9. CATA #3
—No sabemos que sus informes causaran el asesinato. Tampoco podemos excluir que alguien los usara para localizarlo. Lo que necesitamos son las comunicaciones originales, no una reconstrucción conveniente.
—Se las daré. Pero no sé quién estaba detrás.
—Si no lo sabe, no lo invente. A veces un vacío comprobado vale más que una acusación falsa.
Aarón pide un momento a su abogado, bebe agua y comienza a detallar dónde guardó las copias de los encargos. No intenta fingir que el dinero era un reembolso inocente. Por primera vez, admitir una vergüenza concreta le parece menos insoportable que seguir sosteniendo una mentira.
***
Aarón sale de la entrevista con Cata y se queda en el vestíbulo porque ha olvidado dónde aparcó.
El absurdo lo desconcierta: ha recordado números de teléfono de hace seis meses, matrículas anotadas a toda prisa, direcciones a las que fue enviado para seguir a León, pero no sabe en qué planta del aparcamiento dejó su coche aquella mañana.
Su abogado, un hombre pequeño que habla sin levantar nunca la voz, le propone tomar un taxi.
—Volver a por el coche no es urgente. Evite llamar a los números que acaba de entregar.
—¿Y si me llaman ellos?
—No improvise. Si hay una amenaza, la documentaremos y la comunicaremos. No está obligado a negociar nada con quien pudo utilizar sus informes.
Aarón se frota la frente.
—Yo lo seguía porque me pagaban. Al principio pensé que era una empresa intentando saber si un técnico había hablado con su competencia.
Después me pidieron fotografías de los lugares donde se detenía, horas exactas, cuánto tardaba en volver.
Hacía la pregunta que necesitaban que hiciera, no la que debería haber hecho.
—¿Qué pregunta debería haber hecho?
—Para qué querían todo eso.
El abogado no le ofrece una absolución. Al cruzar el vestíbulo, Aarón ve a Sandra entrar desde otra puerta con un archivador azul.
Ella también lo ve. Ambos se detienen a varios metros de distancia, rodeados por personas que hablan de multas de tráfico y permisos de residencia sin prestarles atención.
—¿Has dicho mi nombre? —pregunta Sandra.
—Lo que correspondía. No voy a mentir sobre nuestras conversaciones.
—Las nuestras no son la misma cosa que tus encargos.
—Lo sé.
Ella aprieta el asa del archivador. Durante meses creyó que Aarón la elegía a ella para contarle cosas que Beatriz jamás escucharía.
Ahora recuerda las preguntas que le hacía sobre reuniones, ausencias de directivos, viajes del científico.
Lo mira como si descubriera un rostro conocido en una fotografía de vigilancia.
—¿Me preguntabas por León porque te interesaba lo que yo sabía o porque alguien te pagaba por sacármelo?
Aarón cierra los ojos un segundo.
—Al principio eran preguntas del trabajo. Después... algunas respuestas te las pedí porque me las habían pedido a mí.
Sandra retrocede un paso. Su orgullo no encuentra una frase suficientemente dura para acomodar la tristeza.
—Eso tendrás que contárselo a Cata también.
—Lo haré.
—No me lo prometas a mí. Ya me has prometido bastantes cosas.
Se marcha hacia las escaleras. Aarón intenta seguirla, pero el abogado le posa una mano en el brazo.
La claridad de ese gesto lo devuelve a la realidad: tendrá que explicarse sin esperar que Sandra le traduzca las culpas en algo soportable.
Un policía abre la puerta de la calle y entra una ráfaga de calor.
Aarón vuelve hacia el despacho para completar una declaración que creyó terminada.
***
La veterinaria que atendió a Sali y José María reconoce la furgoneta en fotografías obtenidas por la investigación, pero Cata se asegura de que no confunda su recuerdo con las imágenes que acaba de ver.
La profesional tiene la voz cansada de quien ha pasado varios días preguntándose si podía haber hecho algo más.
—Entraron dos hombres con una pareja herida —explica—. Dijeron que había habido una pelea y que no querían hospitales. Yo no estaba equipada para asistir lesiones humanas graves. Presté la ayuda inmediata que pude y les insistí en que acudieran a urgencias.
—¿Recuerda quién dijo qué? —pregunta Cata.
—El alto hablaba menos. El otro no paraba de inventar explicaciones. Cuando pregunté cómo iban a transportar al hombre, discutieron sobre una furgoneta. Uno dijo algo del contenedor. No puedo asegurar qué palabra exacta utilizó antes de eso.
Jordi interviene.
—¿Vio usted a alguien más o algún arma?
—No. Vi miedo. El de la camilla no podía respirar bien y la mujer me miraba como si estuviera pidiéndome que no hiciera una pregunta delante de ellos.
Cata anota la frase entre las impresiones de la testigo, no como un hecho médico demostrado.
—Ahora ambos están vivos y reciben atención —le informa, con cuidado de no añadir detalles reservados—. Su declaración ayudará a reconstruir los movimientos anteriores.
La mujer se cubre la boca con una mano. Tarda un instante en responder.
—Gracias por decírmelo. Anoche todavía soñé que no habían salido de aquel coche.
***
La declaración de Sali empieza con un detalle que Cata no esperaba.
La mujer pide que, si necesita detenerse, no lo interpreten como una rectificación.
Le duelen todavía las costillas y hablar durante mucho tiempo le provoca una fatiga que no se aprecia desde el otro lado de la mesa.
La subinspectora acepta y coloca agua a su alcance.
—Quiero empezar por el día que entraron en casa —dice Sali—. Había dejado unas prendas tendidas. Lo recuerdo porque pensé que se iban a mojar y después pasé todo el encierro deseando tener un problema tan pequeño.
Cata le pide que explique quién llamó, qué vio y qué oyó.
La mujer describe las voces que reconoció posteriormente como las de Susurros y Fortuna, la intervención de Mikel y el traslado.
No asegura que los tres hombres estuvieran juntos en todos los momentos.
Cuando no podía ver a alguien, lo dice. José María participa en una entrevista posterior, más breve, acompañado por su abogada y todavía con restricciones médicas. Entra en la sala caminando lentamente.
—Si voy a declarar, preferiría que me cobrasen por minuto —dice—. Llevo días prestando servicios involuntarios a unos señores que no tienen intención de pagarme.
Cata le pregunta si desea sentarse antes de empezar.
—Sí. No por falta de entusiasmo. Por falta de costillas disponibles.
Durante su relato identifica el lugar donde recibió golpes, lo poco que pudo ver de la veterinaria y las visitas al contenedor.
Hace bromas, pero se calla al llegar al momento en que creyó que Mikel podría matar a Sali.
Cata no le pide que recupere el tono ligero.
Le pregunta qué recuerda de las palabras exactas de los secuestradores y distingue su recuerdo del relato que Sali le ha contado después.
—Uno de ellos dijo que para el jefe estábamos muertos —explica José María—. No sé qué jefe. El hombre violento daba órdenes. El otro francés, o el que ellos creían francés, no estuvo nunca en el contenedor delante de mí.
—¿Le dieron alguna razón para no haberles hecho daño más grave?
—Miedo. A ellos mismos. No fueron buenos samaritanos. Tenían pánico a que alguien descubriera que desobedecieron. También nos dieron agua, no voy a negarlo. Una cosa no convierte la otra en inocente.
Cuando termina, Sali le espera en el pasillo. Cata sale unos minutos después para aclarar la secuencia de una frase. La mujer le pregunta si ha dicho algo que contradiga a su marido.
—En algunas horas no coinciden —responde la subinspectora—. Eso no es extraño. Lo comprobaremos con registros y con el resto de declaraciones. No quiero que se corrijan entre ustedes para dejar una historia bonita.
Sali mira a José María, que se ha sentado junto a una máquina de agua.
—Bonita ya te digo yo que no fue.
Cata coincide en silencio. Mientras vuelve al despacho piensa en la importancia de haber oído a los dos por separado.
Tienen recuerdos que se tocan, se contradicen en detalles menores y se complementan en otros.
Nada de eso puede reducirse a «la pareja confirmó» sin perder la mitad de lo que han vivido.
***
Mikel comparece ante los investigadores acompañado de asistencia letrada.
La sala tiene un reloj que adelanta unos segundos y una ventana alta por la que apenas entra luz.
Ha pedido agua, ha comprobado dónde está la cámara y ha escuchado las advertencias sobre sus derechos con una atención que desmiente cualquier apariencia de indiferencia.
Jordi coloca sobre la mesa una fotografía de León, pero no la aproxima como una acusación teatral.
—¿Conocía al señor Núñez de Galindo?
Mikel mira a su abogada antes de responder.
—Lo había visto.
—¿Dónde?
—No voy a contestar sobre mis trabajos sin que mi letrada conozca qué hechos se me atribuyen.
La abogada interviene. Pide que consten las preguntas y delimita qué diligencias motivan la comparecencia. Jordi explica lo pertinente sin inventar resultados pendientes. Cata permanece a su lado y escribe las respuestas, incluso cuando consisten en silencios.
—Tres personas le atribuyen haberlas retenido o amenazado —continúa Jordi—. Tenemos testigos de un traslado en una furgoneta blanca y su presencia en el lugar de la intervención. ¿Desea explicar por qué estaba allí?
—Organizaba un servicio de transporte privado.
—¿Para quién?
—No tengo nada que añadir.
Cata interviene cuando el hombre aparta la mirada de una fotografía del vehículo.
—Julia Román describe un camarote y a un hombre que se presentó como Sébastien Moreau. Usted aparece en comunicaciones cuya atribución aún investigamos. ¿Reconoce haber recibido instrucciones de ese señor?
Mikel la observa directamente.
—Podría decirle diez nombres y usted tardaría meses en saber si alguno es verdadero.
—Precisamente por eso no le pido que improvise. Le pregunto si desea dar una respuesta que pueda contrastarse.