8. ANDRIUS Y ROSANA #3
Julia se cambia detrás de una puerta apenas entornada.
Guarda en la memoria una palabra que no ha pronunciado en aquellos interrogatorios: Isabella.
Mikel conoce la palabra escrita, pero no su significado.
Ella tampoco. Solo sabe que León la consideraba importante y que los hombres que la tienen encerrada todavía no han obtenido lo que buscan.
***
Sébastien escucha desde una sala sin ventanas cómo el motor auxiliar de la embarcación pasa a un régimen más bajo.
Ha cambiado dos veces las instrucciones de salida y cada modificación crea una cadena nueva de preguntas.
Nadie del servicio sabe por qué una mujer entra y sale acompañada, ni por qué el hombre que organiza el traslado evita ofrecer su nombre.
El francés no les facilita una explicación que luego puedan repetir.
Mikel cierra la puerta tras él.
—La periodista está preparada. La sacaremos por el acceso de carga. No quiero que la vea nadie del personal de mantenimiento.
—¿Y los otros dos?
—Los del vehículo vienen en camino.
—Le pregunto por la hermana y por el marido.
Mikel lo mira sin variar la expresión.
—Está resuelto.
—No es una respuesta.
—Es la que acordamos.
Sébastien se acerca a una mesa baja donde hay una copa de agua sin tocar. La gira entre los dedos. Lleva demasiado tiempo negociando con científicos y abogados para no reconocer una respuesta que pretende cerrar otra pregunta.
—Después de la muerte de León, cada gesto innecesario ha multiplicado los riesgos —dice—. La periodista no ha entregado el trabajo. Y ahora me habla de cosas resueltas como si no tuvieran consecuencias.
—El problema no es la periodista. Es la gente que la busca. Si sigue aquí, acabarán dando con el lugar.
—Por eso la mueve. No para demostrarme que sabe obedecer.
Mikel coloca sobre la mesa una copia de los datos obtenidos de la redacción y del material incautado a Julia durante el secuestro. Son insuficientes. Hay referencias a una oficina bancaria y una palabra que podría ser el nombre de una persona, un lugar o una clave privada.
—Ella sabe más de lo que dice.
—Quizá. O quizá el científico repartió la información para que nadie pudiera entregársela completa.
—No me gustan los acertijos.
—Por eso lo contraté a usted y no a un bibliotecario.
La frase no despierta una sonrisa. Mikel desplaza un papel con dos dedos.
—Cuando recuperemos lo que hay en el banco, podrá hacer con ello lo que quiera. Pero alguien necesita autorizar el acceso.
—No se consigue autorización reteniendo a una periodista hasta que invente un documento —responde Sébastien—. Ni me sirve un cadáver con buena memoria.
—Entonces decida qué prioridad tiene.
El francés observa el rostro endurecido de su colaborador. Nunca le ha gustado que un subordinado convierta la obediencia en una forma de desafío. Se abrocha el botón de la chaqueta.
—La prioridad es que esto termine sin otro escándalo. Trasládela. Yo desapareceré de sus comunicaciones ordinarias hasta que se calme la presión. Y no vuelva a decirme que algo está resuelto cuando lo que significa es que no quiere hablar de ello.
Mikel sale sin despedirse. Sébastien permanece ante la mesa.
El silencio del camarote apenas dura: desde arriba llega el golpe de un cabo contra el mástil.
El francés recuerda a Brigitte formulando una pregunta técnica que habría podido hacerle León.
Durante un momento siente el impulso de marcar el número de la científica, pero lo abandona.
Cada voz que reconoce añade un testigo. Se coloca las gafas que utiliza para leer contratos y pide, por una vía distinta, la revisión de los preparativos de salida.
Nadie de la tripulación debe saber cuánto tiene que ver aquella orden con la prisa de otro hombre.
***
En una oficina cercana a los servicios portuarios, Rosana y Andrius se despiden de una encargada que les ha confirmado la recepción de una solicitud policial.
No han conseguido más imágenes. Al salir ven pasar un vehículo blanco por una vía de servicio.
Rosana lo reconoce antes de distinguir el rótulo entero.
La abolladura trasera resplandece bajo el sol.
—Andrius.
—Lo he visto.
—No te acerques.
La furgoneta aminora junto a una explanada compartida por almacenes y vehículos de mantenimiento.
Los dos permanecen tras una pared baja. Rosana busca el móvil con tanta prisa que casi se le cae.
La Jumpy gira y se detiene frente a un edificio auxiliar.
El conductor baja, habla por teléfono y mira a su alrededor.
—Cata —dice Rosana en cuanto le contestan—. Tenemos la HERMANOS a la vista. Estamos junto a la oficina que te indiqué. Ha entrado en una explanada de servicios.
—No se acerquen. Deme una referencia de ubicación y mantenga la llamada.
Rosana obedece. Andrius apunta la dirección en el reverso de una factura para comprobar que no confunde los nombres de los accesos. Ninguno puede ver el interior de la furgoneta ni adivinar que la pareja viaja en ella. Los minutos siguientes se alargan hasta parecer una hora.
En otro extremo de la explanada se abre una puerta. Mikel sale con una mujer a la que obliga a caminar demasiado cerca de él. La mujer lleva una chaqueta grande, el pelo revuelto y la cara pálida. Cuando gira hacia el sol, Rosana siente que el suelo se desplaza bajo sus zapatos.
—Julia —susurra.
Andrius sigue su mirada.
—¿Está segura?
Rosana no puede responderle. Habla directamente al teléfono.
—Cata, es ella. Acabo de verla. Es Julia. Está viva.
La subinspectora le pide que mantenga la calma y se aparte de la vista. Rosana obedece por disciplina, no porque le resulte posible tranquilizarse. En la distancia, Mikel comprueba la hora. Julia contempla la furgoneta sin saber quién está dentro.
***
En el centro de coordinación provisional, un agente señala el desplazamiento de una mancha blanca entre dos encuadres.
La ampliación no convierte las imágenes en milagros: la matrícula queda oculta detrás de un camión y la hora del segundo dispositivo no coincide exactamente con la del primero.
Cata exige comprobar la desviación antes de afirmar nada.
—El encargado de la nave dice que ese reloj llevaba dos minutos adelantados —explica el agente—. Tenemos constancia de la revisión de la instalación. Si corregimos el desfase, el paso es compatible.
—Compatible no quiere decir confirmado —responde ella—. Necesitamos una observación directa o una segunda cámara independiente.
Jordi habla por el transmisor con la patrulla que se aproxima a la zona de carga.
No les pide que asalten una nave, sino que verifiquen entradas y salidas desde posiciones autorizadas y con apoyo suficiente.
La última información de Rosana y Andrius los sitúa a una distancia peligrosa de cualquier confrontación.
—¿Dónde están los dos civiles? —pregunta.
—Han comunicado que esperan junto a la oficina —responde Cata—. Rosana cumple, al menos por ahora. Del abogado no estoy tan segura.
—Un hombre que ha pasado media vida defendiendo a otros debería saber cuándo necesita que lo defiendan a él.
La radio crepita. Un agente comunica la presencia de una Jumpy con daños concordantes con los observados.
Está detenida cerca de una explanada de acceso al puerto, no en una ubicación que pueda relacionarse todavía con una embarcación concreta.
En la pantalla aparece un hombre junto al vehículo, después otro.
La cámara no permite distinguir sus rostros.
—Tenemos el vehículo —dice el agente—. Dos ocupantes han bajado. Esperamos instrucciones.
Cata consulta el plano con su padre. El acceso tiene dos salidas transitables y un lateral de servicio donde se acumulan palés, motocicletas y cajas de materiales. Una intervención precipitada podría dejar a los ocupantes encerrados con un hombre armado. Tampoco saben si hay rehenes dentro.
—Equipo sanitario prevenido, sin entrar en el área —ordena Jordi—. Que no se acerque nadie que no esté identificado. Y quiero una vía despejada si hay que evacuar.
En otro teléfono, Rosana pregunta si pueden acercarse. Cata se aparta a un lado para responder.
—No. La última vez que hablamos quedamos en que se quedaban en la oficina.
—Ya no estamos allí. Una mujer nos ha dicho que la furgoneta pasó hace pocos minutos. Andrius quiere comprobarlo.
—Rosana, escúcheme. Si de verdad ha pasado, no es una oportunidad para que ustedes corran hacia ella. Es una razón para que se queden donde están y me den la ubicación.
Al otro extremo se oye la voz de Andrius protestando porque nadie está corriendo. Rosana le exige silencio. Cata cierra los ojos apenas un segundo.
—Compártame su posición. Si ven a alguien, no lo sigan. Estoy enviando a los compañeros la información.
La periodista obedece. Mientras transmite la referencia de la calle, descubre lo mucho que le cuesta pedir ayuda cuando cree estar tan cerca de Julia. La subinspectora escucha un ruido metálico y luego una exclamación que no alcanza a entender. Cata llama a Rosana por su nombre.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada. Un vehículo descargando. Creí que... —Rosana se interrumpe—. Pensé que era una voz conocida.
—Cuando podamos identificarla, se lo diré. Pero no voy a arriesgar a Julia porque tenga miedo de esperar.
Rosana no responde inmediatamente. Finalmente dice que comprende. A pocos cientos de metros, sobre la explanada, la Jumpy se detiene en una posición que nadie ha escogido pensando en la policía. Sus ocupantes no saben que cada minuto sin moverse estrecha el cerco alrededor de ellos.
***
La Jumpy se detiene junto al hombre que espera con Julia. Susurros baja primero, ocultando el temblor detrás de una sonrisa excesiva. Fortuna permanece al volante, como si el asiento pudiera impedir que Mikel lo reconociera.
—Ya estamos —anuncia Susurros—. Hemos tenido un tráfico de...
—Abre detrás —ordena Mikel.
Susurros se queda sin saliva.
—¿Para qué?
—Necesito espacio para la mujer. Abre.
Fortuna sale de la cabina. Se interpone torpemente ante la puerta trasera.