Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10)
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Capítulo 1
Arrastro las chanclas por el borde de la piscina y el chirrido hace de megáfono: hoy no reparto paciencia.
Me tiro encima de Amaia y le robo el aire y el sitio, porque tiene esa costumbre infame de abrir el brazo y hacerme hueco sin protestar.
Me encajo en su costado, le engancho el hombro, apoyo la cabeza y me instalo con toda la jeta.
—Traes un careto que tumba de espaldas —dice, sin quitarse las gafas de sol ni darme bola.
—Traigo una cara de que, si me aplauden mucho, salgo en los informativos —respondo entre dientes—. Así que no me busques la lengua, que te muerdo.
Intenta aguantarse, pero mi mala hostia le hace gracia y, encima, le carga las pilas.
—¿Ha sido bronca de las gordas o de mantenimiento?
—De las que te dejan para el arrastre, tía. Mortal.
Amaia gira la cabeza y se baja las gafas para pasarme la ITV de la desgracia.
—Eso suena a Irina —murmura.
—Eso suena a mi mujer siendo demasiado Irina, incluso para mí.
Me incorporo sobre el codo para vigilar la otra punta de la piscina sin que se note.
Irina camina descalza, envuelta en un vestido que me va a quitar años de vida: tela fina, caída perfecta, un trocito de piel aquí y otro allá.
Sostiene un vodka en la mano; a ella el alcohol no la vuelve torpe, la vuelve más ella: más directa, más autoritaria, más «me da igual tu opinión, cariño».
Sentada en el borde, con los pies metidos en el agua, está Sabina.
Sonríe con la comisura levantada y los ojos tranquilos.
Se mantiene sobria, con una botella de agua fría apretada entre las manos, el pelo recogido de cualquier manera y, aun así, va impecable.
A la idiota le sienta bien hasta el desastre.
Irina se inclina hacia ella para susurrarle algo al oído y yo me encabrono al instante. Se me cruza la idea de levantarme de la hamaca, cruzar la terraza y plantarme en medio solo por joderles el momentito.
—Mira que me jode —murmuro.
—¿El qué? —pregunta Amaia.
La tengo al lado, tan pancha, y la zarandearía por estar tan serena mientras yo hiervo sin elegancia.
—Todo —resoplo—. Que Sabina solo tenga que respirar para sacarme de quicio. Y, encima, cabrearme por estar cabreada.
—Eso no es culpa suya.
—Ya lo sé, por eso fastidia el triple.
Irina apoya la mano en el antebrazo de Sabina. La palma abierta, firme. La rubia se inclina hacia ella para no perderse ni una sílaba de lo que estén cuchicheando.
—Fíjate: ni una copa, ni una excusa. Todo consciente. Eso es lo que peor llevo.
—Sabina siempre ha sido así —responde Amaia—, nunca ha necesitado ayuda externa para liarla.
—Ni para follarse a medio mundo, ya puestos.
Amaia se ríe, fuerte, sin freno. Y a mí me pincha algo por dentro, porque cuando se pone así me deja sin munición, me arrastra con ella, y hoy no quiero.
—Julia, por favor.
—¿Qué? Es verdad. Y no me pongas esa cara: tú la conoces igual que yo y sabemos que de santa tiene lo que yo de paciente.
Ella asiente despacio; se nota que no tiene claro si soltarme un tortazo verbal o envolvérmelo en papel de regalo.
—Sí. Y también sabes de sobra cómo son ellas cuando están juntas.
Genial. Una verdad vieja que llevamos años bordeando, porque mirarla de frente da pereza y respeto a la vez.
—Claro que lo sé. Si no, no estaría aquí escupiendo veneno.
—Y aun así…
—Y aun así me sigue tocando los ovarios —la corto—. Con la edad no se me ha pasado, lo siento. No me he vuelto zen, ni iluminada, ni ninguna de esas mierdas. La paz interior a mí no me visita: yo sigo con el runrún y con ganas de morder.
Amaia sonríe y se gira hacia mí. Tiene la cara tan cerca que la respiración se me engancha un instante.
—Nunca te ha ido lo de madurar según qué cosas.
Me pasa un dedo por el hombro, con esa calma suya que no tiene nada de despiste. La pelirroja no toca por accidente; va despacio, sabe qué tecla pulsar y, por supuesto, las aprieta todas porque puede. Se me tensan el estómago y el orgullo a la vez.
—Estás muy guapa cuando te pones insoportable —murmura.
—Eso es porque tengo buena genética y mala educación. Un combo precioso.
Nos miramos a los ojos y se nos muere la tontería.
Esto pasa siempre que dejamos de hablar de las otras y nos centramos en lo nuestro.
No es nuevo y tampoco es inocente. Me aparto yo primero porque, si no, me meto en un lío que no me conviene.
No aquí, y menos con Irina al otro lado, reinando desde su trono de piscina.
—En serio, hay días que me pesa más de la cuenta. Lo tengo asumido, vale, pero luego lo noto en el cuello, en la lengua y en cómo le ladro a la gente.
—A mí también —confiesa.
Me huele a vacile, pero no lo tengo claro.
—Eso no lo dices muy a menudo.
—Porque no sirve de nada repetirlo a todas horas.
Y ahí está, con razón. Qué cabrona. Cuando acierta, ni siquiera te llevas el consuelo de llamarla imbécil sin acabar tú de payasa.
A nuestro alrededor, el circo no descansa.
Rashel nos tiene fichadas desde su silla, elegante incluso en bañador.
Ana va con las manos sueltas y la lengua más, liando a cualquiera que se le cruce.
Sara ya va pasada de vueltas, a grito pelado.
Asia aguanta a su lado, incómoda con nosotras incluso con tres copas encima.
Irina levanta la cabeza. No hay ni perdón ni desafío.
Simplemente está. Y a mí se me ocurre la idea más estúpida del mundo: acercarme y besarla.
O gritarle. En ese orden, porque soy así de romántica.
Amaia me huele las intenciones y me aprieta el muslo con los dedos, firme, anclándome a la tumbona para evitar que me levante a montar el número.
—Respira —dice bajito.
Respiro. Cojo aire, lo suelto. Pero el eco de esta mañana sigue golpeándome las sienes.
Me lo dijo a la cara, tal cual, sin subir la voz: que sus negocios no los deja, que no se lo pida más y que esto es lo que hay.
Ni una frase bonita para que yo me calle y me vaya contenta a hacerme la tonta.
Me hizo un ruido feo por dentro, porque yo pensaba que era algo con margen y resulta que topé con piedra.
Llevo horas dándole vueltas mientras la oigo hablar por teléfono de turnos, seguridad y «ajustes».
Palabras limpias para tapar lo de siempre: gente armada. Escoltas.
Me levanto despacio, tirando de un autocontrol que me cuesta la vida misma.
—¿Qué ajustes? —pregunta al llegar a su altura. Me sale a bocajarro.
Irina se gira sin sobresaltos. No se le mueve ni un músculo.
—Los habituales. Nada nuevo.
—Claro. Para ti.
Para ella son turnos, rotaciones y nombres en una lista. Para mí son caras, ojos y ese temblor de mierda que asoma cuando alguien está al límite, por mucho que se haga la fuerte.
Amaia se coloca a mi lado. No me tapa; solo está. Sabina sigue en el borde, con la boca cerrada y la mirada despierta. No lo enseña, pero lo absorbe todo.
—Vera está saturada —interviene Sabina, suave—. Y Svet también.
—No las mezcles —salta Irina—. No viven lo mismo.
Le cambia el tono; asoma el colmillo.
—Viven casi juntas —meto yo—. Con eso ya les sobra para llevarse un paquete parecido.
No hace falta un máster para entenderlo: Vera tiene habitación propia en esta mansión. Sabina y Amaia también. Pasan aquí más horas que en su propia casa.
Irina se traga la respuesta. Sabina, con toda la suavidad del mundo, le apoya una mano en el antebrazo. Un gesto de freno. Muy bonito. Muy íntimo. Muy «cariño, baja dos marchas». Y yo aquí, haciendo de maceta. Pues mira, no.
—No necesito intérprete —le suelto a Sabina, con el veneno bien mezcladito—. Gracias.
Ella retira la mano con una elegancia que me da todavía más rabia, pero la puñalada ya está dada. Amaia mete la cuña antes de que esto degenere en una pelea en el barro.
—Ya son mayores para que les expliquemos de qué va la historia.
—Exacto —añado—. Tenemos que sentarnos con ellas. Que no son putos muebles.
Irina sigue a lo suyo, inamovible.
—Yo decido por Svet —sentencia, dura, con toda la jeta.
—Y yo por Vera —añade Sabina, igual de serena.
—No vosotras. —Amaia no sube el tono; no lo necesita—. Nosotras. Las cuatro.
Me rasco el lateral del pulgar con la uña, ras, ras, una y otra vez.
—Hay que protegerlas. En eso estáis de acuerdo, ¿no? —ataca Irina.
—Y hay que dejarlas respirar —replica Sabina.
Irina cruza los brazos, marcando territorio. La tengo delante, ya sé por dónde va a salir, y aun así pico en el anzuelo.
—Por eso —remato— hay que hablar las cosas claras. Que ya nos leen la cara por los pasillos.
—Vamos a reforzar y rotar equipos. Ellas quieren salir solas. Lo siento, pero eso no puede ser. Es lo que hay.
—Vale, Ira, pero hay que explicarles el motivo —insiste Amaia—. Eso las ayudará a digerir la situación. Y que los guardaespaldas sean más discretos.
Asiento. Espero a ver si Irina cede o levanta otro muro de hormigón. Pero, por supuesto, no soy yo quien la convence. Es Sabina.
—Ira, son adolescentes; o dejamos que vivan con algo de normalidad o se van a rebelar y el cristo va a ser peor.
Irina suelta aire por la nariz.
—Vale, venga, lo que tú digas, rubia.
Clavo los ojos en Sabina, por puro vicio y por marcar territorio. A ella se le curva un poco la boca, nada más. A mí eso me enciende la sangre. Irina me lanza un aviso mudo: un «ni se te ocurra» de manual. Pues ya se me ha ocurrido.
—Si lo dice la rubia, adelante. Que aquí hay gente que oye mejor según el color de pelo. Y luego la problemática soy yo, ya, ya.
Una carcajada de Ana lo invade todo de golpe.
—Julia, tía, ¿pero tú de qué te sorprendes a estas alturas? —Se dobla hacia delante, con los hombros temblando—. Si a Irina se le hace el coño Pepsi-Cola cada vez que la rubia abre la boca.
Me tapo media cara con la mano en un gesto de vergüenza ajena que no frena absolutamente nada; más bien lo subraya. Irina la fulmina con la mirada.
—Ana, por Dios…
Rashel le mete un codazo seco en las costillas.
—Cállate ya, bestia.
Demasiado tarde. Ana ya ha metido el dedo en la llaga y Sabina sonríe, mostrando esa hilera de dientes perfectos y afilados.
—Eso lo dices porque todavía te escuece que Irina te dejara por mí —pincha a Ana sin pudor—. No te preocupes, bonita, que con el tiempo se supera. O no.
Sara se viene arriba del todo.
—¡Ea, ya estamos! Ya le ha salío a mi hermana el ramalazo de folclórica. No le deis más coba, que en cuanto se viene arriba se cree la Piquer en el Lope de Vega y no hay quien la baje del tablao.
Asia abre la boca para intentar poner una tirita, la cierra, y decide vivir un día más. Yo la entiendo: lo nuestro no se arregla con diplomacia.
Ana no puede parar de reír y vuelve a doblarse. Rashel se tapa la cara con la mano, dividida entre la vergüenza y las ganas de aplaudir. A mí la situación me pega una patada directa en el centro del orgullo.
—Si es que ustedes cuatro sois un cuatrimonio con todas las de la ley —sentencia Sara. Se sacude las manos, palma contra palma—. Un sindicato del pecado, raro de cojones, pero es lo que habéis montado. Ahora apechugad.
Y ahí ya se acaba el cachondeo. Nos quedamos todas con la boca torpe, la cara tirante y esa sensación rasposa de haber tragado algo que no baja bien. Yo la primera.