11. LE MISTRAL #5
Los pasos se alejan. Susurros apenas alcanza a escuchar las últimas palabras. No consigue identificar al interlocutor. Solo sabe que el francés, a quien creía dueño de toda la situación, parece temer a alguien situado todavía más arriba. Mira a Fortuna, que interpreta su expresión como hambre.
—¿Quieres un trozo?
Susurros apoya la frente contra una manga colgada.
—Si salimos de esta, voy a intentar pasar una semana entera sin hablarte.
—Eso dijiste después de lo de la veterinaria.
Los dos contienen la respiración cuando el motor cambia de sonido.
Poco después un teléfono vuelve a sonar en el puesto de mando.
No saben que están a punto de escuchar, sin comprenderlo del todo, la respuesta a la pregunta que tantos otros han investigado con documentos, testigos y noches de insomnio.
***
Sébastien Moreau sale al puesto de mando con ropa blanca, gorra de capitán y un puro todavía apagado entre los dedos.
En documentos que sus perseguidores intentan verificar aparece también bajo el apellido O’Hara; él no necesita aclararse a sí mismo quién es.
El puerto queda atrás y un disco de música clásica comienza a sonar a volumen moderado.
Observa la costa durante un rato antes de marcar un número que sabe de memoria.
No recibe respuesta inmediata. Cuando la voz del otro extremo contesta, Sébastien mira el mar con una frialdad cansada.
—Vicente —dice—. No me llame para preguntarme si hemos perdido a Mikel. Ya sabe la respuesta.
Escucha. Su expresión se endurece.
—Usted ordenó que recuperáramos el trabajo de León y que nadie pudiera entregarlo a otro. Usted quiso el control sin aparecer en ninguna parte. Le advertí de que matar al científico convertiría el asunto en algo imposible de cerrar limpiamente.
La voz del teléfono llega tan baja que sus palabras se confunden con el rumor del motor. Sébastien deja hablar al interlocutor y después continúa.
—No, no voy a volver a Barcelona para resolverle nada. Usted tiene ahora la mayoría de NEXORA. Ochenta y cinco por ciento, si las operaciones se han formalizado como me dijo. Disfrute su victoria, monsieur Salcedo. Yo ya he perdido bastante por el camino.
Corta la llamada.
Sébastien guarda el teléfono. La música continúa. Con una mano revisa un espejo pequeño que permite ver el acceso a la cabina, y en el reflejo distingue un movimiento imposible: dos caras conocidas asoman con torpeza por una puerta interior.
—No —murmura—. Por favor. Vosotros no.
***
Sébastien tarda unos segundos en abandonar el puesto de mando.
La llamada ha terminado, pero las frases de Vicente siguen golpeándole con una familiaridad que lo irrita.
Durante meses trabajó creyendo que conservaba la capacidad de decidir hasta dónde llegaba cada encargo.
La muerte de León le enseñó lo contrario.
Mikel cruzó una frontera de la que no se regresa mediante un contrato, y él aceptó que el trabajo continuara porque retirarse le parecía más peligroso que avanzar.
No piensa en sí mismo como un hombre obligado por circunstancias ajenas.
Ha elegido demasiadas veces. Ha dado órdenes que dejaron heridas reales; ha visitado a una periodista encerrada bajo la apariencia de un anciano benigno y ha disfrutado de la ventaja de que ella no supiera quién la contemplaba.
Ni el afecto que llegó a sentir por Brigitte ni su admiración por el trabajo de León borran lo que hizo.
Apaga el puro sin haberlo encendido. Recuerda la última conversación en francés con la científica.
Brigitte le preguntó si una persona que había invertido tanto dinero en una tecnología podría aceptar que la mejor conclusión fuera no utilizarla.
Él respondió que todos necesitan una victoria.
Ella le dijo que un sistema que se niega a recomendar algo inseguro también puede estar funcionando correctamente.
Entonces se rio. Ahora la frase le resulta insoportable: la única decisión acertada habría sido detener una cadena de amenazas antes de que se convirtiera en asesinato.
Una vibración en el espejo lo devuelve al presente.
Dos figuras conocidas avanzan por el pasillo, una encorvada sobre un maletín y otra intentando quitarse del pelo una percha.
No hay nada heroico ni clandestino en su aparición.
Son exactamente los hombres que menos esperaba ver.
Sébastien deja el vaso de agua sobre el tablero y se dispone a enfrentarlos con una mezcla de rabia y agotamiento.
***
Los dos delincuentes han salido del armario porque el aire se ha vuelto insoportable y Fortuna acaba de liberar, con estremecedora falta de discreción, el resultado de los mejillones. Susurros se tapa la nariz.
—¡Has soltado algo que necesita licencia sanitaria!
—No me insultes. Son nervios.
—Los nervios no huelen a puerto pesquero.
Ahora están delante de Sébastien, que los contempla como un castigo demasiado absurdo para haberlo previsto.
Susurros recuerda la voz de los interrogatorios, el anciano de apariencia inofensiva que aparecía de vez en cuando en el barco y una prenda de vestir que vio guardar al hombre de blanco.
Tarda varios segundos en reunir las piezas.
—Tú... tú eras el Viejo.
Sébastien no contesta.
Fortuna señala el armario de una manera que pretende ser acusadora y solo consigue resultar ridícula.
—¡El Viejo era el jefe!
—El vuestro —responde Sébastien, despacio—. Y habéis tomado la peor decisión de vuestra vida al subir a este barco.
—Hemos tomado varias —replica Susurros—. Estamos haciendo una clasificación.
Fortuna deja el maletín sobre una mesa, se alisa la camiseta y recupera inesperadamente el tono de un empleado indignado.
—Venimos a cobrar. Sueldos atrasados, peligrosidad, dietas y daños y perjuicios. A mí me han dado una patada en la dignidad.
—Se la has dado tú solo —murmura Susurros.
—Cállate, que estoy negociando.
—El dinero —dice Susurros, señalando el maletín—. Solo hemos venido por lo que nos deben. Si nos deja bajar en el primer sitio, no volvemos a verle la cara.
Sébastien observa las manos de los dos. No llevan armas a la vista.
Uno tiembla y el otro intenta disimular el miedo convirtiéndolo en indignación.
Conoce sus defectos mejor que ellos mismos.
Durante semanas los utilizó porque parecían incapaces de organizar una desobediencia eficaz; ahora esa incapacidad ha abierto la puerta por la que se escaparon tres personas.
—No os debo nada —responde—. Arruinasteis la operación.
—Nos pagaban para hacer recados —replica Fortuna—. En el anuncio no ponía que al final había que matar a dos enfermos.
—Nunca habéis leído un anuncio completo.
—Porque la letra pequeña es muy pequeña —dice Susurros—. Pero sí entendimos que si contábamos lo del contenedor acabaríamos dentro de otro.
El francés se pasa una mano por la frente. Fuera, la costa es una línea oscura y no hay nadie a quien ordenar que se ocupe de aquellos hombres.
—Si hubierais obedecido, estaríais cobrando lo acordado.
Susurros lo mira por primera vez sin bajar la cabeza.
—Si hubiéramos obedecido, habríamos matado a una mujer y a su marido. No voy a decir que los salvamos por buenos. Los escondimos porque teníamos miedo. Pero acabamos viéndoles la cara todos los días. Tú no tenías que verla.
Fortuna asiente con una gravedad que dura poco.
—Además, el del hospital contaba chistes malísimos. No puedes matar a un hombre sin darle tiempo a mejorar el repertorio.
Sébastien acerca una mano al cajón del puesto de mando. Susurros lo percibe y le ordena que se aparte. El francés sonríe con desprecio.
—¿Qué vais a hacer? ¿Secuestrarme en mi propio barco?
—Estamos abiertos a sugerencias —responde Fortuna.
—¿Tenéis idea del mar que hay ahí fuera?
—Por el tamaño, bastante —dice Susurros—. Así que no se acerque a ese cajón.
Sébastien vuelve a mirarlos. La furia empieza a sustituir al desprecio.
Ha negociado con empresarios capaces de comprar voluntades, con hombres que asesinan por dinero y con investigadores que se resisten a aceptar un resultado falso.
Lo que no sabe manejar es a dos subordinados que, por cobardía, han terminado negándose a una orden criminal y ahora le exigen dietas en mitad del mar.
—Si me dejáis aquí y bajáis al siguiente puerto, todavía podéis libraros de algo peor —advierte.
—Eso mismo nos dijiste cuando nos mandaste a buscar a Julia —responde Susurros—. Cada vez que nos prometes una salida, terminamos metidos en un sitio más pequeño.
Fortuna se mira el estómago.
—En el armario, por ejemplo.
El francés cambia el peso de una pierna a otra.
Susurros alcanza a ver la intención antes que el movimiento.
El forcejeo comienza no porque ninguno haya formulado un plan brillante, sino porque los tres han agotado las palabras que podían pronunciar sin admitir el verdadero desastre al que han llegado.
***
Sébastien da un paso hacia un cajón. Los dos perciben el movimiento.
Susurros lo intercepta antes de que lo abra; Fortuna, torpemente, consigue sujetarle un brazo.
El francés forcejea con ellos, pero está solo y los otros dos han decidido que regresar a manos de Mikel sería peor que cualquier consecuencia inmediata.
No hay heroicidad en la pelea: los tres tropiezan con una silla y Fortuna casi acaba en el suelo cuando el yate cambia de balanceo.
—¡No lo tires contra los mandos! —grita Susurros.
—¡Pues dime dónde lo pongo!
Consiguen reducirlo con una correa resistente que encuentran a mano y apartarlo de los controles. Sébastien los mira, incrédulo.
—No sabéis lo que estáis haciendo.
—Eso nos lo dicen mucho —responde Fortuna—. Y, aun así, aquí estamos.
Sébastien contempla a los dos hombres que le cierran el paso al puesto de mando.
Le han sujetado las manos con una correa improvisada, pero la amenaza de verdad no procede de la resistencia del material.
Procede de que ninguno sabe qué hacer con él y ambos son capaces de convertir una decisión estúpida en una tragedia.