Julia ¿Dónde estás? 10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #5
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10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #5

Max asiente. Le pregunta qué hará con ARGOS y recibe la misma respuesta que Vicente ha dado a los empleados: revisar la situación técnica y jurídica antes de tomar decisiones comerciales.

No hay una promesa de fabricar de nuevo la tecnología de León ni una frase de genio financiero que anticipe una victoria.

Max encuentra precisamente por eso aceptable la conversación.

Ha llegado a desconfiar de todo lo que suena demasiado brillante.

Cuando sale, se detiene ante la fotografía de los primeros tiempos de NEXORA. León está al fondo con una copa de plástico, casi fuera del encuadre. Max le dice en voz baja que habría preferido escuchar antes sus advertencias. Luego abandona el pasillo sin esperar que una imagen pueda responderle.

***

La noticia de que Max negocia la venta de sus acciones circula por NEXORA antes de que la operación llegue a los asesores encargados de formalizarla.

Un periodista pregunta si la empresa está siendo liquidada.

El responsable de comunicación, que hasta entonces solo había redactado notas de lanzamiento, descubre que no existe una frase publicitaria capaz de contener una investigación penal.

En la redacción de La Barcelona d’Avui, Julia discute con Rosana el titular de una pieza sobre la crisis. Un colaborador propone «Desmantelada la cúpula de NEXORA». Julia lo subraya con un lápiz rojo.

—No está desmantelada. Hay responsables apartados de funciones, contratos investigados y un acusado detenido por los secuestros. Eso no significa que el consejo entero esté acusado del asesinato.

—Es menos espectacular —responde el colaborador.

—Es más verdadero. Y precisamente por eso quiero publicarlo.

Rosana señala la parte del escrito que vincula las herramientas de FILEXA con las de NEXORA.

—Aquí no podemos escribir «robados» como si ya se hubiera demostrado a quién pertenecen. Sabemos que hay un conflicto y documentación comprometida. Carolina no niega conocer el origen problemático. Pero todavía hay especialistas intentando separar lo que compró de lo que pertenecía a terceros.

—Ponlo así —decide Julia—. Que la gente entienda el conflicto sin que le dictemos una sentencia.

Más tarde reciben una llamada de la portavoz de NEXORA.

Quiere que retiren una mención a pagos que ya figuran en declaraciones contrastadas.

Julia escucha la petición, pregunta qué hecho considera inexacto y ofrece incorporar una respuesta documentada.

No acepta sustituir la información por una nota corporativa.

—No es una campaña contra ustedes —dice—. Ni un homenaje a quienes han hecho daño. Estamos contando algo que afecta a personas concretas.

Al colgar, Rosana observa el cansancio en la cara de su amiga. Desde su secuestro, Julia se obliga a no hacer más de una reunión larga al día. Hoy ha superado ese límite.

—Vete a casa —le dice—. Termino yo.

Julia quiere protestar. Al final coloca el lápiz rojo sobre la mesa.

—Prométeme que no dejarás que un titular convierta a León en un accesorio de una pelea entre accionistas.

—Te lo prometo. Y tú prométeme que vas a dormir.

Se dan la mano con exagerada solemnidad. Julia sale hacia la calle y descubre que recordar el periodismo como un oficio útil no significa haber recuperado todavía la tranquilidad para ejercerlo a cualquier hora.

***

Max firma la transmisión de su paquete accionarial del veinte por ciento a Vicente en una operación documentada, sujeta a las comprobaciones y restricciones aplicables.

A los socios que permanecen les llega la comunicación corporativa.

Vicente pasa a controlar el cuarenta y cinco por ciento.

El gesto altera inmediatamente el equilibrio, pero no resuelve los procedimientos abiertos.

Beatriz acude días después a su despacho con un abogado.

Ha sido apartada de determinadas funciones de gestión mientras se esclarecen las operaciones investigadas y la empresa busca garantías de continuidad.

Continúa siendo propietaria de sus acciones, pero ha perdido la autoridad cotidiana que consideraba inseparable de sí misma.

—Quiero salir —dice, sin sentarse—. No voy a permitir que conviertan mi apellido en el nombre de una ruina.

Vicente se quita las gafas.

—Salir no equivale a desaparecer de lo que hiciste.

—No necesito que me lo recuerdes. Necesito una oferta seria por mi cuarenta por ciento.

El socio hace un gesto hacia los abogados para que expliquen la valoración y las condiciones: transparencia, verificación de que las acciones puedan transmitirse y constancia de que ninguna operación afecta a posibles responsabilidades ni a bienes sujetos a medidas judiciales.

No improvisan el precio en una servilleta ni anuncian un traspaso imposible en diez minutos.

La negociación resulta desagradable, minuciosa y mucho menos grandiosa de lo que Beatriz había imaginado.

—Estás comprando un cadáver —dice ella al revisar las cifras.

—Estoy comprando una empresa que todavía paga sueldos —contesta Vicente—. Y un montón de dolores de cabeza.

—Siempre te gustó hacerte el resignado.

—No hace falta hacerse. Mira el precio de los abogados.

Una sonrisa amarga atraviesa la cara de Beatriz.

Finalmente acepta una operación documentada que, una vez ejecutada conforme a las comprobaciones exigidas, eleva la participación de Vicente al ochenta y cinco por ciento.

Néstor conserva el quince restante. No hay votación capaz de borrar el origen de los fondos investigados ni sentencia dictada de un día para otro.

Cuando el último documento queda sobre la mesa, Beatriz vuelve a observar a Vicente. Piensa en las reuniones en las que lo interrumpió, las bromas que despreció, la paciencia con que escuchaba cuando ella estaba convencida de dirigirlo todo. Su expresión cambia por una razón que no explica.

—Eres tú —dice, casi para sí.

Vicente la mira con sorpresa cansada.

—¿Qué has dicho, Beatriz?

La mujer recoge su bolso.

—Que ya no tengo nada más que hablar contigo. De eso puedes estar seguro.

Sale antes de que él responda. En el pasillo, por primera vez en años, nadie se pone en pie para abrirle una puerta. Vicente permanece junto a la mesa, estudiando el balance que deberá presentar a empleados y proveedores. Desde fuera solo parece un hombre que ha comprado demasiadas preocupaciones.

***

Beatriz baja en el ascensor sin compañía.

Los números iluminados de las plantas descienden con una lentitud ofensiva.

Recuerda el día en que Vicente propuso aplazar un acuerdo de financiación hasta recibir una segunda valoración.

Ella lo llamó cobarde delante de los demás.

Vicente respondió que era más barato llegar tarde a una buena decisión que pronto a una mala.

Aquella frase la irritó porque recibió más asentimientos de los que esperaba.

También recuerda las sobremesas en las que le dejaba hablar de fútbol cuando el orden del día estaba agotado.

Nunca lo vio tomar notas mientras los demás discutían sus comisiones, inversiones y conflictos con León.

O quizá las tomaba después, en una libreta que ella consideraba demasiado doméstica para contener algo importante.

Beatriz intenta ordenar recuerdos sueltos y se obliga a reconocer que una derrota empresarial puede volver sospechoso cualquier gesto del vencedor.

En el vestíbulo le espera su conductor, que ha seguido empleado por la sociedad pero ya no sabe si debe preguntar a qué despacho se dirige.

Ella le indica que la lleve a casa. Durante el trayecto recibe un mensaje de su letrado recordándole una declaración pendiente y un requerimiento sobre facturas.

Lo responde sin dilación. Las operaciones financieras que autorizó no desaparecen porque haya perdido el mando.

Tampoco le sirve convertir a Vicente en el responsable de todas ellas.

Mira de nuevo la pantalla del teléfono. En un borrador sin enviar figura una pregunta que no ha conseguido formular en voz alta: desde cuándo estaba preparando él la compra.

La borra. Si existe una respuesta relevante, necesitará documentos y fechas, no el despecho de haber vendido.

El coche sigue por una avenida de Barcelona bajo una hilera de árboles.

Beatriz cierra los ojos y siente la primera punzada de una sospecha que aún no puede distinguir de la humillación.

***

En la antesala donde los abogados ultiman la documentación de la venta, Beatriz espera una copia de la valoración independiente.

Ha pasado demasiadas horas discutiendo porcentajes para no comprender que una acción conserva valor incluso cuando quien la posee pierde la dirección de la empresa.

Lo que la humilla no es solo el precio. Es tener que formular preguntas a personas que antes acudían a pedirle permiso.

Su abogado le muestra las condiciones de la transmisión y le recuerda que vender no cierra las investigaciones ni modifica las obligaciones de conservar documentos.

Ella firma donde corresponde, se detiene en una cláusula, pregunta por el alcance de una garantía y hace que la reescriban para evitar una afirmación que no puede sostener.

—No voy a añadir una mentira nueva a las que ya están buscando —dice.

—Es una decisión prudente —responde el letrado.

—No pretenda felicitarme por lo mínimo.

Al salir, se encuentra en el corredor con Max. No se han hablado desde que él anunció su venta. Max lleva una carpeta azul y parece más cansado que derrotado.

—Así que tú primero —dice Beatriz.

—Alguien tenía que decir en voz alta que no podíamos seguir jugando a que todo se arreglaría en la siguiente junta.

—Te compró a ti antes de venir a por mí.

—Me hizo una oferta. Yo decidí aceptarla. No me inventes una inocencia para odiarme mejor.