Julia ¿Dónde estás? 11. LE MISTRAL #6
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11. LE MISTRAL #6

—Pensad un momento —dice con una serenidad que ha utilizado muchas veces para negociar contratos—. Si me desembarcáis en un lugar seguro y os marcháis, quizá todavía podáis hablar con vuestros abogados. Si intentáis matarme, sumaréis otra acusación a todas las que ya os esperan.

—Mira tú por dónde, al final tiene usted razón —contesta Susurros.

—¿Le vas a hacer caso? —pregunta Fortuna, desorientado.

—Le hago caso en lo de no matarlo. Lo demás nos lo pensaremos.

Sébastien intenta descubrir si alguno dispone de una ruta de fuga preparada.

No la tienen. Uno mira el dinero como si fuera una garantía y el otro lo vigila a él con la desconfianza de un hombre al que han obligado demasiadas veces a obedecer sin preguntar.

El francés comprende que no están negociando una operación: están improvisando las consecuencias de todos sus errores anteriores.

—Podéis dejarme en un puerto —propone.

Susurros señala la costa, que ya no es una línea continua sino un conjunto de luces muy lejanas.

—¿En cuál? No sabemos dónde estamos.

Fortuna se aproxima al panel de navegación, lee dos números y se encoge de hombros.

—No pongamos el destino antes de aprender a leer esto —dice.

—No toques nada —le ordenan los otros dos al unísono.

El silencio que sigue los sorprende. Hasta ese instante Sébastien había sido el hombre que daba las órdenes y el que guardaba la distancia suficiente para no recibir sus consecuencias.

Ahora comparte con ellos el temor muy concreto de estar a bordo de una embarcación en movimiento sin nadie más en el puesto de mando.

—Hay equipo de salvamento —señala el francés—. Y comunicaciones. Si decidís echarme al agua, al menos avisad dónde estoy.

Susurros mira a su compañero. La propuesta no es una autorización ni una garantía de que el hombre vaya a sobrevivir.

Es apenas un modo de reducir un daño posible.

Se resiste a aceptarla porque entregarse a la radio supondría perder toda la ventaja del anonimato.

Finalmente hace una señal a Fortuna para que busque el equipo.

—Como te pongas a jugar con la música antes de encontrar los chalecos —le advierte—, nos vamos los tres a tomar viento.

—No soy un niño —replica Fortuna, a quien se le cae una gorra al intentar abrir el armario de seguridad.

Sébastien sigue cada movimiento con los labios apretados. Tiene miedo, y por primera vez ninguno de sus subordinados está dispuesto a fingir que no lo ve.

La embarcación avanza todavía en una trayectoria estable. Susurros localiza un equipo de salvamento de emergencia, comprueba que queda un chaleco bien ajustado y una boya accesible y obliga a Sébastien a colocárselos. El francés comprende adónde conduce aquella preparación.

—No os atreváis.

—¿Ahora te preocupa nuestra capacidad para tomar decisiones? —pregunta Susurros.

Sin una frase heroica ni una ejecución, los dos lo obligan a pasar por la borda en una zona donde pueden verlo mantenerse a flote con el equipo de salvamento. Sébastien protesta desde el agua, vivo, mientras la distancia comienza a aumentar. Fortuna mira atrás unos segundos.

—¿Lo ves? Flota.

—Precisamente por eso le hemos puesto el chaleco, animal.

—Pues no hace falta gritar. Es un buen chaleco.

No se quedan a comprobar quién lo recogerá. El hombre que había movido capitales, sicarios y vidas ajenas se reduce desde la cubierta a una figura blanca que agita un brazo sobre el agua. Su destino queda abierto.

***

Cuando el francés desaparece momentáneamente detrás de una cresta baja de agua, Fortuna deja de sonreír.

Busca con la mirada el chaleco amarillo.

Lo distingue otra vez a cierta distancia, apenas un punto que se mueve sobre el reflejo de las luces.

Susurros localiza la radio del puesto auxiliar y observa un listado de canales de emergencia que no comprende bien.

Está a punto de usarlo; teme que avisar a alguien equivalga a entregarse.

—No podemos dejarlo ahí sin decir dónde está —murmura Fortuna.

—Ya le hemos puesto el equipo para que aguante. Eso no significa que esté a salvo.

—Pues avisa. Lo que sea que se hace en estos casos.

Susurros estudia un aparato con un botón cubierto por una tapa transparente.

Se obliga a no tocar controles al azar. Encuentra un teléfono de emergencia del que habían hablado los tripulantes en viajes anteriores y comunica que hay un hombre en el agua, da una posición aproximada que consigue leer de una pantalla y corta antes de que le pidan identificarse.

La respuesta que recibe le confirma que han registrado el aviso, no que el rescate esté asegurado.

—¿Ya está? —pregunta Fortuna.

—He avisado. Lo demás no depende de nosotros.

Fortuna vuelve a mirar por la borda. La figura con el chaleco se confunde con la oscuridad, pero él sigue señalando el lugar hasta que Susurros le aparta el brazo.

—Vámonos del borde. No pienso meterme detrás para averiguar si sabe nadar.

Regresan a la cabina temblando y con el maletín sujeto entre los dos.

Ya han cruzado otro límite: no han matado deliberadamente a Sébastien, pero tampoco pueden fingir que lo han puesto a salvo de forma segura.

A lo lejos se enciende una luz que podría pertenecer a cualquier embarcación.

Ninguno sabe si el aviso llegará a tiempo ni qué ocurrirá si la policía consigue encontrarlos a ellos.

—Necesito beber algo —dice Fortuna.

Susurros piensa en negárselo. Después mira la botella cerrada sobre la mesa y decide que, por una vez, discutir no va a mejorar la situación. No sabe que el silencio que busca durará muy poco.

***

Durante unos minutos Fortuna se comporta como un propietario recién estrenado.

Encuentra una botella de champán, la agita sin saber por qué y consigue que el corcho golpee un armario.

Susurros abre el maletín recuperado y confirma que contiene dinero suficiente para que ambos crean haberse librado de todos sus problemas.

—Hemos ganado —declara Fortuna.

—No grites. Estamos en un barco robado.

—Prestado sin fecha de devolución. Hay matices.

Se sirve champán en un vaso que no combina con ningún otro de la cocina. Se coloca la gorra de capitán de Sébastien y contempla el horizonte con una solemnidad que dura hasta que empieza a marearse.

—Pon música —ordena.

Susurros encuentra los controles de sonido y sube el volumen. Una voz de ópera invade la cabina. Fortuna mueve los brazos imitando a un director de orquesta y derrama parte del champán.

—¡Capitán! —exclama—. ¡Rumbo a la libertad!

Susurros contempla el mar. Luego mira el puesto de mando. Hay pantallas, una rueda, mandos con símbolos y una ruta que continúa iluminada sin que ninguno sepa qué significa. Se vuelve hacia su compañero.

—Fortuna.

—¿Qué pasa? ¿Se ha acabado el champán?

—No.

—¿Nos persiguen?

—No lo sé.

—Pues deja de poner esa cara. Ya está todo solucionado.

Susurros señala los instrumentos. Fortuna se acerca todavía con la gorra torcida. Mira una pantalla, toca con un dedo el borde de un mando y retira la mano como si hubiera sentido electricidad.

La música continúa, majestuosa, mientras el yate avanza hacia una noche sin instrucciones.

—¿Y ahora quién va a conducir el yate?

FIN