Julia ¿Dónde estás? 10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #4
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10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #4

Al subir al ascensor coincide con Beatriz. Ella lleva una carpeta bajo el brazo y no le devuelve el saludo hasta que él está a punto de bajar.

—Te estás haciendo indispensable —dice ella.

—Estoy intentando ser útil. Hay una diferencia.

—Tú siempre encuentras una frase bonita.

—No te preocupes. La semana que viene vuelvo a hablar de fútbol y de digestiones difíciles.

Las puertas se abren. Beatriz permanece dentro un instante más, observando la espalda del socio que había considerado durante años demasiado anodino para convertirse en un rival.

Su irritación no nace de una sospecha concreta, sino de la pérdida del lugar desde el que estaba acostumbrada a mirar a todos.

***

Los días siguientes no traen condenas espectaculares.

Traen peticiones de documentos, declaraciones ante los investigadores acompañadas de abogados, acuerdos empresariales pendientes de revisión y medidas provisionales basadas en pruebas concretas.

Beatriz debe responder por movimientos de fondos y autorizaciones de partidas; Max por comisiones vinculadas a contratos; Néstor por operaciones de software y posibles perjuicios patrimoniales.

Los investigadores distinguen las responsabilidades y siguen el dinero antes de atribuir intenciones que los documentos no acreditan.

Cata se reúne con el equipo económico y revisa el esquema de pagos de Sandra. Una especialista señala una transferencia y una autorización firmada.

—Aquí hay una operación duplicada —explica—. Pero no voy a llamar desvío a todo hasta verificar la prestación y el destino final. Necesitamos respuesta del proveedor y de la entidad de pago.

—¿Y esta otra? —pregunta Cata.

—La referencia coincide con lo declarado por Sandra. La aprobación la firmó Beatriz. Eso acredita intervención en una autorización concreta; la valoración penal requiere completar el recorrido.

Jordi permanece al fondo, agradecido de que una persona acostumbrada a estudiar extractos sea más prudente que ciertos titulares de prensa.

—Nosotros seguiremos con las relaciones entre Mikel y Moreau —dice—. No metamos en la misma bolsa una comisión, una licencia irregular y una muerte.

—Ni separemos lo que las pruebas terminen uniendo —añade Cata.

—Exactamente, inspectora Blanc.

***

Sandra comparece de nuevo para aclarar una anotación en la que figura un pago autorizado por Beatriz y ejecutado mediante una cadena de usuarios distinta de la habitual. La inspectora económica le explica la duda con un lenguaje que no permite esconderse detrás de siglas.

—En su primer relato afirmó que le ordenaron cambiar el concepto. Hoy necesitamos saber quién tuvo acceso al documento después de su intervención.

Sandra piensa un momento.

—Lo envié a la bandeja de autorizaciones. Max podía consultarlo, pero no sé si lo hizo. El último visto bueno aparece asociado a la credencial de Beatriz.

—¿Le comentó usted a Max que había modificado la descripción?

—No recuerdo una conversación. Si hay un correo mío, revísenlo. No voy a completar con memoria algo que no tengo claro.

Cata le pregunta entonces por las notas privadas que no llegó a entregar durante la primera comparecencia. Sandra sostiene la mirada de la subinspectora.

—Son sobre Aarón. No tienen que ver directamente con los pagos.

—Es posible. También es posible que incluyan datos sobre cómo obtuvo información de León.

No tiene obligación de enseñarnos papeles personales por vergüenza o por enojo.

Si cree que contienen hechos relevantes y decide aportarlos con su asistencia letrada, los trataremos como cualquier otra información: verificándolos.

Sandra abre el bolso. Deja sobre la mesa un sobre pequeño.

En su interior hay fechas de ausencias de Aarón y anotaciones sobre llamadas que él hacía inmediatamente después de determinadas reuniones.

Ella las escribió en momentos de celos. No pretendía conservar pruebas de nada, sino demostrarse que él la engañaba.

—No sé si alguna de estas horas sirve —admite—. Algunas las anoté mal. Estaba furiosa.

Elena aparta el sobre con cuidado.

—Lo registraremos con su procedencia y con sus límites. Una nota escrita por usted no demuestra con quién habló él. Puede ayudarnos a buscar un registro independiente.

Sandra asiente. Por primera vez siente un alivio que no procede de conseguir que castiguen a Beatriz ni a Aarón, sino de dejar de actuar como si todo el mundo debiera adivinar lo que ella calla.

Al abandonar la sala, llama a un antiguo compañero de administración para advertirle de que, si recibe un requerimiento, conserve los documentos tal como están y diga exactamente lo que recuerda, incluso si cree que no ayuda a nadie.

No le pide que la respalde ni que repita su versión.

***

En el hospital, José María insiste en leer las noticias que Sali intenta apartarle. Está mejor, pero todavía tiene que interrumpirse para respirar cuando habla demasiado.

—Según este periódico, éramos tres desaparecidos y ahora somos «víctimas relacionadas con el escándalo tecnológico». Me parece que me han ascendido.

—A ti deberían darte el premio al paciente más insoportable —responde Sali.

Julia llega con Rosana, que trae una copia del periódico doblada para ocultar la primera plana.

—No leas los comentarios —le aconseja a su cuñado.

—¿Hay comentarios sobre mí?

—Tienes admiradores.

—Entonces deja que me recupere antes de decepcionarlos.

La risa se apaga al hablar de Mikel. Sali recuerda su rostro ante la puerta abierta de la furgoneta y se pone seria. Julia le toma la mano.

—Está detenido —dice.

—Lo sé. Pero hay otro hombre fuera.

—Lo están buscando.

—Tú estuviste con él —dice Sali—. Si vuelve a acercarse...

—No voy a ir detrás de él. Ya sé lo que cuesta creer que una misma puede resolverlo todo.

Julia piensa en Brigitte y en la cita pendiente con Andrius para revisar los documentos del banco. Recuperar el legado de León no borrará los golpes ni las noches de miedo. Pero quizá permita entender por qué tanta gente estuvo dispuesta a comprar una parte de un trabajo que no comprendía.

***

Néstor espera a Max a la salida de una reunión con sus abogados. En la acera, bajo una hilera de árboles polvorientos, pasan bicicletas y repartidores que no tienen interés en los asuntos de NEXORA. Max intenta apartarse, pero Néstor se coloca a su lado.

—¿De verdad vas a venderle a Vicente? —pregunta.

—Si la operación supera los requisitos, sí.

—Le vas a entregar una parte decisiva del consejo. Después no podremos impedirle nada.

—¿Desde cuándo te preocupa impedirle algo a Vicente?

Néstor no responde enseguida.

—Me preocupa que se tome decisiones sobre ARGOS sin quienes entendemos lo que se ha construido.

—Tú has estado vendiendo parte de ese trabajo a FILEXA mientras nos hablabas de confidencialidad. No eres la mejor persona para dar lecciones de protección técnica.

—No sabes distinguir una licencia comercial de una sustracción.

—Pues ahora lo distinguirán personas que cobran más que cualquiera de nosotros por hora.

Max se apoya contra el borde de una jardinera. Está cansado y por primera vez no siente la necesidad de mostrar indignación para ocultar la vergüenza.

—Yo cobré comisiones por compras que debía haber defendido sin interés personal. León me lo dijo en la cara. Tenía razón. Si no quieres admitir lo que hiciste, al menos no me pidas que siga sentado a tu lado pretendiendo que aquí solo se equivocaron los demás.

Néstor lo mira con desprecio y, quizá, con miedo.

—Te has vuelto moralista porque te han descubierto.

—Puede que sí —responde Max—. Y quizá sea demasiado tarde. Eso no hace más limpia tu carpeta.

Se aleja hacia la esquina. Néstor permanece bajo los árboles mirando cómo el viejo socio cruza la calle sin girarse. Por primera vez empieza a calcular cuánto vale su quince por ciento en una empresa donde ha perdido la capacidad de amenazar con apagar un programa.

***

Una semana atrás, Max habría considerado humillante pedir permiso a un comité externo para vender lo que había ayudado a crear.

Ahora se reúne con un asesor financiero que le exige explicar, uno por uno, los compromisos asociados a su participación.

El precio propuesto tiene en cuenta incertidumbres comerciales, riesgos y la necesidad de documentar adecuadamente el origen de los fondos.

No hay un sobre bajo la mesa que pueda cambiar de dueño sin dejar rastro.

—¿Y si no vendo? —pregunta Max.

—Seguirá siendo accionista —responde el asesor—. Con las obligaciones que correspondan y con la exposición a las decisiones que tomen los órganos competentes. No voy a aconsejarle una operación sin revisar las limitaciones existentes.

Max mira las cifras. Había soñado con retirarse por méritos propios, conservando un lugar de honor en el laboratorio y una fotografía junto a León. La salida real consiste en una carpeta llena de condiciones que no le concederán la absolución que no ha sabido pedirse a sí mismo.

En el despacho contiguo, Vicente espera sin interrumpir. Ha traído una libreta de notas y un periódico doblado que utiliza para marcar las páginas donde aparecen análisis de la situación de NEXORA. Cuando Max entra, el consejero levanta la vista con una sonrisa fatigada.

—Yo esperaba venderte mi coche antes que mis acciones —dice Max.

—Siempre te dije que tu coche gastaba demasiado.

—Y ahora resulta que te interesan las cosas que gastan demasiado.

Vicente deja el periódico.

—Me interesa que haya una empresa que pueda seguir funcionando cuando termine todo esto. No voy a prometerte que el consejo volverá a ser una cena entre amigos.

—Tampoco éramos amigos como creíamos.

—Conocíamos nuestras bromas. Es algo distinto.