Julia ¿Dónde estás? 11. LE MISTRAL #3
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11. LE MISTRAL #3

Laia deja el bolígrafo. Ha trabajado durante semanas en el prototipo de FILEXA y le duele reconocer hasta qué punto el enfoque de León es distinto. Brigitte le pregunta si desea continuar. La ingeniera asiente, pero no para apropiarse del trabajo del científico.

—Quiero entenderlo. Y después comprobar si nuestras ideas pueden sostenerse solas.

La francesa encuentra esa respuesta más valiosa que cualquier promesa de un inversor. Hay científicos trabajando alrededor de aquella mesa y nadie les pide que inventen una victoria. El hallazgo de León empieza a parecerse otra vez a ciencia.

En los primeros ensayos aparece lo que NEXORA y FILEXA habían buscado por caminos incompletos: un programa completo, capaz de distinguir las relaciones fiables entre datos, las sospechas poco fundadas y los casos en los que debe admitir que no dispone de información suficiente para aconsejar nada.

No resuelve todos los problemas de una industria.

Es mucho más importante que eso para Brigitte: demuestra que León terminó un trabajo concreto y dejó manera de someterlo a prueba.

Laia Pons contempla uno de los resultados con la incredulidad de quien ha pasado noches intentando que un programa reconozca su propia ignorancia.

—Nosotras nos hemos pasado semanas enseñándole a decir «no lo sé» —murmura—. Él lo incorporó en el diseño desde el principio.

—También dejó ensayos fallidos —señala Brigitte—. No los escondió. Mira estos escenarios.

Laia pasa páginas, lee anotaciones y termina cerrando el cuaderno.

—No voy a pedirte que lo metas en FILEXA. Ni siquiera voy a fingir que tenemos derecho a verlo todo.

—Necesitaba que comprobaras conmigo el problema técnico, no que decidieras a quién pertenece.

Carolina entra poco después. Al observar las dos caras, entiende antes de sentarse que la conversación ha cambiado de escala.

—¿Lo encontró? —pregunta a Brigitte.

—Encontramos lo que León quiso dejarme. He verificado una parte de la documentación y hay indicios sólidos de que el desarrollo está terminado. Todavía debemos revisar cuestiones legales y completar las pruebas.

Carolina contempla el estuche cerrado. Por un segundo se permite imaginar lo que habría significado para FILEXA poseer aquel trabajo.

—¿Cuánto quiere por una licencia? —pregunta.

Brigitte la observa con sorpresa.

—¿Esa es su primera pregunta?

—Soy empresaria. Si quisiera fingir que he venido solamente a consolarla, las dos sabríamos que miento. Mi segunda pregunta es si piensa dejarlo guardado en una caja por miedo a que alguien vuelva a intentar quitárselo.

—No he decidido qué hacer. Y no quiero que la decisión la tome el primer postor.

Carolina asiente. Se levanta y recoge el bolso.

—Entonces no me venda nada hoy. Consiga asesoramiento, proteja su trabajo y vuelva a hablar conmigo si alguna vez quiere. No me convierta en su enemiga solo porque he sido la primera en admitir que lo compraría.

Brigitte no responde enseguida.

—Le agradezco que no me haya pedido que confíe ciegamente en usted.

—Es una pérdida de tiempo. La confianza ciega es un instrumento comercial pésimo cuando la otra persona sabe leer un contrato.

Al salir, Carolina se detiene junto a Laia.

—Seguimos con nuestro prototipo. No voy a despedir al equipo porque haya aparecido algo mejor que lo que somos capaces de hacer hoy.

—Ni nosotros sabemos todavía si podemos utilizarlo —responde Laia.

—Por eso seguimos trabajando.

***

Cata participa en una reunión con los investigadores. Las pruebas encontradas entre las pertenencias de León pueden ayudar a aclarar sus negocios, pero no bastan por sí solas para identificar quién ordenó matarlo.

—Lo que dejó León puede explicar de dónde salió el programa —dice una experta—. No quién encargó el asesinato.

—Eso tendremos que demostrarlo por otro camino —responde Jordi.

Cata recuerda el rostro de Brigitte al reconocer la palabra Isabella. Vuelve a sus notas antes de que la emoción ocupe el lugar de las pruebas.

Al terminar, recibe una llamada de Julia.

La periodista pregunta si una fotografía que ha recordado del barco puede ayudar a identificar al hombre mayor.

Cata le explica que anotará el recuerdo y buscará una manera fiable de contrastarlo, pero no le enseñará inmediatamente una selección de rostros para que elija el más parecido.

—¿Y si luego se me olvida? —pregunta Julia.

—Lo describiremos ahora con tus palabras. Un olvido reconocido es menos peligroso que una seguridad aprendida de la foto equivocada.

Julia agradece la respuesta. Cata escucha cómo, al otro lado, Rosana le pregunta si ya ha desayunado.

Sonríe sin que la vea nadie. Después vuelve a la mesa de su padre y coloca una hoja nueva en el expediente de las identidades de Moreau.

Cada vez hay más fragmentos; todavía falta demostrar quién los sostiene juntos.

***

Las primeras pruebas del material de León resultan prometedoras, pero todavía quedan preguntas. Brigitte se niega a llamar éxito a lo que no ha podido comprobar.

Carolina la escucha en FILEXA, acompañada por Laia. La empresaria ha dejado las persianas a media altura; una línea de sol divide la mesa.

—¿Eso significa que el prototipo de León funciona? —pregunta Carolina.

—Parte funciona y parte aún hay que comprobarla —responde Brigitte—. Y que funcione no significa que podamos venderla.

—Ya sé distinguir una prueba de un folleto, Brigitte. Llevo demasiados años pagando por esa diferencia.

—Entonces no anuncies nada.

Carolina mira a Laia, que contiene una sonrisa.

—Vuestra especialidad consiste en darme buenas noticias de la peor manera posible.

Laia desliza un informe hacia ella.

—Si dejamos de usar lo que nos vendió Néstor, seguiremos adelante, pero más despacio —explica Laia—. No podemos apropiarnos ahora de lo que hizo León para recuperar ese tiempo.

—No lo haremos —responde Carolina.

Brigitte se sorprende de la rapidez.

—¿Ni siquiera vas a preguntar cuánto te costaría una licencia?

—Preguntaré cuando sepamos quién puede vendernos ese derecho. Ya me equivoqué una vez.

La empresaria se sirve café y deja la taza demasiado cerca de los gráficos. Brigitte se la aparta instintivamente. Carolina acepta la corrección como si fuera una concesión de enorme importancia.

—Tu padrino me habría caído insoportablemente bien si me hubiera permitido discutir con él más tiempo —dice—. Seguramente habría acabado despidiéndolo por no dejarme hablar.

—Él habría respondido que despedir a un científico no cambia el resultado de sus pruebas.

—Eso mismo. Insoportable.

Cuando Brigitte sale, Carolina permanece con Laia ante las cuentas. Sabe que tendrán que responder por ciertas compras. Esta vez no busca una frase ingeniosa para defenderlas.

—¿Por qué ahora? —pregunta Laia.

—Porque un enemigo que tiene pruebas puede hacerte mucho daño —responde Carolina—. Pero uno que tiene razón puede hacerlo sin necesidad de inventarse ninguna.

***

En NEXORA también discuten por el legado de León. Néstor afirma que pertenece a la empresa; los abogados le recuerdan que habrá que demostrarlo. Max permanece apartado y Beatriz escucha sin intervenir.

—Quiero lo que sea nuestro —dice en una reunión formal—. Ni un tornillo menos. Tampoco voy a reclamar algo que no pueda demostrar, porque eso nos costaría otra fortuna.

Mientras revisan los documentos, NEXORA sigue funcionando con más cautela y las mismas dificultades de siempre.

En un hospital cercano, José María escucha la noticia de que Isabella era Brigitte y se tapa los ojos con una mano.

—Ocho letras —murmura—. Nos hemos dejado la salud por ocho letras.

—No ha sido exactamente por las letras —dice Julia.

—No me estropees el resumen. Soy un hombre convaleciente y tengo derecho a simplificar.

Sali se sienta junto a la cama y le coloca bien la almohada.

—Tú tienes derecho a callarte cinco minutos.

—Eso ya sería un castigo superior al secuestro.

Brigitte, que ha venido a agradecerles personalmente su ayuda, ríe con ellos.

Después habla con Sali un rato a solas. No pretende conocer a León mejor que nadie: cada uno tuvo una parte de su vida, y aquellas partes no compiten.

Cuando se despiden, Julia siente que el secreto ha dejado de ser una carga sobre sus hombros.

Sigue siendo un legado difícil, pero al fin tiene destinataria.

***

José María abandona el hospital caminando despacio y quejándose de la silla de ruedas que le ofrecen para ahorrar el trayecto hasta el coche. Sali se ha preparado para discutir; no contaba con que el hombre utilizara el diagnóstico para interpretar el papel de un anciano venerable.

—Tengo que proteger las costillas —explica mientras acepta finalmente sentarse—. No puede exigírseme además que proteja el orgullo.

—El orgullo no te lo ha protegido nadie en toda tu vida —responde ella.

Julia empuja la silla por el pasillo sin disimular la sonrisa.

Han hablado con los médicos sobre reposo y revisiones; ninguno de los tres confunde el alta con una curación instantánea.

A José María aún le cuesta respirar al reír y a Sali algunas noches le despiertan ruidos que antes no habría escuchado.

Al salir, encuentran a Rosana esperando con un coche. La periodista les enseña las llaves.

—Quien haga una broma sobre las furgonetas se vuelve andando.

José María contempla el vehículo.

—Es un turismo. Mejoramos de categoría.

—He dicho que ninguna broma.

—Eso era un comentario sobre automoción.

Durante el camino, Julia les cuenta que Brigitte ha encontrado la documentación de León. No enseña los soportes ni promete que el descubrimiento vaya a reparar lo que ocurrió. Sali le pregunta si la científica está bien. Julia piensa en ella sujetando la carta bajo la sombrilla amarilla.

—Está triste —responde—. Y contenta. Un poco de las dos cosas. Creo que por primera vez puede hablar de su padrino sin que alguien le pregunte inmediatamente por una máquina.

José María mira a las hermanas desde el asiento trasero.

—A mí me parece bien. León era amigo mío antes de ser una pista. Conviene que nos acordemos.