10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES #2
Desde el pasillo se escucha un alboroto. Beatriz pasa acompañada de abogados y de dos trabajadores del área económica. Al advertir que todos la miran, levanta el mentón, pero no se detiene. La investigadora la sigue con los ojos hasta que desaparece.
—¿Se puede seguir queriendo un proyecto cuando empiezas a odiar a quienes lo dirigían? —pregunta uno de los chicos.
Clara apaga la pantalla bloqueada.
—Se puede. Es más difícil que empezar odiándolo todo, pero se puede. Eso sí: no vamos a defender un resultado falso por orgullo.
En otra planta, Cata y Elena revisan correos y autorizaciones. Un perito les advierte que el nombre que aparece en un ordenador no demuestra, por sí solo, quién lo utilizó.
—Varias personas podían hacer esos cambios —explica—. Pero alguien tuvo que dar el visto bueno.
—Tendrán que explicar lo que aprobaron —responde Elena—. Pero antes vamos a demostrar quién hizo cada cosa.
Cata pide ver el historial de un archivo entregado por Sandra. El perito señala una fecha de creación que precede a la modificación denunciada y otra que corresponde a la exportación de la copia. Explica por qué ambos datos pueden coexistir sin que se haya fabricado una prueba.
—¿Entiende ahora por qué pedí los originales? —pregunta Cata.
—Lo entendí cuando me mostró el primer correo —responde Elena—. Las copias de Sandra son un mapa. Todavía tenemos que recorrer el territorio.
Un empleado asoma por la puerta para entregar la lista de proveedores requeridos.
Entre ellos hay una pequeña empresa cuyos representantes pueden confirmar que nunca redactaron la segunda memoria que NEXORA presentó como un nuevo servicio.
Elena no celebra el hallazgo hasta que les toma declaración.
Cata apunta la secuencia y recuerda a Sandra sentada, con las manos en el bolso, reconociendo que sabía más de lo que había querido ver.
***
Max Ferrer recibe a Jordi en una sala de reuniones de paredes desnudas. Ha envejecido más en cuatro días que en los últimos cuatro años. Sobre la mesa descansan los documentos de varias compras de equipos y las condiciones de unos contratos de mantenimiento.
—Conocía a León desde antes de ARGOS —dice Max—. No lo maté.
—No he venido a acusarle del homicidio sin pruebas —responde Jordi—. He venido por estas comisiones. Su nombre figura junto a autorizaciones de compras a empresas que después le abonaron cantidades.
Max se frota los ojos.
—Eran pagos por asesoramiento externo.
—¿Qué asesoramiento? ¿Cuándo lo prestó? ¿Y por qué participó en la elección del proveedor mientras cobraba de él?
Max abre un documento, busca una cláusula y termina cerrándolo.
—Al principio eran contactos. Presentaba empresas, revisaba equipos. Después empezó a llegar más dinero. Me dije que todos lo hacían y que la empresa no salía perdiendo.
—¿Y ahora qué se dice?
—Que fui un imbécil.
—Eso puede ser cierto y no resolver la pregunta jurídica. Necesitamos fechas, contratos y cuantías.
Max mira la fotografía pequeña de sus hijos que conserva en el teléfono. La apaga antes de que Jordi pueda verla.
—León lo sospechaba. Discutimos. Me dijo que estaba convirtiendo el trabajo de los demás en mi negocio particular. Le respondí que él no sabía cómo se financiaba una empresa de este tamaño.
—¿Lo amenazó?
—Le dije cosas de las que me arrepiento. Pero quería que volviera al laboratorio al día siguiente para discutirlas. No que apareciera muerto.
Jordi escucha sin ofrecer absolución.
—Conservaremos sus declaraciones. Hay testigos y transferencias que contrastar. Si quiere colaborar, hágalo sin convertir su pena por León en una excusa para lo que cobró.
Max asiente. Es culpable de sus comisiones y también es capaz de sentir una pena sincera por el amigo al que perdió. Ninguna verdad borra la otra.
***
Max vuelve a casa por primera vez antes de que anochezca.
Sus dos hijos viven ya fuera y la vivienda le resulta grande cuando no oye ruido en la cocina.
En el escritorio conserva un cuaderno que León le regaló durante un congreso, muchos años antes de ARGOS.
En la portada, el científico escribió: «Para que anotes lo que funciona y, sobre todo, lo que no».
Max nunca lo utilizó. Le parecía demasiado pequeño para tomar apuntes importantes y demasiado bonito para llevarlo en una mochila.
Ahora lo abre y encuentra las páginas blancas.
Recuerda a León discutiendo con una máquina de café en un hotel de Toulouse.
Había conseguido convencer al personal de mantenimiento de que el aparato no estaba roto: la gente simplemente pulsaba un botón cuya etiqueta llevaba semanas despegada.
Max lo llamó pedante. León le respondió que el mundo era una sucesión de problemas serios disfrazados de averías pequeñas.
Su teléfono vibra. Es su hija, que ha visto la noticia de las investigaciones. No le pregunta si es inocente. Le pregunta si está comiendo.
—He cenado algo —miente Max.
—Papá, he hablado con mamá. Dice que estás encerrado en el despacho y no coges llamadas.
—Las que no me gustan, no.
—¿Y la mía?
—La tuya sí. Precisamente por eso no sabía qué decir.
La muchacha guarda silencio unos segundos.
—¿Es verdad que has cobrado dinero de empresas que contratabais?
Max mira el cuaderno abierto.
—Sí.
—¿Era ilegal?
—Eso lo estudiarán quienes deban hacerlo. Era incorrecto. Yo lo sabía antes de que nadie me investigara.
—¿Y León?
La pregunta le quiebra la voz.
—Se enfadó conmigo. Me dijo que no podía pedir a los jóvenes que confiaran en nuestro criterio si una parte se vendía a escondidas. Yo le pregunté quién se creía para hablarme así. Era mi amigo y le traté como a un enemigo porque me estaba diciendo la verdad.
—No puedes cambiarlo ahora.
—No.
—Pero puedes dejar de mentir.
Cuando cuelgan, Max escribe en la primera página del cuaderno la fecha y los nombres de los proveedores con los que mantuvo acuerdos.
No piensa entregarlo como si bastara una lista manuscrita para borrar las transferencias.
Se dispone a preparar la documentación con su abogado.
Por primera vez en muchos años no necesita ordenar sus acciones en un relato donde siempre era el que sostenía la empresa.
Le aterra descubrir cuánto costará mirarlas de frente.
***
Néstor Cifuentes llega a FILEXA con un abogado y el gesto de quien ha ensayado toda la noche una defensa basada en tecnicismos. Carolina lo recibe en una sala distinta del laboratorio. Laia permanece presente para explicar qué componentes utilizan realmente sus sistemas.
—Los contratos son válidos —afirma Néstor antes de sentarse.
—Los contratos existen —corrige Carolina—. Eso no significa que usted tuviera todos los derechos que aseguró tener.
—Vendí rutinas desarrolladas por mi equipo. No entregué ARGOS.
Laia despliega la relación de herramientas que FILEXA compró a Néstor.
—Hay partes que se parecen demasiado a las de NEXORA. Díganos qué hizo usted y qué pertenecía a la empresa.
—Son patrones habituales del sector.
—Esto no es solo parecido —responde Laia—. Aquí hay hasta nombres que usaba el equipo de León.
Néstor dirige una mirada a Carolina.
—Sabías lo que comprabas.
—Sabía que me vendías algo de procedencia problemática. Por eso exigí garantías. No voy a presentarme como una víctima sorprendida. Tampoco voy a asumir tu parte de responsabilidad para ahorrarte una declaración.
—Sin mis módulos, vuestro prototipo...
—Seguiremos trabajando, aunque sea más despacio —lo corta Carolina—. Ya estamos buscando cómo sustituir lo que te compramos.
Néstor se levanta. Carolina no lo retiene.
—Tienes algo que perder —le dice él.
—Por supuesto. Por eso todavía estoy aquí sentada.
Cuando se marcha, Laia deja escapar el aire que llevaba conteniendo.
—Podría hacernos mucho daño —murmura Laia cuando él se marcha.
—Todavía puede. Conservad todo. Si tenemos que explicar qué compramos, lo explicaremos.
***
Carolina se encuentra con Brigitte en el laboratorio después de la visita de Néstor.
El hombre ha dejado tras de sí el olor de una colonia demasiado intensa y la sensación de haber utilizado una amenaza como sustituto de un argumento técnico.
La científica revisa el inventario de los módulos cuestionados y pregunta por qué Carolina firmó los contratos si sospechaba de su origen.
—Porque eran rápidos —responde la empresaria—. Porque competíamos con una compañía que tenía a León y un producto a punto de madurar. Porque me ofrecieron una forma de llegar antes al mercado y quise creer que el riesgo podía resolverse con garantías escritas.
—¿Creíste realmente que eran garantías suficientes?
Carolina sostiene la mirada.
—Creí que eran suficientes para ganar tiempo. No voy a convertirlo ahora en una preocupación inocente por la ciencia.
Brigitte aparta un cuaderno de la mesa. Le habría resultado más cómodo trabajar para una mujer que pudiera declararse completamente engañada. Esa franqueza la obliga a decidir qué puede aprender de alguien que reconoce haber elegido mal.
—Si recuperamos el trabajo de mi padrino, no quiero que se convierta en otra compra apresurada —dice.
—No te lo voy a pedir. Te he ofrecido un puesto por lo que sabes hacer, no por la llave de un cajón que ni siquiera has abierto.
—¿Y Sébastien?
La expresión de Carolina se endurece.
—Ha desaparecido de mis canales habituales. Mis abogados conservan todos los contactos. Puedo enseñarte lo que está permitido compartir y remitir lo demás a la policía. No pienso usar a un hombre perseguido como argumento para fingir que mi propio trato con Néstor fue honrado.
Laia entra con una prueba fallida. La presenta sin disculparse y explica la condición que el sistema no pudo resolver. Carolina escucha, pide registrar el fallo y encarga una propuesta de trabajo para el día siguiente.
—Antes habrías ordenado repetirlo hasta que saliera un gráfico bonito —observa Brigitte.
—Antes también me habría enfadado contigo por decírmelo. Estoy avanzando a un ritmo humanamente humillante.