9. CATA #2
—León murió por algo relacionado con esto. Mi familia estuvo a punto de morir. No sé si puedo soportar que al final todo dependa de una palabra.
—De momento depende de que podamos comprobar sus datos. Nos los dará despacio. Y no intentaremos entrar en ninguna caja como si conocer una referencia equivaliera a tener autorización.
Julia los recita, pide papel y dibuja el formato en que los vio. Cata verifica la anotación con ella y conserva el registro bajo las diligencias correspondientes. No comunica aún a terceros la información íntegra.
***
En la habitación contigua a la sala de entrevistas, Julia se lava las manos por tercera vez. El jabón tiene un olor que le recuerda el pasillo del barco. Deja el agua correr hasta que Rosana, apoyada contra la puerta, le pide que se siente. No la toca hasta que Julia alza la vista.
—¿He dicho algo que no debiera? —pregunta la periodista.
—Has dicho lo que recuerdas. Y cuando no estabas segura lo has dicho también.
—Durante días pensé que solo servía para eso. Para recordar una palabra sin entenderla.
Rosana coloca dos vasos de agua sobre la mesa. Tiene debajo de los ojos unas sombras que el descanso de una noche no ha corregido.
—Cuando te llevaron, intenté recordar todas las palabras que habíamos cruzado esa mañana.
Pensaba que, si encontraba una mal dicha, una dirección o una broma que no hubiese entendido, podría seguirte el rastro.
No servía de nada. Lo que sirvió fue que alguien conservó una grabación y que otra persona se tomó en serio una furgoneta.
Julia se frota las muñecas. Ya no lleva nada que las sujete, pero a veces nota allí una presión que no existe.
—Mikel me repetía que Sali estaba muerta. Yo sabía que mentía sobre otras cosas, y aun así le creí. Había visto lo que podía hacer. Pensé que era cobardía seguir esperando.
—Era miedo.
—Y ahora tengo miedo de que me pregunten por el barco y no sea capaz de dar una ubicación, de que me pidan el nombre del Viejo y no sepa responder, de que la palabra Isabella se convierta en otra cosa que tendría que haber sabido antes.
Rosana deja un silencio suficiente para que Julia pueda escucharse.
—No te vamos a poner una nota en el examen de haber sobrevivido —dice al fin—.
Si alguien encuentra la embarcación, será por las pruebas.
Si averiguamos lo que ocultó León, será porque muchos han hecho una parte.
No pienso dejar que Mikel siga interrogándote en tu cabeza después de que lo hayan detenido.
Julia quiere responder con una broma, pero no puede. Se apoya un instante en el hombro de Rosana. Las dos permanecen así hasta que llaman suavemente a la puerta. Es Andrius, que trae la copia autorizada de una carta del expediente de León para preparar la reunión con Brigitte. Al verlas se detiene.
—Puedo volver más tarde.
—Pasa —responde Julia—. Tenemos algo que hacer y quiero hacerlo sin esconderme.
El abogado toma asiento, pero no abre inmediatamente el maletín.
Pregunta primero si Julia quiere que estén presentes las dos mujeres.
Al obtener un sí, coloca los documentos en orden.
Nadie llama heroísmo a lo que ella acaba de soportar.
Es una conversación normal alrededor de una mesa, y por eso resulta nueva.
***
Sandra Beltrán llega a comisaría con un abogado distinto del que asesora a NEXORA y una carpeta marrón que lleva años utilizando para presupuestos. Se sienta frente a Cata, la abre y observa sus propios documentos como si alguien los hubiera cambiado durante la noche.
—Ya sé lo que me va a preguntar —dice.
—No todavía. Primero quiero que nos explique qué trae y cómo lo obtuvo.
Sandra extiende las copias de pagos, correos y autorizaciones que ha guardado. Cata no toca aún ninguno de los papeles: primero le pide que explique cómo los consiguió y qué cree que demuestran.
—No saqué dinero ni cambié importes —aclara Sandra—. Registraba las órdenes. Y pregunté por estas diferencias.
—¿A quién?
—A Beatriz. Me dijo que dejara de hacer de auditora. Después me pidió que archivara unas facturas como si correspondieran a servicios distintos. Yo sabía que una parte del trabajo no se había prestado dos veces.
—¿Puede identificar a alguien que pueda corroborarlo?
Sandra nombra a un proveedor, un administrativo y a la persona que autorizó una corrección en el sistema. Cata pide distinguir las operaciones que Sandra vio de las interpretaciones que hizo al revisar las cifras.
—¿Por qué ha decidido entregarlo ahora? —pregunta finalmente.
Sandra mira la costura del bolso.
—Porque me cansé de obedecer y porque creí que podía mantener las manos limpias limitándome a poner papeles en orden. Y porque hay gente dentro que me ha mentido. No voy a disfrazar los motivos.
—No necesito motivos bonitos. Necesito documentos auténticos y explicaciones que podamos contrastar.
Sandra acepta firmar una relación de entrega. Cuando termina, queda una carpeta más delgada sobre su regazo: contiene notas privadas acerca de Aarón que Cata no le ha pedido. La guarda. Todavía tiene decisiones que no está preparada para contar.
***
En la unidad de delitos económicos, una inspectora llamada Elena Rius —ningún parentesco con Carolina, detalle que aclara con fastidio cada vez que alguien lo pregunta— recibe las copias entregadas por Sandra.
Sobre la mesa coloca un cuadro de autorizaciones y facturas cotejadas por el área administrativa de NEXORA.
—Explíqueme esta casilla —pide a Sandra, que ha aceptado regresar para precisar extremos de su declaración—. En marzo aparece una consultoría facturada con un objeto y en abril un servicio que usa un concepto diferente. El importe es igual. ¿Por qué afirma que no hubo dos trabajos?
Sandra se inclina hasta ver de cerca el número de expediente.
—Porque los dos tienen la misma referencia interna del entregable. Yo preparé la hoja para el responsable de compras. Cuando pregunté si había que corregirla, me dijeron que cambiara el título del segundo contrato y conservara el resto.
—¿Quién se lo dijo?
—Beatriz lo ordenó verbalmente en una reunión. Después me lo confirmó por correo un responsable de operaciones. Traigo ese correo. No puedo jurar que Beatriz lo redactara.
—Es una distinción importante —contesta Elena—. ¿Quién puede decirnos si el trabajo se hizo una vez o dos?
—Hay otra cuestión —añade Elena al pasar una hoja—. Aquí figuran tres retiradas de efectivo autorizadas desde presidencia.
Sandra reconoce los importes al instante.
—Yo preparé esos sobres. Beatriz pidió que se sacara el dinero en billetes y llamó uno por uno a los consejeros a su despacho. No vi la cantidad exacta que recibió cada uno, pero sí los sobres en sus manos cuando salieron.
—¿A qué consejeros? —pregunta Cata desde el fondo.
—A Max, a Néstor y a Vicente. Nunca se habló de primas delante de mí. Beatriz dijo que, si las cosas se torcían algún día, convenía que nadie pudiera fingir que no sabía nada.
Sandra señala en la relación a una empleada de soporte que cerró la primera incidencia.
—Ella recibió el informe. Se negó a cerrar la segunda porque no le habían entregado nada nuevo. Yo le pedí que lo dejara pendiente y Beatriz me llamó a su despacho.
Cata permanece al fondo de la sala. No interrumpe. Cuando la conversación llega al detalle de un proveedor vinculado a otro consejero, pide hablar antes de atribuir el pago a una trama única.
—Puede haber irregularidades distintas —advierte—. No debemos cargar sobre el mismo documento la muerte de León y todas las compras de NEXORA.
Elena asiente y vuelve a Sandra.
—¿Qué beneficio obtuvo usted de esta operación?
La pregunta le llega como una bofetada porque nadie se la había hecho con tanta sencillez.
—Conservé el empleo. Y durante mucho tiempo creí que eso no contaba como beneficio.
—No estamos aquí para hacer un examen de moral —dice la inspectora—. Necesito saber si recibió dinero, un ascenso, una promesa, alguna ventaja económica que debamos contrastar.
—Dinero, no. Me dejaron llevar la agenda de Beatriz y después me dijeron que era imprescindible. Eso me mantuvo callada más tiempo del que quiero admitir.
Elena anota la precisión y le explica el siguiente paso: verificar originales, requerir información a proveedores y entidades y separar lo que Sandra vio de lo que dedujo después.
La secretaria firma el acta complementaria, consciente de que su colaboración no la convierte en testigo de todo ni borra los años de obediencia.
Al salir al pasillo encuentra a una limpiadora que recuerda de NEXORA.
La mujer se ha acercado a entregar su propia documentación de horarios porque cree haber visto retiradas nocturnas de cajas de archivo.
Sandra se detiene a saludarla y comprende que la empresa que Beatriz llamaba «mía» estuvo habitada por cientos de personas que aprendieron a no preguntar. Ahora algunas empiezan a hacerlo.
***
Aarón Vidal comparece esa misma tarde con asistencia letrada. No coincide con Sandra en los pasillos. Cata le muestra un plano del recorrido de León y las horas que él admitió haberlo seguido.
—Usted dijo que había entregado informes por dinero —recuerda—. ¿A quién se los entregaba?
—A una dirección de contacto. Los encargos me llegaban por teléfono. Se abonaban a través de una persona que yo conocía por un nombre que no he podido verificar. Mi abogado tiene los justificantes que he conservado.
—¿Vio entrar a León en el banco?
—No. Ya se lo expliqué. Perdí de vista parte del trayecto. Vi salir su coche y luego me marché. No vi un paquete. No sé si llevaba algo.
Cata deja que termine y coloca sobre la mesa un registro de horarios.
—Entonces necesitamos que precise por qué en su primer informe escribió que había permanecido todo el tiempo cerca del vehículo.
Aarón traga saliva.
—Porque quien me pagaba quería que pareciera que había cumplido. Estaba avergonzado de haber perdido de vista a León. No pensé que después lo matarían.