Capítulo 2
La ocurrencia de Sara zumba en el bochorno del jardín.
No termina de caer al suelo, pero tampoco se quita de en medio: se instala en el aire, dando por saco.
Cuatrimonio. Se me contrae el párpado. No es por la palabra, que suena a invento de borracha o a secta de esas que te despluman a cambio de energía positiva, sino por la jeta que tiene de soltarlo así, tan campante.
Sostengo el vaso con la tentación de decorarle la sonrisa con ginebra, pero el chirrido del portón corta el rollo.
Entran voces con una energía que no pega ni con el solazo que cae ni con la conversación de mierda que traíamos.
—Jobar, ¿estáis ensayando para un funeral o es que se ha caído la wifi? —Svet entra la primera, arrastrando la mochila—. ¿Os ha dado un chungo colectivo?
—Estamos negociando los términos del fin del mundo, Svet, no me toques las narices. —Me recoloco la cara a ver si cuela que estoy divina—. ¿Dónde anda la otra? ¿Se ha perdido o viene con banda sonora?
—No flipes, que aquí estoy. —Vera asoma por detrás, con los cascos al cuello, una ceja arriba y la boca prieta—. Vaya tela. Si vais a seguir así de raras, avisad. Grabo un TikTok de «Viejas al borde de un ataque de nervios» y me retiro antes de los veinte.
—¡Niña! Deja de dar por culo y acércame un vaso ya, que tengo la garganta como un camino de cabras —salta Sara, aparcando el tema del cuatrimonio para salvar a su hígado del aburrimiento—. Y baja la ceja, que soy tu tía. He venido a que me alimentéis, no a que me pases un control de alcoholemia.
Vera le alarga el vaso, tranquila, pero con el radar a pleno rendimiento, escaneando la terraza. Tiene ese don de Sabina: parece que anda en las nubes, pero te está radiografiando mientras te crees que no se entera de nada.
—¿Vais puestísimas o es cosa mía? —ataca la niña, a degüello.
Ana se descojona y abre los brazos, a punto de derramar el gin-tonic.
—¡Ay, la niña, la policía de la abstinencia! —Se da golpes en el pecho—. Te lo juro, sobria. Sobria mental, que es lo que cuenta. Lo de las manos es que el hielo pesa, que con vuestra tía al lado no se puede estar a palo seco.
Sara se lleva la mano al pecho, metida en su papel de tía ofendida para el teatrillo de las niñas.
—Hija, tú no preguntas, tú haces una inspección.
—Se gira hacia Asia, que está mimetizada con el respaldo de la silla—.
¿Te das cuenta, Asia? Así las criamos, con el colmillo fuera desde chicas.
Julia, anda, échame un chorrito más de ese veneno antes de que la niña me denuncie al Defensor del Pueblo.
La juventud de ahora te juzga hasta el tipo de hielo, qué barbaridad.
Rashel saca una sonrisita de las suyas, de las de apuntar nombres en su lista negra. Amaia se atusa el pelo con un gesto claro: «si cierro los ojos muy fuerte, igual aparezco en mi casa». Irina ni se menea; Sabina sonríe con esa calma de reina madre que sabe que tiene al público en el bolsillo.
Yo, por dentro, le doy las gracias a cualquier santo que no esté de vacaciones. Benditas sean las niñas y sus ganas de joderles el momentito a los adultos, porque el ambiente empezaba a oler demasiado a verdad, y yo con la verdad tengo alergia crónica.
—No están borrachas. —Sabina suaviza el percal con esa voz de seda que usa para esquivar preguntas jodidas—. Bueno, algunas han bebido de más, pero nada que no arregle un chapuzón o un par de tortas a tiempo.
—Ya. —Svet se cruza de brazos, desconfiada—. Lo típico que dice quien está a punto de perder los papeles y terminar bailando encima de la mesa.
Me muerdo la lengua; mi hija tiene olfato para la catástrofe y me encanta que nos tenga caladas.
—¿Qué estabais tramando? —insiste Vera, colándose entre las sillas—. Había un tufo a bronca de las de acabar llorando en el baño.
El silencio que cae ya no es el de antes; es ese mutismo de adultos que recuerdan de golpe que hay orejas jóvenes cerca y que, si nos descuidamos, nos psicoanalizan y nos cobran la sesión.
—Movidas nuestras —zanja Irina—. Nada que os arregle la vida ahora mismo.
—Claro —salta Svet—, «movidas nuestras» es el código para admitir que tenemos razón y que no queréis que nos enteremos.
—¡Ole ahí la traductora! —Ana la señala y casi le saca un ojo en el trayecto.
—Ana, no seas bruta —suelta Sara, muerta de risa—. Que la criatura lleva razón. Hay un tufo a movida que hiede desde la entrada, y eso que tengo el olfato atrofiado de tanto perfume caro que me regala mi hermana.
Svet nos repasa una a una y clava los ojos en mi cara. Me sostiene la mirada, verde, directa; el mismo gesto seco que le he visto mil veces a Irina cuando te mide.
Vera, en cambio, sigue de pie, con la piel dorada de todo el día al sol y el pelo rubio recogido sin ganas.
Y ahí está el chiste: a Sabina la clonaron y la mandaron al instituto.
Misma altura de jirafa elegante, mismas piernas infinitas, mismo cuerpo estrecho y tirante, mismos hombros atrás y barbilla arriba, adueñándose del espacio con una calma insufrible.
Es su viva imagen adolescente, pero con tirantes de colores y mochila de clase.
—¿Podemos bañarnos ya? —Vera tira la toalla al suelo con un desprecio digno de quien espera que la recoja un mayordomo invisible—. Nos estamos asando.
—Sí, anda, id —responde Sabina al momento.
Por supuesto. La reina de la libertad, la que deja hacer porque sabe que siempre habrá otra pringada vigilando que nadie se rompa la crisma. La comisura izquierda se me sube sola, torcida, por puro vicio.
—¿Y las tareas, qué? —interrumpo antes de que toquen el agua. Me oigo con ese tono que en mi cabeza pretende ser razonable y en la suya equivale a ponerlas a fregar con un cepillo de dientes.
Las dos se frenan en seco. Es una delicia verles la cara de «ya saltó la sargenta».
—¿En serio, mamá? —protesta Svet, con ganas de matarme—. ¿Ahora te vas a poner en plan colegio?
Vera aprieta los labios, arruga la nariz y alarga el lamento:
—Si hemos hecho casi todo, jope.
—«Casi todo» es el pseudónimo de «no dar un palo al agua» —le suelto—. Y no me pongas esa cara. Se la he visto a tu madre mil veces cuando finge inocencia y no me impresiona.
—Ay, Julia, hija, no seas tan lacia. Déjalas que disfruten, que para tener ojeras de mapache y mala leche ya tendrán tu edad. —Sara les guiña un ojo, tan ancha—. Vosotras al agua, que esta parece que muerde, pero luego se tira vestida la primera si os ahogáis.
—Yo no parezco nada, Sara. Soy una pesada porque alguien tiene que serlo.
—No, tú eres una fiera —remata Ana—. Y disfrutas metiendo el dedo en la llaga, reconócelo.
Busco complicidad con la mirada: Amaia, Irina. Un mísero «ya está bien». Nada. Dos estatuas profesionalísimas; la familia se apaña sola.
Svet se encoge de hombros con una chulería que, si no fuera porque me está toreando, me resultaría brillante.
—Las hacemos después del baño, ¿vale?
—Me estás regateando, mocosa. Te faltan tres hervores para negociar conmigo.
—Estoy sobreviviendo —me la devuelve, sosteniéndome el pulso—. Tú también recurres mucho a eso, mamá.
Menuda hostia sin manos. Qué lista es la condenada y qué mala uva gasta.
—No me hables como si fueras mi terapeuta de guardia.
—No lo soy —suelta, cortante—. Menos mal para las dos.
Vera se ríe por lo bajo. Es la misma risa de Sabina cuando sabe que ha ganado la partida sin despeinarse un mechón.
—Venga, a remojo —zanja Sabina por decreto real—. Diez minutos y fuera, que os conozco.
Y listo. El conflicto se evapora porque la jefa ha hablado. Estupendo.
Dejan las chanclas donde les cae en gana y corren al borde. El calor es tan asfixiante que el cemento quema solo de mirarlo. Todo está a punto de estallar: el ambiente, el cristal de las copas, mi santa paciencia y la sangre de las que estamos aquí bebiendo para no matarnos.
Svet se despoja de la camiseta con soltura; se nota que no ha tenido que esquivar a un sobón en el metro en su puta vida. Se mueve con esa seguridad de las niñas criadas entre adultas que les ríen las gracias en lugar de mandarlas a por tabaco.
Vera, por su cuenta, decide que el top del biquini le estorba y se queda en cueros de cintura para arriba. Tan pancha, ignorando que el resto de los mortales tenemos ojos.
Ahí el ambiente se convierte en el festival del absurdo. Amaia y Sabina no abren la boca. Siguen sentadas, rígidas, observando el panorama como si nada. Pues nada, me toca hacer de Cenicienta amargada en este puto picnic. Por suerte, Sara, que no puede evitar el ramalazo de madre, resopla.
—¡Ay, hija! —exclama, abanicándose—. Niña, que esto no es una playa nudista de Barbate. Ten un poco de miramiento, corazón.
—Vera —digo yo, bajito y claro—. Ponte la parte de arriba.
Vera se gira despacio. Se le tuerce la boca, chulita. Barbilla arriba, pecho fuera, ojos entrecerrados.
—¿Y por qué? Estamos en familia, ¿no?
Su desfachatez me fascina.
—Porque ya no tienes ocho años y esto no es una selva. Venga, haz el favor.
—Pero si estamos en casa —salta Svet, plantándose a su lado, hombro con hombro—. ¿Qué más te da?
«En casa». «En familia». Lo dicen tan campantes. Se me cruzan dos ideas a la vez y ninguna me gusta. Me acuerdo del cuatrimonio de Sara y me sube un ardor por el cuello. Me obligo a cambiar de canal mental, que bastante tengo con que estas dos no se desmadren.
—He visto al jardinero entre los setos —miento sin pestañear, porque para esto sí tengo talento—. Y hay guardias rondando. Ponte el top. Ya.
Sara se tapa la boca, fingiendo escándalo.
—¡El jardinero! —susurra—. ¡Ay, qué vergüenza, Virgen santa!
En esas, Asia se incorpora despacio, con una mano en el pecho, la otra buscando la toalla. Lleva un biquini diminuto. Diminuto de los de «esto cuenta como provocación, no como prenda».
—Perdón —dice—. ¿Cómo que hay gente mirando?
Nadie contesta al momento; todas nos fijamos en el trozo de tela y luego simulamos mirar a otra parte.
Asia se cubre como puede, roja hasta las orejas.
—A mí no me avisó nadie de que había público. Yo pensé… piscina, familia, relax. Me siento estafada.
Ana, desde su hamaca, levanta la cerveza.
—Cariño, tú no estás estafada. Tú estás en modo «multas de tráfico». Eso no es un biquini, es una declaración de intenciones.
—Gracias, Ana, qué encantadora —replica Asia, tirando de la toalla—. Hoy no, ¿vale? Tengo frío. Sí. Mucho frío.
Sara se abanica con más brío.
—¡Ay, Asia! Ponte aquí a mi lao, que yo te hago pantalla.
—Julia, no seas rancia —me espeta Sabina—. No hay un alma y, si asomara alguien, no tendría agallas para mirar a las niñas.
—Rancia tu tía. Soy la única que repara en lo obvio: Vera ya tiene pecho, es suyo, genial, estupendo, pero paso de quedarme aquí sentada mientras media plantilla se queda embobada. Los tíos son tíos, no me tires de la lengua.
Vera se cruza de brazos con la única intención de tocar las narices. Lo consigue.
—Estás obsesionada —dice—. Te pones como una loca por nada.
—Sí, y tú disfrutas comprobándolo. Ponte el top a la de ya.
Svet resopla.
—Es que eres intensísima, mamá. Te levantas ya cruzada.
—Y tú una respondona. Si vas a hacer piña con ella, que sea para algo útil: pásale el biquini en vez de calentarme la cabeza.
—¡Mandona! —escupe Svet.
—¡Niñata!
Ana levanta la mano.
—Bueno, ya. Menudo pollo por un trozo de tela. —Se gira hacia mí—. Julia, afloja. Si aparece un mirón, con suerte se fijará en Amaia, que tiene más curvas.
Amaia gira la cabeza despacio hacia Ana. Mirada fija, gélida.
—Ana.
—¡Es un cumplido! Hija, estás tremenda. —Ana se encoge de hombros, feliz de la vida—. Si yo tuviera veinte años menos y no arrastrara esta celulitis traicionera, iba en tetas hasta a comprar el pan. Y que le den al mundo.
Sara se ríe, escandalizada y encantada a partes iguales.
—¡Ay, Ana, qué ordinaria eres, por favor!
Rashel suelta una risita corta, contenida, y regresa a lo suyo, sentada con la espalda perfecta, observando sin pringarse.
Amaia apoya el vaso en la mesa con delicadeza y habla sin alterar el tono.
—Vale. Paramos. Vera, cariño: ponte el top. No es negociable. Luego, si quieres, hablamos de los motivos a solas.
Vera la mide con la mirada. No baja la barbilla, pero traga saliva.
—Es que… —empieza y se frena—. Es que me agobiáis.
—Te agobiamos porque te protegemos —dice Amaia—. Y porque no vamos a permitir que te expongas. Póntelo y seguimos con la tarde.
Irina no se ha inmutado. Sigue ahí. Al final, abre la boca para zanjar el asunto.
—Vera.
Solo eso. El nombre. Sin subir el tono, sin explicaciones. Lapidario.
Vera entorna los ojos, bufa y recoge la prenda del suelo. Se la pone con movimientos lentos, exagerados, dejando claro que cede por aburrimiento y no por obediencia.
—Vale, mamá —me suelta, remarcando la palabra con una sonrisa torcida—. Ya me lo pongo, no te vayas a infartar.
Intento disimular el careto. En esta casa, si huelen la debilidad, te devoran viva.
—Como no tengo bastante con dos madres —sigue la cría—, ahora resulta que tengo tres. O cuatro, si contamos a la jefa suprema.
Señala a Irina con el dedo, sin pudor.
Irina eleva el mentón, lo justo para dar a entender que ha tomado nota. Pero por el rabillo del ojo se intuye que el ascenso a dictadora le ha hecho tilín.
—Perdona, bonita, pero aquí la que corta el bacalao soy yo —interrumpe Ana, golpeándose el esternón—. Que para eso lo firmé por escrito.
—En tu contrato lo que pone es que eres la bufona de la corte —la corta Svet sin mirarla, concentrada en calcular el salto al agua.
—¡Svetlana, me cago en diez! —le rujo, porque la paciencia ya se me ha agotado por completo.
—¡Ay, por Dios, Svet! —chilla Sara, ahogándose de la risa—. ¡Que a tu madre le va a dar un patatús y la vamos a tener que enterrar en el jardín! ¡Qué malaje tiene la condenada, igualita que la rusa!
A Svet le sale un gallo adolescente, se lanza de cabeza provocando un tsunami que nos deja empapadas, y Vera va detrás, haciendo la bomba.
Las observo picarse en el agua. Vera saca la barbilla calcando a Sabina cuando se pone digna, y Svet repite ese tic con la muñeca que es marca registrada de Irina. Me sube un nudo por la garganta que me obliga a jurar entre dientes para no vomitar purpurina.
Y entonces, sin violines ni hostias, me arrea la realidad.
Quiero a Vera. Pero no como la tía guay que te presta el maquillaje. La quiero igual que a Svet. Con el mismo pavor a que se pegue un guantazo contra la vida y la misma mala hostia que me brota cuando se porta como una imbécil.
Y lo más gracioso es que esta verdad ya me rondaba la cabeza mucho antes de que a Sara le diera por sacarnos el diccionario de las familias modernas.