Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 19
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Capítulo 19

El proyector ronronea y yo tengo los nervios a su puta bola.

Entre las luces de colores y el que hoy me haya levantado con el día de cara, voy con hambre de jaleo y una expresión de gilipollas difícil de disimular.

Estamos las cuatro apretadas bajo una manta de mierda que tapa más bien poco, pero ahí seguimos: juntitas, conspirando sin decirlo.

Tengo la cara hundida en el hombro de Amaia y el agarre firme en su cintura.

La peli ni me entra; yo solo estoy con Sabina.

Bueno, con su boca, que es donde guarda el catálogo completo de sus pecados. Menuda lagarta.

Está tumbada de lado, pegada a Irina. Mi rusa va medio ida por los fármacos, blandita por dentro y con la espalda tiesa por costumbre. Sabina le ha pasado el brazo por la tripa. Aprieta: peso, presencia. Respiran casi al mismo ritmo y a mí se me va el pulso a sitios que no tocan.

Y entonces la tía hace su numerito.

Se recoloca para que la manta no estorbe y se desliza por el respaldo con una soltura que me enciende la alarma.

Se ha puesto igual que se puso conmigo aquel día en aquel sofá de mala muerte, cuando su pecho era mi pared y su mano mi ruina personal.

Irina ni se entera del todo; está flotando.

Sabina está despierta. Juega. Veo cómo cuela el brazo por debajo de la manta, despacio.

Inclina la cabeza hacia el cuello de Irina y le roza la piel con los labios: un beso corto, otro más largo.

Luego se espera ahí, le respira encima. Irina traga.

El pecho se le hunde y sube más hondo. La pierna se le mueve, traicionera.

Levanto la cabeza para mirar a Amaia, la única persona decente en este circo, y vuelvo a girarme hacia las otras. Sabina me busca. Ojos fijos. Ni una pizca de burla. No abre la boca y aun así me lo dice todo, directo a la nuca.

Debo de tener una expresión de idiota monumental.

Me muerdo la lengua para no soltarle algo, pero no aparto la vista; ni muerta me achanto yo ante ella, y menos con este ambiente.

Sabina me regala una sonrisa pequeña. Estira el brazo por encima de Irina, me busca a ciegas bajo la manta, el roce de sus dedos contra los míos es un calambre de los que te avisan de que te vas a quemar y te da igual.

Luego le susurra algo a Irina al oído, una frase que no oigo pero que adivino en el aire.

Mi mujer gira la cabeza hacia mí y me lanza una mirada que es un contrato en toda regla: ella también lo quiere.

Le respondo con un gesto mínimo, casi un golpe de barbilla. Lo hacemos.

Amaia sigue a lo suyo, tragándose la película tan tranquila, sin olerse la misa negra que estamos montando a escasos centímetros de su costado.

—Amaia, muévete un poco, que me estás dejando sin aire —le digo bajito.

—Pero ¿qué te pasa ahora? —murmura, a medio camino entre dormirse y mandarme a la mierda.

—Nada, cariño. Dame sitio.

Me escurro por el respaldo. Copio el gesto de Sabina, con menos gracia y más nervio. Me planto detrás y empujo para encajarme. Me da la risa por dentro de lo ridícula que soy, pero el orgullo me tira de la coleta y no freno. Si voy a hacer la mamarracha, lo hago bien.

Amaia se ríe. Flipa.

—Julia, que me vas a tirar. ¿Qué te ha dado? ¿Te pica algo?

—Estoy de lujo, pesada —le susurro en la oreja—. Tú échate encima de mí y calla.

La atraigo hacia mí y la aplasto contra el pecho, firme, para que note que voy en serio. No pilla ni la mitad porque es la sensata de este grupo de taradas, la que no pierde los papeles por estas historias. Pero hoy no se salva nadie.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta en un susurro flojo, sin ganas de pelear.

—Ponerme cómoda contigo.

—Cómoda no. Estás rígida.

—Tú mira mejor —le vacilo.

Intenta girarse para echarme la bronca y la paro al momento. Le rodeo la cintura con el brazo y aprieto. Cede. Y ese sí fácil me da vértigo.

Hundo la barbilla en su hombro y le respiro en la oreja. Huele a coco y a limpio.

—Hueles que alimentas —le digo, con la voz más baja.

—Me vas a poner tonta y no me voy a enterar de nada.

—Que le den a la película. Si total no se entiende nada con tanto colorín.

Bajo la manta, la palma se afirma en su cintura y la pego más.

Se queja con un «eh» sin fuerza, pero no se aparta.

Al otro lado, Sabina aprieta a Irina contra ella y le arranca un suspiro que no es de sueño.

Mi mujer se recoloca más cerca de ella, la muy lista.

Yo lo noto todo: el cambio en las respiraciones, el peso del cuerpo de Amaia contra el mío y esa electricidad que salta de una a otra, callada, sucia, viva.

Deslizo los dedos bajo su camiseta y busco piel. Quema y es suave; de esas pieles que te vuelven torpe. Se le eriza todo el cuerpo y a mí se me infla algo por dentro. Miro de reojo a Sabina, que sigue a su rollo con Irina, y pienso: tú a la rusa, que yo aquí tengo faena.

Disfruto la jugada. Cuatro tías rompiendo la idea de lo correcto con los mismos dedos. Se me cruza un «Julia, frena», pero ni lo miro. Bajo y sigo.

—Amaia —le digo pegada a su cuello—, afloja. ¿Estás bien?

Coge aire, llena los pulmones y lo expulsa otra vez, obligándose a estar en calma.

—Que sí, que estoy perfecta. —Se empeña en sonar dura.

—Eso quiero. Que estés conmigo, no te asustes.

La abrazo hasta que se relaja. Entonces empiezo por el costado, lento, un rato eterno hasta que me abro paso y subo hacia el borde del sujetador. Apoyo la palma en el pecho. Su corazón va desbocado y me lo canta todo.

—Julia… —susurra con la voz a punto de romperse. Amaga con levantarse.

—No te vayas. —Se lo corto—. Estoy haciendo cosas.

La sujeto con un brazo y la pego a mí otra vez. Bajo al muslo, aprieto, acaricio con intención.

—Julia, de verdad… —insiste, pero no se aparta. Ni lo intenta.

Se deja caer contra mí… y recoloca la cadera, como si buscara sitio sin pensarlo demasiado. Vuelvo a su tripa. No es de gimnasio; es real, blandita, agradable. Me río por dentro por la devoción con la que la toco. Me gusta demasiado.

La sala está llena de respiraciones y roces. Irina y Sabina también montan su fiesta cerca. Piernas cruzadas, brazos que se enredan, piel con piel. Hace un mes, si me cuentan esto, les cuelgo el teléfono.

Muevo la mano por el abdomen de Amaia. Reconozco el terreno.

Todavía podría disimular. Decir que esto es solo un cariño de amigas, uno de esos abrazos largos que se nos van de las manos.

Aún tengo ese margen de maniobra, esa mentira a la que agarrarme si la cosa se pone fea.

Pero Amaia no es tonta, y el calor que desprendemos bajo esta manta no tiene nada que ver con la amistad.

Ella sabe que mis dedos buscan algo más, y yo sé que ella me va a dejar encontrarlo.

En cuanto mis yemas rozan el metal del broche del sujetador, se acaba el simulacro.

Ya no hay «cariño» que valga; ahora esto es una declaración de guerra en toda regla y a Amaia ya no le cabe duda de por dónde voy.

Bendito diseño, se abre por delante. Un regalo.

Bordeo la curva del pecho antes de apretar y Amaia suelta un gemido corto, de los que salen sin querer porque el cuerpo ya no sabe cómo esconderse.

—Julia… —vuelve, ya sin fuerza.

—Cállate un poco, pesada. —Le muerdo el lóbulo, suave—. Me estás tentando a portarme peor.

Toco el cierre, lo tanteo: lo abro a medias, lo vuelvo a cerrar. Alargo la putada. Se tensa, pero el pulso le golpea en mis costillas y me pone bruta.

—¿Puedo? —le pregunto al oído—. Dímelo claro.

Gira el cuello y me clava esos ojos verdes, llenos de nervio y deseo.

—No me des un discurso. —Le rozo la boca—. Con un gesto me basta.

Amaia mira a Sabina. El cuerpo tirando. La cabeza, no.

—Mira a tu mujer —le susurro—. Está ocupada. Nadie te va a rescatar.

Se le escapa una risa floja, nerviosa, entregada.

—¿En serio? —pregunta con un hilo de voz.

—Mírame.

Me recorre la cara buscando una mentira. No la encuentra.

—¿Sigo? —le digo en alto, ya sin paciencia.

Lanzo la pregunta al aire y el tiempo se congela. Sabina se pone atenta, con la mano aún perdida bajo la manta, esperando. Mi mujer también aguanta la respiración. Las dos están pendientes de Amaia, porque saben que si ella dice que no, la función se acaba para todas.

Amaia me mira a mí, luego a ellas, y al final clava los ojos en Sabina. Recorre con la vista el brazo de la rubia, que sigue hundido contra el cuerpo de Irina, y lejos de escandalizarse o de saltar con el orgullo de mujer herida, se lame los labios. Sabina le lanza una mirada rápida: tira.

Amaia se incorpora y le dice algo al oído, un susurro que no alcanzo a oír pero que hace que a Sabina se le afilen los ojos.

Se dan un pico rápido, un sello de labios que sabe a «haz lo que quieras con ella», y entonces se deja caer contra mi pecho.

Me agarra la muñeca con una firmeza que me pilla por sorpresa y es ella la que me guía la mano hasta que mis dedos vuelven a chocar con el broche.

Al otro lado, la cabrona de la rubia se ríe por lo bajo, un sonido ronco, de alivio y de vicio, al ver que el círculo se ha cerrado.

Yo me prendo de golpe. Hago clic. El sonido se clava en la habitación.

El sujetador se abre y el pecho cae libre, con peso.

Meto los dedos. Carne tibia, blanda donde tiene que serlo.

No es la firmeza de Irina ni el cuerpo fino de Sabina.

Esto es Amaia: curvas, peso, presencia. La palpo con la palma abierta y aprieto.

Bajo por la cintura, por la cadera, y la agarro fuerte. Le pego la boca al cuello y le muerdo la piel a besos, con hambre, sin delicadezas inútiles.

—Respira lento —le ordeno—. Déjate.

Respira… pero no como le digo. Más corto. Más rápido.

Los dedos bajan despacio pero con intención, hasta perderse bajo el borde de su ropa. Tiembla, con sudor y ganas y esa tensión en el vientre que pide más. Abre las piernas sin darse cuenta y apoya la nuca en mi hombro.

—Así —le digo, ronca—. Así me sirves.