora, que no te sale.

—Lárgate antes de que te estrelle la vajilla en la cara. —La empujo.

Irina sonríe y pone su pose de perdonavidas porque sabe que me tiene donde quiere. Me planta un beso rápido que me sabe a poco y se pira.

—Luego seguimos —dice desde el pasillo—. Y no te cortes un dedo, anda.

Se va y me deja con la sangre a doscientos grados y la cena a medias.

Me apoyo en la encimera, respiro hondo y trato de recordar por qué hace diez minutos quería prender fuego a su ropa.

Imposible. Sigo enamorada como una puta imbécil y eso es una mancha vergonzosa en mi historial de mujer fría y sin sentimientos.

Al final va a resultar que soy una romántica de mierda y eso sí que no se lo perdono.

Sigo dándole vueltas a los tomates cuando asoma Amaia con los rizos a lo loco y una camiseta vieja. Irina entra en las habitaciones como si fuera a expropiarlas, pero Amaia se filtra por las grietas. Me lee la cara con ese entrecejo de psicóloga que no te cobra la sesión y ya sé que estoy vendida.

—¿Has venido a cocinar o te ayudo a esconder un cadáver? —dice con pachorra—. Te veo muy concentrada con el cuchillo.

—Si el sofrito se me quema, el cadáver serás tú. —Sigo a lo mío, me ensaño con el ajo—. De momento solo ensayo para ver a quién le va mejor el papel de viuda negra.

Se acerca y se apoya frente a mí. Pasan diez segundos en silencio. Es su táctica para que me delate sola por pura presión atmosférica. Qué asco la gente que te ha visto llorar y vomitar; pierdes el derecho a mantener la fachada de tipa dura.

—Habéis hecho las paces. —No pregunta. Lo afirma.

—He firmado un alto el fuego de mierda —le corrijo, mientras suelto la cuchara de madera—. Una rendición por puro agotamiento. Por mi salud mental me ha tocado claudicar.

—Se te ha puesto cara de persona humana. Qué decepción, Julia. Con lo que tú has sido.

—Cállate. Es el vapor de los tomates, me ablanda el cerebro y me dilata los poros. Mañana volveré a ser una hija de puta, no sufras por mí.

—Lo que te revienta es que yo me dé cuenta de que en el fondo no eres tan fiera.

Le enseño los dientes y contengo una carcajada que me arruinaría el personaje de huraña.

—Eres una plasta, Amaia. Una absoluta pesadilla con título universitario y complejo de oráculo.

—Y tú eres un encanto de mujer, pero solo cuando estás de espaldas o durmiendo.

Me muerdo la lengua para no darle la razón.

Me estiro hacia el armario de arriba, el que está tan alto que solo alcanzo yo, y si me pongo de puntillas.

Aparto el bote de lentejas y el arroz integral que nadie se va a comer en la vida para sacar el contrabando.

Planto la botella sobre el mármol. Es un vino que cuesta un dineral y que guardo para cuando el mundo se va a la mierda o para cuando, por fin, da una tregua.

—Hoy bebemos de esto —sentencio—. Y si aparece alguien por esa puerta, le decimos que era vino de cartón y que ya voló. Este veneno solo lo comparto con gente que sepa guardar secretos y no me juzgue.

Amaia me mira, mira la botella y regresa a mí.

—Acepto el soborno. Pero solo porque sé que si no me lo bebo yo, acabarás usándolo para cocinar esos tomates de mierda.

Llena las copas hasta arriba. No se corta un pelo.

—Por las treguas.

—Y por las facturas que pagamos por no matarlas.

Chocamos el cristal. El vino baja raspando y me coloca en mi eje. Me apoyo en el mármol y suelto todo el aire acumulado.

—Sara es gilipollas. —No puedo guardármelo más.

Ella da un trago largo. Asiente y se ríe.

—Brindemos por su retraso entonces.

—No, es que tiene una habilidad innata para tocar las narices. Lo del «cuatrimonio» me ha dejado seca. Menuda payasa.

—Pasa de ella. —Se hace la inocente—. Está borracha.

Amaia se ríe por lo bajo mientras me escanea la boca y luego los ojos.

—No has follado —me casca. Así, en frío.

Me da un ataque de tos y casi escupo el vino.

—¿Qué coño te pasa? ¿Ahora me controlas el flujo o qué?

—Se te nota en la cara. Estás relajada de mentira. —Juguetea con el corcho—. Me gusta tener la estadística al día.

—Tus estadísticas son basura. A veces me da por cocinar después de un polvo.

—Mentira.

—Vale, casi nunca —admito—. Pero ocurriría igual si no fueras una maniática de la limpieza.

Amaia se acerca, me invade el espacio personal.

—¿Yo maniática? —Disfruta como una enana—. Tú eres la que pasa la bayeta con lejía después de follar.

El aceite chisporrotea en la sartén. El vino hace su trabajo sucio. Hay un montón de mierda del pasado que quiere salir. Miro a Amaia. Es una cabrona preciosa. Es tan jodidamente perfecta que me dan ganas de soltarle una bordería solo por equilibrar la balanza.

—¿Qué coño miras? —pregunta con sonrisa de sobrada.

—Nada. Que eres una sabelotodo y te tengo un asco que me muero.

—Ya. —Se termina su copa—. Por eso me aguantas. Porque te encanto.

Me vuelvo hacia el fuego y tiro un pimiento. El ruido del aceite me da la vida. El olor me abre el apetito y me despierta el instinto de jaleo. Soy una básica, no hay más.

—Asia estaba pidiendo perdón por existir otra vez. Me pone enferma —digo por decir algo.

—Asia vive en un bucle de «lo siento». Es para pegarle un tiro.

—Con lo buena que está —resoplo—. Podría ser una perra de cuidado y elige pedir permiso hasta para respirar. Me pone negra.

—Eso ha sonado a que te la follarías aquí mismo.

—¿Me has visto la cara? —Me río—. Me follaría a todo lo que se mueva por puro vicio. Otra cosa es que tenga ganas de gestionar el drama emocional que viene después.

Amaia se descojona. Se pega a mí para cotillear la sartén. Su brazo quema contra el mío. Llevamos años con este jueguecito de rozarnos, pero hoy me parece un descaro.

—La realidad es que te encanta la teoría, pero la práctica te da una pereza que te mueres.

—La realidad es que hoy vienes muy subidita. —La miro de lado.

—Es el vino, Julia. Me pone guerrera.

—Te lo voy a confiscar.

—Atrévete.

Me sostiene la mirada. Le alargo el cuchillo cebollero.

—Corta la verdura y no me cortes el rollo.

—Tu rollo no hay quien lo corte ni con una motosierra —dice y empieza a picar.

Cocinamos un rato hombro con hombro. En silencio.

Si abrimos la boca, el sofrito arde y la casa explota.

El vino baja, el hambre aprieta y me doy cuenta de que, entre los negocios turbios y las frases de Sara, este rincón con ellas es lo único que me impide tirarme por el balcón.

O igual es que estamos todas para que nos mediquen.

—Esto va a estar de puta madre —digo mientras vigilo el fuego.

—Siempre te sale bien cuando estás a punto de mandarlo todo a la mierda.

—No voy a mandar nada a la mierda.

—Ya. Y yo no me voy a beber la botella entera.

Me río y le lleno la copa hasta arriba. El desastre se cocina a fuego lento y yo hoy soy la puta chef.