10. LA CAÍDA DE LOS DIOSES
A Beatriz Valcárcel le irrita que la máquina de café de NEXORA siga funcionando con normalidad.
En la planta ejecutiva han cambiado las conversaciones: la gente habla más bajo, las puertas se cierran antes y los empleados del área financiera caminan con una prudencia que la presidenta confunde con hostilidad.
Sin embargo, alguien encuentra tiempo para preparar un cortado perfecto, como si el edificio no estuviera a punto de abrirse por dentro.
—Quiero los contratos originales en esta sala —ordena a Sandra.
La secretaria permanece en el umbral, con el bolso colgado del hombro.
—La documentación que ha solicitado el departamento jurídico se está preservando. No puedo sacar originales sin dejar constancia de quién los recibe.
Beatriz deja la taza.
—¿Desde cuándo me explica usted lo que puedo consultar en mi empresa?
—Desde que me han pedido que identifique por escrito cada movimiento de documentación. No voy a saltarme el registro.
La presidenta la mira con una expresión de incredulidad que, un mes atrás, habría bastado para hacerla retroceder.
—Me está desafiando.
—Estoy haciendo lo que me han indicado los abogados. Si quiere, les llamamos juntas.
Beatriz comprende que algo ha cambiado. Sandra ya no baja los ojos. No ha recuperado de golpe una dignidad perdida; simplemente ha decidido dejar de negociar por migajas su miedo a quedarse sin empleo.
—Fuera —dice Beatriz.
Sandra sale sin correr. En el pasillo pasa junto a Aarón, que espera una llamada de su letrado. Se miran y ninguno sabe cómo empezar.
—He hablado con Cata —dice ella al fin.
—Yo también.
—Esta vez cada uno tendrá que explicar lo suyo.
Aarón abre los brazos en un gesto inútil.
—Sandra, lo de nosotros...
—Lo de nosotros no arregla las cuentas, ni resucita a León. No confundas una cosa con otra.
Se marcha. Aarón se queda frente a la puerta de los ascensores, pensando que la confesión más difícil quizá no sea la que ha preparado con su abogado.
La puerta del despacho de Beatriz se abre antes de que llegue el ascensor.
—Tú. Entra.
Aarón obedece. Beatriz cierra con un gesto seco y permanece unos segundos de pie, mirándolo como si quisiera decidir si está delante de un cómplice torpe o de un desconocido.
—Has ido a comisaría con abogado y ni siquiera has tenido la decencia de avisarme.
—Ni tú la de preguntarme por qué me llamaron.
—No juegues conmigo. Quiero saber qué has contado.
—Lo que ya podían demostrar y lo que no podía seguir negando.
Beatriz suelta una risa breve, sin humor.
—Eso no responde a mi pregunta. ¿Has dicho mi nombre?
—Ha salido tu nombre donde tenía que salir. No te he colocado en ningún sitio donde no estuvieras ya.
Ella da un paso hacia él.
—Yo te pedí discreción, Aarón. Alguna comprobación, alguna averiguación sobre León. No te pedí que te dejaras comprar por cualquiera ni que acabaras declarando sobre mi empresa en una comisaría.
—Al principio fueron averiguaciones. Después hubo otros pagos, otras órdenes y demasiadas cosas que preferí no mirar de frente. No voy a fingir ahora que todo empezó hoy.
—¿Y pretendes que te dé las gracias por tu sinceridad tardía?
—No. Solo digo que, si esto se ha podrido, no me mires como si yo fuera el único que se manchó.
Beatriz aprieta los labios. Durante un instante parece a punto de abofetearlo o de besarlo, y quizá ninguna de las dos cosas la humillaría tanto como la otra.
—Escúchame bien —dice al fin—. A partir de ahora no haces una llamada, no borras un mensaje y no das un paso sin decírmelo. Si me entero de que has ocultado otra cosa, no será la policía quien te dé miedo.
Aarón baja la vista. No responde con una broma. Es la primera vez en mucho tiempo que Beatriz le habla sin dejarle un espacio cómodo donde refugiarse.
—¿Eso significa que todavía estamos en el mismo lado? —pregunta él.
—Significa que todavía no he decidido lo contrario.
Él asiente y sale del despacho con la sensación de haber conservado algo que no merece. Cuando la puerta se cierra, Beatriz se queda inmóvil junto a la mesa y descubre que lo que más le duele no es el riesgo para NEXORA, sino haber tenido que hacer aquella pregunta: si había dicho su nombre.
***
Beatriz regresa a su despacho después del intercambio con Sandra y descubre que alguien ha retirado las flores marchitas del aparador.
Se irrita sin saber contra quién. Paga a un equipo de limpieza para que mantenga las oficinas impecables, pero hoy habría preferido encontrar una pequeña prueba de que el edificio comparte su desorden.
Abre una agenda antigua de tapas rojas. En una de las páginas aparece una anotación de León junto a las iniciales de Max: una reunión de más de dos años atrás sobre el presupuesto de ARGOS.
Recuerda a León de pie delante de la mesa, el rostro encendido porque se había rechazado una compra de equipos que consideraba imprescindible.
Ella respondió que la ciencia no debía confundirse con el capricho de comprar máquinas caras.
León le enseñó un cuadro de rendimiento.
Había pasado dos noches preparando pruebas que demostraban que no era un capricho.
La presidenta le dijo que buscara una solución más barata.
Después autorizó el gasto para una campaña de imagen de importe superior.
Ahora ve los números como si pertenecieran a otra persona. No siente remordimiento por todos los compromisos de una empresa —sigue convencida de que alguien tiene que ordenar prioridades—, pero hay recuerdos que ya no admiten la explicación elegante que se daba entonces.
Su abogado llega acompañado de una asesora financiera. Le explican el alcance de los requerimientos y las restricciones que conviene respetar para no destruir la defensa antes de empezar.
—Puedo apartarme de la dirección operativa mientras aclaran lo que haga falta —dice Beatriz—. Pero no voy a aceptar que me traten como a una delincuente que se ha llevado las nóminas.
—No le estamos pidiendo que acepte una etiqueta —responde la asesora—. Le pedimos que identifique el origen, autorización y destino de operaciones concretas.
—Las autoricé porque había que sostener proyectos que sin financiación no llegarían a ningún sitio.
El abogado abre un documento.
—En esta aparece su firma. Sandra afirma que el trabajo se facturó dos veces. Para defenderlo necesitamos acreditar que hubo dos prestaciones. ¿Conserva usted el informe correspondiente a la segunda?
Beatriz no contesta de inmediato. Recuerda perfectamente la conversación con Sandra, el modo en que una palabra bastó para hacerla volver sobre sus pasos, y odia que ese recuerdo no le proporcione una prueba.
—Pregunten al proveedor.
—Lo haremos. Pero también tengo que preguntárselo a usted.
La presidenta pasa varios segundos mirando una pequeña fotografía de la empresa durante su inauguración.
En ella son todos más jóvenes y llevan copas de plástico.
León aparece al fondo, a medio salir de cuadro, mientras Vicente hace una mueca absurda para la cámara.
Max ríe abiertamente y Néstor está pendiente de un teléfono.
Beatriz recuerda lo que dijo aquella noche: que nadie les regalaría nada.
—Quise ganar —responde finalmente—. Si eso es lo que necesitan oír, lo quise con todas mis fuerzas. No significa que pueda explicar cada factura que pasó por esta mesa.
—Entonces empezaremos por las que llevan su firma —contesta el abogado.
***
Los especialistas en delitos económicos llegan a NEXORA para revisar compras y pagos. Cata y Jordi los acompañan: las cuentas pueden explicar muchas cosas, pero el asesinato de León sigue siendo otra investigación.
—Si desconectan todo, también perjudicarán a quien no ha tenido nada que ver —advierte.
—No hemos venido a apagar la empresa —contesta Cata—. Necesitamos conservar las pruebas de determinadas operaciones y saber quién las autorizó y cómo se realizaron.
El hombre señala dos registros.
—Aquí se ven los cambios de usuario. Hay correcciones de fechas. Pero también hay accesos normales. Tendrán que distinguirlos.
—¿Podemos saber quién hizo esos cambios? —pregunta Cata.
El técnico explica qué nombres figuran y cuáles no pueden comprobarse. Cata toma nota. Tras el cristal, otros empleados siguen trabajando; no todos participaron en lo ocurrido.
Beatriz entra acompañada por su abogado.
—Quiero saber qué están buscando —dice.
—Los pagos y contratos relacionados con determinados gastos y proveedores —responde el responsable de la investigación económica—. Su abogado dispone de los documentos de procedimiento. Cualquier declaración se hará con las garantías correspondientes.
—No pienso convertir mi empresa en un espectáculo.
Cata la mira sin levantar la voz.
—Nosotros tampoco, señora Valcárcel. Pero las facturas no dejan de existir cuando se cierra una puerta.
Beatriz reconoce el tono: ya lo había escuchado durante su primer interrogatorio, cuando creyó poder despedir a la subinspectora con unas frases sobre confidencialidad.
***
En el laboratorio de NEXORA, el silencio administrativo tiene una forma concreta: una pantalla bloqueada donde antes aparecía el calendario de ensayos de ARGOS.
Dos jóvenes investigadores observan el aviso de revisión de credenciales sin saber si pueden continuar la prueba que dejaron a medias.
No han participado en ninguna compra irregular, pero temen que el nombre de la empresa termine haciendo inútiles los años dedicados a sus especialidades.
La responsable del equipo que comprueba los resultados, Clara Pons, convoca una reunión breve. No ofrece promesas sobre el futuro.
—Seguimos con lo que podamos demostrar —dice—. Lo demás se detiene hasta que aclaremos qué ha pasado.
—¿Y las muestras? —pregunta un técnico joven—. Tenemos una prueba abierta que caduca el jueves.
—Conservamos lo que permita el protocolo. Si hay que cancelarla, se deja constancia y no se inventa un resultado.