Julia ¿Dónde estás? 11. LE MISTRAL #4
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11. LE MISTRAL #4

Se hace un silencio que nadie intenta llenar. Al cabo de un momento, Sali se vuelve hacia su marido.

—¿Quieres que paremos a comprar algo para cenar?

—Por supuesto. Pero no me traigáis nada envuelto en papel de aluminio. Tengo una relación traumática con los bocadillos de dos delincuentes.

Rosana se ríe en el asiento del conductor. Julia observa la calle, las personas que regresan con bolsas del supermercado y la luz encendida en los balcones. La vida ordinaria no ha borrado los días del encierro, pero ofrece un lugar donde empezar a colocarlos sin que ocupen todo el espacio.

***

Cata enseña a Julia una fotografía obtenida legalmente de una identificación vinculada a las empresas de Moreau.

Los investigadores han detectado documentos utilizados por él con el apellido O’Hara y estudian su relación con operaciones anteriores.

No equivale todavía a localizarlo. La imagen es reciente, sin el aspecto de anciano que Julia había descrito.

—Este hombre se presentó ante usted como Sébastien Moreau —dice Cata.

—Sí. Ese es.

—Y dijo haber visto a un hombre mayor que la atendía. ¿Recuerda algo que pueda ayudarnos a distinguirlo?

Julia contempla la fotografía. Piensa en una mano colocando un vaso sobre una mesa, en un perfume discreto y en una expresión indulgente que le repugnó cuando dejó de estar agradecida.

—El viejo tenía una manera de sujetarse el puño de la camisa —dice—. Así, como si comprobara el gemelo antes de hablar. Moreau hizo lo mismo. Pero hay miles de hombres que se arreglan los gemelos.

—¿Sería capaz de afirmar que eran la misma persona?

Julia tarda.

—No con seguridad. A veces he pensado que quería engañarme. Ahora pienso que quizá se disfrazaba para entrar sin que yo reconociera su voz. Necesitaría verlo de nuevo o que aparecieran pruebas externas.

Cata toma nota de la cautela. Hay indicios para investigar la posible doble identidad; no una identificación concluyente que permita cerrar el expediente.

El nombre de Sébastien O’Hara figura en una carpeta nueva, asociado a la identidad utilizada por Moreau, mientras se solicitan verificaciones.

Julia sale de la sala con la impresión desagradable de haber estado mucho más cerca del hombre de lo que imaginaba.

***

En comisaría, Jordi encuentra a su hija revisando declaraciones de trabajadores portuarios y documentos societarios que contienen tres variantes de un nombre francés.

Uno de los testigos vio a un hombre mayor, pulcramente vestido, acompañado por personal de la embarcación durante las fechas del secuestro.

Otro recuerda a un empresario que se presentaba como Moreau.

Ninguno puede afirmar que se trate de la misma persona.

—Vamos bien —dice Jordi al acercarse—. Tenemos dos versiones que no se contradicen, pero tampoco se confirman.

—Y una fotografía donde alguien puede parecerse a cualquiera si uno lleva muchas horas mirándola —responde Cata.

El inspector toma la imagen. La iluminación de la cubierta es mala y la cara queda parcialmente oculta por un perfil de cristal. No la amplía con la esperanza de fabricar rasgos.

—¿Julia ha visto esto?

—Todavía no. Antes quiero que un especialista valore si el procedimiento de reconocimiento sería fiable. Ya hemos hablado con ella demasiado del Viejo como para presentarle una foto y esperar que no recuerde nuestras palabras.

Jordi deja el papel.

—Buen criterio.

Cata revisa los documentos sobre quién es dueño del yate y quién tiene derecho a utilizarlo.

Hay sociedades interpuestas, direcciones de correspondencia y apoderados que no coinciden con quien parece haberlo utilizado.

Un compañero de investigación patrimonial les explica en qué punto están las solicitudes de información internacional.

—No es que el dueño sea invisible —dice—. Es que tenemos que demostrar qué persona controlaba cada decisión, y hacerlo sin confundir la sociedad propietaria con un hombre que pasaba temporadas a bordo.

—¿Y O’Hara? —pregunta Jordi.

—Aparece en una de las capas documentales que estamos verificando. Puede ser un apellido utilizado por el mismo hombre o una identidad distinta vinculada al negocio. No cerraremos esa posibilidad por una coincidencia.

Cata abre una nota que Julia entregó después de recuperar parte de su memoria del cautiverio. Describe una voz que modulaba el acento, un gesto repetido al ajustar los gemelos y el olor de una loción. Son indicios de percepción, no una prueba concluyente.

—¿Te parece suficiente para solicitar nuevas comprobaciones? —pregunta a su padre.

—Sí. No para anunciar que ya sabemos quién era. Pero sí para pedir que contrasten movimientos, testimonios y documentación.

La subinspectora firma la solicitud. Lo que le falta no es imaginación.

Imagina de sobra que Moreau, el anciano y el hombre que financió la persecución de León pueden formar parte de la misma historia.

Lo que aún necesita es encontrar un vínculo que soporte el peso de esa idea fuera de su despacho.

Al salir deja sobre la mesa una carpeta rotulada con un apellido que todavía no ha ganado el derecho a convertirse en una certeza.

***

Lejos de la comisaría, la noche cae sobre una embarcación llamada *Le Mistral*.

Susurros y Fortuna han logrado entrar por un acceso de servicio que recordaban de sus trabajos anteriores.

No hay nadie a la vista cuando se deslizan al interior.

Susurros lleva una mochila pequeña. Fortuna ha traído una bolsa de plástico con dos bocadillos y una lata de mejillones que ha comprado porque, según él, nadie debería cometer un robo con el estómago vacío.

—¿Por qué mejillones? —susurra Susurros.

—Porque tienen hierro.

—¿Y qué tiene que ver el hierro con robar dinero?

—No sé. Lo dicen en los anuncios.

Buscan el compartimento donde creen haber visto maletines de dinero. Encuentran uno con documentación y otro suficientemente pesado para que Fortuna empiece a sonreír. Susurros comprueba el contenido por encima, sin ponerse a contar billetes. El ruido de una puerta exterior los deja inmóviles.

—Alguien viene —susurra.

—Pues dile que vuelva.

—¿Tú eres idiota?

Fortuna reflexiona.

—Ahora mismo me estás poniendo nervioso.

Se meten en un armario amplio solo en la publicidad del constructor. Susurros logra entrar de lado; Fortuna necesita girarse dos veces y termina aplastándolo contra unas chaquetas blancas. La puerta se cierra justo cuando se oyen pasos.

—Aparta el codo —gruñe Susurros.

—No puedo. Estoy encajado.

—Gordo.

—Ancho. Soy ancho. Los gordos no caben en sitios; los anchos ocupamos nuestro espacio natural.

—Tu espacio natural sería un garaje.

Fortuna intenta moverse. La lata de mejillones choca contra el estuche metálico de la mochila y produce un ruido insoportable en el silencio. Los dos contienen la respiración.

Desde la cubierta llega una voz de hombre dando instrucciones breves. Es una voz que conocen, aunque no la identifican enseguida. El motor del barco cobra vida con una vibración grave que atraviesa las paredes.

—Nos vamos —susurra Fortuna.

—No seas dramático. Están probando el motor.

Un movimiento lento los obliga a apoyarse uno contra otro. Los objetos colgados se inclinan. Susurros se aferra a una percha.

—¿Ves? —dice—. Ahora sí nos vamos.

—Bueno, pues ya de paso nos dejan cerca de casa.

—¿Tú sabes dónde estamos?

—En un armario.

Susurros cierra los ojos. Hay momentos en que la violencia parece una respuesta razonable a la estupidez, y ese es uno de ellos.

***

Dentro del armario, Susurros intenta calcular cuánto tiempo han pasado navegando.

Lo hace contando los cambios de ruido del motor, pero Fortuna respira tan fuerte que le resulta imposible recordar dónde iba.

La ropa blanca que los rodea está impregnada de una loción dulce.

Uno de los bolsillos contiene un pañuelo bordado; Fortuna se lo lleva a la nariz.

—No te toques nada —susurra Susurros.

—No estoy tocando. Estoy oliendo.

—Peor. Dejas huellas de nariz.

El yate cambia levemente de dirección y ambos se apoyan contra una pared. En la cubierta hay voces: una que da instrucciones breves y otra que responde con una formalidad cansada. Escuchan cerrarse una puerta. Fortuna aprovecha el instante para sacar su bocadillo.

—¿Ahora? —pregunta Susurros, escandalizado.

—No sé cuándo vamos a volver a cenar.

—Tenemos un maletín lleno de dinero y tú te preocupas por un bocadillo.

—Precisamente. Los ricos tampoco se saltan la cena.

Susurros observa la cerradura. Podrían volver por el pasillo y bajar a un compartimento sin cámaras, pero la idea depende de que el barco permanezca quieto.

No está quieto. El agua golpea el casco con una cadencia regular.

Susurros empieza a comprender que han cometido un robo dentro de un vehículo que puede llevarlos a cualquier sitio sin pedirles permiso.

—Cuando salga el francés, bajamos y buscamos una radio —decide.

—¿Para pedir ayuda?

—Para saber dónde estamos.

—Podemos preguntarle al capitán.

—El capitán nos mataría si supiera que estamos aquí.

Fortuna termina de masticar, se limpia las manos en un pañuelo que no es suyo y adopta una expresión de ofensa.

—No tienes por qué despreciar todas mis ideas.

Desde el otro lado de la puerta escuchan pasos que se acercan.

Se quedan inmóviles. El picaporte no gira, pero la voz de Sébastien resuena lo suficientemente cerca para que ambos reconozcan el tono con el que había reprendido a Mikel en otra ocasión.

Susurros se lleva un dedo a los labios. Fortuna se tapa también la boca, como si temiera que sus pensamientos produjeran ruido.

—No me llame otra vez hasta que sepa qué ha sucedido —dice el hombre al otro lado, hablando por teléfono—. Hay consecuencias que ya no puedo ocultar ni a usted ni a mí.