9. CATA
Caterina Fortuny Blanc encuentra tres cafés en la mesa de su padre y una fotografía del vehículo blanco ampliada hasta convertirse en un paisaje de píxeles. El inspector Jordi Fortuny Blanes lleva la camisa remangada y una noche entera de sueño mal repartido.
—¿Esperas visita? —pregunta ella.
—Uno es tuyo. Otro mío. El tercero lo dejé para convencerme de que tendría fuerzas para beber los dos primeros.
Cata abre la carpeta del rescate. Hay tres personas liberadas, un detenido, dos huidos y una red de movimientos que sigue sin explicar por qué murió León Núñez de Galindo.
Con la detención de Mikel ha aparecido un rostro reconocible donde antes había una sombra, pero los delitos siguen siendo distintos y las pruebas deben sostener cada uno por separado.
—Julia está en condiciones de hablar —dice—. El hospital permite una entrevista breve si ella acepta. José María continúa ingresado; no lo vamos a agotar.
—¿Y la hermana?
—Sali quiere declarar. Le he dicho que primero la vea el médico y que no confunda ayudar con repetirse hasta perder la voz.
Jordi asiente, toma una fotografía del hombre detenido y la coloca junto al informe de la muerte de León.
—Por fin podemos contrastar una identidad real con lo que recogieron los compañeros. No vamos a escribir el resultado antes de que llegue.
—Ya he solicitado el cotejo conforme al procedimiento —responde Cata—. También la revisión de sus desplazamientos y una orden para preservar comunicaciones que puedan vincularlo con Moreau.
—No perdamos el tiempo creyendo que detener a un hombre nos ha resuelto la novela entera.
Cata lo mira por encima de la carpeta.
—¿Has dicho novela?
—Llevo demasiadas horas con Rosana Rico. Se me pega su oficio.
***
Antes de salir hacia el hospital, Cata entra en la pequeña sala donde el equipo ha extendido los materiales recuperados durante el rescate.
Una agente de policía científica le muestra dos bolsas selladas y una hoja de recogida.
No hay tesoros ni revelaciones fulminantes: una prenda de Julia, el teléfono de uno de los sospechosos, varios objetos localizados dentro de la furgoneta y el rastro ordinario de tres personas que han sobrevivido dentro de un vehículo sucio.
—¿El teléfono es de Mikel? —pregunta.
—Se intervino entre sus pertenencias. Falta completar las diligencias para acceder a contenido. El número de serie y la tarjeta están inventariados.
—Perfecto. Quiero que la hora de cada actuación quede igual de clara que el resultado.
El técnico que examina los rastros del interior se quita un guante antes de señalar una fotografía.
—Aquí hay sangre. No voy a decirte de quién hasta que la comparemos. Y hay fibras de manta, restos de comida y marcas de calzado. En una furgoneta vieja eso no tiene por qué implicar nada extraordinario.
—Lo extraordinario sería que encontráramos una matrícula y nos olvidáramos del resto —responde Cata.
Jordi aparece con un informe telefónico recién remitido.
Un juez ha autorizado actuaciones delimitadas sobre comunicaciones relacionadas con el traslado, pero los datos recibidos son incompletos y los números de prepago cambian de titular aparente con facilidad.
El inspector se sienta sobre el borde de una mesa que cruje bajo su peso.
—Tenemos llamadas próximas a las horas que Julia recuerda —dice—. Lo que aún no tenemos es el derecho a decir quién habló en cada una. Un aparato puede estar en manos distintas y una ubicación de antena no es una dirección exacta.
—Habrá que cruzarlo con movimientos, testigos y reconocimientos hechos con garantías.
—Y con las versiones de nuestros tres supervivientes, cuando puedan darlas.
Cata mira la fotografía ampliada de una mano sobre la puerta del vehículo. La persona que la tomó buscaba reconocer la abolladura de un piloto, no la posición de unos dedos. Piensa en cómo cambian de sentido los detalles cuando por fin se sabe que había alguien vivo al otro lado del cristal.
—Quiero entrevistar primero a Julia —decide—. Sali está esperando noticias médicas y José María tiene que descansar. Si insistimos demasiado hoy, mañana no tendremos buenos recuerdos; tendremos gente agotada intentando complacernos.
Jordi guarda el informe.
—Tu madre dice que cuando tenías cinco años te enfadabas si alguien contestaba antes de terminar la pregunta.
—Y tú dices que nací desconfiando de los testigos.
—No. Naciste desconfiando de mí, que era peor.
Sonríen un instante y vuelven al trabajo. La investigación ya no consiste en encontrar a los desaparecidos, pero eso no la vuelve más sencilla. Ahora hay que demostrar quién hizo qué, sin convertir el alivio de una noche en un permiso para saltarse los hechos.
***
Julia declara en una sala hospitalaria que huele a desinfectante y sopa recién distribuida.
Tiene una botella de agua entre las manos y el cabello sujeto sin cuidado.
Rosana está con ella al principio, pero sale cuando la periodista pide hablar a solas con la policía.
Cata coloca una grabadora autorizada sobre la mesa y se presenta de nuevo, sin fingir que la experiencia de la noche anterior ha creado una intimidad automática.
—Puede detenerse cuando lo necesite —le dice—. No buscamos que recuerde más de lo que recuerda.
—Quiero contar lo que sé. Me han pedido tantas veces que hablara que ahora temo callarme algo importante.
Cata le pregunta por el último día en la redacción.
Julia reconstruye su regreso desde la entidad bancaria, el encuentro con los falsos técnicos y el viaje en la furgoneta.
Recuerda una curva tomada demasiado deprisa, un olor a pintura vieja y la voz de uno de los hombres que discutía por una dirección.
No recuerda placas, número de calle ni un muelle concreto.
—¿La mantuvieron en un barco? —pregunta Cata cuando Julia describe el balanceo nocturno.
—Sí. Una embarcación grande, por lo que pude notar. No vi el nombre. Me llevaron de manera que no pudiera situarla; cuando salí para el traslado tampoco vi un casco o un amarre que pueda identificarle.
—¿Quién la interrogó?
—El hombre detenido. Mikel. Me dijo que mi hermana y mi cuñado habían muerto. Repetía que León dejó algo que ellos querían encontrar.
—¿Le pidió un objeto concreto?
—Información. Pensaba que yo podía recuperar algo de un banco. No podía. Lo intenté y me negaron el acceso.
Cata no salta a la siguiente pregunta. Espera a que Julia deje de apretar la botella.
—También habló conmigo Sébastien Moreau —prosigue Julia—. Se presentó con ese nombre. Fue más educado que Mikel. Eso no lo hacía menos amenazador.
La pregunta sobre Sébastien le devuelve a Julia un recuerdo que no había logrado organizar.
No es una imagen completa, sino una sucesión de pequeñas interrupciones: la puerta del camarote abierta sin brusquedad, una voz masculina que pronuncia su apellido como si acudiera a una cita, el roce de unos zapatos limpios sobre una alfombra de pasillo.
—Hablaba diferente a Mikel —añade—. A veces en francés, cuando creía que yo no entendía. No puedo decir que comprendiera todo, pero reconocía que estaba dando instrucciones.
—¿A quién se dirigía? —pregunta Cata.
—No lo veía siempre. Había alguien fuera. Él decía unas pocas palabras y después una puerta se cerraba.
—¿Puede repetir alguna palabra exacta?
Julia piensa en un nombre que quizá oyó y que ahora podría estar completando con los titulares leídos desde su liberación. Decide no pronunciarlo.
—No estoy segura. Prefiero describir el tono y el momento antes que inventar una frase.
Cata dibuja dos columnas en su libreta: el recuerdo propio y la interpretación posterior.
Pide a Julia que sitúe la conversación respecto a las visitas de Mikel, pero la periodista no siempre distingue una tarde de la siguiente; no tenía reloj y los ruidos del barco variaban con la actividad de la tripulación.
—Una vez me preguntó si León confiaba en mí —recuerda—. No me pidió que dijera que sí. Se comportaba como si ya supiera la respuesta y le disgustara.
—¿Qué contestó?
—Que León confiaba en que yo hiciera preguntas. Ni siquiera sé si él comprendió lo que quise decir.
Cata deja el bolígrafo sobre la mesa un instante.
—Ese tipo de respuesta también forma parte de lo que necesitamos conocer. No nos diga solamente qué le preguntaban. Díganos qué respondió usted y qué hicieron después.
Julia asiente. Le cuesta mucho que le pidan reconstruir una conversación sin la amenaza de que una respuesta incorrecta traerá un golpe.
Por primera vez puede detenerse para beber agua, pensar y decidir que no recuerda con certeza lo que no recuerda.
Eso, que debería ser normal, la emociona hasta obligarla a apartar la vista de la grabadora.
—¿Lo había visto antes?
Julia frunce el ceño. Recuerda al anciano que alguna vez apareció con gestos benignos, una voz distinta y una manera de mirar que le resultó desconcertante. Pero no identifica con seguridad a una misma persona.
—Vi a un hombre mayor en otro momento —dice—. A veces me daba agua, me hablaba como si quisiera tranquilizarme. No puedo decir que fuera Moreau. Sería inventarlo.
Cata toma nota por separado. Después le pide que describa el lugar sin completar lagunas. Julia habla de un pasillo estrecho, ruido de agua, un olor a limpiador cítrico y música que llegaba desde lejos. Son recuerdos, no coordenadas.
—¿Qué buscaba León? —pregunta Cata.
—Creo que quería proteger su trabajo. José María me dio documentación y una frase que León le hizo repetir: «Busquen a Isabella».
La palabra apareció después en una consigna de custodia cerca de Sants.
Había una referencia bancaria y dos partes de un código.
Me aprendí los datos y destruí la pista que llevaba encima para que no me la quitaran.
Cata deja el bolígrafo inmóvil.
—¿Sabe quién es Isabella?
—No. Y eso es lo que más me avergüenza. Llevo días intentando proteger a alguien que quizá no conozco.
—No tiene por qué avergonzarse de no conocer un secreto que no era suyo.