8. ANDRIUS Y ROSANA #5
Los agentes completan la detención sin permitir que Mikel vuelva a acercarse a los civiles.
Él considera resistirse, pero acaba levantando las manos y queda esposado vivo.
Cata comprueba la situación de Julia y Sali, mientras Jordi coordina la protección de los heridos y la custodia del vehículo.
La expresión del detenido apenas cambia cuando ve a la subinspectora inclinarse hacia José María.
—Necesita una ambulancia —dice la subinspectora.
—Ya está solicitada —responde un agente.
Susurros y Fortuna han retrocedido durante la confusión hacia un lateral de los almacenes.
Nadie ha conseguido cerrarles el paso antes de que suban a dos motocicletas estacionadas junto a un cobertizo.
Los motores arrancan con un estrépito ridículo, uno después del otro.
Jordi alcanza a señalar su dirección y da aviso para buscarlos, pero no abandona a los heridos ni la custodia de Mikel.
En pocos segundos ambos desaparecen entre vehículos de servicio.
—¡Esos dos! —grita Sali, sujetando a José María—. ¡También son ellos!
Cata confirma a la patrulla la descripción y ordena conservar las imágenes de accesos. No promete capturarlos en el acto. La prioridad sigue siendo impedir una nueva agresión y sacar con vida a los tres cautivos.
***
Julia llega hasta Sali sin comprender cómo puede estar tocándola. La hermana se aferra a ella con una fuerza inesperada después de tantos días de debilidad.
—Me dijeron que estabas muerta —repite Julia, como si necesitara que alguien confirmara que aquello fue una mentira.
—A mí me dijeron que tú estabas bien, de momento —responde Sali—. Y no me gustó nada ese «de momento».
Se abrazan de nuevo. Rosana se queda junto a ellas, llorando en silencio y riéndose al mismo tiempo por lo imposible de la escena. Julia la mira por encima del hombro de Sali.
—Pensé que ya no os vería.
—Pues vas a tener que soportarnos bastante —contesta Rosana, sin conseguir hacer creíble su sonrisa.
Julia apoya la frente contra la de su hermana y trata de reconocer el olor de su cabello.
Sali siempre usaba un champú que dejaba un perfume ligero a cítricos; ahora huele a polvo, a encierro y a la manta con la que se cubrieron durante días.
Nada de eso impide que sea ella. Precisamente por eso, la comprobación más íntima la destroza.
—Creí que no había hecho suficiente por ti —susurra Julia.
—Has hecho mucho. Nos han encontrado.
—Pensé que, si contaba lo del banco, me dejarían ver tu cuerpo. ¿Te das cuenta? Llegué a pensar que tenía que negociar eso.
Sali le sostiene el rostro entre las manos.
—No vamos a negociar nada más con esa gente. Ahora nos toca a nosotras decidir qué hacemos con el día de mañana.
Rosana aparta la mirada un momento. Ha imaginado aquel abrazo tantas veces que no sabe dónde colocar su propia alegría. Desde el otro lado de la explanada escucha a un sanitario llamar a otra unidad y recuerda que José María sigue herido. Señala suavemente la camilla que se aproxima.
—Chicas, tenemos que movernos. Los médicos necesitan sitio.
Julia se separa apenas de su hermana. Sali intenta sonreír, pero el labio le tiembla.
Ninguna quiere perder el contacto, así que caminan tomadas de la mano hasta donde les indican.
La mano de Sali es más ligera de lo que Julia recordaba.
Le aprieta los dedos para asegurarse de que no va a desaparecer al cerrar los ojos.
—Cuando salgamos del hospital —dice Julia—, voy a pasarme una semana sin pedirte que me cuentes nada. Solo quiero que estés cerca.
—Pues te aviso de que yo sí pienso hablar. Tengo acumuladas todas las discusiones que no pudimos tener en este maldito sitio.
Rosana se ríe. Las hermanas también, apenas un segundo.
La risa termina cuando José María emite una queja de dolor, y ambas se vuelven hacia él.
Todavía no han salido de la explanada; todavía hay heridas que necesitan atención inmediata.
Pero ya pueden mirar hacia la misma dirección sin que el miedo les diga que una de las dos está muerta.
José María permanece tumbado en el suelo, atendido por personal sanitario que acaba de llegar. Tiene dificultad para respirar y una mano apoyada sobre el costado. Cuando Julia se arrodilla junto a él, intenta guiñarle un ojo.
—Llegas tarde —dice con voz apenas audible—. Hemos tenido unas vacaciones horrorosas.
—No hables —le pide Sali.
—Si me quitas eso, no sé qué me queda.
Un sanitario pregunta por el mecanismo de las lesiones.
Sali cuenta los golpes previos, la atención improvisada en una clínica y el impacto reciente contra el vehículo.
No inventa diagnósticos. Los profesionales deciden trasladarlo con prioridad para valoración hospitalaria.
Julia intenta subir con él, pero Sali le toma las manos.
—Tú también necesitas que te miren. Vamos a vernos en el hospital. No desaparezcas otra vez.
Julia asiente. Cata le comunica que podrán tomarle declaración cuando haya sido asistida y esté en condiciones. Ni ella ni su padre le piden reconstruir todo entre sirenas y camillas.
Andrius se ha quedado a un lado, abrochándose una chaqueta que se le ha desplazado durante el forcejeo. Rosana se acerca y lo mira con el enojo tembloroso de quien estuvo a punto de perder a otra persona.
—La próxima vez que necesite un abogado, contrataré a uno cobarde.
—Es una especialidad muy solicitada —responde él—. Aunque debería haber cobrado honorarios de urgencia por mi actuación.
—Casi te mata.
Andrius se queda sin respuesta. Mira el lugar donde Julia habla con su hermana y traga saliva.
—Lo sé —dice al fin.
***
Rosana acompaña a Julia hasta el puesto sanitario y espera detrás de una cortina mientras le comprueban las constantes y le preguntan si necesita asistencia por dolor, mareo o lesiones.
La periodista responde con una concentración casi profesional, como si recordar cada molestia fuera otra parte del reportaje.
Cuando le solicitan que se siente, tarda unos segundos en comprender que no tiene que seguir de pie para demostrar que está preparada.
—¿Puedo volver con mi hermana? —pregunta.
La médica le explica que también atenderán a Sali y que la reunirán con ella en cuanto sea posible. No promete una hora exacta. Julia parece más aliviada por la claridad que por la respuesta.
Andrius llega con un vaso de agua y lo deja al alcance de Rosana. Su chaqueta tiene una mancha de polvo en la manga. La mujer se la sacude con dos dedos.
—No vuelvas a hacer lo que has hecho.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. He pasado días pensando que alguien iba a matar a mi amiga. Y hoy he pensado que iba a matarte delante de mí.
Andrius intenta bromear, pero Rosana le cierra el paso con la mirada. Él baja la cabeza.
—Tenías razón. Debí permanecer donde me dijeron. Vi caer a José María y pensé que si conseguía que ese hombre me mirara a mí, los otros tendrían un segundo. Lo pensé sin calcular casi nada más.
—Ese segundo podía costarte la vida.
—Sí.
Julia los escucha desde la camilla.
—¿De verdad discutiste con Mikel sobre permisos de carga?
Andrius se frota la sien.
—Me temo que sí.
—No sabía que existiera una forma tan absurda de demostrar cariño.
—Yo tampoco —responde Rosana, todavía enfadada.
Una enfermera indica que van a trasladar a Julia para completar las valoraciones médicas. La periodista pregunta si ha quedado constancia de que puede contactar con su familia y sus amigas. Recibe una respuesta afirmativa. Antes de abandonar la explanada, mira a Andrius.
—León confió en ti para guardar una carta. Yo voy a confiar en que no te matarán por intentar entregarme una autorización administrativa.
El abogado asiente. Rosana acompaña la camilla hasta la ambulancia.
Se permite entonces, fuera de la vista de Julia, apoyar la frente contra la puerta de otro vehículo y cerrar los ojos.
La búsqueda no ha acabado con una fotografía ni con un comunicado oficial.
Ha terminado por ahora con la respiración de su amiga, presente y cercana, y un deseo feroz de no perderla otra vez.
***
Las ambulancias ocupan la explanada sin ruido de victoria.
Los sanitarios distribuyen tareas y los agentes separan los testimonios de quienes acaban de ser rescatados para no contaminar recuerdos.
Jordi acompaña a uno de los equipos hasta la puerta del vehículo donde José María recibe oxígeno; Cata identifica a Julia y a Sali ante el personal asistencial, pero no les exige ninguna declaración.
—Mi marido tiene un golpe de antes, en las costillas —dice Sali a la médica—. Lo atendieron una vez en un sitio que no era un hospital. Hoy se ha caído y se ha golpeado otra vez.
—¿Perdió el conocimiento?
—No. Al menos mientras yo estaba a su lado. Algunas noches respiraba tan mal que pensaba que se dormía para no despertar.
La médica escucha los síntomas y coordina la inmovilización y el traslado. José María intenta preguntar si pueden subir los tres en la misma ambulancia, pero una punzada lo obliga a cerrar los ojos. Julia se inclina sin estorbar el trabajo sanitario.
—Nos veremos allí —le dice.
—¿Vas a venir de verdad?
—Sí.
—Entonces me peinaré.
Sali le acaricia la mano con un cuidado que no ha perdido durante el cautiverio.
Le promete que no volverá a permitir que lleve el peinado con el que lo encontraron.
Él sonríe apenas. Julia observa esa intimidad recuperada y siente, por primera vez desde que Mikel le anunció sus muertes, una tristeza que no necesita esconderse bajo el miedo.
En otro extremo, Mikel espera esposado, bajo vigilancia.
Un agente le explica las actuaciones que se practican y los derechos que le asisten.
El detenido no responde a las preguntas improvisadas de quienes quisieran conocer el nombre de su jefe antes de abandonar el lugar.
Cata se acerca a comprobar que las precauciones tomadas para conservar sus efectos personales estén documentadas.