8. ANDRIUS Y ROSANA #6
—Hay que fotografiar las lesiones visibles y comunicarlo al médico —recuerda—. En las dos direcciones: las de él y las de quienes estaban retenidos.
Mikel la sigue con la vista.
—¿Le han enseñado a hacer todo con tanta calma?
—Me han enseñado a no perder una prueba por darme prisa en presumir de haberla encontrado.
—No tiene idea de con quién se ha metido.
Cata no siente la necesidad de demostrarle valentía.
—Eso lo averiguaremos con hechos. Ahora no tiene por qué hablar sin asistencia. Y yo no necesito que me amenace para saber que esto es grave.
Jordi se reúne con ella junto a un vehículo policial. Ha visto a Rosana abrazada a Julia y al abogado sentado en un bordillo, con la corbata torcida y la expresión de alguien que acaba de descubrir la distancia entre la audacia y el suicidio.
—¿Puedo preguntarte por qué ha salido ese hombre delante de Mikel? —dice Jordi.
—Porque creyó que le faltaban segundos a una persona. No lo justifica.
—No. Pero explica por qué tenemos que ordenar muy bien lo que cada uno ha visto. El rescate no nos permitirá reconstruir toda la noche a partir de una sola emoción.
Cata contempla los restos de la confusión: una manta en el suelo, botellas de agua, una puerta abierta, una bolsa de ropa abandonada.
Todos esos objetos serán identificados y recogidos según corresponda.
La imagen más importante, sin embargo, ya se aleja dentro de una ambulancia: tres personas que habían perdido la posibilidad de decidir adónde ir.
***
Carolina se entera de la detención de Mikel por una comunicación de su responsable jurídico, no por una confidencia de Sébastien. En el laboratorio Laia está explicando a Brigitte los resultados de una batería de ensayos cuando la empresaria entra pálida.
—Han detenido al hombre que estuvo aquí —anuncia—. La policía lo relaciona con una operación en el puerto.
Brigitte se sienta. Recuerda la advertencia en el pasillo y cómo se había obligado a caminar hacia la zona iluminada sin correr.
—¿Hay víctimas? —pregunta.
—Han encontrado personas vivas. No tengo información más precisa y no voy a pedirla por teléfono como si me perteneciera.
Laia pone una mano sobre el respaldo de su silla.
—No tienes que quedarte hoy —dice a Brigitte.
—Quiero saber si Julia está entre ellas.
—Lo preguntaremos a quien pueda confirmarlo sin entorpecer nada —responde Carolina—. Y entregaremos a la policía todo lo que solicite sobre la visita de Mikel.
Brigitte deja de mirar las pantallas. La ciencia puede esperar una tarde.
Sale al patio para llamar a Cata; la subinspectora no le ofrece datos médicos de terceros, pero confirma que la actuación policial ha permitido liberar a las personas buscadas y que habrá tiempo de hablar cuando se estabilice la situación.
Al colgar, Brigitte comprende que la trama que la trajo a Barcelona ha dejado de ser un conjunto de sospechas empresariales.
Hay seres humanos saliendo de una furgoneta bajo custodia policial.
Mira a través del cristal a Carolina, que discute con su abogado sobre conservación de registros.
Nunca había sentido tanto alivio y tanta desconfianza al mismo tiempo.
***
A varias calles de distancia, Sébastien Moreau recibe una llamada breve que no devuelve.
Mira el agua desde un espacio al que nadie ha seguido la pista, escucha una sirena lejana y guarda el teléfono.
Los hombres que han detenido a Mikel no pueden vincular aquel sonido con un barco concreto ni con su propietario.
El nombre que figura en los documentos de la embarcación tampoco conduce de manera directa a él.
Sébastien pregunta a un empleado si los preparativos pendientes pueden terminarse sin visitantes.
Cuando recibe una respuesta afirmativa, se retira.
No se ofrece a declarar, no intenta recuperar a Mikel y no llama a Carolina.
Ha perdido a su ejecutor más eficaz y todavía desconoce cuánto podrán contar las personas liberadas.
En otra zona de la ciudad, dos motocicletas se detienen en un lugar donde Susurros y Fortuna pueden abandonar los cascos sin llamar la atención. Permanecen un rato mirándose sin hablar.
—Hemos salvado a tres personas —dice Fortuna al fin.
—Las hemos secuestrado antes —le recuerda Susurros.
—Eres un pesimista.
—Y tú un hombre que acaba de descubrir que no nos van a pagar.
El silencio dura hasta que Fortuna recuerda unos maletines vistos días atrás, dinero guardado en una embarcación donde creen que todavía pueden entrar. Susurros lo mira con la expresión de quien reconoce una idea espantosa y, aun así, no consigue dejar de calcular cuánto podría obtener.
—Ni se te ocurra decir lo que estás pensando —le advierte.
Fortuna sonríe.
—No digo nada. Pero a mí me deben dietas.
***
Los dos hombres que han huido de la explanada encuentran una cafetería de estación donde nadie los mira con especial interés.
Susurros pide dos cafés sin azúcar. Fortuna se empeña en comprar un bocadillo de tortilla, pese a que han abandonado la furgoneta, la mercancía y la mayor parte de sus pertenencias.
Se sientan junto a una máquina expendedora de billetes que devuelve monedas cada pocos minutos.
—Nos buscan —dice Susurros sin tocar su taza.
—A mí ya me buscaban en el colegio —responde Fortuna—. Siempre se me daba mal el escondite.
—No estoy de humor.
—Pues cambia de oficio. Estamos en una estación. Puedes trabajar anunciando retrasos.
Susurros mira el teléfono apagado. No piensa volver a utilizar la línea con la que llamó Mikel. Las manos le tiemblan de una manera que no consiguió notar mientras conducía con dos rehenes a bordo. Fortuna termina por dejar de bromear.
—¿Has visto cómo se abrazaban?
—¿Quiénes?
—Las dos hermanas. Y el hombre de la camilla. Estaban vivos.
—Lo sé. Los llevábamos nosotros.
—Quiero decir que podrían no haberlo estado.
Susurros gira la taza sin beber.
—No empieces a pensar que por una vez nos salió algo que no terminó en un entierro somos dos santos. Primero los secuestramos. Después los escondimos porque nos daba miedo decir que seguían vivos.
—También les llevamos comida.
—Un camarero lleva comida y no secuestra a los clientes.
Fortuna se rasca una ceja. La comparación le parece insultante porque, en el fondo, la entiende.
—¿Y ahora qué hacemos?
—No llamar a nadie. No volver al contenedor. No buscar a Mikel. Sobre todo, no buscar al francés.
El otro hunde la mano en un bolsillo vacío.
—¿Y todo lo que nos deben? ¿Las dietas?
—A estas alturas, Fortuna, si consigues salir del país sin que te reconozcan, las dietas te las pago yo.
Fortuna recuerda entonces la habitación del yate donde vio los maletines. No sabe cuánto contienen, ni quién controla los accesos, ni si sigue allí el hombre de blanco. Solo recuerda la sensación que le produjo el peso al mover uno para limpiar una mesa. Sonríe con lentitud.
—Hay una cosa que no has contado.
Susurros levanta la mirada.
—No.
—Ni siquiera he hablado.
—Te cambia la cara antes de decir una estupidez. Es tu único talento reconocible.
—Puede que no tengamos que salir del país sin dinero.
Susurros mira hacia la ventana. Un tren entra en la estación y las puertas se abren con un silbido.
Durante unos segundos fantasea con subirse a uno y no regresar jamás a Barcelona.
Pero sus pies permanecen bajo la mesa. El miedo les ha salvado del asesinato; la codicia puede llevarlos de vuelta exactamente al lugar del que deberían mantenerse alejados.
***
Esa noche, las noticias del rescate llegan a NEXORA como versiones incompletas.
Beatriz pregunta si hay alguna comunicación oficial.
Max permanece junto a la ventana, incapaz de apartar de la cabeza a León.
Néstor intenta averiguar qué registros ha intervenido la policía.
Vicente, sentado un poco más atrás, dice que por una vez sería bueno esperar a conocer los hechos antes de organizar una junta de emergencia.
—Tú siempre tan tranquilo —le reprocha Beatriz.
—Alguien tiene que acordarse de que somos una empresa, no una mesa de tertulia.
Nadie responde. Los cuatro continúan bajo la misma luz blanca, cada uno con una razón distinta para temer lo que vendrá.
En el hospital, Julia oye el nombre de su hermana mientras un profesional verifica su estado.
Puede responder por fin sin sentir que pronuncia el nombre de una muerta.
Antes de quedarse dormida, recuerda las palabras que León dejó en manos de José María.
No sabe todavía a quién señalan, pero ya no necesita protegerlas sola.