8. ANDRIUS Y ROSANA #4
—Hay unos materiales delicados —dice—. De los que se rompen si los miras.
Mikel aparta a Susurros de un brazo y tira de la manilla. La puerta se abre. Sali está sentada junto a José María, con las manos juntas sobre las rodillas. Durante un segundo ninguno habla. Julia los ve por encima del hombro de Mikel.
—¿Sali?
Su voz casi no sale. Sali se levanta de golpe.
—¡Julia!
Mikel se vuelve lentamente hacia los dos delincuentes.
Julia da un paso hacia la furgoneta y Mikel se interpone.
Hasta ese instante su cautiverio había tenido una lógica monstruosa, pero al menos comprensible: le habían dicho que su hermana estaba muerta y él se comportaba como un hombre que no necesitaba mentir porque podía hacer cuanto quisiera.
Ahora Sali está delante de ella, pálida, con los labios abiertos y un hematoma junto a la sien. La mentira tiene un cuerpo que respira.
—Apártate —le exige Julia.
Mikel no se mueve. Sus ojos pasan de una hermana a la otra y regresan a los dos hombres que debían haber llegado con el vehículo vacío.
—Vuelve junto a la puerta —ordena a Julia.
—No. Esa mujer es mi hermana.
—He dicho que te apartes.
Sali se sostiene en el marco interior, apoyada en una rodilla. Desde su posición puede distinguir la mano de Mikel cerca de la chaqueta. Reconoce el gesto que precedió a otras agresiones. Le tiemblan las piernas, pero no la voz.
—Déjala venir. Solo queremos abrazarnos.
Fortuna intenta interponerse en una conversación a la que nadie lo ha invitado.
—Un abrazo corto, eso sí, que tenemos prisa y hay que...
—Cállate —murmura Susurros sin apartar los ojos de Mikel.
José María intenta incorporarse. Sali le aprieta el hombro para que permanezca sentado. Él mira a Julia con una alegría tan mezclada con agotamiento que apenas consigue alzar una mano.
—No hagas caso a nadie —dice—. Estamos vivos. Lo importante es que estamos vivos.
A Julia se le llenan los ojos de lágrimas, pero todavía no puede llorar. No es seguro hacerlo. Ha visto cómo Mikel utiliza cualquier emoción como una abertura por la que entrar. Retiene la imagen de José María sonriendo con un labio partido y se obliga a no perder de vista la mano del agresor.
—Me dijiste que habían muerto —le recuerda.
—Te dije lo que necesitabas saber para colaborar.
—No tenías que hacerles nada. León ya estaba muerto. Tú lo sabías.
Susurros se lleva la mano a la frente. El nombre del científico, pronunciado delante de Mikel, convierte la escena en una conversación que ninguno de los secuaces se siente capaz de sostener.
Fortuna mira hacia el camino de acceso y por primera vez desea de verdad que aparezca un policía, aunque ese deseo incluya la posibilidad de que lo detengan a él.
Mikel se vuelve hacia sus dos subordinados.
Su sorpresa se ha convertido en una rabia fría.
No necesita preguntar mucho para comprender que la orden de matar a la pareja fue desobedecida.
Lo que todavía ignora es cuánto han contado estos sobre él, sobre el francés y sobre los lugares que utilizaron durante el secuestro.
—¿Desde cuándo los tenéis vivos? —pregunta Mikel, sin apartar los ojos de sus subordinados.
Fortuna abre la boca y vuelve a cerrarla. Susurros intenta responder.
—Es una situación provisional.
—Os di una orden.
—La interpretamos con cierta flexibilidad —murmura Fortuna.
Mikel lo empuja contra la carrocería. La violencia no tiene nada de cómica. Cuando José María intenta salir para proteger a Sali, el hombre lo golpea contra el marco de la puerta; el cuñado cae de rodillas y emite un gemido que corta el grito de Julia. Sali se arroja a sostenerlo.
—¡Basta! —grita Julia—. ¡Está herido!
Mikel mira a los cautivos vivos, luego a los dos subordinados. Durante un instante parece dispuesto a castigar a uno de ellos allí mismo. Busca en su chaqueta un objeto que no llega a sacar.
José María queda de rodillas junto a la rueda posterior.
Sali intenta levantarlo, pero él se pliega sobre sí mismo para proteger el costado.
Julia se arrodilla por instinto y Mikel la sujeta de un brazo.
El contacto le devuelve de golpe las noches del camarote y la certeza de que, si él lo decide, puede volver a encerrarla antes de que nadie alcance a verlos.
—No lo toques —dice Mikel.
—Está herido. Le acabas de golpear.
—Es tu familia la que está complicando todo.
Susurros observa cómo la mujer intenta liberarse de la mano que la aprieta.
En su cabeza se agolpan órdenes incompatibles: proteger la mentira del contenedor, no enfadar a su jefe, no permitir que vuelva a castigar a aquellos dos y no hacer nada que le cueste la vida.
Recurre al único recurso que tiene a mano.
—Mikel, escucha. Si lo dejamos aquí herido, se nos va a complicar muchísimo lo del transporte. Podemos llevarlo donde necesites. Todo se arregla hablando.
—¿Hablando? —Mikel se acerca lo suficiente para que Susurros huela su colonia—. Has tenido días para hablar. Y me has mentido en cada llamada.
Fortuna recoge una botella caída, la examina como si el agua pudiera contener una solución y la vuelve a depositar en la furgoneta.
—Técnicamente —susurra—, a veces no respondíamos.
Susurros le pisa un pie. La protesta que Fortuna iba a formular queda ahogada en un gesto de dolor. En otro contexto, el intercambio sería una escena de taberna. Aquí no hay nadie dispuesto a reírse.
Sali consigue sentar a José María en el borde de la puerta.
Su marido respira con dificultad y le pide que no se acerque a Mikel.
Ella continúa sujetándolo sin mirar al hombre armado.
Julia nota que la presión sobre su brazo se afloja apenas un momento.
El agresor está decidiendo a quién castigar primero.
Ninguno de los presentes sabe cuánto falta para que lleguen los agentes que Rosana acaba de avisar.
Entonces una voz se impone desde un lado de la explanada.
—Perdone, ¿quién es el responsable de este traslado?
Andrius se acerca con una carpeta abierta. Rosana, desde detrás de la pared, siente que se le hiela la sangre.
—¡Andrius, no! —murmura, aunque sabe que no puede oírla.
El abogado avanza con una expresión de dignidad tan ensayada que resulta sospechosa. No se ha olvidado de las instrucciones. Las está desobedeciendo deliberadamente al ver que José María cae y Mikel se vuelve hacia él.
—Hay un problema de responsabilidad en estas instalaciones —continúa Andrius—. Soy abogado y necesito saber si tienen autorización para la ocupación del espacio de carga.
—Lárgate —contesta Mikel.
—Es una respuesta administrativamente deficiente.
—¿Tú eres tonto?
—Abogado. Es parecido, pero no exactamente lo mismo.
Susurros abre mucho los ojos. Fortuna se lleva una mano a la cabeza. Mikel da un paso hacia el recién llegado.
—Te he dicho que te marches.
—Y yo necesito que me identifique al responsable. Si hay lesiones en esta operación, lo más prudente sería no agravar ninguna circunstancia.
Rosana sale de su escondite lo indispensable para hacerle señas desesperadas. Andrius no las interpreta. O finge no verlas. Ella decide intervenir antes de que su compañero reciba un golpe.
—¡Andrius! —grita—. ¡Te he dicho que dejaras de molestar a esta gente! ¡Tenemos otra cita!
—Precisamente les estoy explicando por qué debemos llamar a...
—¡Ahora! —insiste Rosana.
Mikel gira la cabeza hacia ella. Es el segundo que necesitaba la policía para cerrar la distancia desde los accesos de la explanada, a los que acaba de llegar tras confirmar la situación comunicada por Cata.
—¡Policía! ¡Quietos! ¡Manos a la vista!
Durante un instante la orden policial parece pertenecer a otra calle.
Julia oye las palabras, pero no consigue aceptar que estén dirigidas al hombre que aún le aprieta el brazo.
Mikel gira la cabeza y calcula la distancia hasta la puerta de una nave.
Detrás de él hay una furgoneta abierta, dos subordinados aterrados y un rehén en el suelo.
El espacio que había dominado hace un minuto se ha llenado de testigos.
—Las manos —repite un agente desde la cobertura de un vehículo—. Suelte a la mujer.
Mikel aparta los dedos lentamente. Julia retrocede sin echar a correr; teme un disparo si convierte un movimiento imprevisto en excusa.
Cata señala un pasillo seguro entre dos vehículos estacionados.
Uno de los agentes guía a Sali fuera de la línea donde está el detenido.
Otro comprueba desde la distancia que José María responde y pide que los sanitarios esperen la confirmación para entrar.
—No me acerque nadie por detrás —dice Mikel.
—Le estamos dando instrucciones claras —responde el agente—. Mantenga las manos visibles y no se mueva hacia la chaqueta.
Los secuaces aprovechan la atención concentrada en su superior.
Susurros agarra a Fortuna del codo y lo arrastra hacia una esquina donde hay maquinaria aparcada.
No saben si el paso lateral continúa abierto; lo comprobarán cuando lleguen a él.
Los dos entienden que permanecer junto a la Jumpy significa ser reconocidos de inmediato por las tres personas que han llevado cautivas.
Jordi identifica a los agentes de apoyo y solicita que se cierre la circulación de entrada en la medida de lo posible, sin perder la seguridad del punto principal.
Cata escucha simultáneamente una respuesta por radio y el grito de Julia llamando a su hermana.
No permite que el alivio modifique la prioridad: primero separar a Mikel de los civiles; después asegurar el vehículo; luego recibir declaraciones sin precipitarse.
—Estamos aquí —le dice a Julia cuando esta alcanza el punto indicado—. Ya puede apartarse de él.
La periodista no responde. Mira hacia Sali, que sostiene la cabeza de José María sobre el hombro. Aún no se atreve a creer que pueda llegar hasta ellos sin que alguien la obligue a retroceder.