10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #3
La francesa sonríe. Entre ambas no surge una confianza pura.
Surge algo más útil: la posibilidad de disentir sin que una deba obedecer por miedo ni la otra tenga que fingir virtud para conservar autoridad.
Carolina acompaña a Brigitte hasta la puerta, y allí le pide que la avise si alguien vuelve a intentar intimidarla en nombre de Sébastien.
—No quiero que te ocurra nada —dice—. Y no voy a disfrazar de altruismo el hecho de que también necesito que mi laboratorio siga trabajando.
Brigitte acepta la advertencia. Las dos entienden que la sinceridad, por sí sola, no exonera a nadie. Pero a veces permite empezar a actuar de manera menos peligrosa.
***
Néstor abandona FILEXA sin despedirse de Laia.
La discusión con Carolina le ha dejado una irritación distinta de la que sentía en las juntas de NEXORA.
Allí estaba acostumbrado a intimidar a quienes no comprendían el lenguaje de los sistemas.
En FILEXA alguien ha seguido el camino de sus módulos hasta encontrar un conjunto de nombres que nunca debieron salir del entorno donde se escribieron.
Se sienta en un banco de la calle y llama a un antiguo colaborador, un desarrollador que trabajó con él durante la fase inicial de ARGOS.
—Necesito saber si conservas las versiones que preparamos fuera de la red corporativa —dice.
—¿Las de las primeras pruebas?
—Todas.
—Las que redacté yo, sí. Las de NEXORA no las tengo. Y aunque las tuviera, no pienso mandártelas a un correo personal.
Néstor respira por la nariz.
—No te estoy pidiendo que hagas nada ilegal. Solo quiero reconstruir quién hizo qué.
—Eso deberías haberlo querido reconstruir antes de venderlo.
—Hablas como si supieras lo que hice.
—Yo sé lo que programé. Y sé las discusiones que tuvimos por sacar una copia. No me metas en una guerra entre abogados para decir después que lo entendí mal.
La llamada termina sin una amenaza explícita. Néstor observa su reflejo en la fachada de una farmacia. Lleva una camisa impecable y el gesto de un hombre que ha sabido moverse siempre entre contratos, porcentajes y palabras cuidadosamente ambiguas. El lenguaje se le está agotando.
Más tarde se encuentra con su asesor jurídico en un despacho pequeño. El abogado le pide una lista exhaustiva de entregas a FILEXA y de cualquier entrada posterior en los archivos donde NEXORA guarda las versiones de sus programas.
—Si empezamos a discutir licencias con Carolina sin saber qué documentación existe, terminaremos contradiciendo nuestros propios correos —advierte.
—Carolina va a culparme de todo.
—Carolina puede responder por lo que hizo. Usted tendrá que responder por lo suyo. Son dos problemas, no una coartada compartida.
Néstor golpea con una uña el borde de la mesa.
Una parte de él sigue convencida de que todo saldrá adelante si compra suficiente tiempo.
Otra recuerda a Mikel, detenido por un crimen que nadie puede convertir en una disputa contractual.
Se obliga a mantener separados sus negocios de aquel asesinato porque no tiene pruebas de que estuvieran conectados.
El miedo, sin embargo, no respeta las columnas de un expediente.
—Quiero saber cuánto valen mis acciones si dejo NEXORA —dice al fin.
—Depende de restricciones, valoraciones y de qué esté usted dispuesto a declarar sobre el origen de los activos de la empresa.
Néstor mira por la ventana. Empieza a comprender que su quince por ciento puede convertirse en una prisión sin barrotes, un asiento fijo en una compañía sobre la que ha perdido toda capacidad de imponer silencio.
***
En el consejo de NEXORA ya nadie finge que se trata de un mal trimestre. La empresa ha aplazado la presentación de ARGOS, las autoridades investigan gastos y contratos y los accionistas discuten una reorganización que no equivale a limpiar los delitos con una firma.
Vicente Salcedo se sienta junto a la ventana, con la corbata ligeramente torcida y una libreta en la que anota cantidades. Max llega tarde. Néstor ocupa su lugar sin saludar. Beatriz contempla los informes como si la sola presencia del papel la acusara.
—Necesitamos preservar la actividad —empieza Vicente—. Pagar nóminas y responder a los clientes. Discutir de quién es la culpa puede ocuparnos la vida entera, y ahora mismo no tenemos ese tiempo.
—Muy bonito —replica Beatriz—. ¿Y tú qué propones?
—Separar gestión de investigación, nombrar responsables técnicos independientes y buscar una salida patrimonial a quien no quiera seguir expuesto. Todo con abogados. Nada de esconder activos ni cerrar carpetas a medianoche.
Max se inclina hacia delante.
—Tengo una oferta de compra por mi paquete de acciones. De Vicente.
Beatriz se vuelve hacia él.
—¿Desde cuándo?
—Desde que empecé a plantearme salir. No quiero seguir sentado aquí viendo cómo el nombre de León se convierte en un argumento para pegarnos unos a otros.
—¿Vendes con una investigación abierta?
—Vendo conforme a lo que autoricen los asesores y las limitaciones que existan —responde Max—. No mis responsabilidades. Esas me siguen aunque desaparezca mi nombre del consejo.
Vicente levanta una mano.
—No voy a comprar un perdón que no puedo vender. Solo una participación en una empresa que quizá todavía tenga arreglo.
Néstor estudia las cifras. Sabe que cualquier cambio de control puede empeorar su situación, pero no está dispuesto a regalar el quince por ciento que le queda. Ha perdido influencia técnica y teme perderla toda.
—Quiero que se respete mi posición de accionista —dice.
—Nadie puede quitarte una acción porque discuta contigo —responde Vicente, con un tono casi paternal—. Y tampoco una acción te protege de un procedimiento.
Beatriz lo mira. Durante mucho tiempo consideró a Vicente un socio útil para equilibrar discusiones, demasiado aficionado a las bromas y a las comidas largas para representar un peligro empresarial.
Ahora le irrita que sea el único capaz de hablar sin elevar la voz.
Eso no le revela ningún secreto criminal: simplemente le muestra que la presidencia ha dejado de ser una fortaleza.
***
En la sala de mediación de una asesoría, Beatriz vuelve a encontrarse con Sandra ante dos abogados. La presidenta ha pedido aclaraciones sobre documentos que aparecen en la investigación; la secretaria ha aceptado explicar su trabajo, no prestarse a una reunión de reproches.
—Durante años usted supo cómo se hacían estos apuntes —dice Beatriz—. No puede presentarse ahora como si acabara de descubrir la contabilidad.
—Precisamente por saberlo puedo señalar la fecha en que dejaron de ajustarse las cifras —responde Sandra—. Yo registraba lo que usted ordenaba. No autorizaba pagos.
—¿Por qué guardó las copias?
Sandra mira a su abogado antes de contestar.
—Porque empezó a pedirme que corrigiera referencias sin dejar una explicación. Al principio pensé que era un error. Cuando pregunté, me dijo que no me pagaban por pensar.
Beatriz se apoya en la silla.
—No voy a disculparme por exigir eficacia.
—Ni yo he venido a pedirle disculpas por haberme cansado de mentir por usted.
El abogado de Beatriz interviene para precisar que las operaciones deberán examinarse una por una y que aquella reunión no sustituye ningún testimonio formal.
Sandra asiente. Tiene el impulso de mencionar a Aarón, la relación secreta y las humillaciones, pero se detiene.
Nada de eso prueba cómo se ejecutó una transferencia.
Por primera vez logra elegir qué pertenece a su dolor y qué sirve para demostrar un hecho.
Beatriz recoge sus papeles sin despedirse. Cuando sale, Sandra siente el temblor en las piernas que la sostuvo hasta entonces. No ha ganado una batalla definitiva. Solo ha soportado una conversación que antes le habría resultado imposible.
***
Vicente baja al comedor de NEXORA cuando ya ha terminado el turno de mediodía.
La cocinera le guarda un plato porque sabe que el consejero tiende a perder la noción de la hora en reuniones.
Él lo agradece con una broma sobre la escasez de postres, y la mujer le responde que no piense en pedir otra ración mientras haya empleados pendientes de cobrar gastos atrasados.
—Eso sí que es un consejo de administración —dice Vicente—. Y gratuito.
—No del todo. Me paga el sueldo la empresa.
El hombre se sienta solo. A dos mesas de distancia, tres trabajadores hablan de una posible venta y de si habrá un cierre. No bajan la voz cuando advierten su presencia. Vicente los invita a acercarse, pero ninguno acepta hasta que él guarda el teléfono.
—No voy a pediros que me hagáis una campaña de imagen —les dice—. Si queréis preguntarme algo, hacedlo.
Un hombre del área comercial toma la palabra.
—¿Nos van a dejar sin trabajo?
—No tengo una respuesta cerrada. Hay investigaciones en marcha y compromisos que renegociar. Estoy intentando que se mantengan los servicios y las nóminas. Si se toma una decisión laboral, tendréis que conocerla por los cauces correctos, no por un rumor de pasillo.
—Eso suena a que no lo sabes.
—Pues he conseguido expresarme con gran precisión.
La broma afloja la tensión apenas un segundo.
Una empleada pregunta si ARGOS era realmente tan avanzado como les habían prometido.
Vicente no afirma conocer el resultado de un laboratorio que nunca dirigió.
Dice que necesitan una revisión técnica independiente y que ninguna decisión de compra de acciones sustituirá esa evaluación.
Cuando se marchan, deja la mitad del plato sin tocar.
Un consejero que durante años fue tratado como distracción del consejo descubre de pronto que la gente escucha sus respuestas y las mide por sus consecuencias.
Se seca con la servilleta y llama al departamento jurídico para preguntar si los trabajadores han recibido información verificable sobre la continuidad operativa.
No hay nada en esa llamada que permita saber qué otras conversaciones ha mantenido durante la crisis.
Cualquiera que lo observe verá a un empresario tratando de evitar un desastre.