9. CATA #5
—La valentía sin firma es un acto temerario, señora Rico.
Julia lo mira con gratitud. No necesita que él repita el incidente para saber lo cerca que estuvo del peligro.
Se sientan alrededor de la mesa y revisan qué materiales publicables pueden separarse de los que la policía les ha pedido preservar.
Julia insiste en que la noticia no debe presentar el prototipo como recuperado mientras permanezca bajo llave, ni declarar culpable de asesinato a cada socio que haya cobrado irregularmente.
—Puedes dejarlo para otra persona —le recuerda Rosana.
—Por supuesto. Pero quiero que quien lo escriba sepa cuánto daño hace una frase que convierte una sospecha en certeza.
En el pasillo alguien llama a un compañero para tomar café. Julia contempla la fotografía de León fijada en una carpeta de investigación. La historia todavía no tiene final para ella, aunque su cautiverio sí lo tenga.
***
Sali pasa la noche junto a la cama de José María. Su marido permanece hospitalizado bajo vigilancia médica, estable pero dolorido, y protesta cuando le retiran una bandeja que no ha conseguido terminar.
—No sabe usted lo que es comer mal hasta que prueba la cocina de un secuestrador —le dice a la enfermera.
—Entonces esta cena debería parecerle excelente —responde ella.
—No quería yo llegar tan lejos.
Julia entra con Rosana y se queda un momento en el umbral. Verlos vivos sigue produciéndole una especie de vértigo. José María intenta incorporarse; Sali lo impide con la mirada.
—No hace falta que montes un espectáculo —dice ella.
—Lo tenía ensayado.
Julia se acerca y le toma la mano.
—Le he contado a Cata lo de Isabella. No he dicho todo delante de nadie más.
Sali mira a su hermana.
—León te pidió que la buscaras. ¿Has sabido quién es?
—Todavía no. Pero puedo dejar de buscar sola.
José María cierra los ojos unos segundos.
—Si resulta que Isabella es una señora que tiene una mercería en Sants, la invito a cenar, pero que venga ella. Yo no vuelvo a entrar en una furgoneta de reparto.
Las tres mujeres ríen brevemente. Cuando José María se duerme, Julia permanece junto a la ventana, mirando cómo las luces de la calle se reflejan en el cristal del hospital.
***
Brigitte espera el encuentro con Julia caminando por el patio interior de FILEXA, donde las macetas tienen etiquetas de laboratorio porque alguien las reutilizó antes de sembrar plantas.
Bajo una sombra estrecha, abre la primera carta de León que Andrius le entregó.
Ha leído esas líneas hasta saber en qué renglón empieza a temblarle la voz.
En el pasado, cuando todavía estudiaba y visitaba a su padrino algunos veranos, León se empeñaba en convertir las tareas domésticas en pequeñas demostraciones científicas.
Una tarde la hizo pesar dos recipientes de agua idénticos.
Ella aseguró que, si la balanza se inclinaba, una de las jarras mentía.
León le explicó que eran las medidas las que podían mentir cuando se daban por exactas antes de comprobarlas.
Brigitte, enfadada, volcó un poco de agua en el jardín.
Él se rio y dijo que había mejorado el experimento, aunque ahora necesitaban una fregona.
Ese hombre era capaz de pasar seis horas sin contestar una llamada y después recordar la fecha de un examen que ella misma había olvidado.
Brigitte no idealiza sus ausencias. Cuando llegó a Barcelona le enojaba que hubiera dejado una carta en lugar de tomar un tren para verla.
Ahora comprende que pudo haber temido no disponer de tiempo, pero sigue sin perdonarle todo.
El amor no le exige absolver a un muerto.
Laia sale al patio con dos carpetas técnicas. Sabe por Carolina que Brigitte acudirá a hablar con la policía y después con una periodista relacionada con el caso. No pregunta por el contenido de la reunión.
—Antes de irte quiero enseñarte un problema del módulo de validación —dice—. No vamos a arreglarlo hoy. Solo necesito saber si el error aparece también en tu reproducción.
Brigitte observa las curvas impresas. En una zona del gráfico, el sistema de FILEXA ofrece una seguridad estadística que ninguna de las pruebas justifica. León habría odiado ese resultado más que un fallo visible.
—No lo corregiremos ocultándolo —responde.
—Carolina ya ha dicho que no sale de aquí sin una advertencia.
—Eso es nuevo.
—En esta empresa están aprendiendo que a veces el dinero más caro es el que se consigue presentando como terminado algo que no lo está.
Brigitte sonríe con tristeza.
—Mi padrino decía casi lo mismo, pero me daba una chocolatina después.
Laia le entrega la copia de las curvas. No se trata de un premio ni de una confesión: es el trabajo que Brigitte ha decidido continuar por motivos que cada día entiende de manera diferente.
Antes de salir, la científica vuelve a guardar la carta.
Está a punto de conocer a una mujer que arriesgó la vida por una palabra escrita por León.
Le aterra que aquella palabra no signifique nada.
Le aterra todavía más que signifique algo que él no alcanzó a explicarle.
***
Cata reúne a Brigitte y a Julia en una sala neutral al día siguiente, después de consultar sus condiciones físicas y de explicarles que algunas preguntas forman parte de la investigación, otras pertenecen a la intimidad de León y ninguna de las dos tiene que imaginar respuestas.
La francesa llega con la carta que recibió de Andrius dentro de un sobre. Julia observa el cabello rubio, el rostro cansado y la manera de sujetar el papel sin arrugarlo. Piensa que aquella mujer ha viajado desde Francia para enfrentarse a una ausencia parecida a la suya.
—León le dejó un mensaje —dice Julia—. A mí me dejó una palabra.
—La conozco por el abogado —responde Brigitte—. No me explicó su contenido completo.
Julia mira a Cata, que asiente para indicarle que puede hablar de aquello que ha decidido compartir.
—Busquen a Isabella —dice.
Brigitte se queda muy quieta. El sobre le tiembla apenas entre los dedos.
—¿Puede repetirlo?
—Isabella. Con dos eles. Así estaba escrito. ¿Le suena?
La científica aprieta los labios. Durante unos segundos solo escucha el sonido de una silla moviéndose en el pasillo.
—Era yo —responde al fin—. Cuando era pequeña, León me llamaba Isabella en nuestros juegos. Era una contraseña entre nosotros, no mi nombre. Nadie lo utilizaba fuera de casa.
Julia tarda en respirar.
—Entonces te estaba buscando a ti.
Brigitte niega lentamente con la cabeza.
—Nos estaba intentando reunir. No sabía si yo vendría ni si usted encontraría la pista. Pero la palabra era para reconocerme.
Cata interviene con suavidad.
—Eso explica el sobrenombre. No demuestra por sí solo qué se guarda en la caja ni quién puede acceder. Tendremos que revisar la documentación con Andrius y la entidad custodiante.
Brigitte mira a Julia.
—Mi padrino confiaba en usted.
—Apenas llegué a conocerlo —responde Julia—. Confiaba en mi cuñado. Y nos dejó un problema que casi nos mata a todos.
—Lo sé.
Ninguna intenta convertir el encuentro en una reconciliación que no necesitan.
Julia entrega a Cata, para su tratamiento conforme a las diligencias, la reproducción escrita de los datos memorizados; Brigitte facilita a Andrius la información necesaria para comprobar la autorización de León.
Se marchan sabiendo quién es Isabella, pero sin haber recuperado nada todavía.
***
Esa tarde, Jordi regresa a casa antes de que oscurezca y encuentra a Cata sentada en la terraza, con una taza de té que ya está fría.
Ha llevado papeles para revisar después de cenar, pero su padre le ha pedido que deje el teléfono dentro durante veinte minutos.
La ciudad suena desde la calle como si todas las conversaciones del barrio se hubieran reunido bajo su ventana.
—Siempre has tenido muy mala manera de obedecer —dice él al verla mirar hacia la puerta.
—Aprendí del mejor.
Jordi coloca un plato con pan y tomate sobre la mesa. Durante un rato hablan de una vecina que ha cambiado de trabajo, de un coche que ocupa dos plazas y de si podrán pasar algún domingo sin un mensaje urgente. Cata escucha las banalidades con un agradecimiento que no quiere convertir en confesión.
—He visto a Julia —dice al fin—. Cuando le pregunté por la palabra de León, parecía que iba a pedirme perdón por no saber quién era Isabella.
—Los supervivientes suelen pedir perdón por cosas que nadie les ha encargado —responde Jordi—. Y nosotros corremos el riesgo de usar esa necesidad para obtener declaraciones que todavía no pueden dar.
—Por eso espero. A veces me preocupa confundir paciencia con no hacer suficiente.
—No hacer suficiente sería escribir en el informe lo que te gustaría que hubiera ocurrido. Tú haces preguntas hasta que lo que ocurrió pueda sostenerse sin ti.
Cata sonríe. Su padre dice pocas cosas solemnes; precisamente por eso recuerda las que dice. Se queda mirando cómo una pareja mayor atraviesa el paso de peatones tomada del brazo. Piensa en Sali y José María, en Rosana y Andrius, en Brigitte sujetando una carta que todavía olía a papel viejo.
—¿Crees que vamos a averiguar quién empezó todo? —pregunta.
—Creo que vamos a averiguar algunas cosas y que las otras nos van a costar mucho más. No es una derrota hacerles sitio en el expediente.