11. LE MISTRAL
Julia despierta antes del amanecer, con la impresión de que alguien acaba de cerrar una puerta metálica en el pasillo.
Se incorpora y tarda varios segundos en reconocer su propia habitación.
En el armario están sus abrigos; sobre la mesa, un vaso de agua sin tapa; al otro lado de la ventana, un camión de limpieza recoge contenedores con el estruendo habitual de la calle.
Nadie la vigila. Puede abrir la puerta o quedarse en la cama.
Se levanta de todos modos. La carta de León no está allí: la conserva Andrius, igual que la documentación cuya custodia han acordado con Cata.
Pero la palabra Isabella sigue escrita en un papel doblado dentro de su cartera, una reproducción que ahora no necesita ocultar.
La mira durante unos segundos. Le parece extraña la facilidad con que una palabra puede adquirir sentido cuando, por fin, aparece la persona a la que pertenece.
En la cocina encuentra un mensaje de Sali preguntándole si desayunará antes de salir.
Su hermana se ha convertido en una guardiana feroz de las pequeñas costumbres, como si asegurarse de que Julia coma tostadas fuera una manera de impedir que vuelva a desaparecer.
Julia responde que sí y manda una fotografía de su taza.
Después llama a Rosana. Le cuenta que va a la cita del banco con Brigitte y Andrius.
—¿Tienes que ir? —pregunta su compañera.
—No tengo que entrar en ningún sitio que no me autoricen. Voy porque quiero acompañarla. León me dejó una pregunta y ella conoce la respuesta.
—Eso suena al principio de otra investigación.
—Pues esta empieza por desayunar y respetar el horario de la cita. Estoy madurando.
Rosana se ríe y le recuerda que ningún reportaje merece que vuelva a exponerse sola a una situación semejante.
Julia acepta sin discutir. Se viste despacio.
Frente al espejo se recoge el pelo y contempla una pequeña marca en la muñeca que todavía le molesta cuando roza una manga.
No la esconde, pero tampoco se obliga a mirarla más tiempo del necesario.
Al salir de casa encuentra a su vecina cargando bolsas de la compra.
La mujer la saluda como cualquier mañana y le pide que sujete la puerta.
Julia lo hace. Una parte de ella se sorprende de poder ayudar a alguien con una tarea sencilla después de haber necesitado ayuda para todo.
La ciudad empieza a despertar. En el metro, entre viajeros que miran pantallas y calculan conexiones, siente por primera vez que está desplazándose por voluntad propia hacia una respuesta que no le exige sacrificar a nadie.
***
Julia sale del metro en Sants con una sensación absurda: el lugar parece exactamente igual que antes de su secuestro.
La gente corre hacia trenes que no la esperan, las maletas tropiezan con las baldosas y un vendedor ofrece periódicos junto a la entrada de una cafetería.
El mundo ha tenido la descortesía de continuar sin ella.
Brigitte la espera bajo un toldo, con una carpeta fina y el cabello rubio recogido de manera descuidada. Andrius llega poco después, sudando dentro de una americana demasiado oscura para el calor de Barcelona. Se disculpa por haber tenido que resolver una llamada antes de salir.
—¿Todo está en orden? —pregunta Julia.
—Lo que puede estarlo antes de que entremos en un banco con una historia que suena a novela de aventuras —responde el abogado—.
Hemos aportado los documentos de identificación, las instrucciones de León que obran en mi poder y la acreditación del fallecimiento.
La entidad ha revisado qué acceso puede conceder a la beneficiaria designada.
Tendrán personal de custodia y harán constar la entrega.
—¿Y yo? —pregunta Julia.
—Usted no es titular ni autorizada. Vendrá porque Brigitte quiere que esté presente al explicar la pista, pero no puede exigir abrir nada. Ya hablaremos de dónde podrá esperar.
Brigitte le toca levemente el antebrazo.
—Sin ti no habría llegado hasta aquí.
—Sin tu nombre tampoco —contesta Julia—. Ni siquiera sabía que Isabella era una persona.
Toman un taxi hacia el centro. La entidad bancaria ocupa la planta baja de un edificio de piedra clara, el mismo al que Julia acudió antes del secuestro, en una calle donde los coches avanzan lentamente entre peatones y repartidores.
Un empleado los conduce a una sala de reuniones.
Revisa documentos sin precipitarse y avisa al responsable de las cajas.
—La designación de la señora Monarch estaba condicionada a la documentación que hemos verificado —explica—.
Se ha cumplido la revisión prevista para el acceso.
Antes de la apertura levantaremos un registro de los objetos que se retiren, en presencia del personal habilitado.
Los derechos que puedan corresponder sobre cada contenido no se deciden por el mero hecho de abrir la caja.
Andrius asiente.
—Precisamente por eso estamos aquí. Y no para confundir custodia con una sentencia sobre propiedad intelectual.
El empleado observa a Julia.
—La señora Román puede esperar en esta sala. La retirada se hará con la beneficiaria acreditada.
Julia abre la boca para protestar y luego la cierra. Lleva días explicando que una cerradura no se vence porque alguien conozca un código. No va a enfadarse ahora porque la norma también se aplique a ella.
—Os espero —dice a Brigitte.
La científica permanece un instante inmóvil ante la puerta interior. Cuando al fin acompaña al responsable, lleva la carpeta de León apretada contra el pecho.
***
Mientras Brigitte permanece con el empleado de custodia, Julia escucha el zumbido del aire acondicionado en la sala de espera del banco.
Reconoce la distribución de los sillones, las plantas que alguien riega con una minuciosidad excesiva y el pasillo por el que salió con las manos vacías la última vez.
Entonces había una palabra escrita en un papel y la intuición de que el científico muerto confiaba en ella para completar un camino que no sabía recorrer.
Andrius se sienta frente a la periodista. A pesar de los esfuerzos que hace por parecer un abogado que disfruta de los trámites ordinarios, no consigue dejar de mirar la puerta.
—Le dije que habría que respetar el procedimiento —recuerda.
—Me lo has dicho unas veinte veces.
—Veintiuna, si contamos la noche del rescate. Soy un profesional constante.
Julia sonríe apenas y después mira sus propias manos.
—La primera vez que vine pensé que, si conseguía entrar, todo acabaría. Que habría una caja y dentro algo capaz de explicar la muerte de León. Me sentí estúpida cuando me pidieron documentos que yo no tenía.
—No era estupidez. Era una urgencia que la entidad no podía convertir por sí sola en una autorización.
—Ya lo sé. Ahora. En aquel momento pensaba que la gente educada podía ser cruel sin saberlo.
Andrius observa a una pareja que consulta un préstamo al otro lado del cristal. Le gustaría ofrecer una respuesta tranquilizadora, pero la historia le ha enseñado que una respuesta improvisada puede hacer tanto daño como una negativa.
—Hay reglas que protegen a quien no está presente —dice—. León no podía controlar lo que pasaría después de su muerte, pero sí pudo dejar condiciones para que un extraño no retirara lo que guardó. Que usted no pudiera abrirlo fue, paradójicamente, una parte de su voluntad.
Julia asiente. La conclusión la incomoda y la alivia al mismo tiempo.
Durante el cautiverio Mikel le preguntó una y otra vez por el depósito, como si la cerradura fuera una obstinación personal de Julia.
Ella llegó a desear conocer el contenido solo para poder entregarlo y poner fin al miedo.
Ahora agradece no haber podido satisfacerlo.
—¿Y si al abrirlo descubrimos que todo esto era un error? —pregunta.
—Entonces tendremos un error con documentación. Es lo máximo que puedo prometer antes de que alguien lea lo que hay dentro.
Por la puerta interior aparece una empleada que no trae nada en las manos.
Les explica que el inventario sigue su curso y pregunta si necesitan agua.
Julia acepta. Una decisión tan pequeña la sorprende: durante días no pudo elegir ni cuándo beber.
Ahora le preguntan y esperan su respuesta sin convertirla en una concesión.
Brigitte tarda aún unos minutos. Cuando finalmente regresa, no lleva el rostro de quien ha ganado una batalla empresarial.
Sostiene el estuche y el sobre con la expresión desconcertada de alguien que acaba de encontrar una voz conocida en una habitación vacía.
Julia se levanta sin preguntar. La francesa le ofrece una sonrisa frágil y deja los objetos sobre la mesa.
***
La caja contiene un estuche rígido de tamaño modesto, protegido con espuma, un pequeño conjunto de medios de almacenamiento identificados con fecha y un sobre grueso.
Nada brilla. No hay una luz que se encienda anunciando que el futuro de la tecnología acaba de encontrar dueña.
El responsable de custodia registra lo que se extrae y permite que Brigitte compruebe las referencias sin ejecutar ningún dispositivo allí.
En la tapa del estuche hay una etiqueta escrita por León con su caligrafía inclinada. Brigitte reconoce una abreviatura que él usaba cuando la enseñaba a medir dos veces antes de dar un resultado por válido. Se le llenan los ojos de lágrimas sin que consiga evitarlo.
—¿Desea hacer una pausa? —pregunta el empleado.
—No. Gracias. Solo hace mucho tiempo que no veía esta letra.
El segundo sobre lleva su nombre completo y una indicación manuscrita: «Para Isabella, cuando llegue el momento». Brigitte lo conserva cerrado hasta regresar a la sala donde Julia y Andrius esperan. Allí, con el estuche sobre la mesa y el registro de la entidad terminado, lo abre lentamente.
Brigitte despliega las páginas. La letra se inclina ligeramente hacia la derecha, igual que en los sobres que recibía cuando estudiaba lejos de casa. Empieza a leer en silencio, pero Julia ve que pronto mueve los labios.
«Mi querida Isabella: