8. ANDRIUS Y ROSANA #2
—Eso es lo que llevan días diciéndonos —responde Rosana—. Si empezamos a perseguirlas, no encontraremos a Julia. Nos perderemos nosotros.
El teléfono de Mercè vibra. Escucha unos segundos, responde que está en la oficina y se despide sin dar explicaciones. Después mira a sus visitantes.
—Era mi encargado. Me ha pedido que permanezca disponible. Hay agentes revisando recorridos y preguntarán por entradas y salidas. No puedo decirles nada más.
Andrius recoge su maletín, dispuesto esta vez a obedecer. La mujer le detiene con un gesto.
—Señor abogado. Si encuentran a su amiga, díganle que una desconocida de un polígono la estaba esperando sin saber quién era. A veces aquí tenemos la impresión de que a nadie le importa lo que pasa dentro de estas naves.
Rosana le da las gracias. Fuera, un camión maniobra con un pitido insistente.
La periodista manda a Cata un mensaje breve: están en la oficina, no van a entrar en ningún recinto, la responsable confirma que ha conservado las grabaciones.
Después guarda el teléfono y vuelve a mirar el camino por el que acaba de pasar una furgoneta.
Está aprendiendo a no confundir el deseo de reconocer a Julia con una prueba de haberla visto.
***
El contenedor huele a metal caliente, jabón barato y comida envuelta en papel.
José María lleva días intentando dormir sin apoyar el costado dolorido.
Sali le ha colocado una chaqueta doblada bajo el cuello; el gesto la cansa más de lo que quiere admitir.
Tiene los ojos hundidos, un hematoma ya amarillento junto a la sien y la sensación de que el tiempo solo se mide por las veces que los dos delincuentes abren la puerta.
Aquella mañana, Susurros entra sin hacer una broma. Fortuna carga dos botellas de agua y una bolsa con fruta.
—Hoy os vais —anuncia Susurros.
José María alza la cabeza.
—¿Al hospital o al cementerio? Lo pregunto por si tengo que vestirme de una manera.
—A otro sitio. Lejos. Os dejaremos donde podáis pedir ayuda.
Sali se pone en pie demasiado deprisa y tiene que apoyar una mano en la pared.
—¿Por qué hoy?
—Porque cada vez que ese hombre llama, me entran ganas de aprender a conducir un submarino —responde Fortuna.
—Porque ya no se puede sostener esto —corrige Susurros—. Para Mikel estáis muertos. Nosotros no podemos manteneros aquí ni una noche más.
—Podríais haber empezado por no secuestrarnos —dice Sali.
—No volvamos al principio —protesta Fortuna—. Ya tuvimos aquella conversación y no nos fue bien.
José María intenta ponerse los zapatos. Le tiembla una mano y Sali se arrodilla para ayudarlo. Susurros contempla el esfuerzo sin encontrar una ocurrencia. Luego abre una manta y se la echa sobre los hombros.
—No os voy a pedir que me deis las gracias —dice.
—Menos mal —responde José María—. Pensaba pedir un libro de reclamaciones.
Entre los cuatro avanzan hasta la vieja Jumpy blanca.
El aire exterior, cargado de gasóleo y sal, resulta tan limpio que Sali tarda un instante en soportarlo.
Los delincuentes acomodan a José María sobre una superficie acolchada improvisada y dejan agua a su alcance.
Sali se sienta junto a él. Durante un segundo parece que van a poder marcharse.
El teléfono de Susurros vibra.
—Ahora no —murmura.
Vuelve a vibrar. Mira la pantalla y palidece.
—Es él.
Fortuna deja caer una de las botellas.
—Dile que estamos en un entierro.
Susurros contesta. Escucha una orden breve, formula una pregunta y recibe una respuesta que le hace cerrar los ojos. Al terminar, deja el teléfono sobre el salpicadero como si pudiera morderlo.
—Tenemos que pasar por el puerto —dice.
—No —responde Fortuna—. No, no y no. A los vivos los íbamos a soltar y a los muertos no se les lleva de paseo.
—Quiere que ayudemos a trasladar a la periodista. Hay prisa.
Sali se inclina hacia la cabina.
—¿Julia? ¿Mi hermana?
—Sí —responde Susurros, maldiciéndose inmediatamente por haber contestado.
José María se incorpora con dificultad.
—Entonces nos lleváis con ella.
—No vamos a llevaros a ninguna parte con ella. Vamos a... —Susurros se interrumpe—. Vamos a solucionar una cosa y luego os sacamos de aquí.
—Te has escuchado, ¿verdad? —pregunta Fortuna—. Ni tú te crees eso.
Susurros abre la puerta del conductor. Tiene que escoger entre desobedecer una orden inmediata, con Mikel esperándolos, o presentarse con dos personas que se supone que han matado. Ninguna opción le parece compatible con vivir hasta la cena.
—No habléis cuando lleguemos —les pide.
—Nos has secuestrado, golpeado y encerrado —responde Sali—. No eres precisamente quien puede repartir buenos consejos.
El motor arranca después de dos intentos. José María cierra los ojos mientras Fortuna protesta por el cinturón que se atasca. Sali lo sujeta de la muñeca; todavía no se atreve a creer que Julia vaya a estar cerca.
***
La Jumpy avanza con un traqueteo que convierte cada bache en una protesta del costado de José María.
Susurros conduce inclinado sobre el volante, como si acercar la cara al parabrisas pudiera enseñarle a tomar decisiones.
Fortuna lleva una bolsa de bocadillos entre los pies y consulta en su móvil un mapa que ha empezado a hablarle en inglés.
—Gira a la izquierda —traduce con solemnidad—. O puede que diga que estamos perdidos.
—No estamos perdidos —replica Susurros—. Estamos haciendo un desvío.
—Un desvío para ir a ver al tipo que cree que hemos matado a los pasajeros —precisa Fortuna—. El GPS debería traer un botón para esto.
Desde la parte posterior, Sali palpa con cuidado la frente de José María. La fiebre que temió la noche anterior no parece haber aumentado, pero el hombre respira de forma superficial cuando el vehículo acelera. Ella retira la mano al oír que Susurros discute otra vez con Fortuna.
—Parad un segundo —exige—. Mi marido no puede seguir dando saltos de esa manera.
Susurros mira por el retrovisor.
—No puedo parar aquí. Es una salida de camiones.
—Pues al menos reduce la velocidad.
—Si vamos más despacio nos adelantan las bicicletas.
—Me parece una magnífica alternativa —interviene José María con los ojos cerrados—. Estoy empezando a preferir un triciclo.
Fortuna se vuelve para mirarlo y recibe un grito de su compañero.
—¡Ponte el cinturón y mira hacia delante!
—Lo llevo puesto. Y estoy mirando por dónde vamos.
—Tu cabeza está mirando a los rehenes.
—Tengo dos ojos, Susurros. No me hagas escoger.
Sali aprovecha la discusión para examinar el cierre interior de la puerta.
Si lograra abrirlo, José María no podría echar a correr, pero quizá alguien vería sus rostros.
La idea muere al pasar junto a un carril de circulación rápida.
Una caída los dejaría tendidos sobre el asfalto.
Se obliga a recordar que la huida que habían intentado en el contenedor casi terminó con su marido sin poder respirar.
—No vais a entregarnos a Mikel —dice.
Susurros tarda unos segundos en responder.
—No queremos hacerlo.
—Eso no es lo mismo que decir que no vais a hacerlo.
La diferencia lo incomoda. En una esquina, un semáforo los retiene junto a un vehículo de limpieza.
Sali ve al conductor a través del cristal; un hombre con bigote que bebe café de un vaso de cartón.
Podría golpear la chapa y pedir auxilio.
Piensa en la frase que Susurros le susurró al oído: si Julia sabe que su hermana sigue viva, resistirá hasta morir.
No sabe si aquello era verdad, pero sí que Mikel puede matar a cualquiera de los cuatro en cuanto descubra la mentira.
José María le toma la muñeca.
—No hagas nada ahora —murmura—. Estamos juntos. Por primera vez desde aquello, estamos fuera.
—Nos llevan a donde está Julia.
—Pues quizá la veamos. Y quizá esos dos se den cuenta de que ya han tenido suficiente mala suerte para una vida.
Fortuna escucha la última frase.
—¡Eso! ¡Suficiente mala suerte! Lo dice el herido, que es quien tiene autoridad moral.
—Fortuna, no conviertas al secuestrado en consejero espiritual —protesta Susurros.
—¿Y a quién escucho? ¿A ti?
La luz cambia a verde. La furgoneta se pone en marcha.
Sali se acomoda junto a José María, deseando que una calle cualquiera conduzca por fin a su hermana.
Susurros comprueba una dirección enviada al teléfono y aparta el aparato de la vista.
No quiere que Fortuna lea el mensaje que acaba de llegar: Mikel exige que no haya testigos ni retrasos.
No menciona a los dos muertos que viajan detrás.
Susurros nota cómo se le humedecen las manos sobre el volante.
***
Julia lleva dos días intentando averiguar el horario de los pasos fuera de su camarote.
Ha contado motores, voces y cambios en la luz que entra por una rendija.
Nada le permite identificar el atraque. Lo que ha aprendido es otra cosa: Mikel viene cuando quiere algo y los demás obedecen cuando él habla.
Esa tarde el hombre entra con una bolsa de ropa corriente.
—Póngase esto.
Julia lo mira sin moverse.
—¿A dónde vamos?
—A otro sitio.
—¿A matarme?
—Si hubiera querido hacerlo, no perdería el tiempo buscándole una chaqueta de su talla.
Ella no se deja consolar por la lógica brutal de la frase.
—Me dijiste que mi hermana había muerto.
—Ya hemos hablado de eso.
—No. Tú lo dijiste y yo estaba demasiado asustada para preguntarte dónde. Lo estoy preguntando ahora.
Mikel posa la bolsa en la silla.
—Le conviene pensar en lo que puede contarnos, no en lo que ha perdido.
—Tú me obligas a pensar en lo que he perdido.
Mikel se acerca lo suficiente para que Julia vuelva a advertir la marca junto a su mandíbula.
Ella recuerda que León opuso resistencia, pero no puede saber de dónde procede esa herida.
Cuando el hombre se inclina para recoger el bolso que ella ha dejado caer, Julia retrocede instintivamente y siente rabia por haberle concedido ese gesto.
—Saldrá cuando se lo diga —ordena él—. Y no intente atraer la atención de nadie.