10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #6
Beatriz mira el suelo encerado. Sabe que Max ha cobrado dinero que no debía, sabe que él también se esconde detrás de sus propios remordimientos.
Por un instante le gustaría recordarle cada vez que defendió una compra porque esperaba una comisión.
Luego piensa en León y en todo lo que ninguno podrá decirle.
—Nos creíamos imprescindibles —murmura.
—A veces lo fuimos.
—Y eso nos sirvió para dejar de escuchar.
Max asiente. No se abrazan ni se reconcilian. Se despiden con una inclinación leve de cabeza, dos personas que conocen demasiado bien las faltas del otro para convertir aquella conversación en una ceremonia purificadora.
En la planta inferior, Sandra termina de entregar a su sustituta una relación de tareas pendientes.
No sabe si permanecerá en la empresa. Aarón ha dejado un mensaje al que todavía no ha respondido.
Desde una ventana ve salir a Beatriz sin escolta ni comitiva.
La figura de la antigua presidenta es la de una mujer que ha perdido el control de algo que consideraba suyo.
Sandra no siente júbilo. Solo cansancio, y una cautela nueva ante la facilidad con que cualquiera puede confundir la caída de un superior con la reparación de todo lo que ocurrió bajo su mando.
***
Carolina recibe la noticia de la nueva distribución accionarial mientras observa una prueba de FILEXA que por fin admite incertidumbre en lugar de ocultarla. Laia señala el resultado.
—No es más brillante —dice—. Es más honesto.
—No vendas la palabra honesto a un consejo de inversores, Laia. Te harán preguntas personales.
Brigitte sonríe, pero Carolina no está de humor para celebrar.
—NEXORA tendrá que decidir quién puede gestionar su tecnología. Nosotros tendremos que decidir qué parte de la nuestra podemos defender ante un juez. Nada de esto desaparece porque unos socios hayan cambiado de silla.
—¿Y Moreau? —pregunta Brigitte.
—No contesta por los canales habituales. La policía tiene las comunicaciones que he podido aportar. Hasta ahí llego.
Brigitte cierra su cuaderno. La oferta definitiva de Carolina continúa sobre la mesa, pero ya no cree que el futuro de su padrino se decida escogiendo entre dos empresas.
La única persona que puede aclararle qué dejó León es, paradójicamente, la periodista que estuvo a punto de morir por no saberlo.
***
A la mañana siguiente de la transmisión de las acciones, la recepcionista de NEXORA encuentra su puesto de trabajo lleno de mensajes.
Proveedores preguntan quién tiene poder para firmar, clientes desean saber si los contratos siguen vigentes y una trabajadora del laboratorio exige que no se vuelva a utilizar el nombre de León en una presentación comercial hasta que sus resultados estén documentados.
Vicente aparece con una bolsa de bollos y la promesa de que la junta dará una respuesta escrita antes del mediodía. La recepcionista le recuerda que la última nota llegó después de que la prensa publicara los porcentajes.
—Esta vez quiero leerla antes de que el periódico me cuente lo que pone —dice.
—Tiene todo el derecho del mundo —responde él.
El departamento técnico celebra después una reunión con representantes jurídicos para separar los trabajos que continúan de aquellos de los que todavía no se sabe quién tiene los derechos.
Nadie aplaude el cambio de mayoría como una refundación moral.
El daño a la confianza es demasiado reciente.
Una investigadora joven pregunta si la dirección permitirá que una auditoría externa publique también los fallos de ARGOS.
La respuesta que recibe es que el alcance de esa revisión se negociará con los responsables y deberá poder verificarse, no que mañana todo sea transparente por decreto.
En el otro extremo de la ciudad, Beatriz contempla las noticias desde su casa.
La cifra del ochenta y cinco por ciento aparece repetida en varias páginas.
Puede explicar jurídicamente cómo llegaron a firmarse aquellas operaciones; lo que no consigue explicar con igual facilidad es por qué Vicente supo esperar a que todos necesitaran vender.
Por un momento recuerda una frase escuchada años antes y la coloca junto a otras que antes no parecían tener relación.
No llama a la policía, no redacta una acusación.
Marca el número de Max, escucha el tono y cuelga antes de que conteste.
Decide que si tiene algo que afirmar necesitará hechos y no la humillación de sentirse vencida.
La jornada continúa. Las cuentas no se arreglan con una compraventa, ni los delitos se extinguen porque cambien los nombres de quienes presiden una mesa.
La mayoría de los empleados solo quiere saber si al día siguiente podrá acceder al edificio y cobrar a fin de mes.
Esa preocupación doméstica da a la caída de los antiguos dirigentes una dimensión que ningún titular sobre dioses consigue reflejar.
***
Esa noche, Cata guarda en el expediente la constancia de los cambios de control de NEXORA, separada de las pruebas del homicidio y de los secuestros.
Jordi se ha marchado a casa hace media hora y le ha dejado una nota encima del teclado: «Comer también es una diligencia». Ella sonríe y, por una vez, obedece.
Antes de apagar el despacho comprueba la agenda del día siguiente.
Julia, Brigitte y Andrius han conseguido una cita con la entidad que guarda los efectos de León.
El acceso dependerá de sus reglas de custodia y de la documentación que puedan acreditar, no de un atajo policial.
Cata no irá a abrir la caja por ellas. Permanecerá disponible si aparece un indicio penal que deba preservarse.
En la pantalla queda, todavía sin respuesta, la búsqueda de Sébastien Moreau. La empresa ha cambiado de manos. El hombre que ordenó la muerte de León, según la hipótesis que las pruebas deberán terminar de demostrar, sigue fuera de su alcance.